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| Palacio de la Aljafería |
Acto IV, Cuadro I
Hemos vuelto al palacio de la Aljafería. En un ángulo, vemos una torre, con ventanas aseguradas con barrotes de hierro. La oscuridad de la noche es tan densa que casi se puede tocar. Dos figuras embozadas, avanzan: son Ruiz y Leonora. Castellar cayó, pero Ruiz consiguió huir con Leonora y, según los deseos de ésta, la ha conducido hasta allí, porque es donde se encuentra Manrico, que cayó en manos del enemigo. Una vez que han llegado a su destino, la torre donde gimen los prisioneros del Estado, que se yergue ante ellos, Ruiz se marcha; a solas, Leonora nos desvela el por qué del título de esta serie de entradas, mientras le canta a su amor, que no sabe que ella está tan cerca: "En esta oscura noche, junto a ti estoy... Del amor sobre las alas rosadas ve, suspiro doliente... despierta su memoria a los sueños de amor..."
Se escuchan las voces de un coro de monjes que, dentro del palacio, cantan un Miserere por el alma de los que van a morir. Leonora canta apasionadamente su amor por Manrico; él responde con un triste canto desde la torre en el que, resignado con su suerte, se despide de Leonora. Pero ella está dispuesta a dar su vida por salvarle: "¡De ti olvidarme!... Verás que amor en la tierra no ha habido más fuerte que el mío..."
Leonora se presenta ante el conde y se ofrece a él a cambio de la vida de Manrico. El conde, en el éxtasis del delirio, acepta... pero, mientras el conde habla con el carcelero para que suelte a Manrico, Leonora ingiere un veneno que lleva oculto en un anillo: "Me tendrá; pero fría, exánime esposa." El veneno es lento...
Acto IV, Cuadro II
La escena nos muestra ahora un oscuro calabozo. A un lado, una ventana con barrotes; un mortecino farol cuelga del techo. Azucena está echada sobre una manta. Manrico se sienta junto a ella. "Madre... ¿no duermes?" Azucena siente que se ahoga en aquella tumba de vivos. Fatigada hasta el extremo, y con el recuerdo de su madre quemándose en la hoguera dolorosamente presente, Azucena se refugia en los brazos de su hijo que, al fin, consigue que su madre se calme y trate de descansar.
De pronto, se abre la puerta, y entra Leonora, seguida del conde y de algunos soldados. Estupefacto, Manrico escucha cómo Leonora le cuenta que ha obtenido un permiso para liberarle... pero ella no irá con él. Manrico no quiere ni oír hablar de huir si no es con ella... Manrico intuye que Leonora ha obtenido ese perdón a cambio de venderse al conde, y su indignación crece hasta convertirse en cólera: "...¡Le has vendido el corazón que juró ser mío!"
Leonora se desespera al comprobar que su sacrificio ha sido en vano y que, además, es acusada por el hombre al que ama e intenta salvar. Los efectos del veneno se hacen sentir, y Manrico ve con horror que Leonora, inocente, va a morir... "Antes... que... de otro ser... He querido... tuya morir" Leonora pronuncia sus últimas palabras en brazos de Manrico.
El conde Luna, furioso al comprobar la jugarreta que le preparaba Leonora, manda que lleven a Manrico inmediatamente al cadalso. Auzcena despierta y, conducida a la ventana por el conde para que presencie la ejecución, aguarda a ver caer la cabeza de Manrico para espetarle con furia al conde que... ¡acaba de matar a su propio hermano! Añade que ya ha vengado a su madre, y se desploma mientras baja el telón sobre la irremediable y desoladora desesperación del conde Luna.
Os confieso que, mientras preparaba esta serie de entradas, y más en esta última, he tenido que parar más de una vez para tratar de calmar mi emoción ante la belleza de la historia y de la música. Espero haberos sabido transmitir, aunque sólo sea un poco, toda la oleada de sentimientos que se han apoderado de mí mientras escribía, y haberos hecho disfrutar de la historia tanto como yo he disfrutado preparándola para vosotros. Hasta mañana, mis queridos amigos.







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