Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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martes, 24 de julio de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS, SEGÚN MERCADANTE (II)


Veamos cuáles son los personajes de la historia en la que, a continuación, nos vamos a adentrar:

  • Pelagio, rey de Asturias (barítono)
  • Blanca, hija de Pelagio (soprano)
  • Giralda, confidente de Blanca (contralto)
  • Abdel-Ao, gobernador de Gijón (tenor)
  • Aliatar, guardia (bajo)
  • Mendo de Quexada, noble español (bajo)
  • Un gijonés (tenor)
  • Soldados árabes, hombres y mujeres árabes, guerreros españoles, así como hombres y mujeres españoles.

Caligrafía árabe


Continuemos, pues, con la historia de "Pelagio"... Muy atentos, porque está a punto de comenzar...

Acto I
Cuando comienza esta historia, gran parte de la Península Ibérica se encontraba bajo el dominio árabe que comenzó, como hemos visto en la entrada anterior, en el año 711. El territorio dominado por astures, cántabros y vascones es el núcleo de la resistencia al invasor musulmán. 

Nos encontramos en un frondoso bosque; al fondo, vemos un río y, más allá, un palacio de arquitectura árabe, flanqueado por torres e iluminado desde el interior. Es de noche, y la luna baña la escena con su argentina luz. 

Pelayo, solo, envuelto en su capa, suspira por Gijón en un vehemente soliloquio. Piensa en el hecho de que, entre las montañas de Asturias, más de un valiente alimenta aún la llama del irrefrenable deseo de echar al invasor, deseo en el que él se abrasa; a ese respecto, Pelayo está convencido de que muy pronto se verá ondear, triunfante, el estandarte godo. De pronto, siente que alguien se acerca y, cauteloso, se esconde.

Mendo, seguido de algunos españoles, aparece en escena. Creen muerto a Pelayo, y se duelen porque el destino de su amada patria hubiera sido muy distinto de haber seguido vivo: "Desde el día en que nos fue arrebatado, la España se vistió de luto, y el musulmán altanero desprecia nuestros templos y nuestras lágrimas..." clama Mendo.

Al fin, Pelayo sale de su escondite, para estupefacción de aquellos abatidos hombres. Al verle, corren todos hacia él, llenos de gozosa sorpresa. Pelayo les cuenta las mil y una vicisitudes por las que ha tenido que pasar desde que todos le dieron por muerto; por dondequiera que ha ido, no ha oído más que el deseo unánime y ferviente de todos de echar al invasor musulmán, y no duda de que serán capaces de hacerlo. 

Siendo su hija, Blanca, aún niña, Pelayo la dejó al cuidado de Giralda. Al mencionarla, descubre un gesto de inquietud en Mendo, y sentimos que casi no se atreve a comunicar a Pelayo algo muy grave. Las circunstancias le ayudan a hacerlo, pues en ese momento aparece Blanca, junto con un grupo de doncellas, que atraviesan el río a bordo de unas barquillas iluminadas. Blanca entona una canción en la que bendice al amor, que la sacó de su soledad y la devolvió a la vida; las doncellas, a coro, la acompañan en su canto y, todas juntas, se dirigen hacia el palacio del jefe árabe.

Mendo aclara a Pelayo que aquel por quien canta su hija es su enemigo, Abdel-Ao con quien Blanca, según añade Mendo para horror de Pelayo, se casará muy pronto. El furor de Pelayo es inmenso: "Ahora... yo mismo voy al palacio del moro..." Sin embargo, Mendo logra contenerle.

La escena cambia, y nos traslada al interior de un pabellón del palacio moro, alumbrado por una lámpara de alabastro; está rodeado de cortinajes que, al abrirse, dejan ver un jardín. A un lado hay un sofá.

Blanca conversa con Giralda, su amiga y confidente, y le cuenta que tiene un fatal presentimiento; ante sus ojos se ha representado una visión en la que, mientras esperaba para unirse en matrimonio con su amado, aparecía su padre como una sombra airada... Un rayo derribó el altar y el templo se vino abajo... Giralda trata de calmar el agitado ánimo de Blanca, de disipar sus temores. 



Se presenta entonces Abdel, y Giralda se marcha. Abdel está loco de alegría, ansioso por caminar con Blanca hacia el altar, y no comprende por qué ella está pálida y temblorosa. De fondo, se escucha la música que anuncia el inminente enlace de ambos. A una señal de Abdel, se corren las cortinas del pabellón, y se ofrece a la vista un amenísimo jardín lindamente iluminado. Acuden a la escena soldados, hombres, doncellas y niños árabes, llevando estos últimos copas de oro y regalos de boda. En medio del jardín se ven juegos de agua alumbrados por lámparas de alabastro. Junto a los soldados están  Aliatar y Asan; Giralda está con las doncellas.

Abdel invita a Blanca a seguirle pero, antes de hacerlo, ella le hace prometer la paz para los cristianos: "Corto favor me pides..." responde alegre Abdel. Al son de las fanfarrias árabes que acompañan los cantos de alegría, Blanca y Abdel se dirigen hacia el fondo.

(Fuentes: Libreto de "Pelagio" y www.youtube.com)

jueves, 19 de julio de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS, SEGÚN MERCADANTE (I)

Hace poco, estuve hablando con una amiga acerca de mi blog y me preguntó: "Cuando se te acaben las óperas de las que hablar, ¿qué vas a hacer?". "¿Acabarse?" le respondí de inmediato; y a continuación le expliqué cómo, cuanto más indago acerca de este rico mundo de la lírica, me doy cuenta de que aún me queda mucho, muchísimo más por conocer. 

Entre ese vasto terreno operístico aún desconocido para mi, una parte muy grande la forman aquellas óperas que no suelen incluirse en el repertorio que habitualmente se lleva a escena. Hoy, quisiera llevaros conmigo a conocer una de ellas: "Pelagio", de Saverio Mercadante.

Espectacular paisaje asturiano

Un breve apunte histórico
La figura de don Pelayo, personaje al que la leyenda sitúa como iniciador de la Reconquista, está envuelta en un halo de misterio; para entenderla, es necesario conocer siquiera un poco el contexto histórico en el que el destino le llevó a nacer.

Volvamos muy atrás en el tiempo, al día 27 de abril del año 711, fecha en la que da comienzo la invasión árabe de la Península Ibérica con el desembarco del caudillo Táriq ibn Ziyad en Gibraltar. Durante los primeros años, los musulmanes se asentaron en Andalucía, Levante y valle del Ebro, mientras que en el resto de la península se establecieron guarniciones para recaudar tributos. El límite septentrional de la presencia de los conquistadores fue el inicio de la cordillera cántabro-pirenaica; es precisamente en ese territorio, dominado por astures, cántabros y vascones, donde se fraguará el germen de la resistencia al nuevo enemigo.

Parece ser que Pelayo era un noble visigodo, hijo del duque Favila. Amenazada su vida debido a las intrigas entre la nobleza visigoda, marchó como peregrino a Jerusalén, y sólo regresó a la península tras la entronización de Rodrigo, del que era partidario; con él, ocupó el cargo de guardia del rey, y como tal combatió en la batalla de Guadalete que tuvo lugar entre el 19 y el 26 de julio del 711, entre las tropas del rey don Rodrigo y las del ya citado Táriq. Tras la derrota sufrida, Pelayo se replegó hacia el norte, donde se granjeó la confianza de los pueblos norteños. Se acepta que fue nombrado rey en el 718, fecha que se considera como el inicio del reino astur, con capital en Cangas de Onís.

Hacia el año 722, Táriq envió un ejército para someter a los levantiscos astures; tuvo lugar entonces la batalla de Covadonga, que acabó con la huida de las tropas invasoras. Dice la leyenda que Pelayo persiguió al ejército derrotado hasta la ciudad de León, en cuyas proximidades, en los llanos de Camposagrado, volvió a vencer a los huidos.

El rey don Pelayo falleció en Cangas de Onís, en el año 737. Su cadáver recibió sepultura en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, situada en la localidad asturiana del mismo nombre. En la actualidad se conserva el sepulcro, si bien vacío; los restos de don Pelayo reposan en una cavidad natural de la Santa Cueva de Covadonga, en un túmulo de piedra.


Don Pelayo visto por Mercadante
Para entender por qué Mercadante, un compositor italiano, escogió como tema para una de sus óperas un tema de la historia asturiana, hay que tener en cuenta que vivió y trabajó durante casi tres años en nuestro país. "Pelagio", tragedia lírica en cuatro actos, fue la última obra que escribió, si bien fue la penúltima en estrenarse: subió a los escenarios por primera vez el 2 de febrero de 1857, en el teatro San Carlos de Nápoles; posteriormente, en el mismo teatro, hizo su presentación en sociedad "Virginia", concretamente el 7 de abril de 1866.

Si bien el "Pelagio" de Mercadante se estrenó con gran éxito, su brillo se vio ensombrecido (como la mayoría de las óperas de los años 50 del siglo XIX) por la arrolladora notoriedad alcanzada por las óperas de un joven Giuseppe Verdi. El libreto, de Marco D'Arienza, reconstruye la lucha del héroe astur Pelayo, del que cuentan las crónicas que inició la Reconquista que, siglos después, rematarían los Reyes Católicos. 

La acción tiene lugar en Gijón y alrededores; y fue precisamente Gijón la que rescató del olvido, en el año 2005, esta obra de un compositor práctica e injustamente dejado de lado. Bajo la dirección del gijonés Mariano Rivas, y con su decisivo e impagable impulso, "Pelagio" subió de nuevo a los escenarios, tras más de siglo y medio de olvido, el 9 de septiembre de 2005. Fue el propio Mariano Rivas quien se encargó de revisar y publicar el libreto, traducido a partir del original de 1858. Los principales intérpretes de este nuevo nacimiento de "Pelagio" fueron Carlos Álvarez, Tatiana Anisimova y el tenor gijonés Alejandro Roy. Mis más efusivas gracias, desde aquí, por recuperar para el repertorio lírico esta magnífica obra. Veamos un fragmento:


Por último, quisiera llamar vuestra atención acerca del hecho de que no sólo esta ópera, sino su autor en sí, es prácticamente un desconocido en el actual panorama operístico; como ejemplo ilustrativo de lo que digo, basta que nos demos cuenta de que el Teatro Real de Madrid únicamente ha incluido en su oferta (al menos hasta el momento) dos óperas de este autor: "I due Figaro", en marzo-abril de este año, y "La rappresaglia", programada para mayo de 2013.


(Fuentes: Libreto de "Pelagio", publicado con motivo de su recuperación para los escenarios el 9 de septiembre de 2005, www.arteguias.com, wikipedia, arteyfotografia.com y www.youtube.com)

miércoles, 11 de julio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (IV)


Suiza, región de Oberland
Acto III
Viajemos de nuevo, esta vez hasta la villa que la princesa Fedora posee en Oberland, la región más elevada del cantón de Berna, en Suiza. Al levantarse el telón, al son de una alegre música, se nos muestra el bello jardín de la princesa. Se oyen las voces de un grupo de campesinas que, a lo lejos, pasan cantando.

Aparece Fedora, que sale de la casa y, por la forma en la que camina, nos damos cuenta de que está exultante de felicidad. Loris, que ha salido también de la casa al mismo tiempo que ella, no hace sino alabar la belleza de su amada. Fedora, en su feliz delirio, trata de llamar la atención de Loris acerca de la belleza de las flores que les rodean; pero él sólo tiene ojos para la princesa.

Llega la condesa Olga, de mal humor, y, al encontrar a Fedora y a Loris abrazados, exclama con asombro: "¡Aún tenéis fe!". Ella, con un tono un tanto teatral, afirma que ya no cree en nada, que todo le aburre. De pronto, suena un timbre. "¿Una visita?" dice Fedora sorprendida. Con una cierta precipitación Loris se va, "A correos. Espero algunas cartas..." La inesperada visita resulta ser De Siriex. Está hospedado en el Hotel Inglaterra y, al oír que la princesa se encontraba allí, no podía dejar de visitarla.


Marka, la doncella de Fedora, trae un servicio de té. Durante la conversación, De Siriex pregunta a Olga acerca de aquel gran artista, Boreslao Lazinski; "Amigo mío, ¡otro desengaño!" replica la condesa, con expresivos gestos. Mientras meriendan, Olga relata cómo el tal pianista era un celoso, un Otello que la seguía a todas partes, que la espiaba. Un día, la condesa se hartó, le gritó, y él no volvió más. El ingenio de De Siriex encuentra una explicación musical para el comportamiento del pianista: "Tocaba demasiadas fugas..." deduce "...de Bach" añade. Olga continúa contando cómo, más tarde, supo que Boreslao se hallaba en Ginebra. "¡Eso es grave!" afirma De Siriex, poniéndose humorísticamente serio. Con cara de circunstancias, se dispone a aclarar el por qué de la gravedad de la afirmación de la condesa...


El malévolo De Siriex insinúa que, quizás, el maestro polaco fuese un agente secreto, un espía del gobierno imperial enviado al lado de la condesa para hacerla hablar. Al oír tales suposiciones, la condesa vacila y acaba por dejarse caer, desmayadamente, sobre una silla. De Siriex, elegante y cómico, trata de animarla, asegurándole que el amor es un ave de paso que, del mismo modo que viene para irse, se va para regresar. Ya un poco recuperada del soponcio, Olga propone olvidar aquel triste recuerdo, y De Siriex sugiere que la mejor forma es borrarlo creando un mejor, por ejemplo, un rapto en bicicleta. Olga, cabecita loca, se entusiasma rápidamente con la idea: "¡Bravo! ¡La idea es original! Corro a vestirme..."

A solas Fedora y De Siriex éste le confiesa el verdadero propósito de su visita: "Princesa, no he venido aquí por ella." Fedora dice vivir en un sueño, pues ama a Loris más que a su propia vida; De Siriex, dolorosamente, le dice: "Pues bien, yo vengo a despertaros..." A continuación, le cuenta cómo Valeriano Ipanoff, hermano de Loris, fue apresado como cómplice del asesino de Vladimiro; encarcelado en una fortaleza, a orillas del Neva, una noche, tras una crecida súbita del río, se ahogó... Ante tan tremenda noticia, su anciana madre enfermó y murió. Fedora, desolada, siente que es ella misma quien ha matado a ambos.

Olga sale corriendo al jardín, preparada para montar en bicicleta. La condesa está entusiasmada, y Fedora a duras penas logra disimular su turbación. Al fin, De Siriex y Olga se marchan para dar un paseo. Fedora se queda sola, perdida en sus pensamientos. El sol de la tarde comienza a declinar y, a lo lejos, se oye la voz de un pequeño saboyano que canta. Desesperada, Fedora ruega a Dios en una desgarradora plegaria.



Inmersa en su tristeza, Fedora no se da cuenta de la llegada de Loris. Cuando le ve, se seca rápidamente los ojos. Él camina despacio, evidentemente turbado. "No sé nada de mi madre, ni de mi hermano..." dice. Basilio le entrega unas cartas y un telegrama; Loris cree que es de su hermano, pero es de su amigo Boroff, que le comunica que se le ha concedido el perdón, y que se le permite volver a Rusia. Loris está exultante de alegría, pues podrá volver a ver a su madre y a su hermano, podrá regresar a su patria. "Y tú me seguirás hasta el altar" añade, dirigiéndose a Fedora que, a duras penas puede disimular los tumultuosos sentimientos que bullen en su interior. 

Loris, en su entusiasmo, hace ademán de irse, pero de repente recuerda que aún no ha leído las cartas. Una de ellas, también de Boroff, es anterior al telegrama. La hojea y lee algunos fragmentos en voz alta; mientras Fedora escucha, su terror aumenta visiblemente. En la carta, Boroff explica cómo una rusa residente en París remitió al general Yariskin una carta, que éste hizo llegar a su vez al emperador; en ella estaba escrita la prueba definitiva de su delito, su propia confesión, junto con el nombre de su hermano Valeriano como cómplice. La autora de la carta firmó con su nombre de bautismo... "...pero la descubriremos" añade Boroff.

La angustia de Fedora crece más y más a medida que Loris continúa leyendo. La carta prosigue con el relato de cómo Yariskin ordenó el arresto de Valeriano... la fortaleza... el foso... en la noche... Con un alarido, Loris descubre que, tanto su madre como su hermano, están muertos: "¡Ahogado! ¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Madre mía!" Su desesperación no tiene límites.

Fedora se acerca a Loris, temerosa; casi no se atreve ni a tocarle. Desesperado, Loris jura que encontrará a aquella mujer, a la maldita espía que le sigue a todas partes... Fedora retrocede, espantada. Tratando angustiosamente de encontrar una escapatoria, la princesa plantea a Loris la posibilidad de que aquella misteriosa mujer hubiese amado perdidamente a Vladimiro y que, al matarle Loris, hubiese desencadenado en ella una reacción de odio fuera de toda razón... "¿Pero qué le habían hecho mi madre y mi hermano?" replica Loris. "Quizá los llore contigo por ellos..." le anuncia Fedora.

De pronto, se escucha un ruido en la calle... "¡Una carroza! Es Boroff" dice Loris. Fedora, que sabe que el tiempo se le escapa irremediablemente, que ya sólo le quedan unos instantes antes de que sea descubierta, suplica a Loris: "...¿Si ella estuviera arrepentida, oh, corazón generoso, no tendrías piedad?" Pero Loris se muestra inflexible.


Por más que Fedora le suplica, Loris se muestra duro, inconmovible. "¡Estoy perdida!" dice ella al fin, para sí. Se escucha de nuevo el ruido de la carroza... "¡Boroff... es él!" exclama Loris yendo a su encuentro. Fedora, espantada, no duda de que, cuando sepa la verdad, Loris la matará. Sin embargo, acordándose de repente, se acuerda del veneno que guarda en la cruz bizantina que lleva al cuello. En un último  intento, suplicante, llama a Loris y, de nuevo, le pide que perdone a esa mujer. Tanta insistencia acaba por hacer sospechar a Loris y, por fin, consigue que Fedora le diga que ella misma es esa mujer. Horrorizado al saber que la princesa es la artífice de la muerte de su madre y de su hermano, jura que la aplastará... Pero ella corre hacia la mesita, y bebe rápidamente el contenido de su taza; de inmediato, se echa las manos al cuello.

Justo en ese momento entra Boroff, acompañado de Basilio. Loris corre hacia él, fuera de sí: "Boroff... Esta mujer... El veneno... Lo sé todo... Sálvala..." Pero todo es inútil. Loris, se aferra aún a Fedora quien, mientras agoniza entre sus brazos, le dice que, quizá una vez muerta, pueda perdonarla. La muerte va envolviéndola en forma de un frío cada vez más intenso y Loris, que no se separa de su lado,  al fin la perdona. "¡Te amo!" apenas puede pronunciar ella y, con un último estremecimiento, cae muerta.



martes, 3 de julio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (III)


París, costas del Sena

Acto II
¿Venís conmigo a la recepción que da la princesa Romazov, en París?. Mientras suena un alegre vals, el telón se levanta y se nos muestra un majestuoso salón, ricamente decorado. Al fondo, unas enormes cristaleras hacen que la estancia parezca aún más grande. Vemos parejas que bailan al son de la música. A un lado, sobre una tarima, un piano de cola alrededor del cual hay muchas sillas. Fedora dirige el servicio del té, ayudada por el conde Loris Ipanoff. La condesa Olga Sukarev, amiga de Fedora, presenta a los invitados a Boreslao Lazinski, un pianista muy presumido que está cortejándola para lograr sus propios fines. 

De Siriex se sobresalta al escuchar el nombre de alguien a quien le presenta Fedora: "...El conde Loris Ipanoff..." Boroff, amigo de Loris, se lleva a éste aparte; así, Fedora y De Siriex pueden hablar en privado, mientras Boroff y Loris hacen lo mismo.

Fedora cuenta a De Siriex cómo, al saber que Ipanoff estaba en París, le buscó y le sedujo hasta enamorarle perdidamente. Nadie sospecha nada acerca del delito que se supone que el conde ha cometido; la princesa sólo espera conseguir, de los propios labios del acusado, la confesión de su crimen, y entonces Ipanoff estará totalmente en su poder... "¡No tendré piedad!" afirma. "¿Y si es inocente?" advierte De Siriex a Fedora...Mientras, Boroff trata de advertir a su amigo: "Querido Loris, desconfía de esos resplandecientes ojos..."; pero Loris ya está perdidamente enamorado de la princesa...

Por su parte, la condesa Olga flirtea con el barón Rouvel, otro de los invitados a la fiesta el cual, galante, dice a Fedora: "¡Princesa, nos hacéis languidecer!" Fedora, sonriendo graciosamente, afirma que cada cual lleva su cruz: "...Ved, yo también..." dice poniéndose súbitamente seria, mientras palpa la cruz bizantina que lleva al cuello: "En esta antigua cruz había una santa reliquia; yo he puesto un fármaco que cura todos los males..."

Olga presenta al maestro Lazinski a Fedora: "...un poeta del piano..." y asegura que, esa misma noche, podrán escucharle y aplaudirle todos. Fedora y Loris se alejan. De Siriex y Boreslao ofrecen ambos el brazo a Olga que, zalamera, se decide por el de Boreslao. Medio ofendido, medio galante, De Siriex la llama: "Cosaca...". Se produce entonces una cómica disputa, durante la cual De Siriex explica el porqué de su calificativo en una canción acerca de la mujer rusa, que entona con burlona elegancia: "La mujer rusa es dos veces mujer... ángel o serpiente, zíngara o reina..." Al concluir, inclinándose ante Olga y señalándola, afirma que ella es el ejemplo ideal de la mujer que acaba de describir. 


Loris y Fedora regresan; mientras pasean, ella se muestra fríamente provocadora, al tiempo que él está cada vez más ebrio. Ipanoff declara que lo que siente por ella no es amor, sino delirio, y que lo espera todo; la princesa, fingiéndose ofendida, le pregunta si pretende que ella le ame a la fuerza. Entonces el conde canta un conocidísimo aria de esta ópera: "El amor te prohibe no amar..."; sabe que, aunque Fedora lo niegue, sus ojos dicen que ella también le ama.

Boroff regresa y, galante, pregunta a la princesa si tiene algún mensaje para Rusia, pues él regresa esa medianoche. Ante la sorpresa de Ipanoff, Fedora responde que ella también volverá a su país, al día siguiente; Ipanoff se desespera, pues no podrá ir tras su amada... Fedora finge no conocer el motivo por el cual Loris no puede regresar a Rusia: "...¿Qué hicísteis? ¿Es algo grave?..."

Boreslao comienza a tocar, y el resto de los invitados se arremolina alrededor del piano. Mientras tanto, apartados los dos del resto, el conde Ipanoff cuenta a la princesa que de lo que se le acusa es de haber tendido una trampa al conde Vladimir Andreievich para darle muerte. Fedora le reprocha que le ofrezca un amor mancillado por tan terrible sospecha; horrorizada, escucha de labios del propio Loris que, en efecto, fue él quien dio muerte al conde; pero no fue un asesinato, sino un castigo. Aunque Ipanoff trata de explicarse, la princesa no puede evitar el impulso de llamarle: "¡Asesino!".

Ante la reacción de repulsa de Fedora, Loris hace ademán de marcharse. A duras penas, la princesa logra retenerle, y ambos se dan cita allí mismo, una hora más tarde, cuando la fiesta haya terminado y puedan hablar a solas, para que Ipanoff pueda contarle con detalle lo ocurrido. Loris se marcha y, una vez a solas, Fedora, con un tono de ferocidad en la voz, exclama: "¡Infame! ¡No te escaparás!".


De pronto, la fiesta se ve interrumpida por una inesperada y trágica noticia. Un lacayo entrega una nota a De Siriex; se trata de un despacho oficial en el que se comunica que el zar ha sufrido un atentado. "...Os aconsejo que suspendáis la fiesta" dice De Siriex. Mientras los invitados se van marchando, la consternación puede leerse en todos los rostros.

A solas, Fedora se queda pensativa; en su rostro puede leerse el dolor por la trágica pérdida de Vladimiro, y la consternación que le produce el amor que, aunque no quiera, siente por el conde Ipanoff. Mientras suena un intermedio orquestal, que subraya la angustia de su pensamiento, Fedora camina por la habitación, nerviosa; por fin, se sienta y se pone a escribir. El intermedio finaliza al tiempo que ella concluye su carta.


Decidida, Fedora se levanta y llama al policía, Gretch; éste, le informa de que sus hombres no han dejado de seguir a Loris Ipanoff y que, esa misma noche, un hombre llegado de Rusia le ha entregado una carta de su hermano Valeriano. Fedora añade unas palabras más a la carta que acaba de redactar al tiempo que dice a Gretch: "Tengo la prueba suprema... ¡su confesión!". Gretch está maravillado. "Él no tardará en regresar. Baja al jardín. En cuanto estés preparado, hazme una señal. Me desharé de él" dice la princesa. 

Gretch y sus hombres habrán de conducir a Loris al navío Elisabetta, que se encuentra en la desembocadura del Sena y se considera territorio ruso. La carta que ha redactado la princesa va dirigida al general Yariskin, y en ella le informa de todo lo ocurrido. De repente, la princesa se da cuenta de que Loris se acerca; Gretch, rápidamente, se marcha.

A solas con Loris, Fedora le exige que le explique por qué mató al conde Vladimiro Andreievich... "Por una mujer... La mía..." responde él. A continuación le cuenta cómo, meses atrás, su anciana madre acogió en su casa a una joven, Wanda... "Cediendo a sus encantos yo la amé felizmente...";Se casaron, pero muy pronto su dicha se vio turbada por las frecuentes visitas de Vladimiro. Una noche, Loris había salido de su casa camino de la de su madre, cuando se dio cuenta de que había olvidado un regalo prometido a la anciana. Mientras regresaba, a medio camino, reconoció a la sirvienta de Wanda, que salía de casa del conde Andreievich; la sonsacó y logró averiguar que acababa de llevar una carta de Wanda para Vladimir. 

Al punto, Loris entró en la casa del conde, pero éste había salido; un criado le dejó solo un instante, que Ipanoff aprovechó para buscar en un cajón, en el que encontró la infame carta que decía: "¡Te espero esta noche, a las nueve!". Para que Fedora no dude de su palabra, Loris busca en uno de sus bolsillos y le muestra la carta. Espantada, Fedora reconoce la letra de Vladimiro... "¡Miserable!..." exclama. 


A continuación, Ipanoff cuenta cómo sucedió todo. "La criada me reveló el lugar de la infame cita. A la hora fijada, entré armado" dice. Les sorprendió juntos; Vladimiro, al ver a Ipanoff, se armó también, disparó y le hirió en un costado... Loris disparó también y mató al conde Andreievich. Ella huyó; al poco, cayó enferma y también murió. Loris se desespera, no porque tema por su propia vida, sino porque es muy probable que su anciana madre haya muerto cuando él pueda volver a Rusia, si es que algún día se le permite regresar.

Al conocer los detalles de la muerte de Vladimiro Fedora, dulcemente, llena de pasión, ruega a Loris que la perdone por haberle creído un miserable, cuando en realidad lo que hizo fue comportarse como un noble y santo justiciero. "...¡Inútil piedad, si tú te vas!..." exclama él. "¡Loris, ya no me voy...!" replica ella.;Cuando Ipanoff hace ademán de despedirse hasta el día siguiente, Fedora trata de retenerle (recordemos que los hombres de Gretch le están esperando para embarcarle en el navío Elisabetta). "¡Dirán que soy tu amante!" objeta él. Pero Fedora está decidida a salvar al hombre que ama; se dirige hacia la puerta del salón y la cierra con llave. Acercándose el uno al otro, con la más intensa felicidad, se unen en un apasionado abrazo mientras cae lentamente el telón.


Continuará...

(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)

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