Acto II
La escena vuelve a presentarnos, con más crudeza aún si cabe, las mazmorras del Palacio Ducal. Son varios los infortunados que viven allí en una noche perpetua, en un continuo sometimiento al poder de sus carceleros. Jacopo, desde su jaula, entona un triste canto que muestra cómo se va hundiendo, más y más en la desesperanza ("Notte, perpetua notte..."). Asombrosa la forma en la que Iván Magrì interpreta, el modo en que logra dar veracidad a su personaje, aún desde el diminuto espacio en el que está encerrado. Los fantasmas de los que, antes de él, sufrieron tortura en aquel mismo lugar, se le aparecen y le atormentan hasta tal punto que, exhausto, Jacopo acaba por desmayarse.
Al poco, aparece Lucrecia, cuya firme decisión ha podido salvar los obstáculos que, sin duda alguna, ha tenido en su camino hasta allí. Aliviada, comprueba que su marido aún está vivo y, con enorme ternura, le ayuda a salir de la jaula. Bellísimo dúo el que nos ofrecieron Guanqun Yu e Iván Magrì, con una perfecta conjunción de sus voces, y una conmovedora interpretación. El soldado que custodia a Jacopo (Pablo García López), que le vigila en todo momento, como una sombra siniestra, muestra su dura altivez tanto a Jacopo como a Lucrecia. Ésta, mientras lava amorosamente las heridas de su esposo, le asegura que no va a morir, si bien la nueva pena a la que ha sido condenado es aún más cruel que la muerte, puesto que se trata de un nuevo exilio. Al tiempo que tiene lugar esta escena, los ecos lejanos de las canciones alegres de los gondoleros, marcan un duro contraste con aquel lugar de muerte y desolación.
De improviso, aparece Francesco, vestido con un sencillo manto negro que oculta su ilustre condición. Allí, por unos momentos, puede dejar de actuar como Dux, ser únicamente padre y decirle a su hijo que le quiere, que sólo fingía rigor hacia él. Ver actuar a Plácido Domingo, que es todo energía, que se entrega total y absolutamente en escena, sentir la intensidad con la que da vida a su personaje, resulta una experiencia inolvidable. Magnífico el terceto de Domingo, Magrì y Yu, que nos hicieron sentir la magia de una excelente interpretación.
El Dux debe marcharse, lo que provoca honda pena en los esposos. Al tiempo que Francesco hace ademán de retirarse, aparece Jacopo Loredano, interpretado de forma ejemplar por Giancula Buratto; convincente a más no poder, es el odio y la venganza hechos persona, que se alzan sobre los Foscari para determinar irremediablemente su destino. Mientras los tres desdichados sufren y maldicen a Loredano, éste expresa su ferviente deseo de que el preso sea conducido cuanto antes al exilio; la hora fatal, por la que tanto ha suspirado, está a punto de llegar.
La escena siguiente nos muestra, una vez más, al Consejo de los Diez, cuyos miembros insisten en que debe apresurarse la partida del traidor Foscari hacia Creta. Al fondo, parte de los decenviros, mientras recorren la escena de izquierda a derecha sobre una plataforma movediza, dan cuenta de un banquete pantagruélico, lo que hace que resalte aún más su omnímodo poder sobre los desdichados que, en las mazmorras, se mueren de hambre y de frío.
El Dux, que ha sido llamado por el Consejo, aparece con toda la solemnidad que requiere su condición, aunque sus gestos nos dicen que, por dentro, se siente destrozado ("...Sarò Doge nel volto, e padre in core..."). Entra Jacopo Foscari, escoltado por cuatro guardias. Su inseparable carcelero le entrega un papel en el que Jacopo ve confirmada su sentencia y, en un intento desesperado, ruega a su padre que interceda por él. Estremecedor el modo en que Domingo dibuja en su rostro las emociones del atormentado Dux que, aun sintiendo que el alma se le desgarra, no puede hacer nada por su hijo. Irrumpen de pronto en escena Lucrecia y los tres niños del matrimonio. Quizá sus lágrimas infantiles logren aplacar el rigor del Consejo... pero no, todo es inútil: Jacopo ha de prepararse para un nuevo y ya irremediable exilio. La compenetración entre todos los miembros de este excelente reparto es tal que la escena resulta impresionante.
Acto III
Sin perder en ningún momento de vista las mazmorras, que permanecen en un siniestro segundo plano, vemos cómo la alegría de los venecianos se desborda en una fiesta en la que hombres y mujeres, disfrazados, llenan el aire de risas y cantos, mientras contemplan divertidos los malabares de los artistas callejeros. Entre ellos, oculto asimismo por una máscara, se encuentra Loredano. Al son de la preciosa barcarola "Tace il vento..." tiene lugar una divertida parodia en la que, tras vencer en una supuesta regata, un gondolero recibe los parabienes de su amada, que le espera en la orilla, y que no es sino un hombre disfrazado de mujer. La alegría general se rompe cuando, de pronto, se escuchan las trompetas que anuncian el paso de la justicia del León. Las gentes, atemorizadas, huyen.
Aparece Jacopo, guardado siempre por una férrea vigilancia. Le acompañan Lucrecia y Pisana. Muy pronto, un mar se interpondrá entre los esposos, y el desdichado preso no desea otra cosa sino que sus aguas se lo traguen. Insta a su esposa para que se muestre digna hija de Contarini y esposa de Foscari, para que inspire en sus hijos la virtud y cuide a su anciano padre... Comienza, al fin, la venganza tan largo tiempo deseada por el cruel Loredano. Lo que ninguno de los presentes sabe es que Francesco, desde un rincón, oculto por un sencillo manto, no pierde detalle de esta escena... sus gestos de padre que, impotente, desea con toda su alma acudir junto a su hijo y no puede... aún ahora, recordando, se me saltan las lágrimas.
Una vez que el preso ha partido y todos los demás se han retirado, el Dux, a solas, se reprocha amargamente a sí mismo el no haber pronunciado una sola palabra para salvar a su inocente hijo. La corona no ha sido para él más que un peso inútil. Si, al momento de colocársela, le hubiese sobrevenido la muerte, sus cuatro hijos hubieran estado junto a él para darle el último adiós; en cambio, ahora, deberá enfrentarse solo a un sepulcro que siente cada vez más cercano.
Barbarigo, que irrumpe de pronto en escena, corta estas siniestras reflexiones de Francesco portando una carta de un tal Erizzo; escrita poco antes de morir, en ella confiesa ser el único autor de la muerte de Donato. La alegría del Dux, inmensa, sólo dura unos momentos, pues Lucrecia aparece de nuevo, con paso lento y aire alienado, y le comunica que ya no le queda ningún hijo... Su actitud nos dice que ella misma aún no puede creer lo que acaba de ocurrir. Nada más partir, el inocente Jacopo, expiró... El Dux y Barbarigo salen de escena y, a solas, Lucrecia desahoga su rabia y su dolor pidiendo venganza para su desdichado esposo. En un rincón, se inclina para contemplar las aguas de la laguna... las aguas a las que Jacopo pedía que se le tragasen... las aguas a las que, quizá, ella misma siente la tentación de arrojarse.
La plataforma movible trae de nuevo hasta nosotros a Francesco, que se encuentra en su dormitorio, acostado en su cama. Su fiel sirviente (Mattía Olivieri) le anuncia la visita del Consejo de los Diez; el Dux, extrañado y receloso, les hace pasar. Loredano (Giancula Buratto), que actúa como portavoz, y que apenas puede disimular que no cabe en sí de gozo, anuncia cuál es el motivo de esa inesperada visita: el Consejo, considerando el profundo dolor que embarga al Dux y sus muchos años de servicio a la patria, ha decidido concederle un merecido descanso.
Tamaña desfachatez, tan insultante hipocresía provoca la ira de Foscari, que estalla en una violenta invectiva en la que echa en cara a tan "ilustres" señores, con toda la dureza del guerrero que aún vive en él, cómo durante siete lustros, desde que subiera al trono, dos veces quiso abdicar y las dos veces no le dejaron; es más, le obligaron a jurar que moriría como Dux. Así pues, asegura que ningún poder humano logrará arrebatarle la corona, pues un Foscari no falta jamás a su palabra. En un ruego similar al que (unas cuantas óperas más tarde) lanzará el anciano Rigoletto a los cortesanos, respecto de su hija, Francesco suplica a los decenviros que le devuelvan a su hijo... Es el último desahogo de un alma atormentada, que necesita sacar de sí toda la amargura que lleva dentro... Al Dux ya no le queda sino obedecer y, vencido, entrega al fin el anillo ducal.
Lucrecia, que había permanecido en un discreto segundo plano, acude para dar el brazo a su suegro y marcharse con él de allí. Justo cuando se disponen a retirarse, comienzan a repicar de fondo las campanas que anuncian que ha sido elegido un nuevo Dux. Para Foscari, ese lúgubre tañer, que resuena en su alma con acento de bronce, es el golpe definitivo que le hace caer fulminado al suelo, muerto.
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Desde este pequeño rincón, quiero dar un profundo gracias a todos y cada uno de los integrantes de este fantástico reparto de "I due Foscari", por entregarse de tal modo en escena y ofrecernos una representación que para mí es y será inolvidable.






