Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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viernes, 1 de febrero de 2013

EL TEMIBLE LEÓN DE SAN MARCOS (II)


Acto II

La escena vuelve a presentarnos, con más crudeza aún si cabe, las mazmorras del Palacio Ducal. Son varios los infortunados que viven allí en una noche perpetua, en un continuo sometimiento al poder de sus carceleros. Jacopo, desde su jaula, entona un triste canto que muestra cómo se va hundiendo, más y más en la desesperanza ("Notte, perpetua notte..."). Asombrosa la forma en la que Iván Magrì interpreta, el modo en que logra dar veracidad a su personaje, aún desde el diminuto espacio en el que está encerrado. Los fantasmas de los que, antes de él, sufrieron tortura en aquel mismo lugar, se le aparecen y le atormentan hasta tal punto que, exhausto, Jacopo acaba por desmayarse.

Al poco, aparece Lucrecia, cuya firme decisión ha podido salvar los obstáculos que, sin duda alguna, ha tenido en su camino hasta allí. Aliviada, comprueba que su marido aún está vivo y, con enorme ternura, le ayuda a salir de la jaula. Bellísimo dúo el que nos ofrecieron Guanqun Yu e Iván Magrì, con una perfecta conjunción de sus voces, y una conmovedora interpretación. El soldado que custodia a Jacopo (Pablo García López), que le vigila en todo momento, como una sombra siniestra, muestra su dura altivez tanto a Jacopo como a Lucrecia. Ésta, mientras lava amorosamente las heridas de su esposo, le asegura que no va a morir, si bien la nueva pena a la que ha sido condenado es aún más cruel que la muerte, puesto que se trata de un nuevo exilio. Al tiempo que tiene lugar esta escena, los ecos lejanos de las canciones alegres de los gondoleros, marcan un duro contraste con aquel lugar de muerte y desolación.

De improviso, aparece Francesco, vestido con un sencillo manto negro que oculta su ilustre condición. Allí, por unos momentos, puede dejar de actuar como Dux, ser únicamente padre y decirle a su hijo que le quiere, que sólo fingía rigor hacia él. Ver actuar a Plácido Domingo, que es todo energía, que se entrega total y absolutamente en escena, sentir la intensidad con la que da vida a su personaje, resulta una experiencia inolvidable. Magnífico el terceto de Domingo, Magrì y Yu, que nos hicieron sentir la magia de una excelente interpretación.

El Dux debe marcharse, lo que provoca honda pena en los esposos. Al tiempo que Francesco hace ademán de retirarse, aparece Jacopo Loredano, interpretado de forma ejemplar por Giancula Buratto; convincente a más no poder, es el odio y la venganza hechos persona, que se alzan sobre los Foscari para determinar irremediablemente su destino. Mientras los tres desdichados sufren y maldicen a Loredano, éste expresa su ferviente deseo de que el preso sea conducido cuanto antes al exilio; la hora fatal, por la que tanto ha suspirado, está a punto de llegar.

La escena siguiente nos muestra, una vez más, al Consejo de los Diez, cuyos miembros insisten en que debe apresurarse la partida del traidor Foscari hacia Creta. Al fondo, parte de los decenviros, mientras recorren la escena de izquierda a derecha sobre una plataforma movediza, dan cuenta de un banquete pantagruélico, lo que hace que resalte aún más su omnímodo poder sobre los desdichados que, en las mazmorras, se mueren de hambre y de frío.
 
El Dux, que ha sido llamado por el Consejo, aparece con toda la solemnidad que requiere su condición, aunque sus gestos nos dicen que, por dentro, se siente destrozado ("...Sarò Doge nel volto, e padre in core..."). Entra Jacopo Foscari, escoltado por cuatro guardias. Su inseparable carcelero le entrega un papel en el que Jacopo ve confirmada su sentencia y, en un intento desesperado, ruega a su padre que interceda por él. Estremecedor el modo en que Domingo dibuja en su rostro las emociones del atormentado Dux que, aun sintiendo que el alma se le desgarra, no puede hacer nada por su hijo. Irrumpen de pronto en escena Lucrecia y los tres niños del matrimonio. Quizá sus lágrimas infantiles logren aplacar el rigor del Consejo... pero no, todo es inútil: Jacopo ha de prepararse para un nuevo y ya irremediable exilio. La compenetración entre todos los miembros de este excelente reparto es tal que la escena resulta impresionante.
 



Acto III

Sin perder en ningún momento de vista las mazmorras, que permanecen en un siniestro segundo plano, vemos cómo la alegría de los venecianos se desborda en una fiesta en la que hombres y mujeres, disfrazados, llenan el aire de risas y cantos, mientras contemplan divertidos los malabares de los artistas callejeros. Entre ellos, oculto asimismo por una máscara, se encuentra Loredano. Al son de la preciosa barcarola "Tace il vento..." tiene lugar una divertida parodia en la que, tras vencer en una supuesta regata, un gondolero recibe los parabienes de su amada, que le espera en la orilla, y que no es sino un hombre disfrazado de mujer. La alegría general se rompe cuando, de pronto, se escuchan las trompetas que anuncian el paso de la justicia del León. Las gentes, atemorizadas, huyen.
 
Aparece Jacopo, guardado siempre por una férrea vigilancia. Le acompañan Lucrecia y Pisana. Muy pronto, un mar se interpondrá entre los esposos, y el desdichado preso no desea otra cosa sino que sus aguas se lo traguen. Insta a su esposa para que se muestre digna hija de Contarini y esposa de Foscari, para que inspire en sus hijos la virtud y cuide a su anciano padre... Comienza, al fin, la venganza tan largo tiempo deseada por el cruel Loredano. Lo que ninguno de los presentes sabe es que Francesco, desde un rincón, oculto por un sencillo manto, no pierde detalle de esta escena... sus gestos de padre que, impotente, desea con toda su alma acudir junto a su hijo y no puede... aún ahora, recordando, se me saltan las lágrimas.
 
Una vez que el preso ha partido y todos los demás se han retirado, el Dux, a solas, se reprocha amargamente a sí mismo el no haber pronunciado una sola palabra para salvar a su inocente hijo. La corona no ha sido para él más que un peso inútil. Si, al momento de colocársela, le hubiese sobrevenido la muerte, sus cuatro hijos hubieran estado junto a él para darle el último adiós; en cambio, ahora, deberá enfrentarse solo a un sepulcro que siente cada vez más cercano.
 
Barbarigo, que irrumpe de pronto en escena, corta estas siniestras reflexiones de Francesco portando una carta de un tal Erizzo; escrita poco antes de morir, en ella confiesa ser el único autor de la muerte de Donato. La alegría del Dux, inmensa, sólo dura unos momentos, pues Lucrecia aparece de nuevo, con paso lento y aire alienado, y le comunica que ya no le queda ningún hijo... Su actitud nos dice que ella misma aún no puede creer lo que acaba de ocurrir. Nada más partir, el inocente Jacopo, expiró... El Dux y Barbarigo salen de escena y, a solas, Lucrecia desahoga su rabia y su dolor pidiendo venganza para su desdichado esposo. En un rincón, se inclina para contemplar las aguas de la laguna... las aguas a las que Jacopo pedía que se le tragasen... las aguas a las que, quizá, ella misma siente la tentación de arrojarse.
 

 
La plataforma movible trae de nuevo hasta nosotros a Francesco, que se encuentra en su dormitorio, acostado en su cama. Su fiel sirviente (Mattía Olivieri) le anuncia la visita del Consejo de los Diez; el Dux, extrañado y receloso, les hace pasar. Loredano (Giancula Buratto), que actúa como portavoz, y que apenas puede disimular que no cabe en sí de gozo, anuncia cuál es el motivo de esa inesperada visita: el Consejo, considerando el profundo dolor que embarga al Dux y sus muchos años de servicio a la patria, ha decidido concederle un merecido descanso.
 
Tamaña desfachatez, tan insultante hipocresía provoca la ira de Foscari, que estalla en una violenta invectiva en la que echa en cara a tan "ilustres" señores, con toda la dureza del guerrero que aún vive en él, cómo durante siete lustros, desde que subiera al trono, dos veces quiso abdicar y las dos veces no le dejaron; es más, le obligaron a jurar que moriría como Dux. Así pues, asegura que ningún poder humano logrará arrebatarle la corona, pues un Foscari no falta jamás a su palabra. En un ruego similar al que (unas cuantas óperas más tarde) lanzará el anciano Rigoletto a los cortesanos, respecto de su hija, Francesco suplica a los decenviros que le devuelvan a su hijo... Es el último desahogo de un alma atormentada, que necesita sacar de sí toda la amargura que lleva dentro... Al Dux ya no le queda sino obedecer y, vencido, entrega al fin el anillo ducal.
 
Lucrecia, que había permanecido en un discreto segundo plano, acude para dar el brazo a su suegro y marcharse con él de allí. Justo cuando se disponen a retirarse, comienzan a repicar de fondo las campanas que anuncian que ha sido elegido un nuevo Dux. Para Foscari, ese lúgubre tañer, que resuena en su alma con acento de bronce, es el golpe definitivo que le hace caer fulminado al suelo, muerto.
 
 
 
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Desde este pequeño rincón, quiero dar un profundo gracias a todos y cada uno de los integrantes de este fantástico reparto de "I due Foscari", por entregarse de tal modo en escena y ofrecernos una representación que para mí es y será inolvidable.

jueves, 31 de enero de 2013

EL TEMIBLE LEÓN DE SAN MARCOS (I)


Este año se cumplen doscientos desde que viniera al mundo el gran maestro Giuseppe Verdi y, para celebrarlo, su obra sube a los escenarios de todo el mundo devolviéndole así, de algún modo, a la vida. Entre los homenajes a tan insigne cumpleañero, se encuentra la ópera que se representa estos días en Valencia "I due Foscari", una de las primeras de su repertorio, de la que ya he hablado en las entradas inmediatamente anteriores a ésta. Yo asistí a la función del pasado domingo, veintisiete de enero fecha que era, además, el aniversario de la muerte del genial compositor de Busseto.
 
Volver a Valencia es reencontrarse con la luz, el sol y la alegría; en este caso, también supuso para mí el reencuentro con un gran amigo, el tenor Pablo García López, de quien ya os he hablado en este blog ("Una gran noche lírica"), que forma parte del fantástico reparto que, con Plácido Domingo a la cabeza, representa en el Palau de Les Arts este turbulento drama verdiano. Un viaje, pues, que antes de empezar se presumía agradabilísimo, y que acabó superando con creces todas mis expectativas.

Regresemos pues, si os parece, a las turbias aguas de la Venecia del medievo, enfangadas por la codicia, la envidia, la ambición, las ansias de venganza... por las oscuras pasiones humanas, en suma, que son reconocibles en todo tiempo y lugar. Antes de sumergirnos en ellas, quiero deciros que los vídeos que he seleccionado para ilustrar las diversas escenas pertenecen a una representación que tuvo lugar el 15 de septiembre de 2012, en Los Angeles; se trata de la misma producción que puede verse en el Palau de Les Arts y, en ella fueron Marina Poplavskaya y Francesco Meli quienes encarnaron a Lucrecia Contarini y a Jacopo Foscari respectivamente. En algunos casos, no he encontrado fragmentos cruciales, tales como el aria con el que se presenta Francesco Foscari en el primer acto: "Eccomi solo alfine..", por lo que pido disculpas. He optado por omitirlos, en lugar de sustituirlos por los correspondientes de otras grabaciones, a fin de mantener una cierta homogeneidad.

Palau de Les Arts
Acto I

Una tenue cortina cubre la escena y, sobre ella, se proyectan las tranquilas aguas de los canales venecianos que, al son de una leve brisa, bailan con reflejos de plata. La magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana, con el brillante Omer Meir Wellber al frente, comienza a entonar el Preludio, característicamente verdiano y, a medida que va desgranándolo, esas aguas se agitan, cada vez con más furia, y la ponzoña que hasta ese momento acechaba en lo más hondo, aflora y se revuelve con la sangre inocente que, como ya sabemos por las entradas anteriores y veremos después, se derramará como consecuencia del odio y de la venganza.

Sobre ese fondo tempestuoso, se van dibujando unas breves y certeras frases que nos ponen en antecedentes acerca de lo que va a ocurrir. En ellas se nos habla de que el reinado de Francesco Foscari, que unos cincuenta años atrás había sido investido con la dignidad de Dux de la República de Venecia había estado, desde el principio, muy lejos de ser un remanso de paz. Tres de sus hijos habían muerto, víctimas de la peste; el cuarto, Jacopo, había sido acusado y condenado al exilio por el asesinato de Pietro Loredano, aspirante al título de Dux al mismo tiempo que Francesco, y enemigo acérrimo de éste desde que fuera derrotado. Cuando comienza la acción, Jacopo se halla de nuevo en Venecia, a donde ha sido llamado para ser juzgado de nuevo, esta vez por un delito de alta traición.

Por fin, el velo que cubre la escena, se levanta... Ante nosotros se descubre un lugar escalofriante, dantesco; se trata del sótano del Palacio Ducal, que alberga las mazmorras, cuyos muros desgastados rezuman humedad, frío y muerte. Si el infierno existe, debe de ser un sitio parecido a aquél. El Consejo de los Diez, que es quien realmente gobierna Venecia, que tiene en su mano la vida y la muerte de los infelices que caen bajo sus garras, entona un intimidatorio número coral, magníficamente interpretado, en el que expresa su deseo de que el temor y el respeto que inspira el León de San Marcos (el símbolo, recordemos, de la República de Venecia) duren por siempre.

Entre los presos que son torturados en aquel lugar se encuentra el infeliz Jacopo Foscari encerrado, como si de un animal se tratara, en una jaula que pende del techo. Mientras aquel vejatorio cubículo desciende, el único hijo superviviente del Dux canta la alegría que siente al haber podido ver de nuevo su patria, a pesar de lo cruelmente que ésta se ha portado con él, a pesar de lo duro que le puede costar, y que ya le está costando, lo que ha hecho para poder regresar (la carta escrita, recordemos, a Francesco Sforza). Voz poderosa, pujante, la de Iván Magrì, que ya en esta primera escena nos presenta a un Jacopo que transmite un torrente de energía, aún en la terrible situación en la que se encuentra. Junto a Jacopo, vigilando cada uno de sus movimientos, sin separarse prácticamente de él, el soldado que guarda celosamente las llaves que abren y cierran aquella jaula, Pablo García López. Si bien su intervención es, vocalmente hablando, breve, no puede ser más convincente: voz enérgica, mirada torva, gestos intimidatorios de desprecio hacia el condenado...


Sin movernos de aquel lugar de horror y muerte, que pasa a un oscurecido segundo plano, una plataforma movediza trae hasta nosotros la siguiente escena. Es como si, desde aquella fría mazmorra, pudiéramos asomarnos a la sala en la que Lucrecia, la esposa del desdichado hijo del Dux, llora y se desespera. Sus damas tratan de calmarla, de contenerla, pero ella está decidida a ir a ver a su suegro, segura de hallar piedad en su corazón de padre al que, afirma, el trono no puede haber cambiado. Impresionante el caudal de voz de Guanqun Yu, de bellísimo timbre; una Lucrecia contenida que lucha por dominar la rabia y la impotencia que desbordan su corazón. Llama la atención la voz de Pisana (Marina Pinchuk), la fiel confidente de Lucrecia.


La plataforma se retira, y aparta de nuestra vista a Lucrecia y, con ella, a sus damas. De nuevo interviene el Consejo de los Diez; los decenviros comentan que, a pesar de que el reo calla, la carta escrita a Sforza, que ellos han interceptado, es una prueba irrefutable de su culpabilidad. El exilio será una justa pena para su probado delito de traición; de este modo, todos verán que la poderosa espada del león alado, si bien puede mostrarse magnánima, como en este caso, al permitir que el reo conserve la vida, no duda en caer sobre cualquiera que ose levantarse contra la República, aunque se trate del mismísimo hijo del Dux.

Quien viene ahora hasta nosotros es el propio Dux, ese gigante de la escena lírica que es Plácido Domingo quien, con una voz que no ha perdido un ápice de su lozanía, se mete en la piel de Francesco Foscari y transmite, de forma  magistral, el cúmulo de sentimientos contradictorios que atormentan a éste. La emoción fluye, como una corriente eléctrica, desde el escenario hacia el público... cada gesto, la entonación de cada palabra, son los de un hombre derrotado que, a pesar de todo, siente que ha de sacar fuerzas de donde sea para cumplir con su deber pues, antes que nada y por encima de cualquier otra cosa, es el Dux. Ya que sus ojos están secos, es su corazón el que llora... ¡cómo lloré yo también!

El sirviente, Mattia Olivieri, con su poderosa y rotunda voz de barítono, anuncia la visita de la ilustre dama Foscari. Aparece de nuevo Lucrecia y comienza un difícil dúo en el que la ira a duras penas contenida de la dama ha de enfrentarse a la actitud decidida del Dux, que apenas logra mostrarse firme ante ella. A medida que va desarrollándose este tenso diálogo, podemos sentir cómo a Foscari van fallándole las fuerzas... El anciano guerrero ruega, implora a su nuera que tenga piedad de él, de su corazón destrozado... recuerdo la escena y no puedo evitar emocionarme... A pesar del trono y de todo su oropel, el Dux asegura que no tiene poder para hacer justicia y perdonar a su hijo; sin embargo, sus lágrimas hacen vislumbrar a Lucrecia un último rayo de esperanza.


Continuará...

jueves, 17 de enero de 2013

VIDA POR VIDA (I DUE FOSCARI) - 5ª PARTE -


Acto III
Cae la tarde, suave, sobre la antigua plaza de San Marcos. Una ligera brisa mece las aguas que, en su balanceo, emiten preciosos reflejos de plata. Al fondo, como un lejano vigía, se distingue la isla de los Cipreses. Venecia, que es hija, esposa y reina del mar, resplandece y sonríe a la alegría, al amor, a la vida.

Poco a poco, el pueblo va acudiendo, jubiloso, para asistir a una regata que está a punto de comenzar. Son gentes que cantan, que ríen, que ocultan divertidos su identidad tras una máscara, con el espíritu de niños que jugaran a disfrazarse. Entre todo este entusiasmo, vemos a Barbarigo y a Loredano, tenebrosos avisos de que la alegría de los venecianos es sólo un frágil velo que nos ocultará, únicamente por unos instantes, el trágico fondo de esta historia.

Loredano incita a los presentes a que, como es usual, la fiesta comience entonando la acostumbrada canción. Se trata de la misma melodía cuyos lejanos ecos llegaban a la celda de Jacopo, una inspiradísima barcarola, alegre, graciosa, muy pegadiza que, desde la primera vez que la escuché, me enamoró (siento no haber encontrado una versión escenificada):


De pronto, la alegría general se rompe por un repentino sonar de trompetas que, del mismo modo que el trueno anuncia a la tormenta, son la señal de que se acerca la justicia del León de San Marcos (1). Jacopo Foscari sale del palacio ducal, flanqueado por guardias y acompañado de Lucrecia y de Pisana. El corto camino hacia la galera que le espera en el puerto es el último tramo que va a recorrer antes de partir a un nuevo y definitivo exilio. Las góndolas han desaparecido del canal y la gente, temerosa, se ha apresurado a retirarse; tan sólo Loredano permanece para acechar los últimos momentos que su odiado Foscari va a pasar en Venecia y regocijarse así, aún más, en su venganza.

A Jacopo ya no le queda ninguna esperanza, ni aún la más remota. Se despide de su esposa, viuda (la llama él) de un marido que aún no ha muerto. Pronto un mar se interpondrá entre ambos, y Jacopo expresa el anhelo de que sus aguas, compasivas, se lo traguen; de este modo quedarían satisfechos el deseo de sus enemigos y el suyo propio, que es dejar de sufrir. En vano Lucia trata de quitarle tales ideas tenebrosas de la cabeza, y apela al recuerdo de los seres queridos que allí deja el infeliz: su padre, sus hijos, su esposa... Jacopo le ruega que consuele el dolor de su anciano padre, y que infunda en el corazón de sus hijos la virtud, que les diga que es inocente que, aunque ha de marcharse, perdona, y que se encontrarán, de nuevo, en el cielo donde quizá, algún día, hallen todos un consuelo para tanto dolor. Escuchemos a Lucrecia y a Jacopo en las voces de Katia Ricciarelli y FrancoTagliavini:



Cuando Jacopo, escoltado por el sopracomito (2) y los guardias, sube ya sin remedio a la galera, Lucrecia se desvanece en brazos de Pisana. Loredano no cabe en sí de gozo.

Al mismo tiempo que esto sucede el Dux, a solas en sus habitaciones, se siente superado por el sentimiento de culpa por no haber pronunciado una sola palabra para salvar a su hijo, y el inútil peso que para él ha resultado la corona; si, al tiempo que posó ésta sobre su cabeza, le hubiese llegado la muerte, al menos habría tenido a todos sus hijos consigo para darle un último adiós. Sin embargo ahora, al final de sus años, las atroces penas que le acribillan, con tres de sus hijos muertos y el cuarto en el exilio, le precipitan, en absoluta soledad, hacia el sepulcro.

De repente, llega precipitadamente Barbarigo, portando un papel. Se trata de la confesión de Nicolás Erizzo, noble veneciano que acaba de fallecer y que, antes de morir, se ha revelado como único autor de la muerte de Emolao Donato. Un súbito rayo de esperanza ilumina el corazón del Dux. El cielo, piadoso, ha querido devolverle al último hijo que le quedaba... Sin embargo, enseguida hace su aparición Lucrecia, completamente abatida... La breve alegría del afligido padre se viene abajo cuando su nuera le dice que, nada más emprender la marcha hacia el exilio, el infeliz Jacopo murió. Desolado, el Dux se deja caer sobre un sillón. Por si todo esto fuera poco, entra un sirviente y anuncia la visita del Consejo de los Diez, que desea hablar con el Dux. Éste, receloso, indica al sirviente que les haga entrar.

Loredano, exultante, anuncia el motivo de esta inesperada visita. Debido a sus muchos años y al profundo dolor que le embarga, el consejo ha decidido otorgar un merecido reposo a quien tantos y tan grandes servicios ha prestado a la patria; así pues, se han llegado hasta allí para que Foscari les entregue el anillo ducal. Ése es el generoso premio que tan altos señores han reservado al viejo guerrero... Escuchemos a ese magnífico Francesco Foscari que es Leo Nucci:



Toda la rabia, el dolor y la impotencia que hasta ese instante se habían acumulado en el corazón del Dux estallan y, en un súbito y feroz impulso, éste se levanta al tiempo que asegura, desafiante, que ninguna fuerza mortal logrará arrebatárselo. Dos veces en siete lustros, desde que ostenta la corona, quiso el Dux abdicar, y dos veces el Consejo se lo impidió; es más, se le obligó a jurar que moriría Dux y un Foscari, asegura Francesco, no falta a su palabra. Pero este arranque no es sino un "canto del cisne". Si el último de sus hijos ha muerto, ¿qué le queda? Obedecer, le replica el Consejo.

Vencido, Foscari entrega el anillo ducal a uno de los decemviros, y hace llamar a la infeliz viuda. Cuando Loredano hace ademán de quitarle el manto real, Francesco, tajante, le detiene; será él mismo el que se despoje del resto de atributos de la autoridad ducal, y no la indigna mano de Loredano. El que hasta hace un instante era la cabeza visible del poder en Venecia, se ha convertido en un ser indefenso, desolado...

Cuando Foscari se dispone a marcharse, del brazo de su afligida nuera, repican de fondo las campanas que anuncian al nuevo Dux. Y es ese lúgubre tañer, que resuena por doquier, y con especial fuerza en el corazón del anciano, el que, como una daga clavada en pleno corazón, le hace caer fulminado al suelo, muerto.



(1) El León de San Marcos, León Alado o León Marciano es la representación simbólica del evangelista San Marcos. Posee la forma de un León Alado, coronado con una aureola o nimbo. Suele representarse con un libro y una espada, sujetos con sus patas delanteras. El León de San Marcos ha sido el símbolo tradicional de Venecia, tanto de la antigua República como, en la actualidad, de la ciudad, de la provincia homónima y del Véneto (región del noroeste de Italia, cuya capital es Venecia).
(2) El sopracomito fue el título que, en la marina medieval y del renacimiento, se dio al comandante de una galera o de una nave mercante. En la armada veneciana, este papel estaba reservado exclusivamente a los miembros de las clases sociales más altas, como un signo de consideración y al mismo tiempo como un trampolín para una carrera exitosa en la administración de la República.

lunes, 14 de enero de 2013

VIDA POR VIDA (I DUE FOSCARI) - 4ª PARTE -


Acto II
La introducción orquestal al Acto II es bellísima y a la vez sobrecogedora. El diálogo sin palabras entre violín y violonchelo nos habla de oscuridad, de soledad que se abate como una losa sobre el condenado... Enseguida se escucha la voz de Jacopo Foscari que, a la espera de ser conducido de nuevo al exilio, languidece en la prisión del Estado. En su ánimo se unen la opresión que siente por la soledad de piedra de aquel lugar, y la angustia por la injusticia que están cometiendo con él. La escena está iluminada, únicamente, por el tenue resplandor que entra a través de un tragaluz, desde la izquierda. A la derecha, una larga y angosta escalera conduce al palacio, a los seres queridos, a la vida. Jacopo, abatido por el peso del dolor, de la rabia, de la impotencia, está sentado, encogido, sobre un banco.

La noche, que reina perpetua en aquel lugar, se le va llenando de horribles visiones; son los espectros de los que, antes que él, sufrieron prisión allí. De entre ellos se destaca Carmagnola (1) que, con la decapitada cabeza sobre su mano izquierda, se acerca amenazadoramente hacia él, con el brazo derecho extendido, señalándole y salpicándole con la sangre que brota de su herida abierta. Jacopo, horrorizado, le pide que tenga compasión de él, que no le maldiga pues él mismo, aun siendo hijo del Dux, ha sido condenado. El pavor que le produce la visión de aquel espectro ahoga hasta tal punto a Jacopo que se desmaya. Esta vez es Carlo Bergonzi quien se mete en la piel de Jacopo Foscari:


Aparece Lucrecia, que rápidamente desciende la escalera, temerosa de que su marido, al que ve tendido en el suelo, esté muerto. Le abraza apasionadamente y comprueba, aliviada, que su corazón late. El pobre Jacopo, cubierto de un sudor frío y presa aún del delirio, cree que todavía se halla ante el temible espectro de Carmagnola. Al comprobar que se trata de su amada esposa, respira. Dado que aún no conoce la sentencia del Consejo de los Diez, cree que la visita de Lucrecia no es sino un último adiós... quizá el verdugo le espera... Pero no, Lucrecia le asegura que no van a ejecutarle, aunque le han condenado a algo más terrible, a una muerte en vida: al exilio, y con él a la lejanía de los seres queridos. Escuchemos ahora a Vicenzo La Scola (Jacopo) y a Alexandrina Pendantchaska (Lucrecia) en la grabación ya mencionada del año 2003, realizada en el Teatro San Carlo de Nápoles (2):


A mi entender, la esencia de toda esta escena, se verá reflejada en el Acto III de una ópera posterior de Verdi y Piave: "La traviata". En la soledad de su habitación, que para ella es como una cárcel, siente que la muerte se cierne sobre ella; la situación cobra un tinte aún más dramático cuando, por contraste, se escuchan las voces alegres de los parisinos que celebran, exultantes, el carnaval. En "I due Foscari", Jacopo y Lucrecia escuchan desde la celda de éste los ecos lejanos de los gondoleros que, al son de una pegadiza y encantadora barcarolla, cantan. Del mismo modo que sucederá después en "La traviata", mientras fuera se ríe, en la celda, como ocurrirá en la habitación de Violetta, se muere.

Pero, ¡oh dicha inesperada!, los esposos reciben la visita del Dux que, ahora únicamente como padre, ha acudido a ver al hijo que adora (3). Jacopo no cabe en sí de gozo cuando su padre le dice que le quiere, que sólo fingía rigor hacia él, porque era su deber hacerlo. El Dux abraza tiernamente a su hijo y a su nuera y, emocionados, los tres entonan un precioso trío. Francesco Foscari, que sabe que es la última vez que podrá abrazar a su amado hijo, trata de infundirle la fuerza que él mismo no tiene. En esta ocasión son Carlo Bergonzi (Jacopo), Renato Bruson (Francesco) y Margarita Castro-Alberti (Lucrecia) quienes cantan, en una grabación de 1980:


El Dux, con todo el dolor de su corazón, debe retirarse. En el momento en que se dispone a hacerlo, aparece, para regodearse aún más en su venganza, Loredano, acompañado de guardias, para llevarse a Jacopo, a fin de que comparezca ante el Consejo de los Diez y le sea comunicada su sentencia. Los esposos ruegan por que a Loredano le aguarde un sufrimiento mil veces mayor que el que les está infligiendo a ellos.

Nos trasladamos a la sala del Consejo de los Diez, donde los consejeros se están reuniendo. Comentan que la partida del reo no debe demorarse más, que la justicia, incorruptible, debe ser implacable y castigar sin más tardanza a Foscari, asesino de Donato. Al poco, el Dux hace su entrada, con paso abatido pero solemne. Ha sido llamado por los consejeros, no sabe si para tormento suyo o de su hijo; de cualquier modo, consciente de su deber, asegura que, aunque no dejará de ser padre en el corazón, en su rostro sólo se reflejará la actitud del Dux.

Entra Jacopo, escoltado por guardias. Loredano, triunfante, hace que se le entregue un pergamino para que lea cuál ha sido su sentencia; aún califica al consejo de clemente, puesto que pudiendo haberle ejecutado, le ha concedido la vida. Una vez más, el Dux aconseja a su hijo resignación... Quizá vuelvan a verse, pero será en el cielo.

Repentina e inesperadamente llega Lucrecia, llevando consigo a sus dos hijos. Quizá, al verlos, la piedad conmueva los duros corazones de los consejeros. Jacopo corre a abrazarse a sus hijos y los tres, sollozantes, caen a los pies del Dux para implorarle piedad. Ya que no pueda revocar la sentencia, Jacopo ruega a Francesco que haga de padre de sus hijos. Por su parte, Lucrecia suplica que les sea permitido, a ella y a sus hijos, compartir la suerte de su esposo; sin embargo, a pesar de las amargas lágrimas de estos desdichados, Jacopo es conducido de nuevo bajo custodia para que se prepare, al fin, su marcha de nuevo al exilio (4)


(1) Francesco Bussone da Carmagnola fue un condottiero (mercenario) encarcelado, al igual que Jacopo Foscari, por traición a la república. Aunque el Dux se hizo amigo de él, fue condenado y decapitado el 5 de mayo de 1432.

(2) En cuanto a esta grabación, no puedo dejar de hablar de algo que me llamó poderosamente la atención, y es el modo en el que está escenificada la escena en la que Lucrecia visita a su marido en la cárcel. Lucrecia, mujer atormentada por la injusta pena que está sufriendo su marido al que, se supone, ama apasionadamente, en este montaje se asoma a lo alto de la escalera y, desde lejos le llama. ¿Estará muerto? En lugar de correr hacia él, lo que sería, digo yo, lo lógico, sin moverse de donde está, casi en lo alto del todo de la escalera comprueba, ¡oh milagro!, que su Jacopo está vivo. Podría decirse de ella, parafraseando a una antigua película, que es "la mujer que tenía rayos x en los ojos" pues, de otro modo y a esa distancia, veo difícil que supiera que el corazón de su esposo continuaba latiendo. Por fin, baja pero es tanto el amor que le tiene que ni siquiera le toca ¿cómo es posible? Puede que se trate de una mujer precavida, que no quiera que su marido le pegue algún mal que haya podido adquirir durante su encierro. Amén de este comentario un tanto irónico, la representación, en general, está bien (principalmente Leo Nucci, que me parece maravilloso) aunque escenificaciones como la que acabo de comentar me parecen poco creíbles.

(3) También Violetta recibirá, antes de morir, la alegría inesperada de la visita de su amado Alfredo.

(4) Pido disculpas porque, por más que he buscado, no he logrado encontrar en youtube el fragmento correspondiente a este sobrecogedor final del Acto II.


(Fuentes: www.kareol.es, www.youtube.com)

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