Volver a Valencia es reencontrarse con la luz, el sol y la alegría; en este caso, también supuso para mí el reencuentro con un gran amigo, el tenor Pablo García López, de quien ya os he hablado en este blog ("Una gran noche lírica"), que forma parte del fantástico reparto que, con Plácido Domingo a la cabeza, representa en el Palau de Les Arts este turbulento drama verdiano. Un viaje, pues, que antes de empezar se presumía agradabilísimo, y que acabó superando con creces todas mis expectativas.
Regresemos pues, si os parece, a las turbias aguas de la Venecia del medievo, enfangadas por la codicia, la envidia, la ambición, las ansias de venganza... por las oscuras pasiones humanas, en suma, que son reconocibles en todo tiempo y lugar. Antes de sumergirnos en ellas, quiero deciros que los vídeos que he seleccionado para ilustrar las diversas escenas pertenecen a una representación que tuvo lugar el 15 de septiembre de 2012, en Los Angeles; se trata de la misma producción que puede verse en el Palau de Les Arts y, en ella fueron Marina Poplavskaya y Francesco Meli quienes encarnaron a Lucrecia Contarini y a Jacopo Foscari respectivamente. En algunos casos, no he encontrado fragmentos cruciales, tales como el aria con el que se presenta Francesco Foscari en el primer acto: "Eccomi solo alfine..", por lo que pido disculpas. He optado por omitirlos, en lugar de sustituirlos por los correspondientes de otras grabaciones, a fin de mantener una cierta homogeneidad.
Acto I
Una tenue cortina cubre la escena y, sobre ella, se proyectan las tranquilas aguas de los canales venecianos que, al son de una leve brisa, bailan con reflejos de plata. La magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana, con el brillante Omer Meir Wellber al frente, comienza a entonar el Preludio, característicamente verdiano y, a medida que va desgranándolo, esas aguas se agitan, cada vez con más furia, y la ponzoña que hasta ese momento acechaba en lo más hondo, aflora y se revuelve con la sangre inocente que, como ya sabemos por las entradas anteriores y veremos después, se derramará como consecuencia del odio y de la venganza.
Una tenue cortina cubre la escena y, sobre ella, se proyectan las tranquilas aguas de los canales venecianos que, al son de una leve brisa, bailan con reflejos de plata. La magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana, con el brillante Omer Meir Wellber al frente, comienza a entonar el Preludio, característicamente verdiano y, a medida que va desgranándolo, esas aguas se agitan, cada vez con más furia, y la ponzoña que hasta ese momento acechaba en lo más hondo, aflora y se revuelve con la sangre inocente que, como ya sabemos por las entradas anteriores y veremos después, se derramará como consecuencia del odio y de la venganza.
Sobre ese fondo tempestuoso, se van dibujando unas breves y certeras frases que nos ponen en antecedentes acerca de lo que va a ocurrir. En ellas se nos habla de que el reinado de Francesco Foscari, que unos cincuenta años atrás había sido investido con la dignidad de Dux de la República de Venecia había estado, desde el principio, muy lejos de ser un remanso de paz. Tres de sus hijos habían muerto, víctimas de la peste; el cuarto, Jacopo, había sido acusado y condenado al exilio por el asesinato de Pietro Loredano, aspirante al título de Dux al mismo tiempo que Francesco, y enemigo acérrimo de éste desde que fuera derrotado. Cuando comienza la acción, Jacopo se halla de nuevo en Venecia, a donde ha sido llamado para ser juzgado de nuevo, esta vez por un delito de alta traición.
Por fin, el velo que cubre la escena, se levanta... Ante nosotros se descubre un lugar escalofriante, dantesco; se trata del sótano del Palacio Ducal, que alberga las mazmorras, cuyos muros desgastados rezuman humedad, frío y muerte. Si el infierno existe, debe de ser un sitio parecido a aquél. El Consejo de los Diez, que es quien realmente gobierna Venecia, que tiene en su mano la vida y la muerte de los infelices que caen bajo sus garras, entona un intimidatorio número coral, magníficamente interpretado, en el que expresa su deseo de que el temor y el respeto que inspira el León de San Marcos (el símbolo, recordemos, de la República de Venecia) duren por siempre.
Entre los presos que son torturados en aquel lugar se encuentra el infeliz Jacopo Foscari encerrado, como si de un animal se tratara, en una jaula que pende del techo. Mientras aquel vejatorio cubículo desciende, el único hijo superviviente del Dux canta la alegría que siente al haber podido ver de nuevo su patria, a pesar de lo cruelmente que ésta se ha portado con él, a pesar de lo duro que le puede costar, y que ya le está costando, lo que ha hecho para poder regresar (la carta escrita, recordemos, a Francesco Sforza). Voz poderosa, pujante, la de Iván Magrì, que ya en esta primera escena nos presenta a un Jacopo que transmite un torrente de energía, aún en la terrible situación en la que se encuentra. Junto a Jacopo, vigilando cada uno de sus movimientos, sin separarse prácticamente de él, el soldado que guarda celosamente las llaves que abren y cierran aquella jaula, Pablo García López. Si bien su intervención es, vocalmente hablando, breve, no puede ser más convincente: voz enérgica, mirada torva, gestos intimidatorios de desprecio hacia el condenado...
Sin movernos de aquel lugar de horror y muerte, que pasa a un oscurecido segundo plano, una plataforma movediza trae hasta nosotros la siguiente escena. Es como si, desde aquella fría mazmorra, pudiéramos asomarnos a la sala en la que Lucrecia, la esposa del desdichado hijo del Dux, llora y se desespera. Sus damas tratan de calmarla, de contenerla, pero ella está decidida a ir a ver a su suegro, segura de hallar piedad en su corazón de padre al que, afirma, el trono no puede haber cambiado. Impresionante el caudal de voz de Guanqun Yu, de bellísimo timbre; una Lucrecia contenida que lucha por dominar la rabia y la impotencia que desbordan su corazón. Llama la atención la voz de Pisana (Marina Pinchuk), la fiel confidente de Lucrecia.
La plataforma se retira, y aparta de nuestra vista a Lucrecia y, con ella, a sus damas. De nuevo interviene el Consejo de los Diez; los decenviros comentan que, a pesar de que el reo calla, la carta escrita a Sforza, que ellos han interceptado, es una prueba irrefutable de su culpabilidad. El exilio será una justa pena para su probado delito de traición; de este modo, todos verán que la poderosa espada del león alado, si bien puede mostrarse magnánima, como en este caso, al permitir que el reo conserve la vida, no duda en caer sobre cualquiera que ose levantarse contra la República, aunque se trate del mismísimo hijo del Dux.
Quien viene ahora hasta nosotros es el propio Dux, ese gigante de la escena lírica que es Plácido Domingo quien, con una voz que no ha perdido un ápice de su lozanía, se mete en la piel de Francesco Foscari y transmite, de forma magistral, el cúmulo de sentimientos contradictorios que atormentan a éste. La emoción fluye, como una corriente eléctrica, desde el escenario hacia el público... cada gesto, la entonación de cada palabra, son los de un hombre derrotado que, a pesar de todo, siente que ha de sacar fuerzas de donde sea para cumplir con su deber pues, antes que nada y por encima de cualquier otra cosa, es el Dux. Ya que sus ojos están secos, es su corazón el que llora... ¡cómo lloré yo también!
El sirviente, Mattia Olivieri, con su poderosa y rotunda voz de barítono, anuncia la visita de la ilustre dama Foscari. Aparece de nuevo Lucrecia y comienza un difícil dúo en el que la ira a duras penas contenida de la dama ha de enfrentarse a la actitud decidida del Dux, que apenas logra mostrarse firme ante ella. A medida que va desarrollándose este tenso diálogo, podemos sentir cómo a Foscari van fallándole las fuerzas... El anciano guerrero ruega, implora a su nuera que tenga piedad de él, de su corazón destrozado... recuerdo la escena y no puedo evitar emocionarme... A pesar del trono y de todo su oropel, el Dux asegura que no tiene poder para hacer justicia y perdonar a su hijo; sin embargo, sus lágrimas hacen vislumbrar a Lucrecia un último rayo de esperanza.
Continuará...
Quien viene ahora hasta nosotros es el propio Dux, ese gigante de la escena lírica que es Plácido Domingo quien, con una voz que no ha perdido un ápice de su lozanía, se mete en la piel de Francesco Foscari y transmite, de forma magistral, el cúmulo de sentimientos contradictorios que atormentan a éste. La emoción fluye, como una corriente eléctrica, desde el escenario hacia el público... cada gesto, la entonación de cada palabra, son los de un hombre derrotado que, a pesar de todo, siente que ha de sacar fuerzas de donde sea para cumplir con su deber pues, antes que nada y por encima de cualquier otra cosa, es el Dux. Ya que sus ojos están secos, es su corazón el que llora... ¡cómo lloré yo también!
El sirviente, Mattia Olivieri, con su poderosa y rotunda voz de barítono, anuncia la visita de la ilustre dama Foscari. Aparece de nuevo Lucrecia y comienza un difícil dúo en el que la ira a duras penas contenida de la dama ha de enfrentarse a la actitud decidida del Dux, que apenas logra mostrarse firme ante ella. A medida que va desarrollándose este tenso diálogo, podemos sentir cómo a Foscari van fallándole las fuerzas... El anciano guerrero ruega, implora a su nuera que tenga piedad de él, de su corazón destrozado... recuerdo la escena y no puedo evitar emocionarme... A pesar del trono y de todo su oropel, el Dux asegura que no tiene poder para hacer justicia y perdonar a su hijo; sin embargo, sus lágrimas hacen vislumbrar a Lucrecia un último rayo de esperanza.
Continuará...







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