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| Salomé (Alonso de Berruguete) |
Herodes está loco de deseo por Salomé y le pide que baile para él. La muchacha se niega, alegando que no tiene ningún deseo de bailar. Siguen escuchándose la voz de Jokanaan, que continúa lanzando imprecaciones contra Herodías. Herodes insiste a Salomé, una y otra vez; le jura que le entregará todo cuanto ella le pida si consiente en danzar para él; entonces Salomé, iluminada por una repentina idea, que brilla en sus ojos como una revelación, al fin acepta, no sin antes advertir a Herodes: "Has prestado un juramento, tetrarca". Herodes siente sobre él una siniestra presencia, como si un enorme pájaro revolotease sobre su cabeza... un escalofrío le recorre y, al momento siguiente, arde de calor...
Se oyen de nuevo las palabras sentenciosas de Jokanaan. Herodías no quiere que su hija baile, pero se ha convencido de que no puede hacer nada para evitarlo; Herodes no tiene intención de retirarse en tanto Salomé no haya bailado.
Llega el momento culminante de esta magistral obra: la Danza de los Siete Velos. Salomé, que se ha envuelto en sugerentes gasas, danza al son de un sensual ritmo que va "in crescendo", y va desprendiéndose de los velos que la cubren, uno a uno...
Cuando finaliza la danza, Herodes, pletórico, pregunta a Salomé: "¿Qué deseas, Salomé? ¡Dímelo!". Y Salomé, ebria de despecho, pronuncia su sentencia: "La cabeza de Jokanaan". Herodes, horrorizado, trata por todos los medios de disuadirla; le ofrece rubíes, esmeraldas, la mitad de su reino si lo quiere... Pero Salomé está resuelta: lo que quiere es la cabeza de Jokanaan, y han de traérsela en una bandeja de plata. Herodías no cabe en sí de gozo; las ofensas que ha recibido por fin van a ser vengadas.
Al fin, Herodes cede. En una escena estremecedora el verdugo, espada en mano, se dirige a la mazmorra donde se encuentra Jokanaan. Desde fuera Salomé se extraña de que no se escuche ruido de lucha; si a ella quisiesen matarla lucharía y se defendería ¿por qué Jokanaan no se revuelve contra su verdugo? Al fin, Salomé escucha que algo cae al suelo ¿quizá el soldado, después de todo, no se ha atrevido a dar muerte a Jokanaan? Poco después, vuelve a aparecer el brazo ejecutor de la terrible sentencia, llevando una bandeja de plata, y sobre ella... la terrible visión de la cabeza de Jokanaan separada de su cuerpo....
Salomé, cuya obsesión ha llegado a la demencia, toma en sus manos el horroroso trofeo y, pletórica, le dice: "¡Yo vivo, pero tú estás muerto, y tu cabeza, tu cabeza me pertenece!...¡ahora voy a besarla!" Y se entrega a un morboso besuqueo con aquel terrible despojo. La escena resulta repugnante hasta para Herodes, que ordena a sus soldados que aplasten a la princesa bajo sus escudos.
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com y www.youtube.com)









