Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.
Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.
Ahora que acaba de empezar el año, os propongo un brindis, porque cada nuevo ciclo que empieza es una nueva oportunidad para acercarse un poco más al objetivo que, humildemente, creo que todos debiéramos tener como prioritario: ser felices. En el propio camino está la felicidad; brindemos, pues, no sólo por la nueva oportunidad que nos ofrece un nuevo año, sino por la que nos ofrece cada día, cada minuto, y apreciemos y degustemos cada momento.
A todos nos es familiar el momento en el que, en una celebración, los invitados se levantan y entrechocan sus copas para manifestar sus buenos deseos respecto de algo o de alguien. Es el "brindis" término que, según la Real Academia Española viene del alemán: "bring dir's" ("yo te lo ofrezco").
Una de las versiones acerca del origen del "brindis" se remonta al siglo XVI. Para celebrar una decisiva victoria de las tropas de Carlos V sobre las romanas, los mandos militares llenaron sus copas de vino y, al tiempo que las alzaban al frente, dijeron la ya citada frase "bring dir's". Aunque hay otra que va mucho más atrás en el tiempo y cuenta que, allá por el siglo IV a. de C., los anfitriones chocaban fuertemente las copas con sus invitados, lo que hacía que salpicase el contenido de unas a otras. Así, quedaba claro que aquel que ofrecía el banquete no ofrecía a sus huéspedes bebida envenenada (por aquel entonces, era usual eliminar a los enemigos por medio de bebidas envenenadas).
Sea como fuere, éstas no son sino unas breves pinceladas para presentar el tema de la entrada de hoy: el brindis en la ópera. Veremos algunos ejemplos de óperas que ya han aparecido en este blog y en los que, en una u otra circunstancia, con una u otra intención, se brinda. El primero es el que quizá se nos ha venido a todos ya a la cabeza: el famoso brindis de "La traviata", de Giuseppe Verdi. La historia acaba de comenzar; Violetta Valéry celebra una brillante fiesta en su casa, a la que asisten multitud de invitados. En medio del regocijo general, Gastón insta a Alfredo a que proponga un brindis. El muchacho, tímido al principio, duda; pero cuando Violetta, a la que ama aún en silencio, le asegura que desea escucharle, Alfredo desborda su corazón en un torrente de inspiradas palabras:
"Bebamos alegremente de este vaso
resplandeciente de belleza
y que la hora efímera
se embriague de deleite.
Bebamos con dulce estremecimiento
que el amor despierta
puesto que estos bellos ojos
(mirando a Violetta)
nos atraviesan el corazón..."
Continuemos con el maestro Verdi, si bien esta vez con un brindis de un cariz muy diferente. Iago, en siniestra complicidad con Roderigo, se propone emborrachar a su odiado rival, Cassio. Sabe que cuando éste bebe en demasía es capaz de hacer cualquier barbaridad; su intención es que Cassio se ponga en vergüenza ante Otello y que éste, como castigo, le releve de su puesto de capitán, que Iago cree que Cassio le ha usurpado. Así pues, Iago ordena a los taberneros que corra el vino y, en medio del regocijo general, incita a todos los presentes a que remojen el gaznate antes de que se esfumen los cantos y los vasos:
"¡Remoja el gaznate! ¡Toma un trago! ¡Antes de que se esfumen los cantos y los vasos!..."
Para terminar, un brindis famosísimo: el de "Cavalleria rusticana". A la salida de misa, aprovechando que la gente está reunida en la plaza, Turiddu invita a todos a beber un vaso de vino en su taberna. Él y Lola sienten segura su relación de amantes; lo que no saben es que Santuzza, después de un violento encuentro con Turiddu, se ha encontrado por casualidad con el compadre Alfio y, despechada, le ha contado que su mujer, Lola, le adorna la cabeza de mala manera. La tormenta está a punto de estallar en toda su intensidad, pero ni Turiddu ni Lola lo saben aún; así, Turiddu, exultante porque tiene a Lola muy cerca, invita a todos los presentes a beber y entona una canción en la que alaba las virtudes del vino que, resplandeciente en el vaso, infunde alegría y conforta los pensamientos:
"Viva el vino espumeante,
resplandeciente en el vaso,
como la sonrisa de los enamorados;
¡duplicemente infunde alegría!
Viva el vino que es sincero,
que conforta nuestros pensamientos,
y ahoga la oscura melancolía
embriagándonos dulcemente"
Con mis mejores deseos, ¡brindo por todos vosotros, amigos!
Acompañemos ahora a Desdémona, en la triste soledad que inunda su alcoba. El mobiliario: una cama, un reclinatorio, una mesa, un espejo... Hay una vela encendida sobre la mesa. La noche y la amargura envuelven a Desdémona y a la habitación por completo.
A decir verdad, Desdémona no está sola pues, además de nosotros, Emilia está con ella; Desdémona le pide que saque su vestido de novia y lo extienda sobre el lecho... Mientras Emilia le ayuda le ayuda a prepararse para dormir, la dulce Desdémona entona "La canción del sauce", una conmovedora melodía que, esa noche, no se le va de la cabeza; solía cantarla una doncella de su madre, Bárbara: "...la pobre desgraciada murmuraba tristemente y brotaban las lágrimas de sus ojos... Él nació para su gloria... y yo para amarle y morir."
Desdémona siente que le arden los ojos... "Presagian el llanto..." dice. Emilia se dispone a retirarse pero, apenas ha llegado a la puerta, Desdémona llama: "¡Ah, Emilia, Emilia!" Emilia se vuelve y ambas se abrazan, quizás por última vez... A solas, Desdémona se acerca al reclinatorio, se arrodilla y reza: "Dios te salve, María, llena eres de gracia..."; después, se levanta y se echa en la cama, abrazando su vestido de novia.
Entra Otello y, silencioso y temible, sin dejar de observar a Desdémona, avanza... Vemos con horror que lleva en las manos una cimitarra la cual, mientras camina como un autómata, sumido en tenebrosos pensamientos, acaba depositando sobre la mesa. Apaga la luz de la vela. Se acerca con decisión a la cama pero... se detiene. Eleva las manos hacia el cielo, en una desesperada súplica, quizá de una señal del Altísimo... Sus manos descienden y tocan el vestido de novia, que reposa sobre el cuerpo de su mujer; con una expresión de dolor desgarrado por el amor que cree perdido, lo toma en sus manos, lo huele... quizás piensa en que, un día, vistió el cuerpo de la mujer a la que amó con locura y que ahora... Con gran delicadeza, toma una de las blancas manos de Desdémona, que yace aún dormida y, dulcemente, la besa... después se inclina y besa su rostro... Desdémona, entonces, se despierta...
"¿Eres tú, Otello?" pregunta dulcemente. "Sí..." responde él, sin dejar de mirarla fija y fríamente... "...¿has rezado esta noche?" Otello, imperturbable, le ordena que, si recuerda haber cometido alguna falta, se apresure a pedir el perdón del cielo, puesto que no quiere matar su alma... Desdémona, estupefacta y aterrada, no comprende el por qué de tan espeluznante sentencia de su esposo. "Amas a Cassio" le acusa Otello; y cuanto más lo niega Desdémona, la ira de Otello de desata más y más y, cada vez con más furia, trata de obligarla a que confiese. "...No amo a Cassio... Hazle venir... ¡Déjale hablar!" le ruega Desdémona. "Ya no puede hablar..." le responde, sombrío, Otello. Desdémona, desolada al saber que Cassio ha muerto, llora, por ella misma, que ya se sabe perdida, y por un buen y leal amigo, Cassio, que ha sido tan vilmente traicionado; sin embargo, esas lágrimas las toma Otello como una confesión... violento, coge a su esposa y sus manos, como una terrible garra, se aferran al blanco cuello de Desdémona y aprietan más y más... de nada sirven los ruegos de la muchacha... aquellas manos de fiera no sueltan su presa hasta que el cuerpo inerte de Desdémona cae sobre la cama...
De repente, alguien llama a la puerta: "¡Abrid, abrid!". Es Emilia, que viene a anunciar a Otello que ha sucedido un hecho terrible: Cassio ha matado a Roderigo. Desde la cama, Desdémona aún tiene fuerzas para murmurar: "Muerta... injustamente muerta..." Emilia corre hacia ella... "...¿Quién ha sido?..." pregunta; pero Desdémona se acusa a si misma... y muere. Sin embargo Otello, que cree firmemente que ha hecho lo que debía, confiesa que ha sido él quien le ha dado muerte. Emilia, desesperada, sale corriendo: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Otello ha matado a Desdémona!".
Entran Lodovico, Cassio y Yago; después Montano con guardias. A pesar de que Yago trata de hacerla callar, Emilia confiesa que su marido le arrebató de las manos, por la fuerza, el pañuelo de Desdémona; Cassio añade que, después, él lo halló en su alcoba. Por su parte, Montano cuenta que Roderigo, antes de morir, tuvo tiempo de revelarle las maquinaciones de Yago. Éste, viéndose acorralado, huye; algunos hombres salen en su busca. Mientras, Otello coge la cimitarra que había depositado en la mesa... "¡Dadme esa espada!" le dice Lodovico...
Pero Otello, sereno, pide que nadie le tema aunque le vea armado... Es el fin de su viaje... Otello ya no existe. Deja caer la cimitarra, se acerca a la cama y contempla a Desdémona, fría, pálida... "...ser bueno nacido bajo mala estrella..." entonces, para sorpresa de todos, extrae velozmente una daga de su traje: "¡Todavía me queda un arma!" dice al tiempo que se hiere con ella... Y su agonía es un triste recuerdo de aquel bello momento en el que ambos, a la luz de la luna, recordaron cómo y cuando se conocieron, aquel momento mágico que Otello presentía que no iba a durar..."...otro beso... otro beso... ¡ah!... un último beso..." dice, justo antes de exhalar su último suspiro.
(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)
Otello y Yago conversan en una gran sala del castillo, anexa a una galería. Un heraldo anuncia solemnemente la próxima llegada de los embajadores venecianos, cuya galera acaba de ser avistada desde el puerto. El heraldo se retira y, de nuevo solos, Otello y Yago (por sugerencia de este último) elaboran un plan según el cual Yago se encargará de traer a Cassio y de obligarle a hablar; mientras tanto Otello, oculto, observará su comportamiento, sus gestos, sus palabras. Antes de retirarse, y a fin de avivar el fuego que corre por la sangre de Otello, Yago le recuerda: "¡El pañuelo!..."
Una vez solo Otello, llega Desdémona y, mientras no deja de observarle con una cierta prevención, le da unos dulces y cariñosos buenos días: "Que Dios te alegre, oh esposo, señor de mi alma." Otello, disfrazada su actitud de una premeditada y engañosa galantería, le responde lanzando sutiles dardos envenenados envueltos en tiernas palabras de alabanza: "...el demonio gentil que mal aconseja yace aquí, y enciende el seductor marfil de esta mano diminuta..." dice mientras toma la de su esposa. Desdémona, que parece no advertir la ira que empieza a inflamarse, de nuevo, en el corazón de su marido, vuelve a hablarle de Cassio... Otello siente que las sienes le van a estallar, y pide a Desdémona que, de nuevo, le vende la frente... Cuando sumisa, ella le ofrece un pañuelo, Otello, airado, le replica que no es ése el que desea, sino aquel que le regaló como primera prenda de amor. "No lo tengo aquí" responde ella perpleja. Otello entonces le advierte que una terrible amenaza se cierne sobre ella si lo pierde...
Desdémona trata de tomar a broma las palabras de su marido: "Te estás burlando de mi. Así es como evitas hablar de Cassio..." le dice con elegancia; imprudente, insiste en que debe perdonar a Cassio... Otello, cada vez más furioso, le pide, con una temible urgencia: "¡El pañuelo!". De pronto, a Desdémona se le revela cuál es la atroz sospecha oculta el corazón de su marido...
Otello coge a Desdémona violentamente por la barbilla, y le obliga a que le mire a la cara: "¡Dime quién eres!". Por más que ella jura y perjura que es su esposa leal, Otello la acusa de ser infiel, impura... Aterrada, bañado su rostro en lágrimas, Desdémona trata de encontrar dentro de sí las palabras que conmuevan aquel corazón que se ha convertido en piedra. Pero Otello ya ha dictado su sentencia; pasando de la cólera terrible a la calmada ironía, toma la mano de su esposa, y simula disculparse: "...Quiero disculparme. Supuse que eras..." para, de nuevo sombrío y furioso, obligarla a retirarse diciéndole: "...¡la vil cortesana que Otello tiene por esposa!".
A solas, Otello da rienda suelta a su profunda desesperación en forma de un desgarrador aria, un desolador lamento que clama a Dios y le asegura que hubiera podido soportar la pobreza, el oprobio, si ésa hubiese sido la voluntad del cielo... pero de lo que le ha despojado es del espejismo en que se consolaba su alma, del resplandor que le daba vida, llenándole de alegría... Su sentencia es inapelable: "¡Oh, condenación! ¡Que confiese primero el pecado y luego muera!..." exclama.
Entra Yago, y advierte a Otello que Cassio se acerca, al tiempo que hace que se esconda. El incauto Cassio, creyéndose a solas con Yago, no tiene ningún reparo en hablarle acerca de la petición que le ha hecho a Desdémona para que interceda por él ante Otello: "...Pensaba encontrar a Desdémona aquí..." Desde su escondite, al escuchar el nombre de su esposa, Otello ruge... Yago, habilísimo maestro del engaño, incita a Cassio para que le hable del preciado objeto de sus amores (que, como sabemos, es Blanca, y no Desdémona), y lo hace de modo que, cada vez que pronuncia el nombre de Blanca, lo hace en voz baja, de modo que Otello no pueda oírlo. Así, el atormentado gobernador, sólo puede escuchar las ardientes frases de Cassio, tales como: "...Ella me fascina con sus bellos ojos..." creyendo que se refieren a su esposa. Cassio ríe, azuzado por Yago, y Otello lo toma como una burla hacia él.
Llega el momento de asestar una certera puñalada al corazón de Otello, y Yago hace que Cassio muestre el pañuelo de Desdémona (que, como sabemos, él mismo arrebató a su esposa, Emilia, y colocó después en los aposentos de Cassio). Otello, al ver en manos de aquel que cree un traidor la que toma por una prueba definitiva, apenas puede contenerse... "¡Todo acabó! ¡El amor y el penar!..." dice para sí. Pero Cassio ni siquiera sabe de quién es el pañuelo, ni cómo ha ido a parar a sus manos. De pronto, se escuchan las trompetas que anuncian la llegada de la trirreme veneciana.
Cassio se marcha veloz, para no encontrarse con Otello. El desesperado gobernador ya sólo piensa en cómo va a dar muerte a su esposa. "Consígueme un veneno para esta noche" le pide a Yago; pero éste le sugiere que es mucho mejor que estrangule a Desdémona en su lecho, donde ha pecado; mientras, él se encargará de Cassio. Otello, abrumado por el gran servicio que cree que le está prestando Yago, le nombra capitán; Yago, al tiempo que le da las gracias, le aconseja que muestre a Desdémona ante los embajadores venecianos, para no levantar sospechas.
Yago se retira. Otello se prepara para recibir a los embajadores. Entran Lodovico, Roderigo, el heraldo, dignatarios de la República de Venecia, damas, caballeros, soldados, trompeteros, seguidos de Yago con Desdémona y Emilia.
Aclamado por los vítores de todos los presentes, Otello recibe un mensaje del gran Dux de Venecia de manos de Lodovico. Mientras lo leer, aparentemente concentrado, no pierde detalle de lo que las palabras que cruza su esposa con Lodovico quien, extrañado por no ver a Cassio, ha preguntado por él. Desdémona responde que cree que volverá a ganarse el favor de Otello; éste, alerta, fingiendo que lee, responde: "¿Estás segura?". Imprudente, Desdémona continúa hablando de Cassio, lo que enfurece a su esposo que, incapaz ya de contenerse, trata de golpearla. Sorprendido y asustado, Lodovico detiene su mano. Todos los presentes están horrorizados.
Aparece Cassio; Otello emprende entonces un difícil discurso; difícil en cuanto a voz y también en cuanto a interpretación, pues ha de cambiar rápida y sucesivamente de tono, de color... En voz baja, pide a Yago que escarbe en la mente de Cassio; inmediatamente, alzando la voz, se dirige a todos los presentes: "Señores, el Dux..." y, sin terminar la frase, efectúa de nuevo un giro y, en voz baja, le dice a su esposa que finge llorar muy bien... Al fin, Otello anuncia a la multitud que el gran Dux le llama a Venecia, y que nombra sucesor suyo en Chipre a... ¡Cassio! Lo que pretende Otello es probar la reacción de Cassio: "¿Ves?... El bellaco no parece alegrarse" le dice a Yago; pero éste, sorprendido por la decisión de Otello, está furioso.
Desdémona avanza hacia su marido, implorante; pero éste, furioso, la coge con furia: "¡Al suelo!... ¡y llora!". A mí esta escena me ha recordado siempre a otra del Acto III de "La Traviata" (o Acto II, Cuadro II) en la que Violetta Valéry, vencida por el oprobio que vierte sobre ella Alfredo, cae al suelo ante las espantadas miradas de todos los presentes, de forma similar a como lo hace aquí Desdémona. De rodillas, en actitud implorante, la desdichada esposa de Otello entona un triste lamento de añoranza por los tiempos felices de antaño, ya perdidos, y de agonía por el dolor y la pesadumbre que han invadido su vida. Del mismo modo, cada cual para sí, entona una reflexión acerca de su propia suerte: Cassio siente que la fortuna que ha querido elevarle, es la ola de un peligroso huracán; Roderigo se lamenta porque su deseada Desdémona pronto se irá de Chipre; Lodovico se compadece de la desdichada Desdémona. El resto de los presentes, a coro, condenan la brutal conducta de Otello.
Yago recuerda a Otello que debe estar listo para esa noche; él mismo, tal y como le prometió, se ocupará de Cassio. Aparte, se dirige al apesadumbrado Roderigo y aviva de nuevo sus esperanzas: "El navío levará anclas al amanecer. Ahora Cassio manda aquí. Pero si algo le ocurriera... Otello tendría que quedarse." Y así incita a Roderigo para que, de su propia mano, de muerte a Cassio. Furioso, Otello ordena que todos se marchen. Desdémona aún trata de ir hacia él, pero Otello, fuera de sí, la maldice.
Otello y Yago se quedan solos. Ahogado por su agonía, Otello cae al suelo, y se retuerce en medio de un convulsivo delirio: "¡El pañuelo! ¡El pañuelo! ¡Ah!..." Yago le observa, lleno de gozo: "Mi veneno trabaja..." Desde fuera, se escuchan las voces de los chipriotas que, dice Yago, vitorean a Otello ofreciéndole su última lisonja.
Continuará...
(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)
Se nos muestra ahora una sala de la planta baja del castillo de Otello, lindante con el jardín. Vemos a Cassio, un tanto cabizbajo; Yago, astuto como pocos, le dice que no debe atormentarse, y le aconseja que acuda a Desdémona (de quien Cassio es amigo desde que ambos eran niños) para que interceda por él ante Otello, y éste le devuelva su grado de capitán. "Créeme..." le asegura Yago "pronto volverás a tus locos amoríos con Monna Bianca...". "Pero, ¿cómo podré hablarle?" pregunta Cassio. Yago le sugiere que espere a Desdémona junto a unas frondas que se ven a lo lejos a donde, todas las tardes, la mujer del gobernador acude a pasear acompañada de la mujer del propio Yago. Cassio, muy animado, se aleja, dispuesto a seguir los consejos de Yago.
Una vez a solas, mientras contempla cómo se aleja su infausta víctima, Yago entona un diabólico "credo", en el que expresa, toda la ruindad de su alma vil y despreciable, en el que se confiesa venenoso y abyecto desde el mismo instante en el que fue engendrado. El mal, dice, es innato a su propia naturaleza de hombre, y cree que el justo no es sino un histriónico y falso burlón. Cree que el hombre no es más que un juguete en manos de una inicua suerte, y que el cielo no es más que una vieja fábula pues, luego de la Muerte, viene la Nada: "Creo en un Dios cruel..."
De repente, Yago ve a lo lejos cómo Desdémona y Emilia (la esposa de Yago) pasan por el jardín. Cassio, que está apostado esperándolas, se acerca a ellas. Desde lejos, Yago no pierde detalle del encuentro, y cuando ve que Desdémona, al hablar con Cassio, inclina el rostro y sonríe, se deleita pensando en que un solo destello de esa sonrisa sería capaz de arrastrar a Otello a la ruina. Y la suerte, que a veces favorece a los malvados, en este caso le sonríe pues Otello, de pronto, entra en la estancia.
Yago, inmóvil, finge que habla para sí, simulando no haber advertido que Otello se aproxima; éste, extraña. El gobernador, extrañado, le pregunta qué ocurre; al contestar "Nada...", Yago atrae la atención de Otello hacia donde él mismo se encontraba mirando, y a Otello le da tiempo a ver que alguien (aunque no distingue quién) se aleja de Desdémona; "...¿es Cassio?" pregunta. "¿Cassio? No... ése se retiró como un culpable nada más veros..." El astuto y ladino Yago, comienza entonces a sembrar, en el corazón de Otello, la duda respecto de las intenciones de Cassio hacia Desdémona; al mismo tiempo, hipócrita, le aconseja que se guarde del demonio de los celos. La furia de Otello crece por segundos. Sea como sea, Yago le aconseja que vigile, que escrute cada palabra de Desdémona para, o bien recuperar la confianza en ella, o bien confirmar la sospecha.
Voces lejanas anuncian la presencia de Desdémona en el jardín; corresponden a mujeres de la isla, muchachos, marineros, que se aproximan a ella, cantan y le ofrecen flores y otros presentes. Algunos acompañan su canto con mandolinas; otros tocan pequeñas arpas que llevan en bandolera. Desdémona, muy dulce, responde a tales muestras uniéndose a ellos en su canción. Otello se resiste a creer que aquel ángel de bondad le engañe; de hacerlo, "es que el cielo se burla de sí mismo", dice para sí. Yago, aparte, se regocija pensando en que el fin de Otello ha dado ya comienzo.
Cuando todos se alejan, Desdémona, seguida de Emilia, entra en la sala y se acerca a Otello; Cassio acaba de pedirle que interceda por él ante su marido, y Desdémona viene a transmitirle dicho ruego. A todo cuanto Desdémona dice al respecto, Otello contesta de forma desabrida; su esposa, sin sospechar ni por un instante la duda que corroe a su marido, insiste... Otello trata de contenerse... se queja de que le arden las sienes, y Desdémona, para aliviarle, le ofrece su pañuelo pero, con un gesto brusco, el atormentado gobernador, lo tira al suelo. Emilia lo recoge. Desdémona, vista la actitud de su marido le ruega, con una dulzura infinita que la perdone si es que en algo ha podido ofenderle. Pero Otello se encierra más en sí mismo, en la agonía muda de los celos que tan bien ha sabido sembrar Yago en su corazón.
Mientras tanto Yago, que ha visto cómo su esposa recogía el pañuelo de Desdémona, le ordena, en voz baja, que se lo entregue; Emilia, que le conoce muy bien, teme alguna perversa maquinación y, a pesar de que trata de resistirse, Yago la obliga, violentamente, a entregarle la prenda, al tiempo que le dice que le conviene guardar silencio.
A una imperiosa petición de Otello, que desea quedarse solo, Desdémona y Emilia salen; Yago finge que también se marcha, pero permanece en la sala, oculto. Vemos cómo guarda cuidadosamente el pañuelo de Desdémona que, nos dice, piensa esconder en la alcoba de Cassio. Desde su escondite, goza como un loco al contemplar el solitario sufrimiento de Otello que, vencido, se ha dejado caer sobre un asiento y se retuerce a causa del veneno que le ha inoculado Yago.
Con aparente cordialidad, Yago se muestra y se dirige a Otello. De un salto, Otello le agarra y le increpa: "¿Tú? ¡Atrás! ¡Vete! ¡Me has atado a la cruz!..." Él, que se sentía tan dichoso, ahora dice adiós su gloria de ayer. Aferrándose aún a una esperanza Otello, desesperado, agarra a Yago por el cuello y le exige que le ofrezca una prueba de que Desdémona le es infiel. Haciéndose el ofendido y ultrajado, Yago protesta por tan vejatorio trato que ha recibido su honestidad.
Ya más calmados los dos, Yago asegura a Otello que, aún sin necesidad de una prueba material, la razón puede guiarle hasta la verdad; y así, le cuenta un supuesto episodio del que él, dice, fue testigo: una noche, mientras Cassio dormía, y él se encontraba a su lado, escuchó cómo entre sueños, murmuraba: "¡Dulce Desdémona! Que nuestro amor se oculte..." Ese sueño, continúa diciendo Yago, puede ser la prueba que corrobore otro indicio... Es el momento de que el pañuelo (fazzoletto) que antes le arrebatara a Emilia, entre en juego. "¿Vísteis alguna vez en manos de Desdémona una tela con flores bordadas, más sutil que un velo?" De inmediato, Otello reconoce en aquellos detalles el pañuelo que regaló a su esposa como primera prenda de amor. Yago afirma que lo ha visto en manos de Cassio. Ésta es la estocada mortal que recibe Otello que, herido ya de muerte, cae al suelo, de rodillas y, lleno de furia jura que, muy pronto, su mano desprenderá terribles relámpagos. Yago, pletórico de gozo, se arrodilla junto a él y, los dos juntos, alzando las manos al cielo, entonan una terrible promesa de venganza.
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)
Otello.- Militar moro al servicio de la República Veneciana, en lucha contra los turcos, enamorado hasta el delirio de su esposa, Desdémona. Tenor.
Desdémona.- Esposa de Otello. Soprano.
Yago.- Militar al servicio de Otello, envidioso de que éste le haya postergado en favor de Cassio (al que Otello ha nombrado su lugarteniente). Barítono.
Cassio.- Lugarteniente de Otello. Tenor.
Emilia.- Sumisa esposa de Yago. Mezzosoprano.
Roderigo.- Caballero veneciano enamorado de Desdémona. Papel poco importante para tenor.
Lodovico.- Embajador de Venecia. Papel de poco relieve para bajo.
Montano.- Antiguo gobernador de Chipre. Papel brevísimo para bajo.
Heraldo.- Papel ínfimo para bajo.
Coro.- Muy importante.
Ballet.- Interviene durante la fiesta del primer acto.
(Los vídeos que utilizaré para ilustrar esta serie de entradas, corresponden a una producción de esta ópera del Metropolitan Opera House de Nueva York, del año 1995. En los principales papeles: Plácido Domingo (Otello), Renée Fleming (Desdémona) y James Morris (Yago). El director: James Levine).
La acción se desarrolla en Chipre, a finales del siglo XV. Cuando esta historia comienza, Otello y Desdémona, aun a pesar de la oposición de los padres de ella a su relación, han logrado finalmente casarse. Otello ha sido destinado a la mencionada isla como gobernador; allí, ha organizado una flota que ha derrotado a los turcos, añadiendo así un nuevo timbre de gloria a su ya brillante carrera. Durante su ausencia, Otello ha dejado en la isla como lugarteniente a Cassio, un antiguo compañero de juegos de Desdémona en Venecia. Al iniciarse la ópera, Otello trata de arribar a Chipre, en medio de una furibunda tempestad que pone en serio peligro su nave.
Acto I
Nos encontramos en los exteriores del castillo de Otello. Cerca, podemos distinguir una posada. Al fondo, el mar. Está anocheciendo, en medio de una violenta tempestad que ha llenado el aire de relámpagos y truenos.
Los habitantes de la isla están con los ojos y el alma puestos en la nave en la que viaja el gobernador, Otello. La tormenta ha puesto en gravísimo peligro a la embarcación, y temen que no logre llegar a puerto. Mientras la mayoría ruega a Dios para que salve el barco, Yago expresa a Roderigo su ferviente deseo de que el seno frenético del mar se convierta en la tumba de Otello.
Por fin, gritos de júbilo anuncian que la nave del gobernador está a salvo. Otello hace su aparición, triunfante y, desde lo alto de la muralla, se dirige al gentío que le aguardaba ansioso. Dificilísima presentación de este personaje que, ya de entrada, tiene que demostrar toda su potencia vocal: : "¡Alegraos! ¡El orgullo musulmán está sepultado en el mar!..." La multitud vitorea a su triunfante gobernador, que ha logrado derrotar tan completamente al enemigo turco.
Se descarga la nave, transportando armas y equipajes al castillo. Algunos hombres salen de detrás de la fortaleza, llevando ramas que amontonan a los pies de la muralla; a la luz de las antorchas forman una hoguera con un montón de leña, alrededor de la cual la gente se apiña, charlatana y curiosa. Aún se escucha algún trueno, pero lejano, señal de que la tormenta se aleja. La tempestad se va calmando; no así la furia que hierve en el corazón de Yago, que continúa su insidiosa conversación con Roderigo.
Hay que decir que Roderigo está enamorado de Desdémona y Otello, como "sincero" amigo suyo, se ha ofrecido a ayudarle a conseguir a la mujer de sus sueños, a pesar de que ya esté casada nada menos que con el gobernador: "...un frágil voto de mujer no es asunto demasiado complejo para mi genio ni para el infierno, yo juro que esa mujer será tuya..." Yago le cuenta entonces que, aunque finja todo lo contrario, en realidad odia a "ese moro"; la razón: Cassio que, según Yago, ha usurpado el cargo de lugarteniente de Otello, grado que Yago tenía sobradamente merecido después de cien disputadas batallas... sin embargo, por voluntad de "su morisca señoría", continuaba siendo un simple alférez. Su odio por el gobernador es tal que, de ser él, no querría tener a un Yago cerca. Los dos continúan hablando, a medida que se alejan.
Los chipriotas, reunidos en torno a la hoguera, cantan y bailan, exultantes, en un alegre número coral de preciosa música: "Fuego de alegría, tu brillante júbilo pone en fuga a la noche..." Poco a poco, el fuego se va apagando. La tempestad cesa por completo. Yago, Roderigo, Cassio y varios compañeros más se colocan alrededor de una mesa en la que se ha dispuesto vino. Yago trata de incitar a Roderigo y a Cassio para que beban: "¡Roderigo, bebamos! ¡Dame tu vaso, capitán! (dirigiéndose a Cassio)". Cassio trata de rechazar el vaso que le ofrece Yago, pero éste insiste; a pesar de que el capitán se siente mareado a causa de la bebida que ya ha ingerido, acaba por ceder cuando Yago propone brindar por la boda de Otello y Desdémona y, levantando su vaso, dice con embeleso, refiriéndose a Desdémona: "¡Su presencia engalana esta isla!".
Yago llama la atención de Roderigo acerca de las alabanzas que Cassio dirige a Desdémona, insinuando que el capitán está también enamorado de la muchacha y que, como astuto seductor, tratará de obstruir el camino de Roderigo hacia el amor de la joven. Para acabar con tan peligroso rival, Yago aconseja a Roderigo que le haga beber pues asegura que, si se emborracha, Cassio estará perdido.
Y aquí es cuando llega uno de los fragmentos musicales que más me gustan de esta obra, el brindis. Yago pide a los taberneros que traigan más vino y, vaso en mano, entona un alegre aria para incitar a todos a beber: "¡Quien haya mordido el cebo del ditirambo desvergonzado y extraño, beba conmigo...!". Cassio, que se sumerge por momentos más y más en una profunda borrachera, canta y se tambalea, se envalentona cada vez más y bebe, bebe sin parar... Yago azuza a Roderigo para que fuerce a Cassio a pelear: "...tiene la ira fácil..." asegura; y continúa: "¡Piensa que así puedes, del feliz Otello, turbar la primera noche de amor!".
Aparece Montano, que viene del Castillo, y se dirige a Cassio: "Capitán: os espera la guardia en el bastión." Estupefacto, Montano comprueba que Cassio está borracho como una cuba, y Yago aprovecha para asegurarle que así es cómo, cada noche, el capitán se prepara para dormir. Montano le replica que Otello debería saberlo. Mientras, Roderigo se ríe ostentosamente de Cassio, con ánimo de provocarle... y lo consigue, pues el capitán se abalanza, furioso, contra él. Montano trata de separarles pero Cassio, que es ya un caballo desbocado, saca su espada y amenaza con partir los sesos del antiguo gobernador de Chipre. Montano no tiene más remedio que tratar de defenderse y así, los dos espada en mano, comienzan una furiosa lucha.
Yago hace que Roderigo salgo corriendo al grito de: "¡Sedición! ¡Sedición!...", a fin de sembrar el tumulto, el horror, y hacer que las campanas toquen a rebato. A la vez, para salvaguardar su papel de "alma caritativa", se dirige a los contendientes para que cesen la lucha. Las mujeres, asustadas, huyen. Montano recibe una estocada de Cassio. El revuelo es ensordecedor. Yago pide que se de la alarma, que alguien pare tan terrible combate. La multitud grita: "¡A las armas! ¡A las armas! ¡Socorro!".
Mientras tanto, las campanas tocan a rebato. Entra Otello, seguido de gente portando antorchas. Cesan las campanas. "¡Bajad las espadas!" grita el gobernador e, inmediatamente, cesa la pelea. Con un tono atronador, que hace que cualquier otra voz que no sea la suya enmudezca, Otello exclama: "¿Qué sucede? ¿Estoy entre sarracenos?..."; pide a Yago que le explique los motivos de semejante lucha: "...Honesto Yago, por el amor que me tienes, habla."
Yago, con estudiada y convincente actitud, se muestra dubitativo, temeroso de confesar a Otello el porqué de la disputa que acaba de tener lugar: "No sé... aquí no hace mucho, todos eran amigos, alegres... pero de pronto..." Cassio es incapaz de hablar y, cuando Otello se vuelve hacia Montano y descubre que está herido, siente que la sangre le hierve. Justo en ese momento aparece Desdémona y Otello, al ver que el sueño de su dulce esposa se ha visto alterado, destituye de inmediato a Cassio de su cargo de capitán. Yago no cabe en sí de gozo. Con gesto imperativo Otello ordena que cada cual se marche a su casa.
Otello y Desdémona se quedan solos. Después de la tempestuosa escena que acaba de tener lugar, la noche se ha quedado en completa calma; luce un cielo estrellado que invita a dejar volar la imaginación y el recuerdo. Es el momento de uno de los más bellos dúos de amor verdianos, estremecedor y emocionante como pocos: "Ya en la noche densa se extingue todo clamor..." Los esposos recuerdan cómo, al principio de conocerse, Otello relataba a Desdémona cómo había transcurrido su dura vida en el exilio, los grandes sufrimientos que había padecido, y cómo ella le escuchaba, arrebatada y con el corazón extasiado. Él se sentía bendecido por los suspiros y las lágrimas de ella que, piadosas, descendían sobre él para bendecirle. "Y tú me amabas por mis desventuras, y yo te amaba por tu piedad" dice él y, con inmensa dulzura, ella responde: "Y yo te amaba por tus desventuras, y tú me amabas por tu piedad" Con un profundo suspiro, temeroso de que la inmensa felicidad que siente en aquel instante se desvanezca, Otello abraza tiernamente a Desdémona y ambos se funden en un apasionado beso...
Continuára...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, www.youtube.com y flickr.com)
Recepción de un enviado francés en Venecia
Canaletto
El "Otello" de Verdi es una de esas óperas que, desde un principio me enamoraron. He de decir que, hasta el momento, dicho idilio se ha desarrollado únicamente por medio de diversas versiones en dvd; aun así, y a la espera de disfrutar de esta obra maestra de Verdi en vivo, cada vez que vuelvo a ver la trágica historia del que pudiéramos llamar el "celoso por antonomasia", encuentro nuevos matices, y disfruto de ella más y más.
Ya hablé en el blog de este "Otello" verdiano, en una entrada a la cual os remito: Otello: de Shakespeare a Verdi. Pero hoy quiero comenzar una serie de artículos en los que trataré de desgranaros esta historia, e intentaré hacérosla tan apetecible como a mí me parece. Empecemos hoy con una
Introducción
Tras estrenar, en 1871, su ópera "Aida", Verdi decidió que había llegado el momento de poner fin a su exitosa carrera como compositor de ópera. A su editor, Giulio Riccordi, le pareció que era una forma de malgastar su inmenso talento (y, por supuesto, de perder suculentos beneficios) y así, habló con Arrigo Boito, amigo de Verdi, para que tratase de hacerle desistir de su intención. Boito, de forma sabiamente astuta, utilizó un eficaz método de persuasión, pues apeló a la admiración (de todos conocida) que Verdi sentía por las obras de Shakespeare. Tan sólo había podido llevar una a la escena operística: "Macbeth", en 1847, así que era de esperar que le tentase adaptar de nuevo una obra de su admirado escritor.
La obra sugerida fue "Otello", que Boito ofreció a Verdi en forma de un excelente resumen teatral en italiano y, por el hecho de ser Boito también compositor, muy bien expuesto para que la música engalanara la dura historia del moro veneciano. Eso sí, para evitar un relato excesivamente largo, Boito había suprimido el primer acto de la obra shakespiriana; quedaba así un tanto en la sombra un dato muy valioso para entender por qué Otello es capaz de dudar de Desdémona: en el primer acto, Otello encuentra tal oposición a la boda por parte de la familia de Desdémona (principalmente por motivos raciales) que, a pesar de que Desdémona insiste en casarse con Otello, a éste le queda siempre la duda de si ella le ama del modo absoluto que pretende.
Después de casi dieciséis años de silencio verdiano, el 5 de febrero de 1887 se estrenó "Otello", drama lírico en cuatro actos, en La Scala de Milán. El éxito fue tan rotundo que el telón tuvo que levantarse veinte veces para saludar, al final de la representación.
Los tres papeles principales de esta ópera (Otello, Desdémona y Yago) se cuentan entre los más exigentes de Verdi, tanto vocal como dramáticamente. Escuchemos la comprometida, dificilísima entrada en escena de Otello, escasos minutos después de comenzar la obra, cuando aún no ha tenido tiempo de calentar la voz:
En cuanto a Desdémona, poco después de comenzado el Segundo Acto, tiene una intervención deliciosa en la que muestra toda su angelical dulzura:
Y ¡qué decir de Yago! uno de los "malos" por excelencia del mundo lírico. Aquí le tenemos, también en el Segundo Acto, entonando su diabólico "Credo...":
Del que se vería una clara influencia, años después, en "Tosca è un buon falco..." que canta el barón Scarpia, en el segundo acto de "Tosca", de Puccini:
"Otello" tiene pasajes maravillosos, llenos de inspiración, capaces de sobrecogernos... Pero prefiero no adelantaros ninguno más y dejar aquí esta introducción, que espero y deseo que os haya dejado con apetito para degustar, el próximo día, el Primer Acto de esta historia... Hasta entonces, amigos.
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com, wikipedia y www.youtube.com)
Llevo unos días "romanticona" así que, al hilo de ese sentimiento, me apetece compartir con vosotros algunos de los (para mí) más bellos dúos de amor de la ópera. Empecemos con el gran Verdi y su infinita maestría para transmitir sentimientos y llegar a la "fibra" más sensible, esa que todos guardamos celosamente en el rincón más preciado del corazón... Os propongo el dúo del Primer Acto del "Otello" verdiano, en el que Otello y Desdémona, en una deliciosa noche estrellada, recuerdan embelesados cómo se conocieron y de qué modo empezó su historia de amor: "Gia nella notte densa...". Escuchémoslo en las voces de Jon Vickers y Mirella Freni:
Tengo pendiente hacer un desarrollo exhaustivo de esta ópera en el blog. De momento, os remito a una entrada que ya publiqué:
Y qué decir de Puccini, que es todo arte, vida, sentimiento... En "La bohème", el genial maestro de Lucca escribió un apasionado dúo para los protagonistas, Rodolfo y Mimì: "O soave fanciulla..." Entre los dos acaba de surgir el amor, como un tremendo y repentino flechazo... Rodolfo, arrebatado por la dulzura de Mimì, se ha dado cuenta de que ella es el sueño que siempre deseó soñar... Mimì, conmovida hasta lo más hondo, se rinde a aquel amor que la inunda, como una ola gigantesca...
Sobre "La bohème" de Puccini encontraréis bastantes artículos en este blog. A modo de referencia, os remito a tres de ellos:
Veamos ahora un dúo que pertenece a una preciosa ópera de Donizetti. Hablo de Lucia di Lammermoor. Lucia, hermana del poderoso Enrico Ashton, está enamorada de Edgardo Rawenswood; los dos han de verse en secreto, pues sus familias son enemigas mortales. En uno de esos furtivos encuentros, junto a la fuente de un parque, se despiden por un tiempo, pues Edgardo debe emprender un viaje; pero antes, los dos se prometen fidelidad eterna intercambiándose unos anillos, y cantan un apasionado dúo de amor: "Verrano a te sull'aure...":
Sobre "Lucia di Lammermoor" encontraréis también varias entradas en este blog. Como referencia, os cito dos de ellas:
Suele suceder que, en lo que se refiere a la paternidad de una ópera, el nombre que se nos suele quedar grabado con mayor fuerza es el de aquel que compone la música. Escuchamos, por ejemplo: "La donna è mobile..." e, inmediatamente, pensamos en Verdi. Pero, ¿qué hay de aquellos que elaboran el texto que acompaña a la música? Veamos hoy a Arrigo Boito.
Padua (fuente: pt.fotopedia.com)
Arrigo Boito, nacido en Padua, el 4 de febrero de 1842, fue un refinado poeta italiano que consiguió como libretista (a veces bajo el seudónimo de Tobia Gorrio, anagrama de su propio nombre) la fama que no logró alcanzar como compositor. De joven ingresó, a instancia de su madre, la condesa polaca Josephine Radolinska, en el Conservatorio de Milán, donde recibió lecciones de composición, piano y violín del maestro Alberto Mazzucato quien, años más tarde, fue director de la Orquesta de La Scala de Milán. Durante su paso por el conservatorio, y en colaboración con su colega de estudios y futuro director de orquesta Franco Faccio compuso "Mefistofele", ópera basada en el "Faust" de Goethe.
Estatua de Goethe en Leipzig (fuente: fotopedia.com)
El mito de Fausto ha sido musicalizado en varias ocasiones: por Louis Spohr, en su ópera, "Faust" (1816); por Richard Wagner, en su "Obertura de Fausto" (1844) ; por Héctor Berlioz, en "La Dammnation de Faust" (1846), por Charles Gounod, en su ópera "Faust" (1859); y posteriormente, ya en el siglo XX, por Ferruccio Busoni en su ópera "Doktor Faust" (1916).
Richard Wagner, "Obertura de Fausto"
(fuente: www.youtube.com)
El "Mefistofele" de Arrigo Boito hace su presentación el 5 de marzo 1868, en La Scala de Milán. El estreno resulta hasta tal punto un fracaso que al cabo tan sólo de dos representaciones, la ópera tiene que ser retirada. Boito trabaja en una nueva versión, en la que reduce notablemente la duración de la obra y reescribe para tenor el papel de Fausto, que en la versión anterior correspondía a un barítono. El estreno de esta nueva versión, que tuvo lugar en Venecia, el 13 de mayo de 1876, sí que tuvo éxito; de cualquier modo, durante los años siguientes, Boito se dedica principalmente a la poesía y a la escritura de libretos para otros compositores.
En Milán, Boito se había asociado con la Scapigliatura, movimiento "bohemio" que valoraba una obra en función de su capacidad para eliminar barreras entre las distintas artes; en los libretos de Boito, este principio se hace evidente en su inclinación hacia la expresión verbal elaborada y en su gran habilidad para poner de relieve los aspectos oscuros de la naturaleza humana; muestra de ello es lo escalofriante que resulta su personificación de Iago en el "Otello" (1887) que escribió para su gran amigo Giuseppe Verdi. Escuchemos la devastadora: "Credo in un dio crudel...", en la que se concentra toda la escencia burlonamente malvada de Iago. Y no me resisto a dejaros un vídeo con esta misma aria, en la demoledora interpretación del gran Renato Bruson:
"Credo in un dio crudel...", Teatro Real de Madrid
(fuente: www.youtube.com)
Como libretista, Boito estuvo principalmente ligado a Verdi para quien escribió, además, los textos de "Simon Bocannegra" y "Falstaff". No obstante, creó también libretos para otros compositores, como "La gioconda", para Ponchielli o "La Falce", para Alfredo Catalani.
Como músico, su producción es escasa. Dejó incompleta otra ópera, "Nerone", que fue terminada tras su muerte por Arturo Toscanini y Vicenzo Tommasini, y se estrenó en La Scala en 1924. Sin embargo, es "Mefistofele" la única de sus obras que actualmente se representa con alguna regularidad; el Preludio, ambientado en el Cielo, se suele interpretar como pieza de concierto.
Arrigo Boito murió en Milán, el 10 de junio de 1918. Se encuentra sepultado en el Cementerio Monumental de Milán.
(Fuentes: "Atlas ilustrado de la ópera", ed. Susaeta, wikipedia, www.clavesmusicales.com, www.liberliber.it y www.youtube.com; en el fragmento de audio "Credo in un dio crudel..." canta Giuseppe Valdengo)
El 15 de mayo del año pasado publiqué una entrada acerca de una de mis óperas favoritas, la "Cavalleria rusticana" de Pietro Mascagni. Por si alguno de vosotros no conoce la obra, os remito a dicho post, que titulé "La cavalleria de Mascagni y otras dos" para una mayor información acerca de cómo se gestó dicha ópera, y a otro al que llamé "Entre Lola y Santuzza" en el que explico de qué va la historia.
Dado que esta pequeña gran joya que es "Cavalleria rusticana" está ambientada en Sicilia, en el siglo XIX, y cuenta una historia de amor y "vendetta", quizá se nos venga a la cabeza como Santuzza a una diva con tanta fuerza dramática como, por ejemplo, María Callas:
"Voi lo sapete, o mamma", con María Callas
(fuente: www.youtube.com)
O a la vehemente y apasionada Waltraud Meier:
"Voi lo sapete, o mamma", con Waltraud Meier
(fuente: www.youtube.com)
Pero ¿quién fue la primera Santuzza? Como ya habéis deducido, claro está, fue Gemma Bellincioni.
Su verdadero nombre fue Matilda Cesira, y nació en Monza, Italia, en 1864. Era hija del bajo bufo Cesare Bellincioni, e hizo su primera aparición en público en Milán, en 1870, cantando un aria de Luigi Ricci en la comedia de Salvini "Richelieu a los seis años". Continuó frecuentando los escenarios durante su adolescencia, hasta que comenzó estudios serios de canto con su madre. En 1880, mientras se hallaba en Nápoles con su padre, tuvo que sustituir a la soprano solista en la ópera de Pedrotti "Tutti in maschera".
Durante las dos décadas siguientes cantó en numerosas ocasiones en diversos países de Europa y América del Sur, aunque parece que sólo actuó una vez en la Royal Opera House de Londres, en 1895. A pesar de la gran fama que logró alcanzar, nunca llegó a subir al escenario del más famoso teatro de ópera de los Estados Unidos, el New York Metropolitan Opera.
Orquesta (fuente: mutuaspalabras.blogspot.com)
Giuseppe Verdi, el compositor más importante de Italia, había conocido a la Bellincioni en 1886, cuando actuó como Violetta en "La traviata". Verdi quedó impresionado por su capacidad interpretativa; no debió de impresionarle tanto su técnica vocal, puesto que no la eligió para cantar la Desdémona de su "Otello", al año siguiente.De cualquier modo, el estilo un tanto histriónico de la Bellincioni, su acentuada dicción y su imponente presencia en el escenario resultarían ideales para un nuevo estilo dramático de la ópera italiana, que se conocería como "verismo", y que se hizo popular durante la década de 1890; cantó este tipo de música con gran pasión, aunque ni su caudal de voz ni la madurez de su tono eran especialmente grandes.
El 17 de mayo de 1890, Gemma Bellincioni y su marido, Roberto Stagno (un importante tenor siciliano), llevaron a escena por primera vez la ópera clave tanto en la carrera de Mascagni como en el verismo, "Cavalleria rusticana"; representaron, respectivamente, los papeles de Santuzza y Turiddu. Se habían conocido durante una gira por Argentina, en 1886. Al gran éxito de "Cavalleria rusticana" siguieron obras como "L'amico Fritz", también de Mascagni, en 1891; "A Santa Lucia", de Trasca, el mismo año; "Mala vita" y "Fedora", de Giordano, en 1892 y 1898 respectivamente. Estrenó en Italia la "Salomé", de Richard Strauss, en esta ocasión, junto a un joven y prometedor tenor llamado Enrico Caruso, y fue la primera artista que no se hizo sustituir en la danza de los siete velos. Tuvo ocasión de cantar con figuras de gran relieve, como el citado Caruso, la Donadio y Julián Gayarre.
Anunció su retirada de los escenarios en 1911 para dedicarse a la enseñanza, pero reapareció en 1916 para interpretar de nuevo a Santuzza en una versión de cine mudo de "Cavalleria rusticana" que fue dirigida por Ugo Falena. Todavía en 1920 ofreció algunas actuaciones en los Países Bajos, aunque el paso del tiempo se había hecho notar en su voz. Escribió un manual para cantantes que se publicó en Berlín, en 1912, y una autobiografía, que salió a la luz en Milán, en 1920. Pasó sus últimos años en Nápoles, donde murió el 23 de abril de 1950. Su marido había muerto 53 años antes.
Aun hoy se pueden escuchar reediciones en CD de las grabaciones que realizó para la Gramophone & Typewriter Company y para la firma Pathé, hacia el año 1900. Para entonces, ya había pasado su época de esplendor, lo que no merma el valor artístico y musical de las mismas; se consideran de gran interés histórico, debido a lo tremendamente significativa que fue su carrera. Escuchemos a la que fue la primera Santuzza, en una grabación de 1903:
"Voi lo sapete, o mamma", con Gemma Bellincioni
(fuente: www.youtube.com)
(Fuentes: "Cien grandes cantantes del pasado", de Miguel Patrón Marchand, wikipedia y www.youtube.com)
El 15 de mayo del año pasado, publiqué una entrada que se titulaba: "¿Qué es eso de la ópera?", en la que traté de explicar la evolución histórica de este género. Pero ¿de qué elementos consta una obra de este tipo? ¿con qué nos podemos encontrar cuando vamos a ver una ópera?
Orquesta Usach (fuente: flickr.com)
Por definirla de una manera muy sencilla, podemos decir que la ópera es una representación teatral en la que los personajes cantan y/o recitan sobre un fondo musical y que tiene, además, pasajes instrumentales; así pues, en la ópera distinguimos:
Partes orquestales y
Partes en las que interviene la voz humana.
Dentro de las partes orquestales, nos podemos encontrar con:
La obertura.- Es el pasaje musical con el que se suele iniciar (aunque no siempre) la ópera. Cabe destacar que:
Está constituida por varios movimientos (sinfonía); es susceptible, por tanto, de usarse de forma independiente, como pieza de concierto. Un ejemplo puede ser la obertura de "La forza del destino", de Giuseppe Verdi, en la que podemos escuchar poderosos toques de trompeta que simbolizan el destino. Se interpreta a menudo como pieza de apertura en conciertos.
Anticipa temas musicales que se utilizarán después en el resto de la obra. Tenemos, así, la obertura de "Carmen", de Georges Bizet; a poco de comenzar la música, tras reconocer el exultante ritmo del "toreador", Carmen se nos hace fatalmente presente con los violonchelos, la madera y la trompa, un sonido "oscuro" que conforma el llamado tema "del destino", el cual aparecerá inevitable y dramáticamente al final.
El preludio.- Es también una introducción orquestal a una ópera, pero más breve que la obertura y consta de una sola sección. Muchas veces desemboca sin interrupción en el comienzo del desarrollo de la propia trama. Como ejemplo, podemos citar el preludio de "Madama Butterfly", de Puccini.
El intermezzo.- Pieza orquestal que se ejecuta, bien entre dos actos o entre dos escenas diferentes de un mismo acto, y sirve para dar tiempo a cambiar de escenografía. Escuchemos, como ejemplo, el bellísimo "Intermezzo" de Manon Lescaut, de Puccini, entre el tercer y cuarto acto de la obra.
(Os remito asimismo, para leer acerca de las partes orquestales de la ópera, a otra entrada de este mismo blog: "Algunos términos operísticos (I)")
Fuente: artelista.com
En cuanto a las partes en las que interviene la voz humana, nos podemos encontrar con:
El recitativo.- Aparece desde el comienzo de la historia de la ópera. Tiene carácter parlato, es decir, imita las inflexiones de la voz en el diálogo. No tiene una estructura que permita recordarlo. Se trata de pasajes en los que se explica, se describe, la acción del drama. Si el recitativo precede a arias importantes se acompaña con orquesta (recitativo accompagnato), mientras que el recitativo secco se usa en los pasajes más rutinarios. Veamos, como ejemplo de recitativo, un brevísimo diálogo entre Ramfis, sumo sacerdote de Egipto y Radamés, capitán de la guardia, al comienzo de la ópera "Aida", de Verdi, que introduce la famosísima aria que canta, inmediatamente después, Radamés (recitan: Darío Caselli y Mario del Mónaco).
El aria.- Existe también desde que apareció la ópera, y tiene un carácter de remanso melódico; se trata de un pasaje en el cual un personaje expone sus sentimientos o emociones frente a los momentos de mayor contenido narrativo, que configuran el recitativo. Como ejemplo y continuación del recitativo anterior, escuchemos a Radamés y su "Se quel guerrier io fossi...(canta: Mario del Mónaco)".
El dúo.- Aunque quizá nos venga a la mente un dúo de carácter amoroso, no siempre son así; también pueden representar una disputa o una simple conversación entre dos personajes. A veces canta un personaje mientras el otro escucha, y otras cantan los dos a un tiempo, resultando bonitos juegos armónicos entre las dos voces. De la misma manera, hay tríos, cuartetos, quintetos... Escuchemos un apasionante dúo barítono-tenor entre Iago y Otello, de la ópera "Otello", de Giuseppe Verdi: "Ora e per sempre, addio...(cantan: Giuseppe Valdengo y Ramón Vinay)."
El coro.- Dentro de la estructura dramática de la obra, el coro es un conjunto de personas que tienen algo en común y que cantan, por ello, de forma conjunta. Famosísimo es el coro "Va pensiero..." del "Nabucco" de Verdi. Para una explicación más extensa de esta ópera, os remito a otra entrada de este mismo blog: "Las alas doradas del pensamiento".
Pentagrama (fuente: gifmania.com)
En lo que se refiere a los tipos de cantantes que podemos escuchar en una ópera, os invito también a releer una entrada anterior de este blog: "Cantantes líricos". Dejaremos para después un desarrollo más exhaustivo de los diversos tipos de voces.
No nos olvidemos de la orquesta. Generalmente, consta de los siguientes grupos instrumentales:
Violín (fuente: gifmania.com)
Cuerda.- Treinta violines, doce violas, diez violonchelos, ocho contrabajos y un arpa.
Viento-madera.- Un flautín, dos flautas, dos oboes, un corno inglés, dos clarinetes, un clarinete bajo, dos fagotes y un contrafagot.
Viento-metal.- Tres trompetas, tres trombones, cuatro trompas y una tuba.
Percusión.- Cuatro timbales y otros instrumentos de percursión, dependiendo de la composición (xilófono, campana, castañuelas, etc.)
Y, por último, vamos a hablar de la escenografía. Las óperas se suelen dividir en actos; cada acto tiene un tema o argumento propio y se desarrolla en un escenario concreto. En primer lugar es el libretista el que escribirá el "guión" de la obra, en el que describirá dónde y cómo se va a desarrollar la acción. Después, será el compositor el que escriba la música basándose en el libreto. Los escenarios que se construyan serán los que comenzarán a dar vida a la obra, la cual nacerá definitivamente con la representación.