Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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lunes, 11 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (IV)


Una barca por el canal lleno de agua y de tristeza...

Volvemos al escenario del primer acto. Aún es muy temprano. Aparece Marietta que, sigilosamente, se dirige al retrato de Marie. A solas las dos, Marietta le habla a aquel espíritu, y le pide que libere a Paul, que le de una segunda oportunidad para ser feliz; le ruega que les deje a ambos disfrutar de la locura, con alegría y placer.

Fuera de escena, se escuchan voces de niños. Es una marcha como de ensueño, que se escucha en la distancia… “La canción de los niños conforta y nos devuelve la alegría de vivir” exclama Marietta.

Llega Paul, que viene de la calle. La presencia de la chica le perturba. Cuando ésta le dice que, aburrida por su ausencia, ha bajado a su cuarto misterioso para visitar a su esposa muerta Paul le grita “¡Fuera de aquí! ¡Fuera, fuera!” Paul lucha entre su deseo por Marietta y la adoración por su esposa muerta. “…Si alguien la viera…” le dice, temeroso, Paul.



Marietta, aburrida por la actitud de Paul, se deja caer en una silla y canta para sí misma: “Mi anhelo, mi sueño, los frutos del pasado…” Su espíritu bullicioso se revela… quiere cantar, bailar: “…¡Gastón, Gastón, iré hacia usted!...” exclama. Pero Paul la retiene, con fuerza.

Fuera de escena, se escucha un ruido sordo. Es la muchedumbre, que se ha reunido mientras espera la procesión. Paul, asomado a la ventana, se queda tan absorto que parece olvidarse de la presencia de Marietta. Se escucha de nuevo el canto de los niños. Paul, arrebatado por la visión de aquella procesión, trata de que Marietta se acerque a la ventana para verla con él. Extasiado, describe cómo puede contemplarse un mar fluido de vestiduras doradas y entre ellas, como gotas de sangre, los muchachos del coro con sus ropas rojas… “…Brilla bendito el frenesí de la fe…” dice, presa de una creciente emoción.

La parte de atrás del cuarto, se ilumina con la visión de un sueño fantasmal. La procesión de niños, los clérigos y los muchachos del coro parecen pasar por el fondo de la habitación. La visión crece ante la radiante luz.

Marietta trata de que Paul se acerque a ella, quiere que la bese, que la abrace… No quiere compartirle con los santos y los fantasmas... Entonces, como reflejo del íntimo remordimiento de Paul, las figuras que toman parte en la procesión le miran amenazadoramente, levantando sus brazos contra él. “¡Vienen hacia aquí!... ¡Vienen amenazantes!... ¡Déjeme sólo, déjeme…!”. 


Marietta trata de hacerle comprender que está viendo fantasmas, y que es el olor a cerrado de aquel cuarto, su culto a la muerte, lo que se los provoca. “¿El culto? ¿Así lo llama usted?... Es mi amor fiel, pues ella todavía vive en mi corazón…” alega Paul. Marietta acusa a Paul de estar degradándola, anteponiendo siempre a ella la figura de Marie; ella está muerta, y no tiene sentimientos, pero Marietta sí. Marietta, que ha tenido que luchar desde el primer hombre que le enseñó el amor y la destruyó, que valientemente arrastró todas sus penas hasta lograr salir del infierno del canal… “¡Ella era pura! ¡No se compare con ella!” exclama Paul. Marietta le acusa de hipócrita, pues hace tan sólo un rato, le hizo el amor, a ella, y no a Marie. La furia de Marietta va creciendo… “…usted me compartirá con su amigo y con Pierrot y con cualquier otro. ¡Me gusta gustar!”. Paul, llamándola ramera, trata de echarla. Pero Marietta no está dispuesta a rendirse ante Marie… Va hacia la urna que contiene el mechón de pelo de la muerta, lo coge y juega con él, lo emplea como un látigo, ante la desesperación de Paul que, lleno de odio, la agarra, la arrastra… Y con aquella misma trenza le rodea el cuello… y la estrangula.



Horrorizado, Paul va de un lado a otro de la habitación… Aun no puede creer lo que acaba de ocurrir, lo que acaba de hacer… De pronto, se gira de nuevo hacia el lugar donde había dejado el cuerpo de Marietta y… ¡no está! Mira hacia la urna de cristal y ve que está intacta ¿Qué pasó? ¿…soñé?”  Su sorpresa se hace aún más grande cuando ve aparecer a Brigitta que, con total naturalidad, le dice que aquella señora ha vuelto. Entra entonces Marietta, con la apariencia y la postura exactamente igual que al final del primer acto, sonriente y amable. “…Olvidé mi paraguas y mis rosas.” Y, sonriendo con intención, añade “Quizá deba tomarlo… como una premonición de que debo quedarme.” Paul no es capaz de pronunciar palabra. Mientras, Marietta se vuelve hacia la puerta; allí encuentra a Frank que, amablemente, le cede el paso. Ella lo saluda y sonríe.

 

Frank se dirige hacia Paul, y le mira a los ojos: “Parecía un milagro, pero leí en tus ojos que no lo es.” Paul, que por fin ha aterrizado en la dura realidad, cree que quizá haya sido Marie quien le ha enviado esos sueños, al no haberle permitido encontrar la paz en su letargo… Con afecto, Frank le dice que muy pronto se marchará, y le pregunta si abandonará con él aquella ciudad de muerte… “Yo quisiera… intentaría… recuperar la alegría de antes… La vida y muerte deben partir…


Queridos amigos, mis fieles y amables lectores… Ahora que he terminado de escribir acerca de “La ciudad muerta” siento aún con más intensidad la sensación de que ni con mucho he llegado a penetrar en una obra tan profunda, tan rica como es ésta. Y lo digo con humildad, sin falsas modestias. A pesar de todo, tenía que escribir sobre ella, lo necesitaba… ejerce una gran atracción sobre mi. De cualquier modo, mis queridos amigos, espero, por lo menos, haberos hecho pasar unos ratos entretenidos. Hasta mañana.

(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, artelista.com y www.youtube.com)

sábado, 9 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (III)


El agua y el tiempo estancados en el canal

Aún con el sonido de la voz de Marie en sus oídos, Paul no sabe si está dormido o despierto… Marie, su adorada Marie, que le dice que un nuevo amor le llama…

La escena se traslada a un lugar solitario y apartado de Brujas. Es la hora del atardecer. Un puente bajo y encorvado cruza un canal que discurre mansamente. Vemos unos bancos solitarios, y las típicas casonas viejas de Brujas. Una de ellas es un convento, con las paredes negruzcas y un enrejado en las ventanas; en el centro del oscuro edificio está la torre de la campana con el reloj. Otra, aislada y solitaria, es la casa en la que vive Marietta. La puerta está cerrada aunque, a través de la ventana, se distingue una linterna de gas. El cielo está nublado, y la luz otoñal va dando paso a la claridad de la luna. Las campanas han comenzado a doblar.

Vemos a Paul que, inquieto, no hace más que dar vueltas de un lado a otro delante de la casa de Marietta. “La vida lo exige, un nuevo amor llama. Mira, mira y entiende…” nuestro protagonista se debate entre las palabras, que aún resuenan en sus oídos, de su adorada Marie, y el remordimiento por rondar la casa de otra mujer. Las campanas suenan de nuevo, se lamentan igual que cuando murió Marie. Paul mira la ventana iluminada de Marietta y, al ver luz en ella, se sobresalta. Teme a aquella mujer, y sin embargo desea tenerla entre sus brazos. Vuelven a sonar las campanas, y su lastimera canción martillea el corazón de Paul. El viento sopla entre los árboles y agita sus hojas; es como si la ciudad entera, al igual que Paul, se estremeciese.

Una procesión de novicias cruza por el destartalado puente. Marchan despacio y se dirigen, a través de los árboles, por el camino que lleva a la iglesia. Brigitta marcha en último lugar, vestida como ellas; Paul la reconoce: “¡Brigitta!... ¿Por qué tuvo usted que dejarme?”. La muchacha le explica que, fiel a la muerta, tuvo que marcharse cuando vio aparecer a aquella otra mujer… “Rezaré por su alma inmortal” le dice, y se aleja. Paul, desolado, exclama: “Mi buena  y fiel amiga, ¡también se aleja de mí!”.


Alguien se acerca a la casa de Marietta. Se trata de Frank. Sorprendidos ambos de haberse encontrado allí, inician una conversación que pronto deriva en disputa. Frank insta a Paul a que se aleje de aquella mujer; Paul asegura que le resulta imposible, pues desea el cuerpo en el que ahora vive su adorada Marie. Frank insiste, trata de hacerle ver que para Marietta él no significa nada, que la muchacha lo que desea es vibrar, vivir la vida con pasión... y no compartir el anhelo de Paul de resucitar un fantasma. "Ella aún goza de vida y juventud... Nosotros nos esclavizamos por ella... es Colombina que nos seduce..." continúa Frank... Él también está aguardando a Marietta que le ha dado, incluso, la llave de su casa, que Paul, violentamente, consigue arrebatarle. Cuando se dispone a entrar en la casa de Marietta, Paul advierte que se aproxima gente, y se esconde.

Se acercan unas barcazas, iluminadas por las linternas chinas que se ven en el canal; en ellas viajan los actores y cantantes de la compañía de Marietta. Unos y otros alaban los cautivadores encantos de Marietta, la más bonita y encantadora, y cantan al pie de su ventana de qué modo todos sus compañeros la aman locamente, al tiempo que le ruegan que se muestre a ellos. De repente Marietta, sorprendiéndoles, aparece de espaldas a los cantantes, del brazo de Gastón; no ha asistido al ensayo porque no se sentía con ánimo para bailar.


Le pide a Fritz que cante, una canción que no sea ni demasiado triste ni demasiado alegre, una canción que haga soñar dulcemente. Pierrot, obedeciendo a su Colombina, comienza: "Mi anhelo, mi sueño, los frutos del pasado..." Marietta se siente de buen humor; coqueta y sabedora de su belleza, de su encanto, recibe los halagos de todos. Se siente pletórica, quiere bailar por placer, así que allí mismo, para ellos, anuncia que va a interpretar el número de Hélène del "Diablo" de Meyerbeer.


Una vez preparada la improvisada escena, Victorin toca el tema de la resurrección de "Robert el Diablo". Marietta, que se haya tendida en un banco, se levanta despacio, imitando los gestos de una mujer que despierta de la muerte, y camina con movimientos seductores hacia Gaston. En la iglesia, el servicio ha acabado, y el órgano comienza a sonar. Es la medianoche. Paul, que no ha dejado de observar en todo momento la escena, aparece de repente: "¡Deténgase! ¿Usted una mujer resucitada? ¡Nunca!". Marietta, muy tranquila, convierte a Paul en Robert, y baila demoníaca y seductoramente hacia él... 

Marietta despide a los demás, y se queda a solas con Paul; éste, fuera de sí, la llama ramera desvergonzada,  y la acusa de haberse acostado con su amigo Frank. Marietta, desafiante, le responde que él no tiene ningún derecho a hacer juicios sobre ella. Paul siente que Marietta ha traicionado el sagrado recuerdo de su amada Marie... le dice a Marietta que jamás la ha amado a ella, que sólo quiso su cuerpo porque, a través de él, sentía a su difunta esposa. 


Marietta comprende que debe medirse con los poderes de Marie así que, sutil, trata de utilizar con Paul sus poderes de seducción... Trata de hacer ver a Paul que es ella, Marietta, la que está allí con él... "Mire mi cara, Paul, que a usted tanto le gusta. ¡Tómela! Mis ojos son suyos. Yo le ofrezco con alegría mis labios deseosos…” Poco a poco, Paul va cediendo... “Yo soy su esclavo, usted mi hechicera…” Paul, al fin, se rinde, y quiere entrar en la casa de Marietta; pero ésta, decidida a que el espectro de Marie desaparezca para siempre, le pide que vayan a casa de él. “¡No importa dónde! Usted y yo apuraremos juntos la copa del amor” exclama Paul.


(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, www.fotopedia.com y www.youtube.com)

viernes, 8 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (II)


Brujas, “la ciudad muerta”

La ciudad muerta” es una ópera en tres actos de Erich Wolfgang Korngold, con libreto de Paul Schott (seudónimo, como sabemos, de Julius Korngold, padre de Erich), basado en la novela de Georges Rodenbach, “Bruges-la morte” (1892). Se estrenó el 4 de diciembre de 1920, de forma simultánea, en la Ópera de Hamburgo y en la de Colonia. Conozcamos a sus personajes:

Paul.- Joven viudo, obsesionado por la muerte de su esposa, Marie. Tenor.
Mariette.- Bailarina. Soprano lírica.
Frank.- Amigo de Paul. Barítono.
Fritz.- Actor que hace de Pierrot en una compañía teatral. Tenor.
Comte Albert.- Noble de Bruselas, con el que coquetea Mariette. Tenor.
Brigitta.- Ama de llaves de Paul. Mezzosoprano.
Marie.- En forma de visión. Soprano.
Bailarines.- De la compañía de Marietta: Juliette (soprano), Lucienne (mezzosoprano), Gaston (tenor) y Victorin (director de escena).
Coro infantil.
Coro.


Acto I
Escena Primera
Nos encontramos en Flandes, a finales del siglo XIX. Paul acaba de perder a su esposa, Marie, de la que estaba perdidamente enamorado. Para él, la antigua ciudad de Brujas, con sus vetustos edificios y el agua estancada en sus canales, es un reflejo de la desolación que siente en su interior.

Cuando esta historia comienza, nos encontramos en un cuarto poco profundo, con mobiliario viejo; por el estado de las cosas, da la impresión de que lleva mucho tiempo deshabitado. A la izquierda, un armario con espejo. Estantes con viejos chismes y fotografías. En una mesa, una urna que, veremos, guarda un mechón de pelo. Sobre una pared destaca, a tamaño natural, un retrato de Marie que llega hasta el suelo; está colocado junto a la puerta que da a su cuarto. En la pintura, Marie lleva un chal y sostiene un laúd. 

Hay flores en el marco de la puerta y en los marcos de las fotografías. A un lado, una ventana con cortinas de encaje y, delante de ella, mirando hacia la calle, una silla con brazos. En primer plano, una mesa, un sofá y unas sillas. Un laúd cuelga de la pared. La luz de una soleada tarde de otoño se filtra por la ventana.

Entran Brigitta y Frank, ama de llaves y amigo, respectivamente, de Paul. Brigitta explica a Frank cómo Paul, durante muchos años y hasta el día anterior, ha vivido empapado de oscura soledad en aquel cuarto. “¿Y ayer?” pregunta Frank. …cambió completamente… “¡Abra las puertas!” me dijo. “¡Permita que la luz entre en mi templo!...” 

Brigitta muestra a Paul cómo aquella habitación es un santuario a la memoria de Marie; ambos admiran su retrato, en el que su brillante cabello es un tesoro dorado. No hay un solo rincón de aquel cuarto que no hable de su amada; él lo llama “Templo de mis recuerdos”. Brujas y yo somos uno. Rendimos culto a lo que ha sido: a la muerte y al pasado” le decía Paul. Suena el timbre. “¡Él está aquí!” exclama Brigitta.

Escena segunda
Entra Paul y, tras un momento de recelo cuando ve a Frank cerca de las flores que adornan el marco de la puerta, le abraza efusivamente; con viveza, pide a Brigitta que traiga rosas, todas las que pueda conseguir, para adornar aquel cuarto. “Quiero la luz de las rosas…”. Los dos amigos hablan acerca de la esposa muerta; Frank se sorprende cuando Paul se refiere a Marie en presente.  


¡No, no, ella vive!... ¡Es… un milagro!” dice, y cuenta a su amigo cómo el día anterior, mientras miraba fijamente el agua, perdido en el recuerdo de su amada esposa, una mujer apareció a su lado… “…Bajo el sol de mediodía su pelo dorado brillaba, y en su sonrisa, la propia Marie me estaba sonriendo…” le dice, presa de un febril entusiasmo. Paul ha invitado a ir a su casa a aquella desconocida. No sabe quién pueda ser, pero siente que con ella vendrá su adorada Marie.

Frank le advierte que el juego en el que se ha embarcado es peligroso. Le aconseja que, simplemente, disfrute del amor de una mujer bonita y deje a la muerta descansar. Pero Paul se ha obsesionado con volver a ver cómo la imagen de su difunta Marie llena de nuevo el cuarto con su luz. Frank se marcha y Paul, de nuevo a solas, se dirige al retrato: “¡Querida, te espero aquí, de por vida!...” Levanta la urna de cristal, sobre la que brilla el sol ;alzando el mechón de pelo de Marie, que hay en su interior, exclama:: “Tú, amado recuerdo de su belleza radiante, ¿vendrás vivo una vez más hacia mi?...

Vuelve Brigitta, llenos de flores ambos brazos; en seguida, Paul reemplaza con ellas las marchitas, y las coloca de modo que todos los jarrones queden repletos. Vacilante, Briggita le anuncia que hay una señorita en la puerta… Brigitta teme que la gente murmure si se entera de la visita de aquella muchacha... Rotundo, Paul le ordena que la haga entrar. “¡María! Una vez más la tendré cerca de mí y viva…” 


La puerta se abre y entra Marietta, sonriendo. Se muestra serena, con el porte de una mujer consciente de su belleza. Al moverse, tiene la gracia de una bailarina. Paul se queda mirándola, extasiado; casi no puede pronunciar palabra, impresionado por su extraordinario parecido con Marie. 

Echando una mirada a su alrededor, la muchacha exclama: “¡Qué bonito es esto! ¡Usted debe ser rico!”. Marietta se sorprende del mutismo de Paul: “Acepto su invitación y ahora… ¿ninguna palabra amable, ningún saludo?...” “¡El aire está aquí enrarecido, como en una tumba!...” continúa; a pesar de todo, afirma que no piensa acobardarse y, en pocas palabras, nos resume cuál es su carácter: “…Mi corazón es simple. ¡Vivo para mi propio placer y goce… amo la vida sin complicaciones!”.

Paul, sumergido en su ensoñación, contempla cómo el sol sonríe en el pelo de Marietta, igual que lo hace en el cuadro de Marie. Coqueta, la muchacha le pregunta si no es ella más bonita que la mujer del retrato. Pero Paul no ve a Marietta, sino a su adorada esposa… Toma un chal del armario y, tiernamente, lo pone alrededor de la muchacha. “¡María!...” “¿María?... Me llamo Marietta”. Paul se excusa por su equivocación y, tomando el laúd que cuelga de la pared, se lo ofrece. Marietta, sonriendo y encogiéndose de hombros, toma el instrumento, como haciéndole un favor a Paul. “Bien, a un laúd viejo le corresponde una vieja canción.” Y entonces canta una de las más maravillosas melodías que he oído jamás… Sólo al recordarla me estremezco… Cuando la escucho, la música cobra vida, me envuelve como un abrazo mágico…“La alegría de antes, guarda el secreto de mi amor fiel…” Sentir la música y llorar de felicidad, para  mí es todo uno...

Paul está hipnotizado… Ella toca y continúa cantando. “…El tiempo pasará, pero el verdadero amor se quedará…” Turbado por la emoción, Paul baja la cabeza. Marietta le mira, primero extrañada, luego burlonamente. Para la chica, aquella no es sino una tonta y vieja canción. 


Fuera de escena, se escucha la voz de Gastón; él, Juliette y Lucienne vienen riéndose alegremente por la calle. Marietta, al oírles, se asoma con entusiasmo a la ventana, pero Paul la aparta en seguida, por miedo a los chismorreos de la gente. La muchacha explica entonces a Paul que es bailarina, y que aquellos son compañeros suyos que se dirigen al teatro, pues esa misma tarde tienen ensayo (la compañía prepara “Robert le Diable”, de Meyerbeer).

Al principio Paul se extraña, y luego rechaza la conducta de Marietta, que parece profanar el laúd y el chal… sin embargo, siente que cada vez sucumbe más a la tentación… Estrecha a la chica, fuertemente, entre sus brazos, y le ruega que no se marche. “El pasado feliz regresó y nos reunió a ambos…” delira. Marietta se zafa de su abrazo y se pone a bailar. Se coge a la cortina y el retrato de Marie se hace visible… “¡Dios mío, cómo se me parece!...” Paul, apresurándose, trata de cubrir el retrato con sus brazos para evitar que Marietta lo contemple. “No la mire…

Fuera de escena, se escucha de nuevo la voz de Gastón. “Usted dijo que tenía ensayo, Marietta…” “…¡Me echa!... Qué rápido ha desaparecido mi magia, ella es más fuerte…” Marietta se va y Paul, hundiéndose en el sillón, llevado por su deseo, la llama: “¡Marietta! ¡Marietta!”.


De nuevo a solas, Paul se queda mirando fijamente el retrato de Marie. Y entonces, su mente y sus emociones hacen que ésta salga del cuadro y se materialice ante sus ojos. “Paul… Paul… ¿Eres todavía mío?...” La aparición le habla del mechón dorado de su pelo, que le dejó al partir, como recuerdo… “…te olvidarás de mi, porque no vivo a tu lado…” Temeroso, Paul le dice que la ve a ella en Marietta. “Si es a mí a quien ves, es porque aún me amas” le dice Marie; ambos se declaran el uno al otro: “Nuestro amor era, es y será.

La figura de Marie casi ha desaparecido. Paul se siente presa de un nuevo miedo…un nuevo amor llama. Mira, mira y entiende…” le dice Marie. La aparición desaparece por completo. Ahora, en la imaginación de Paul, se representa la figura de Marietta, con un fantástico traje de baile, bailando dulce y seductoramente. Ocupa el lugar en el que Marie ha estado hace un instante. ¡Marietta!” exclama.


Continuará…

(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

jueves, 7 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (I)


Brujas, ciudad en la que transcurre
la acción de "La ciudad muerta", de Korngold

El libreto
Enrich Wolfgang Korngold fue un niño prodigio; en 1916, con diecinueve años, estrenó en Viena sus dos primeras óperas, en un acto cada una: “Der Ring des Polykrates (El anillo de Polícrates)” y “Violanta”. ¿De dónde surgió la idea para su tercera ópera y su mayor éxito, “Die Tote Stadt (La ciudad muerta)”?

Julius Korngold, padre de Erich, temible y temido crítico musical del Neue Freie Presse de Viena, se encontró casualmente con el dramaturgo Siegfried Trebitsch, en la época en la que éste trabajaba en la traducción alemana de una obra del escritor simbolista belga Georges Rodenbach llamada “Le Mirage”, que a su vez estaba basada en su novela “Bruges-la-Morte”. Trebitsch estaba convencido de que la historia podía convertirse en una buena ópera.

Erich leyó el relato e, inmediatamente, percibió sus posibilidades dramáticas; escribió un borrador para una obra en un acto y decidió que éste sería el tema de su siguiente ópera, que tituló “Die tote Stadt (La ciudad muerta)”. Korngold encargó a Hans Müller, autor del texto de “Violanta”, su anterior ópera, el libreto; los resultados obtenidos no satisficieron mucho a Erich, y Müller abandonó pronto la tarea.

Julius y Erich decidieron escribir ellos mismos el libreto. El padre utilizó el seudónimo de Paul Schott ya que, debido a su labor como crítico, tenía numerosos enemigos entre sus propios colegas, que no hubieran dudado en aprovechar la oportunidad para destrozar la obra. Fueron verdaderamente cuidadosos en mantener oculta la verdadera identidad del texto, tanto que hasta 1975, cuando la obra fue reestrenada en Nueva York, no se supo que ellos mismos lo habían escrito.

La novela original sufrió una considerable transformación, aunque aún no voy a contaros en qué consiste fundamentalmente, pues os estaría desvelando un dato crucial de esta ópera que no debe conocerse antes de tiempo.


La música
La composición más famosa de esta ópera es, sin duda, el lied de Marietta Glück, das mir verblieb (La alegría de antes)”, también conocida como la canción del laúd. Paul, el protagonista, entrega un laúd a Marietta, y ésta comenta que para un viejo laúd hace falta una vieja canción… Escuchémosla en la voz de Renée Fleming:


Conmovedora… Aún sin conocer la letra, sin saber lo que dice, nuestras fibras más sensibles vibran estremecidas al escucharla… Se trata de lo primero que compuso Korngold de esta ópera, una exquisita y sencilla melodía a ritmo de vals, lento y dulce, que regresará de forma mucho más poderosa al final de la ópera…

El estreno
Korngold terminó la partitura de “Die tote Stadt” el 15 de agosto de 1920, poco antes de las nueve de la noche. Tal precisión no es casual, pues esa fecha era la que el propio compositor se había fijado como límite para completar la obra. Según contaba su padre en sus memorias, le gustaba fijarse esos plazos y luego ajustarse rígidamente a ellos.

Por fin, “Die tote Stadt” se estrenó simultáneamente en Hamburgo y Colonia, el 4 de diciembre de 1920. En marzo de 1921 se estrenó en Viena, con el propio Korngold de director y, durante esa temporada, “Die tote Stadt” consiguió notables éxitos en varios teatros de Alemania.

Como anécdota, os diré que María Jeritza, que eligió esta ópera para su debut en el Metropolitan Opera House de Nueva York, se vio obligada a cantar el Lied de Marietta acompañándose de una guitarra porque, al parecer, fue imposible encontrar un solo laúd en Nueva York.

Para terminar esta introducción, escuchemos otro bellísimo fragmento de esta inspirada y conmovedora ópera, el lied de Pierrot:


Con él os dejo, hasta mañana…

Continuará…

(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

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