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| Una barca por el canal lleno de agua y de tristeza... |
Volvemos al escenario del primer acto. Aún es muy temprano. Aparece
Marietta que, sigilosamente, se dirige al retrato de Marie. A solas las dos,
Marietta le habla a aquel espíritu, y le pide que libere a Paul, que le de una
segunda oportunidad para ser feliz; le ruega que les deje a ambos disfrutar de
la locura, con alegría y placer.
Fuera de escena, se escuchan voces de niños. Es una marcha como de
ensueño, que se escucha en la distancia… “La
canción de los niños conforta y nos devuelve la alegría de vivir” exclama
Marietta.
Llega Paul, que viene de la calle. La presencia de la chica le
perturba. Cuando ésta le dice que, aburrida por su ausencia, ha bajado a su
cuarto misterioso para visitar a su esposa muerta Paul le grita “¡Fuera de aquí! ¡Fuera, fuera!” Paul
lucha entre su deseo por Marietta y la adoración por su esposa muerta. “…Si
alguien la viera…” le dice, temeroso, Paul.
Marietta, aburrida por la actitud de Paul, se deja caer en una silla y canta para
sí misma: “Mi anhelo, mi sueño, los frutos del pasado…” Su espíritu bullicioso se revela… quiere cantar, bailar: “…¡Gastón,
Gastón, iré hacia usted!...” exclama. Pero Paul la retiene, con fuerza.
Fuera de escena, se escucha un ruido sordo. Es la muchedumbre, que se
ha reunido mientras espera la procesión. Paul, asomado a la ventana, se queda
tan absorto que parece olvidarse de la presencia de Marietta. Se escucha de nuevo el
canto de los niños. Paul, arrebatado por la visión de aquella procesión, trata de que
Marietta se acerque a la ventana para verla con él. Extasiado, describe cómo
puede contemplarse un mar fluido de vestiduras doradas y entre ellas, como
gotas de sangre, los muchachos del coro con sus ropas rojas… “…Brilla bendito
el frenesí de la fe…” dice, presa de una creciente emoción.
La parte de atrás del cuarto, se ilumina con la visión de un sueño
fantasmal. La procesión de niños, los clérigos y los muchachos del coro parecen
pasar por el fondo de la habitación. La visión crece ante la radiante luz.
Marietta trata de que Paul se acerque a ella, quiere que la bese, que la abrace… No quiere compartirle con los santos y los fantasmas... Entonces, como reflejo
del íntimo remordimiento de Paul,
las figuras que toman parte en la procesión le miran amenazadoramente,
levantando sus brazos contra él. “¡Vienen hacia aquí!... ¡Vienen amenazantes!...
¡Déjeme sólo, déjeme…!”.
Marietta trata de hacerle comprender que está viendo fantasmas, y que es el olor a cerrado de aquel cuarto, su culto a la muerte, lo que se los provoca. “¿El culto? ¿Así lo llama usted?... Es mi amor fiel, pues ella todavía
vive en mi corazón…” alega Paul. Marietta acusa a Paul de estar degradándola,
anteponiendo siempre a ella la figura de Marie; ella está muerta, y no tiene sentimientos,
pero Marietta sí. Marietta, que ha tenido que luchar desde el primer hombre que
le enseñó el amor y la destruyó, que valientemente arrastró todas sus penas hasta
lograr salir del infierno del canal… “¡Ella era pura! ¡No se compare con ella!”
exclama Paul. Marietta le acusa de hipócrita, pues hace tan sólo un rato, le
hizo el amor, a ella, y no a Marie. La furia de Marietta va creciendo… “…usted
me compartirá con su amigo y con Pierrot y con cualquier otro. ¡Me gusta
gustar!”. Paul, llamándola ramera, trata de echarla. Pero Marietta no está
dispuesta a rendirse ante Marie… Va hacia la urna que contiene el mechón de
pelo de la muerta, lo coge y juega con él, lo emplea como un látigo, ante la desesperación de
Paul que, lleno de odio, la agarra, la arrastra… Y con
aquella misma trenza le rodea el cuello… y la estrangula.
Horrorizado, Paul va de un lado a otro de la habitación… Aun no puede
creer lo que acaba de ocurrir, lo que acaba de hacer… De pronto, se gira de nuevo
hacia el lugar donde había dejado el cuerpo de Marietta y… ¡no está! Mira hacia la urna de cristal y ve que está intacta “¿Qué
pasó? ¿…soñé?” Su sorpresa se hace aún más grande cuando ve aparecer a Brigitta que,
con total naturalidad, le dice que aquella señora ha vuelto. Entra entonces
Marietta, con la apariencia y la postura exactamente igual que al final del
primer acto, sonriente y amable. “…Olvidé mi paraguas y mis rosas.” Y,
sonriendo con intención, añade “Quizá deba tomarlo… como una premonición de que
debo quedarme.” Paul no es capaz de pronunciar palabra. Mientras, Marietta se vuelve hacia la puerta; allí encuentra a Frank
que, amablemente, le cede el paso. Ella lo saluda y sonríe.
Frank se dirige hacia Paul, y le mira a los ojos: “Parecía un milagro, pero leí en tus ojos que no lo es.” Paul, que
por fin ha aterrizado en la dura realidad, cree que quizá haya sido Marie quien
le ha enviado esos sueños, al no haberle permitido encontrar la paz en su
letargo… Con afecto, Frank le dice que muy pronto se marchará, y le pregunta si
abandonará con él aquella ciudad de muerte… “Yo quisiera… intentaría… recuperar la alegría de antes… La vida y
muerte deben partir…”
Queridos amigos, mis fieles y amables lectores… Ahora que he terminado
de escribir acerca de “La ciudad muerta” siento aún con más intensidad la
sensación de que ni con mucho he llegado a penetrar en una obra tan profunda,
tan rica como es ésta. Y lo digo con humildad, sin falsas modestias. A pesar de
todo, tenía que escribir sobre ella, lo necesitaba… ejerce una gran atracción
sobre mi. De cualquier modo, mis queridos amigos, espero, por lo menos, haberos hecho pasar
unos ratos entretenidos. Hasta mañana.
(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, artelista.com y www.youtube.com)









