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Brujas, “la ciudad muerta”
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“La ciudad muerta”
es una ópera en tres actos de Erich Wolfgang Korngold, con libreto de Paul
Schott (seudónimo, como sabemos, de Julius Korngold, padre de Erich), basado en
la novela de Georges Rodenbach, “Bruges-la morte” (1892). Se estrenó el 4 de
diciembre de 1920, de forma simultánea, en la Ópera de Hamburgo y en la de
Colonia. Conozcamos a sus personajes :
Paul.- Joven viudo, obsesionado por la muerte de su esposa,
Marie. Tenor.
Mariette.- Bailarina. Soprano lírica.
Frank.- Amigo de Paul. Barítono.
Fritz.- Actor que hace de Pierrot en una compañía teatral.
Tenor.
Comte Albert.- Noble de Bruselas, con el que coquetea Mariette.
Tenor.
Brigitta.- Ama de llaves de Paul. Mezzosoprano.
Marie.- En forma de visión. Soprano.
Bailarines.- De la compañía de Marietta: Juliette (soprano),
Lucienne (mezzosoprano), Gaston (tenor) y Victorin (director de escena).
Coro infantil.
Coro.
Acto I
Escena Primera
Nos encontramos en Flandes, a finales del siglo XIX. Paul acaba de
perder a su esposa, Marie, de la que estaba perdidamente enamorado. Para él, la
antigua ciudad de Brujas, con sus vetustos edificios y el agua estancada en sus
canales, es un reflejo de la desolación que siente en su interior.
Cuando esta historia comienza, nos encontramos en un cuarto poco
profundo, con mobiliario viejo; por el estado de las cosas, da la impresión de
que lleva mucho tiempo deshabitado. A la izquierda, un armario con espejo.
Estantes con viejos chismes y fotografías. En una mesa, una urna que, veremos,
guarda un mechón de pelo. Sobre una pared destaca, a tamaño
natural, un retrato de Marie que llega hasta el suelo; está colocado junto a la
puerta que da a su cuarto. En la pintura, Marie lleva un chal y sostiene un
laúd.
Hay flores en el marco de la puerta y en los marcos de las fotografías. A
un lado, una ventana con cortinas de encaje y, delante de ella, mirando
hacia la calle, una silla con brazos. En primer plano,
una mesa, un sofá y unas sillas. Un laúd cuelga de la pared. La luz de una
soleada tarde de otoño se filtra por la ventana.
Entran Brigitta y Frank, ama de llaves y amigo, respectivamente, de Paul.
Brigitta explica a Frank cómo Paul, durante muchos años y hasta el día
anterior, ha vivido empapado de oscura soledad en aquel cuarto. “¿Y ayer?” pregunta Frank. “…cambió completamente… “¡Abra las puertas!” me dijo. “¡Permita que la
luz entre en mi templo!...”
Brigitta muestra a Paul cómo aquella habitación es un santuario a la memoria
de Marie; ambos admiran su retrato, en el que su brillante cabello es un tesoro
dorado. No hay un solo rincón de aquel cuarto que no hable de su amada; él lo
llama “Templo de mis recuerdos”. “Brujas y yo somos uno. Rendimos culto a lo que ha sido: a la muerte y
al pasado” le decía Paul. Suena el timbre. “¡Él está aquí!” exclama Brigitta.
Escena segunda
Entra Paul y, tras un momento de recelo cuando ve a Frank cerca de las
flores que adornan el marco de la puerta, le abraza efusivamente; con viveza,
pide a Brigitta que traiga rosas, todas las que pueda conseguir, para adornar
aquel cuarto. “Quiero la luz de las rosas…”. Los dos amigos hablan acerca de la esposa muerta; Frank se sorprende
cuando Paul se refiere a Marie en presente.
“¡No, no, ella vive!... ¡Es… un milagro!” dice, y cuenta a su amigo cómo el día anterior, mientras miraba fijamente el agua, perdido en el recuerdo de su amada esposa, una mujer apareció a su lado… “…Bajo el sol de mediodía su pelo dorado brillaba, y en su sonrisa, la propia Marie me estaba sonriendo…” le dice, presa de un febril entusiasmo. Paul ha invitado a ir a su casa a aquella desconocida. No sabe quién pueda ser, pero siente que con ella vendrá su adorada Marie.
Frank le advierte que el juego en el que se ha embarcado es peligroso. Le aconseja que, simplemente, disfrute del amor de una mujer bonita y deje a la muerta descansar. Pero Paul se ha obsesionado con volver a ver cómo la imagen de su difunta Marie llena de nuevo el cuarto con su luz. Frank se marcha y Paul, de nuevo a solas, se dirige al retrato: “¡Querida, te espero aquí, de por vida!...” Levanta la urna de cristal, sobre la que brilla el sol ;alzando el mechón de pelo de Marie, que hay en su interior, exclama:: “Tú, amado recuerdo de su belleza radiante, ¿vendrás vivo una vez más hacia mi?...”
Vuelve Brigitta, llenos de flores ambos brazos; en seguida, Paul reemplaza
con ellas las marchitas, y las coloca de modo que todos los jarrones queden
repletos. Vacilante, Briggita le anuncia que hay una señorita en la puerta… Brigitta teme que la gente murmure si se entera de la visita de aquella muchacha... Rotundo, Paul le ordena que la haga entrar. “¡María! Una vez más la tendré
cerca de mí y viva…”
La puerta se abre y entra Marietta, sonriendo. Se muestra serena, con
el porte de una mujer consciente de su belleza. Al moverse, tiene la gracia de una bailarina. Paul se queda mirándola, extasiado; casi no
puede pronunciar palabra, impresionado por su extraordinario parecido con
Marie.
Echando una mirada a su alrededor, la muchacha exclama: “¡Qué bonito es esto! ¡Usted debe ser rico!”. Marietta se sorprende del mutismo de Paul: “Acepto su invitación y ahora… ¿ninguna palabra amable, ningún
saludo?...” “¡El aire está aquí enrarecido, como en una tumba!...” continúa;
a pesar de todo, afirma que no piensa acobardarse y, en pocas palabras, nos resume
cuál es su carácter: “…Mi corazón es simple. ¡Vivo para mi propio placer y goce…
amo la vida sin complicaciones!”.
Paul, sumergido en su ensoñación, contempla cómo el sol sonríe en el
pelo de Marietta, igual que lo hace en el cuadro de Marie. Coqueta, la muchacha le pregunta si no es ella más bonita que la mujer del
retrato. Pero Paul no ve a Marietta, sino a su adorada esposa… Toma un chal del armario y, tiernamente, lo pone alrededor de la muchacha. “¡María!...” “¿María?... Me llamo Marietta”. Paul se excusa por su equivocación y, tomando el laúd que cuelga de la pared, se lo ofrece. Marietta, sonriendo y encogiéndose de hombros, toma el instrumento, como
haciéndole un favor a Paul. “Bien, a un laúd viejo le corresponde una vieja
canción.” Y entonces canta una de las más maravillosas melodías que he oído
jamás… Sólo al recordarla me estremezco… Cuando la escucho, la música cobra
vida, me envuelve como un abrazo mágico…“La alegría de antes, guarda el secreto de mi amor fiel…” Sentir la música y llorar de felicidad, para mí es
todo uno...
Paul está hipnotizado… Ella toca y continúa cantando. “…El tiempo
pasará, pero el verdadero amor se quedará…” Turbado por la emoción, Paul baja
la cabeza. Marietta le mira, primero extrañada, luego burlonamente. Para la
chica, aquella no es sino una tonta y vieja canción.
Fuera de escena, se escucha la voz de Gastón; él, Juliette y Lucienne vienen
riéndose alegremente por la calle. Marietta, al oírles, se asoma con entusiasmo
a la ventana, pero Paul la aparta en seguida, por miedo a los chismorreos de la
gente. La muchacha explica entonces a Paul que es bailarina, y que aquellos son
compañeros suyos que se dirigen al teatro, pues esa misma tarde tienen ensayo (la compañía prepara “Robert le Diable”, de Meyerbeer).
Al principio Paul se extraña, y luego rechaza la conducta de Marietta, que parece profanar el laúd y el chal… sin embargo, siente que cada vez sucumbe más a la tentación… Estrecha a la chica, fuertemente, entre sus brazos, y le ruega que no se marche. “El pasado feliz regresó y nos reunió a ambos…” delira. Marietta se zafa de su abrazo y se pone a bailar. Se coge a la cortina
y el retrato de Marie se hace visible… “¡Dios mío, cómo se me parece!...” Paul,
apresurándose, trata de cubrir el retrato con sus brazos para evitar que
Marietta lo contemple. “No la mire…”
Al principio Paul se extraña, y luego rechaza la conducta de Marietta, que parece profanar el laúd y el chal… sin embargo, siente que cada vez sucumbe más a la tentación… Estrecha a la chica, fuertemente, entre sus brazos, y le ruega que no se marche. “El pasado feliz regresó y nos reunió a ambos…” delira.
Fuera de escena, se escucha de nuevo la voz de Gastón. “Usted dijo que
tenía ensayo, Marietta…” “…¡Me echa!... Qué rápido ha desaparecido mi magia,
ella es más fuerte…” Marietta se va y Paul, hundiéndose en el sillón, llevado
por su deseo, la llama: “¡Marietta! ¡Marietta!”.
De nuevo a solas, Paul se queda mirando fijamente el retrato de Marie.
Y entonces, su mente y sus emociones hacen que ésta salga del cuadro y se
materialice ante sus ojos. “Paul… Paul… ¿Eres todavía mío?...” La aparición le
habla del mechón dorado de su pelo, que le dejó al partir, como recuerdo… “…te
olvidarás de mi, porque no vivo a tu lado…” Temeroso, Paul le dice que la ve a
ella en Marietta. “Si es a mí a quien ves, es porque aún me amas” le dice
Marie; ambos se declaran el uno al otro: “Nuestro amor era, es y será.”
La figura de Marie casi ha desaparecido. Paul se siente presa de un
nuevo miedo; “…un nuevo amor llama. Mira, mira y entiende…” le dice Marie. La
aparición desaparece por completo. Ahora, en la imaginación de Paul, se
representa la figura de Marietta, con un fantástico traje de baile, bailando
dulce y seductoramente. Ocupa el lugar en el que Marie ha estado hace un
instante. “¡Marietta!” exclama.
Continuará…
(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)







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