Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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viernes, 8 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (II)


Brujas, “la ciudad muerta”

La ciudad muerta” es una ópera en tres actos de Erich Wolfgang Korngold, con libreto de Paul Schott (seudónimo, como sabemos, de Julius Korngold, padre de Erich), basado en la novela de Georges Rodenbach, “Bruges-la morte” (1892). Se estrenó el 4 de diciembre de 1920, de forma simultánea, en la Ópera de Hamburgo y en la de Colonia. Conozcamos a sus personajes:

Paul.- Joven viudo, obsesionado por la muerte de su esposa, Marie. Tenor.
Mariette.- Bailarina. Soprano lírica.
Frank.- Amigo de Paul. Barítono.
Fritz.- Actor que hace de Pierrot en una compañía teatral. Tenor.
Comte Albert.- Noble de Bruselas, con el que coquetea Mariette. Tenor.
Brigitta.- Ama de llaves de Paul. Mezzosoprano.
Marie.- En forma de visión. Soprano.
Bailarines.- De la compañía de Marietta: Juliette (soprano), Lucienne (mezzosoprano), Gaston (tenor) y Victorin (director de escena).
Coro infantil.
Coro.


Acto I
Escena Primera
Nos encontramos en Flandes, a finales del siglo XIX. Paul acaba de perder a su esposa, Marie, de la que estaba perdidamente enamorado. Para él, la antigua ciudad de Brujas, con sus vetustos edificios y el agua estancada en sus canales, es un reflejo de la desolación que siente en su interior.

Cuando esta historia comienza, nos encontramos en un cuarto poco profundo, con mobiliario viejo; por el estado de las cosas, da la impresión de que lleva mucho tiempo deshabitado. A la izquierda, un armario con espejo. Estantes con viejos chismes y fotografías. En una mesa, una urna que, veremos, guarda un mechón de pelo. Sobre una pared destaca, a tamaño natural, un retrato de Marie que llega hasta el suelo; está colocado junto a la puerta que da a su cuarto. En la pintura, Marie lleva un chal y sostiene un laúd. 

Hay flores en el marco de la puerta y en los marcos de las fotografías. A un lado, una ventana con cortinas de encaje y, delante de ella, mirando hacia la calle, una silla con brazos. En primer plano, una mesa, un sofá y unas sillas. Un laúd cuelga de la pared. La luz de una soleada tarde de otoño se filtra por la ventana.

Entran Brigitta y Frank, ama de llaves y amigo, respectivamente, de Paul. Brigitta explica a Frank cómo Paul, durante muchos años y hasta el día anterior, ha vivido empapado de oscura soledad en aquel cuarto. “¿Y ayer?” pregunta Frank. …cambió completamente… “¡Abra las puertas!” me dijo. “¡Permita que la luz entre en mi templo!...” 

Brigitta muestra a Paul cómo aquella habitación es un santuario a la memoria de Marie; ambos admiran su retrato, en el que su brillante cabello es un tesoro dorado. No hay un solo rincón de aquel cuarto que no hable de su amada; él lo llama “Templo de mis recuerdos”. Brujas y yo somos uno. Rendimos culto a lo que ha sido: a la muerte y al pasado” le decía Paul. Suena el timbre. “¡Él está aquí!” exclama Brigitta.

Escena segunda
Entra Paul y, tras un momento de recelo cuando ve a Frank cerca de las flores que adornan el marco de la puerta, le abraza efusivamente; con viveza, pide a Brigitta que traiga rosas, todas las que pueda conseguir, para adornar aquel cuarto. “Quiero la luz de las rosas…”. Los dos amigos hablan acerca de la esposa muerta; Frank se sorprende cuando Paul se refiere a Marie en presente.  


¡No, no, ella vive!... ¡Es… un milagro!” dice, y cuenta a su amigo cómo el día anterior, mientras miraba fijamente el agua, perdido en el recuerdo de su amada esposa, una mujer apareció a su lado… “…Bajo el sol de mediodía su pelo dorado brillaba, y en su sonrisa, la propia Marie me estaba sonriendo…” le dice, presa de un febril entusiasmo. Paul ha invitado a ir a su casa a aquella desconocida. No sabe quién pueda ser, pero siente que con ella vendrá su adorada Marie.

Frank le advierte que el juego en el que se ha embarcado es peligroso. Le aconseja que, simplemente, disfrute del amor de una mujer bonita y deje a la muerta descansar. Pero Paul se ha obsesionado con volver a ver cómo la imagen de su difunta Marie llena de nuevo el cuarto con su luz. Frank se marcha y Paul, de nuevo a solas, se dirige al retrato: “¡Querida, te espero aquí, de por vida!...” Levanta la urna de cristal, sobre la que brilla el sol ;alzando el mechón de pelo de Marie, que hay en su interior, exclama:: “Tú, amado recuerdo de su belleza radiante, ¿vendrás vivo una vez más hacia mi?...

Vuelve Brigitta, llenos de flores ambos brazos; en seguida, Paul reemplaza con ellas las marchitas, y las coloca de modo que todos los jarrones queden repletos. Vacilante, Briggita le anuncia que hay una señorita en la puerta… Brigitta teme que la gente murmure si se entera de la visita de aquella muchacha... Rotundo, Paul le ordena que la haga entrar. “¡María! Una vez más la tendré cerca de mí y viva…” 


La puerta se abre y entra Marietta, sonriendo. Se muestra serena, con el porte de una mujer consciente de su belleza. Al moverse, tiene la gracia de una bailarina. Paul se queda mirándola, extasiado; casi no puede pronunciar palabra, impresionado por su extraordinario parecido con Marie. 

Echando una mirada a su alrededor, la muchacha exclama: “¡Qué bonito es esto! ¡Usted debe ser rico!”. Marietta se sorprende del mutismo de Paul: “Acepto su invitación y ahora… ¿ninguna palabra amable, ningún saludo?...” “¡El aire está aquí enrarecido, como en una tumba!...” continúa; a pesar de todo, afirma que no piensa acobardarse y, en pocas palabras, nos resume cuál es su carácter: “…Mi corazón es simple. ¡Vivo para mi propio placer y goce… amo la vida sin complicaciones!”.

Paul, sumergido en su ensoñación, contempla cómo el sol sonríe en el pelo de Marietta, igual que lo hace en el cuadro de Marie. Coqueta, la muchacha le pregunta si no es ella más bonita que la mujer del retrato. Pero Paul no ve a Marietta, sino a su adorada esposa… Toma un chal del armario y, tiernamente, lo pone alrededor de la muchacha. “¡María!...” “¿María?... Me llamo Marietta”. Paul se excusa por su equivocación y, tomando el laúd que cuelga de la pared, se lo ofrece. Marietta, sonriendo y encogiéndose de hombros, toma el instrumento, como haciéndole un favor a Paul. “Bien, a un laúd viejo le corresponde una vieja canción.” Y entonces canta una de las más maravillosas melodías que he oído jamás… Sólo al recordarla me estremezco… Cuando la escucho, la música cobra vida, me envuelve como un abrazo mágico…“La alegría de antes, guarda el secreto de mi amor fiel…” Sentir la música y llorar de felicidad, para  mí es todo uno...

Paul está hipnotizado… Ella toca y continúa cantando. “…El tiempo pasará, pero el verdadero amor se quedará…” Turbado por la emoción, Paul baja la cabeza. Marietta le mira, primero extrañada, luego burlonamente. Para la chica, aquella no es sino una tonta y vieja canción. 


Fuera de escena, se escucha la voz de Gastón; él, Juliette y Lucienne vienen riéndose alegremente por la calle. Marietta, al oírles, se asoma con entusiasmo a la ventana, pero Paul la aparta en seguida, por miedo a los chismorreos de la gente. La muchacha explica entonces a Paul que es bailarina, y que aquellos son compañeros suyos que se dirigen al teatro, pues esa misma tarde tienen ensayo (la compañía prepara “Robert le Diable”, de Meyerbeer).

Al principio Paul se extraña, y luego rechaza la conducta de Marietta, que parece profanar el laúd y el chal… sin embargo, siente que cada vez sucumbe más a la tentación… Estrecha a la chica, fuertemente, entre sus brazos, y le ruega que no se marche. “El pasado feliz regresó y nos reunió a ambos…” delira. Marietta se zafa de su abrazo y se pone a bailar. Se coge a la cortina y el retrato de Marie se hace visible… “¡Dios mío, cómo se me parece!...” Paul, apresurándose, trata de cubrir el retrato con sus brazos para evitar que Marietta lo contemple. “No la mire…

Fuera de escena, se escucha de nuevo la voz de Gastón. “Usted dijo que tenía ensayo, Marietta…” “…¡Me echa!... Qué rápido ha desaparecido mi magia, ella es más fuerte…” Marietta se va y Paul, hundiéndose en el sillón, llevado por su deseo, la llama: “¡Marietta! ¡Marietta!”.


De nuevo a solas, Paul se queda mirando fijamente el retrato de Marie. Y entonces, su mente y sus emociones hacen que ésta salga del cuadro y se materialice ante sus ojos. “Paul… Paul… ¿Eres todavía mío?...” La aparición le habla del mechón dorado de su pelo, que le dejó al partir, como recuerdo… “…te olvidarás de mi, porque no vivo a tu lado…” Temeroso, Paul le dice que la ve a ella en Marietta. “Si es a mí a quien ves, es porque aún me amas” le dice Marie; ambos se declaran el uno al otro: “Nuestro amor era, es y será.

La figura de Marie casi ha desaparecido. Paul se siente presa de un nuevo miedo…un nuevo amor llama. Mira, mira y entiende…” le dice Marie. La aparición desaparece por completo. Ahora, en la imaginación de Paul, se representa la figura de Marietta, con un fantástico traje de baile, bailando dulce y seductoramente. Ocupa el lugar en el que Marie ha estado hace un instante. ¡Marietta!” exclama.


Continuará…

(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

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