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| Chipre |
Se nos muestra ahora una sala de la planta baja del castillo de Otello, lindante con el jardín. Vemos a Cassio, un tanto cabizbajo; Yago, astuto como pocos, le dice que no debe atormentarse, y le aconseja que acuda a Desdémona (de quien Cassio es amigo desde que ambos eran niños) para que interceda por él ante Otello, y éste le devuelva su grado de capitán. "Créeme..." le asegura Yago "pronto volverás a tus locos amoríos con Monna Bianca...". "Pero, ¿cómo podré hablarle?" pregunta Cassio. Yago le sugiere que espere a Desdémona junto a unas frondas que se ven a lo lejos a donde, todas las tardes, la mujer del gobernador acude a pasear acompañada de la mujer del propio Yago. Cassio, muy animado, se aleja, dispuesto a seguir los consejos de Yago.
Una vez a solas, mientras contempla cómo se aleja su infausta víctima, Yago entona un diabólico "credo", en el que expresa, toda la ruindad de su alma vil y despreciable, en el que se confiesa venenoso y abyecto desde el mismo instante en el que fue engendrado. El mal, dice, es innato a su propia naturaleza de hombre, y cree que el justo no es sino un histriónico y falso burlón. Cree que el hombre no es más que un juguete en manos de una inicua suerte, y que el cielo no es más que una vieja fábula pues, luego de la Muerte, viene la Nada: "Creo en un Dios cruel..."
De repente, Yago ve a lo lejos cómo Desdémona y Emilia (la esposa de Yago) pasan por el jardín. Cassio, que está apostado esperándolas, se acerca a ellas. Desde lejos, Yago no pierde detalle del encuentro, y cuando ve que Desdémona, al hablar con Cassio, inclina el rostro y sonríe, se deleita pensando en que un solo destello de esa sonrisa sería capaz de arrastrar a Otello a la ruina. Y la suerte, que a veces favorece a los malvados, en este caso le sonríe pues Otello, de pronto, entra en la estancia.
Yago, inmóvil, finge que habla para sí, simulando no haber advertido que Otello se aproxima; éste, extraña. El gobernador, extrañado, le pregunta qué ocurre; al contestar "Nada...", Yago atrae la atención de Otello hacia donde él mismo se encontraba mirando, y a Otello le da tiempo a ver que alguien (aunque no distingue quién) se aleja de Desdémona; "...¿es Cassio?" pregunta. "¿Cassio? No... ése se retiró como un culpable nada más veros..." El astuto y ladino Yago, comienza entonces a sembrar, en el corazón de Otello, la duda respecto de las intenciones de Cassio hacia Desdémona; al mismo tiempo, hipócrita, le aconseja que se guarde del demonio de los celos. La furia de Otello crece por segundos. Sea como sea, Yago le aconseja que vigile, que escrute cada palabra de Desdémona para, o bien recuperar la confianza en ella, o bien confirmar la sospecha.
Voces lejanas anuncian la presencia de Desdémona en el jardín; corresponden a mujeres de la isla, muchachos, marineros, que se aproximan a ella, cantan y le ofrecen flores y otros presentes. Algunos acompañan su canto con mandolinas; otros tocan pequeñas arpas que llevan en bandolera. Desdémona, muy dulce, responde a tales muestras uniéndose a ellos en su canción. Otello se resiste a creer que aquel ángel de bondad le engañe; de hacerlo, "es que el cielo se burla de sí mismo", dice para sí. Yago, aparte, se regocija pensando en que el fin de Otello ha dado ya comienzo.
Cuando todos se alejan, Desdémona, seguida de Emilia, entra en la sala y se acerca a Otello; Cassio acaba de pedirle que interceda por él ante su marido, y Desdémona viene a transmitirle dicho ruego. A todo cuanto Desdémona dice al respecto, Otello contesta de forma desabrida; su esposa, sin sospechar ni por un instante la duda que corroe a su marido, insiste... Otello trata de contenerse... se queja de que le arden las sienes, y Desdémona, para aliviarle, le ofrece su pañuelo pero, con un gesto brusco, el atormentado gobernador, lo tira al suelo. Emilia lo recoge. Desdémona, vista la actitud de su marido le ruega, con una dulzura infinita que la perdone si es que en algo ha podido ofenderle. Pero Otello se encierra más en sí mismo, en la agonía muda de los celos que tan bien ha sabido sembrar Yago en su corazón.
Mientras tanto Yago, que ha visto cómo su esposa recogía el pañuelo de Desdémona, le ordena, en voz baja, que se lo entregue; Emilia, que le conoce muy bien, teme alguna perversa maquinación y, a pesar de que trata de resistirse, Yago la obliga, violentamente, a entregarle la prenda, al tiempo que le dice que le conviene guardar silencio.
A una imperiosa petición de Otello, que desea quedarse solo, Desdémona y Emilia salen; Yago finge que también se marcha, pero permanece en la sala, oculto. Vemos cómo guarda cuidadosamente el pañuelo de Desdémona que, nos dice, piensa esconder en la alcoba de Cassio. Desde su escondite, goza como un loco al contemplar el solitario sufrimiento de Otello que, vencido, se ha dejado caer sobre un asiento y se retuerce a causa del veneno que le ha inoculado Yago.
Con aparente cordialidad, Yago se muestra y se dirige a Otello. De un salto, Otello le agarra y le increpa: "¿Tú? ¡Atrás! ¡Vete! ¡Me has atado a la cruz!..." Él, que se sentía tan dichoso, ahora dice adiós su gloria de ayer. Aferrándose aún a una esperanza Otello, desesperado, agarra a Yago por el cuello y le exige que le ofrezca una prueba de que Desdémona le es infiel. Haciéndose el ofendido y ultrajado, Yago protesta por tan vejatorio trato que ha recibido su honestidad.
Ya más calmados los dos, Yago asegura a Otello que, aún sin necesidad de una prueba material, la razón puede guiarle hasta la verdad; y así, le cuenta un supuesto episodio del que él, dice, fue testigo: una noche, mientras Cassio dormía, y él se encontraba a su lado, escuchó cómo entre sueños, murmuraba: "¡Dulce Desdémona! Que nuestro amor se oculte..." Ese sueño, continúa diciendo Yago, puede ser la prueba que corrobore otro indicio... Es el momento de que el pañuelo (fazzoletto) que antes le arrebatara a Emilia, entre en juego. "¿Vísteis alguna vez en manos de Desdémona una tela con flores bordadas, más sutil que un velo?" De inmediato, Otello reconoce en aquellos detalles el pañuelo que regaló a su esposa como primera prenda de amor. Yago afirma que lo ha visto en manos de Cassio. Ésta es la estocada mortal que recibe Otello que, herido ya de muerte, cae al suelo, de rodillas y, lleno de furia jura que, muy pronto, su mano desprenderá terribles relámpagos. Yago, pletórico de gozo, se arrodilla junto a él y, los dos juntos, alzando las manos al cielo, entonan una terrible promesa de venganza.
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)







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