Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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domingo, 24 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (V)


Sauce

Acto IV
Acompañemos ahora a Desdémona, en la triste soledad que inunda su alcoba. El mobiliario: una cama, un reclinatorio, una mesa, un espejo... Hay una vela encendida sobre la mesa. La noche y la amargura envuelven a Desdémona y a la habitación por completo. 

A decir verdad, Desdémona no está sola pues, además de nosotros, Emilia está con ella; Desdémona le pide que saque su vestido de novia y lo extienda sobre el lecho... Mientras Emilia le ayuda le ayuda a prepararse para dormir, la dulce Desdémona entona "La canción del sauce", una conmovedora melodía que, esa noche, no se le va de la cabeza; solía cantarla una doncella de su madre, Bárbara: "...la pobre desgraciada murmuraba tristemente y brotaban las lágrimas de sus ojos... Él nació para su gloria... y yo para amarle y morir."


Desdémona siente que le arden los ojos... "Presagian el llanto..." dice. Emilia se dispone a retirarse pero, apenas ha llegado a la puerta, Desdémona llama: "¡Ah, Emilia, Emilia!" Emilia se vuelve y ambas se abrazan, quizás por última vez... A solas, Desdémona se acerca al reclinatorio, se arrodilla y reza: "Dios te salve, María, llena eres de gracia..."; después, se levanta y se echa en la cama, abrazando su vestido de novia. 


Entra Otello y, silencioso y temible, sin dejar de observar a Desdémona, avanza... Vemos con horror que lleva en las manos una cimitarra la cual, mientras camina como un autómata, sumido en tenebrosos pensamientos, acaba depositando sobre la mesa. Apaga la luz de la vela. Se acerca con decisión a la cama pero... se detiene. Eleva las manos hacia el cielo, en una desesperada súplica, quizá de una señal del Altísimo... Sus manos descienden y tocan el vestido de novia, que reposa sobre el cuerpo de su mujer; con una expresión de dolor desgarrado por el amor que cree perdido, lo toma en sus manos, lo huele... quizás piensa en que, un día, vistió el cuerpo de la mujer a la que amó con locura y que ahora... Con gran delicadeza, toma una de las blancas manos de Desdémona, que yace aún dormida y, dulcemente, la besa... después se inclina y besa su rostro... Desdémona, entonces, se despierta...


"¿Eres tú, Otello?" pregunta dulcemente. "Sí..." responde él, sin dejar de mirarla fija y fríamente... "...¿has rezado esta noche?" Otello, imperturbable, le ordena que, si recuerda haber cometido alguna falta, se apresure a pedir el perdón del cielo, puesto que no quiere matar su alma... Desdémona, estupefacta y aterrada, no comprende el por qué de tan espeluznante sentencia de su esposo. "Amas a Cassio" le acusa Otello; y cuanto más lo niega Desdémona, la ira de Otello de desata más y más y, cada vez con más furia, trata de obligarla a que confiese. "...No amo a Cassio... Hazle venir... ¡Déjale hablar!" le ruega Desdémona. "Ya no puede hablar..." le responde, sombrío, Otello. Desdémona, desolada al saber que Cassio ha muerto, llora, por ella misma, que ya se sabe perdida, y por un buen y leal amigo, Cassio, que ha sido tan vilmente traicionado; sin embargo, esas lágrimas las toma Otello como una confesión... violento, coge a su esposa y sus manos, como una terrible garra, se aferran al blanco cuello de Desdémona y aprietan más y más... de nada sirven los ruegos de la muchacha... aquellas manos de fiera no sueltan su presa hasta que el cuerpo inerte de Desdémona cae sobre la cama...

De repente, alguien llama a la puerta: "¡Abrid, abrid!". Es Emilia, que viene a anunciar a Otello que ha sucedido un hecho terrible: Cassio ha matado a Roderigo. Desde la cama, Desdémona aún tiene fuerzas para murmurar: "Muerta... injustamente muerta..." Emilia corre hacia ella... "...¿Quién ha sido?..." pregunta; pero Desdémona se acusa a si misma... y muere. Sin embargo Otello, que cree firmemente que ha hecho lo que debía, confiesa que ha sido él quien le ha dado muerte. Emilia, desesperada, sale corriendo: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Otello ha matado a Desdémona!".

Entran Lodovico, Cassio y Yago; después Montano con guardias. A pesar de que Yago trata de hacerla callar, Emilia confiesa que su marido le arrebató de las manos, por la fuerza, el pañuelo de Desdémona; Cassio añade que, después, él lo halló en su alcoba. Por su parte, Montano cuenta que Roderigo, antes de morir, tuvo tiempo de revelarle las maquinaciones de Yago. Éste, viéndose acorralado, huye; algunos hombres salen en su busca. Mientras, Otello coge la cimitarra que había depositado en la mesa... "¡Dadme esa espada!" le dice Lodovico...




Pero Otello, sereno, pide que nadie le tema aunque le vea armado... Es el fin de su viaje... Otello ya no existe. Deja caer la cimitarra, se acerca a la cama y contempla a Desdémona, fría, pálida... "...ser bueno nacido bajo mala estrella..." entonces, para sorpresa de todos, extrae velozmente una daga de su traje: "¡Todavía me queda un arma!" dice al tiempo que se hiere con ella... Y su agonía es un triste recuerdo de aquel bello momento en el que ambos, a la luz de la luna, recordaron cómo y cuando se conocieron, aquel momento mágico que Otello presentía que no iba a durar..."...otro beso... otro beso... ¡ah!... un último beso..." dice, justo antes de exhalar su último suspiro.


(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

jueves, 21 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (IV)


Nicosia, capital de Chipre

Acto III
Otello y Yago conversan en una gran sala del castillo, anexa a una galería. Un heraldo anuncia solemnemente la próxima llegada de los embajadores venecianos, cuya galera acaba de ser avistada desde el puerto. El heraldo se retira y, de nuevo solos, Otello y Yago (por sugerencia de este último) elaboran un plan según el cual Yago se encargará de traer a Cassio y de obligarle a hablar; mientras tanto Otello, oculto, observará su comportamiento, sus gestos, sus palabras. Antes de retirarse, y a fin de avivar el fuego que corre por la sangre de Otello, Yago le recuerda: "¡El pañuelo!..."

Una vez solo Otello, llega Desdémona y, mientras no deja de observarle con una cierta prevención, le da unos dulces y cariñosos buenos días: "Que Dios te alegre, oh esposo, señor de mi alma." Otello, disfrazada su actitud de una premeditada y engañosa galantería, le responde lanzando sutiles dardos envenenados envueltos en tiernas palabras de alabanza: "...el demonio gentil que mal aconseja yace aquí, y enciende el seductor marfil de esta mano diminuta..." dice mientras toma la de su esposa. Desdémona, que parece no advertir la ira que empieza a inflamarse, de nuevo, en el corazón de su marido, vuelve a hablarle de Cassio... Otello siente que las sienes le van a estallar, y pide a Desdémona que, de nuevo, le vende la frente... Cuando sumisa, ella le ofrece un pañuelo, Otello, airado, le replica que no es ése el que desea, sino aquel que le regaló como primera prenda de amor. "No lo tengo aquí" responde ella perpleja. Otello entonces le advierte que una terrible amenaza se cierne sobre ella si lo pierde...

Desdémona trata de tomar a broma las palabras de su marido: "Te estás burlando de mi. Así es como evitas hablar de Cassio..." le dice con elegancia; imprudente, insiste en que debe perdonar a Cassio... Otello, cada vez más furioso, le pide, con una temible urgencia: "¡El pañuelo!". De pronto, a Desdémona se le revela cuál es la atroz sospecha oculta el corazón de su marido...

Otello coge a Desdémona violentamente por la barbilla, y le obliga a que le mire a la cara: "¡Dime quién eres!". Por más que ella jura y perjura que es su esposa leal, Otello la acusa de ser infiel, impura... Aterrada, bañado su rostro en lágrimas, Desdémona trata de encontrar dentro de sí las palabras que conmuevan aquel corazón que se ha convertido en piedra. Pero Otello ya ha dictado su sentencia; pasando de la cólera terrible a la calmada ironía, toma la mano de su esposa, y simula disculparse: "...Quiero disculparme. Supuse que eras..." para, de nuevo sombrío y furioso, obligarla a retirarse diciéndole: "...¡la vil cortesana que Otello tiene por esposa!".



A solas, Otello da rienda suelta a su profunda desesperación en forma de un desgarrador aria, un desolador lamento que clama a Dios y le asegura que hubiera podido soportar la pobreza, el oprobio, si ésa hubiese sido la voluntad del cielo... pero de lo que le ha despojado es del espejismo en que se consolaba su alma, del resplandor que le daba vida, llenándole de alegría... Su sentencia es inapelable: "¡Oh, condenación! ¡Que confiese primero el pecado y luego muera!..." exclama. 

Entra Yago, y advierte a Otello que Cassio se acerca, al tiempo que hace que se esconda. El incauto Cassio, creyéndose a solas con Yago, no tiene ningún reparo en hablarle acerca de la petición que le ha hecho a Desdémona para que interceda por él ante Otello: "...Pensaba encontrar a Desdémona aquí..." Desde su escondite, al escuchar el nombre de su esposa, Otello ruge... Yago, habilísimo maestro del engaño, incita a Cassio para que le hable del preciado objeto de sus amores (que, como sabemos, es Blanca, y no Desdémona), y lo hace de modo que, cada vez que pronuncia el nombre de Blanca, lo hace en voz baja, de modo que Otello no pueda oírlo. Así, el atormentado gobernador, sólo puede escuchar las ardientes frases de Cassio, tales como: "...Ella me fascina con sus bellos ojos..." creyendo que se refieren a su esposa. Cassio ríe, azuzado por Yago, y Otello lo toma como una burla hacia él.

Llega el momento de asestar una certera puñalada al corazón de Otello, y Yago hace que Cassio muestre el pañuelo de Desdémona (que, como sabemos, él mismo arrebató a su esposa, Emilia, y colocó después en los aposentos de Cassio). Otello, al ver en manos de aquel que cree un traidor la que toma por una prueba definitiva, apenas puede contenerse... "¡Todo acabó! ¡El amor y el penar!..." dice para sí. Pero Cassio ni siquiera sabe de quién es el pañuelo, ni cómo ha ido a parar a sus manos. De pronto, se escuchan las trompetas que anuncian la llegada de la trirreme veneciana.

Cassio se marcha veloz, para no encontrarse con Otello. El desesperado gobernador ya sólo piensa en cómo va a dar muerte a su esposa. "Consígueme un veneno para esta noche" le pide a Yago; pero éste le sugiere que es mucho mejor que estrangule a Desdémona en su lecho, donde ha pecado; mientras, él se encargará de Cassio. Otello, abrumado por el gran servicio que cree que le está prestando Yago, le nombra capitán; Yago, al tiempo que le da las gracias, le aconseja que muestre a Desdémona ante los embajadores venecianos, para no levantar sospechas.


Yago se retira. Otello se prepara para recibir a los embajadores. Entran Lodovico, Roderigo, el heraldo, dignatarios de la República de Venecia, damas, caballeros, soldados, trompeteros, seguidos de Yago con Desdémona y Emilia.

Aclamado por los vítores de todos los presentes, Otello recibe un mensaje del gran Dux de Venecia de manos de Lodovico. Mientras lo leer, aparentemente concentrado, no pierde detalle de lo que las palabras que cruza su esposa con Lodovico quien, extrañado por no ver a Cassio, ha preguntado por él. Desdémona responde que cree que volverá a ganarse el favor de Otello; éste, alerta, fingiendo que lee, responde: "¿Estás segura?". Imprudente, Desdémona continúa hablando de Cassio, lo que enfurece a su esposo que, incapaz ya de contenerse, trata de golpearla. Sorprendido y asustado, Lodovico detiene su mano. Todos los presentes están horrorizados.

Aparece Cassio; Otello emprende entonces un difícil discurso; difícil en cuanto a voz y también en cuanto a interpretación, pues ha de cambiar rápida y sucesivamente de tono, de color... En voz baja, pide a Yago que escarbe en la mente de Cassio; inmediatamente, alzando la voz, se dirige a todos los presentes: "Señores, el Dux..." y, sin terminar la frase, efectúa de nuevo un giro y, en voz baja, le dice a su esposa que finge llorar muy bien... Al fin, Otello anuncia a la multitud que el gran Dux le llama a Venecia, y que nombra sucesor suyo en Chipre a... ¡Cassio! Lo que pretende Otello es probar la reacción de Cassio: "¿Ves?... El bellaco no parece alegrarse" le dice a Yago; pero éste, sorprendido por la decisión de Otello, está furioso.

Desdémona avanza hacia su marido, implorante; pero éste, furioso, la coge con furia: "¡Al suelo!... ¡y llora!". A mí esta escena me ha recordado siempre a otra del Acto III de "La Traviata" (o Acto II, Cuadro II) en la que Violetta Valéry, vencida por el oprobio que vierte sobre ella Alfredo, cae al suelo ante las espantadas miradas de todos los presentes, de forma similar a como lo hace aquí Desdémona. De rodillas, en actitud implorante, la desdichada esposa de Otello entona un triste lamento de añoranza por los tiempos felices de antaño, ya perdidos, y de agonía por el dolor y la pesadumbre que han invadido su vida. Del mismo modo, cada cual para sí, entona una reflexión acerca de su propia suerte: Cassio siente que la fortuna que ha querido elevarle, es la ola de un peligroso huracán; Roderigo se lamenta porque su deseada Desdémona pronto se irá de Chipre; Lodovico se compadece de la desdichada Desdémona. El resto de los presentes, a coro, condenan la brutal conducta de Otello.


Yago recuerda a Otello que debe estar listo para esa noche; él mismo, tal y como le prometió, se ocupará de Cassio. Aparte, se dirige al apesadumbrado Roderigo y aviva de nuevo sus esperanzas: "El navío levará anclas al amanecer. Ahora Cassio manda aquí. Pero si algo le ocurriera... Otello tendría que quedarse." Y así incita a Roderigo para que, de su propia mano, de muerte a Cassio. Furioso, Otello ordena que todos se marchen. Desdémona aún trata de ir hacia él, pero Otello, fuera de sí, la maldice.


Otello y Yago se quedan solos. Ahogado por su agonía, Otello cae al suelo, y se retuerce en medio de un convulsivo delirio: "¡El pañuelo! ¡El pañuelo! ¡Ah!..." Yago le observa, lleno de gozo: "Mi veneno trabaja..." Desde fuera, se escuchan las voces de los chipriotas que, dice Yago, vitorean a Otello ofreciéndole su última lisonja.



Continuará...

(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)

martes, 19 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (III)


Chipre

Acto II
Se nos muestra ahora una sala de la planta baja del castillo de Otello, lindante con el jardín. Vemos a Cassio, un tanto cabizbajo; Yago, astuto como pocos, le dice que no debe atormentarse, y le aconseja que acuda a Desdémona (de quien Cassio es amigo desde que ambos eran niños) para que interceda por él ante Otello, y éste le devuelva su grado de capitán. "Créeme..." le asegura Yago "pronto volverás a tus locos amoríos con Monna Bianca...". "Pero, ¿cómo podré hablarle?" pregunta Cassio. Yago le sugiere que espere a Desdémona junto a unas frondas que se ven a lo lejos a donde, todas las tardes, la mujer del gobernador acude a pasear acompañada de la mujer del propio Yago. Cassio, muy animado, se aleja, dispuesto a seguir los consejos de Yago.

Una vez a solas, mientras contempla cómo se aleja su infausta víctima, Yago entona un diabólico "credo", en el que expresa, toda la ruindad de su alma vil y despreciable, en el que se confiesa venenoso y abyecto desde el mismo instante en el que fue engendrado. El mal, dice, es innato a su propia naturaleza de hombre, y cree que el justo no es sino un histriónico y falso burlón. Cree que el hombre no es más que un juguete en manos de una inicua suerte, y que el cielo no es más que una vieja fábula pues, luego de la Muerte, viene la Nada: "Creo en un Dios cruel..."

De repente, Yago ve a lo lejos cómo Desdémona y Emilia (la esposa de Yago) pasan por el jardín. Cassio, que está apostado esperándolas, se acerca a ellas. Desde lejos, Yago no pierde detalle del encuentro, y cuando ve que Desdémona, al hablar con Cassio, inclina el rostro y sonríe, se deleita pensando en que un solo destello de esa sonrisa sería capaz de arrastrar a Otello a la ruina. Y la suerte, que a veces favorece a los malvados, en este caso le sonríe pues Otello, de pronto, entra en la estancia.

Yago, inmóvil,  finge que habla para sí, simulando no haber advertido que Otello se aproxima; éste, extraña. El gobernador, extrañado, le pregunta qué ocurre; al contestar "Nada...", Yago atrae la atención de Otello hacia   donde él mismo se encontraba mirando, y a Otello le da tiempo a ver que alguien (aunque no distingue quién) se aleja de Desdémona; "...¿es Cassio?" pregunta. "¿Cassio? No... ése se retiró como un culpable nada más veros..." El astuto y ladino Yago, comienza entonces a sembrar, en el corazón de Otello, la duda respecto de las intenciones de Cassio hacia Desdémona; al mismo tiempo, hipócrita, le aconseja que se guarde del demonio de los celos. La furia de Otello crece por segundos. Sea como sea, Yago le aconseja que vigile, que escrute cada palabra de Desdémona para, o bien recuperar la confianza en ella, o bien confirmar la sospecha.


Voces lejanas anuncian la presencia de Desdémona en el jardín; corresponden a mujeres de la isla, muchachos, marineros, que se aproximan a ella, cantan y le ofrecen flores y otros presentes. Algunos acompañan su canto con mandolinas; otros tocan pequeñas arpas que llevan en bandolera. Desdémona, muy dulce, responde a tales muestras uniéndose a ellos en su canción. Otello se resiste a creer que aquel ángel de bondad le engañe; de hacerlo, "es que el cielo se burla de sí mismo", dice para sí. Yago, aparte, se regocija pensando en que el fin de Otello ha dado ya comienzo.

Cuando todos se alejan, Desdémona, seguida de Emilia, entra en la sala y se acerca a Otello; Cassio acaba de pedirle que interceda por él ante su marido, y Desdémona viene a transmitirle dicho ruego. A todo cuanto Desdémona dice al respecto, Otello contesta de forma desabrida; su esposa, sin sospechar ni por un instante  la duda que corroe a su marido, insiste... Otello trata de contenerse... se queja de que le arden  las sienes, y Desdémona, para aliviarle, le ofrece su pañuelo pero, con un gesto brusco, el atormentado gobernador, lo tira al suelo. Emilia lo recoge. Desdémona, vista la actitud de su marido le ruega, con una dulzura infinita que la perdone si es que en algo ha podido ofenderle. Pero Otello se encierra más en sí mismo, en la agonía muda de los celos que tan bien ha sabido sembrar Yago en su corazón. 

Mientras tanto Yago, que ha visto cómo su esposa recogía el pañuelo de Desdémona, le ordena, en voz baja, que se lo entregue; Emilia, que le conoce muy bien, teme alguna perversa maquinación y, a pesar de que trata de resistirse, Yago la obliga, violentamente, a entregarle la prenda, al tiempo que le dice que le conviene guardar silencio.

A una imperiosa petición de Otello, que desea quedarse solo, Desdémona y Emilia salen; Yago finge que también se marcha, pero permanece en la sala, oculto. Vemos cómo guarda cuidadosamente el pañuelo de Desdémona que, nos dice, piensa esconder en la alcoba de Cassio. Desde su escondite, goza como un loco al contemplar el solitario sufrimiento de Otello que, vencido, se ha dejado caer sobre un asiento y se retuerce a causa del veneno que le ha inoculado Yago.

Con aparente cordialidad, Yago se muestra y se dirige a Otello. De un salto, Otello le agarra y le increpa: "¿Tú? ¡Atrás! ¡Vete! ¡Me has atado a la cruz!..." Él, que se sentía tan dichoso, ahora dice adiós su gloria de ayer. Aferrándose aún a una esperanza Otello, desesperado, agarra a Yago por el cuello y le exige que le ofrezca una prueba de que Desdémona le es infiel. Haciéndose el ofendido y ultrajado, Yago protesta por tan vejatorio trato que ha recibido su honestidad. 


Ya más calmados los dos, Yago asegura a Otello que, aún sin necesidad de una prueba material, la razón puede guiarle hasta la verdad; y así, le cuenta un supuesto episodio del que él, dice, fue testigo: una noche, mientras Cassio dormía, y él se encontraba a su lado, escuchó cómo entre sueños, murmuraba: "¡Dulce Desdémona! Que nuestro amor se oculte..." Ese sueño, continúa diciendo Yago, puede ser la prueba que corrobore otro indicio... Es el momento de que el pañuelo (fazzoletto) que antes le arrebatara a Emilia, entre en juego. "¿Vísteis alguna vez en manos de Desdémona una tela con flores bordadas, más sutil que un velo?" De inmediato, Otello reconoce en aquellos detalles el pañuelo que regaló a su esposa como primera prenda de amor. Yago afirma que lo ha visto en manos de Cassio. Ésta es la estocada mortal que recibe Otello que, herido ya de muerte, cae al suelo, de rodillas y, lleno de furia jura que, muy pronto, su mano desprenderá terribles relámpagos. Yago, pletórico de gozo, se arrodilla junto a él y, los dos juntos, alzando las manos al cielo, entonan una terrible promesa de venganza.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

domingo, 17 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (II)


Isla de Chipre

Conozcamos, en primer lugar, a los personajes:

Otello.- Militar moro al servicio de la República Veneciana, en lucha contra los turcos, enamorado hasta el delirio de su esposa, Desdémona. Tenor.
Desdémona.- Esposa de Otello. Soprano.
Yago.- Militar al servicio de Otello, envidioso de que éste le haya postergado en favor de Cassio (al que Otello ha nombrado su lugarteniente). Barítono.
Cassio.- Lugarteniente de Otello. Tenor.
Emilia.- Sumisa esposa de Yago. Mezzosoprano.
Roderigo.- Caballero veneciano enamorado de Desdémona. Papel poco importante para tenor.
Lodovico.- Embajador de Venecia. Papel de poco relieve para bajo.
Montano.- Antiguo gobernador de Chipre. Papel brevísimo para bajo.
Heraldo.- Papel ínfimo para bajo.
Coro.- Muy importante.
Ballet.- Interviene durante la fiesta del primer acto.


(Los vídeos que utilizaré para ilustrar esta serie de entradas, corresponden a una producción de esta ópera del Metropolitan Opera House de Nueva York, del año 1995. En los principales papeles: Plácido Domingo (Otello), Renée Fleming (Desdémona) y James Morris (Yago). El director: James Levine).

La acción se desarrolla en Chipre, a finales del siglo XV. Cuando esta historia comienza, Otello y Desdémona, aun a pesar de la oposición de los padres de ella a su relación, han logrado finalmente casarse. Otello ha sido destinado a la mencionada isla como gobernador; allí, ha organizado una flota que ha derrotado a los turcos, añadiendo así un nuevo timbre de gloria a su ya brillante carrera. Durante su ausencia, Otello ha dejado en la isla como lugarteniente a Cassio, un antiguo compañero de juegos de Desdémona en Venecia. Al iniciarse la ópera, Otello trata de arribar a Chipre, en medio de una furibunda tempestad que pone en serio peligro su nave.

Acto I
Nos encontramos en los exteriores del castillo de Otello. Cerca, podemos distinguir una posada. Al fondo, el mar. Está anocheciendo, en medio de una violenta tempestad que ha llenado el aire de relámpagos y truenos.

Los habitantes de la isla están con los ojos y el alma puestos en la nave en la que viaja el gobernador, Otello.  La tormenta ha puesto en gravísimo peligro a la embarcación, y temen que no logre llegar a puerto. Mientras la mayoría ruega a Dios para que salve el barco, Yago expresa a Roderigo su ferviente deseo de que el seno frenético del mar se convierta en la tumba de Otello.

Por fin, gritos de júbilo anuncian que la nave del gobernador está a salvo. Otello hace su aparición, triunfante y, desde lo alto de la muralla, se dirige al gentío que le aguardaba ansioso. Dificilísima presentación de este personaje que, ya de entrada, tiene que demostrar toda su potencia vocal: : "¡Alegraos! ¡El orgullo musulmán está sepultado en el mar!..." La multitud vitorea a su triunfante gobernador, que ha logrado derrotar tan completamente al enemigo turco.

Se descarga la nave, transportando armas y equipajes al castillo. Algunos hombres salen de detrás de la fortaleza, llevando ramas que amontonan a los pies de la muralla; a la luz de las antorchas forman una hoguera con un montón de leña, alrededor de la cual la gente se apiña, charlatana y curiosa. Aún se escucha algún trueno, pero lejano, señal de que la tormenta se aleja. La tempestad se va calmando; no así la furia que hierve en el corazón de Yago, que continúa su insidiosa conversación con Roderigo. 

Hay que decir que Roderigo está enamorado de Desdémona y Otello, como "sincero" amigo suyo, se ha ofrecido a ayudarle a conseguir a la mujer de sus sueños, a pesar de que ya esté casada nada menos que con el gobernador: "...un frágil voto de mujer no es asunto demasiado complejo para mi genio ni para el infierno, yo juro que esa mujer será tuya..." Yago le cuenta entonces que, aunque finja todo lo contrario, en realidad odia a "ese moro"; la razón: Cassio que, según Yago, ha usurpado el cargo de lugarteniente de Otello, grado que Yago tenía sobradamente merecido después de cien disputadas batallas... sin embargo, por voluntad de "su morisca señoría", continuaba siendo un simple alférez. Su odio por el gobernador es tal que, de ser él, no querría tener a un Yago cerca. Los dos continúan hablando, a medida que se alejan.


Los chipriotas, reunidos en torno a la hoguera, cantan y bailan, exultantes, en un alegre número coral de preciosa música: "Fuego de alegría, tu brillante júbilo pone en fuga a la noche..." Poco a poco, el fuego se va apagando. La tempestad cesa por completo. Yago, Roderigo, Cassio y varios compañeros más se colocan alrededor de una mesa en la que se ha dispuesto vino. Yago trata de incitar a Roderigo y a Cassio para que beban: "¡Roderigo, bebamos! ¡Dame tu vaso, capitán! (dirigiéndose a Cassio)". Cassio trata de rechazar el vaso que le ofrece Yago, pero éste insiste; a pesar de que el capitán se siente mareado a causa de la bebida que ya ha ingerido, acaba por ceder cuando Yago propone brindar por la boda de Otello y Desdémona y, levantando su vaso, dice con embeleso, refiriéndose a Desdémona: "¡Su presencia engalana esta isla!".

Yago llama la atención de Roderigo acerca de las alabanzas que Cassio dirige a Desdémona, insinuando que el capitán está también enamorado de la muchacha y que, como astuto seductor, tratará de obstruir el camino de Roderigo hacia el amor de la joven. Para acabar con tan peligroso rival, Yago aconseja a Roderigo que le haga beber pues asegura que, si se emborracha, Cassio estará perdido.

Y aquí es cuando llega uno de los fragmentos musicales que más me gustan de esta obra, el brindis. Yago pide a los taberneros que traigan más vino y, vaso en mano, entona un alegre aria para incitar a todos a beber: "¡Quien haya mordido el cebo del ditirambo desvergonzado y extraño, beba conmigo...!". Cassio, que se sumerge por momentos más y más en una profunda borrachera, canta y se tambalea, se envalentona cada vez más y bebe, bebe sin parar... Yago azuza a Roderigo para que fuerce a Cassio a pelear: "...tiene la ira fácil..." asegura; y continúa: "¡Piensa que así puedes, del feliz Otello, turbar la primera noche de amor!".

Aparece Montano, que viene del Castillo, y se dirige a Cassio: "Capitán: os espera la guardia en el bastión." Estupefacto, Montano comprueba que Cassio está borracho como una cuba, y Yago aprovecha para asegurarle que así es cómo, cada noche, el capitán se prepara para dormir. Montano le replica que Otello debería saberlo. Mientras, Roderigo se ríe ostentosamente de Cassio, con ánimo de provocarle... y lo consigue, pues el capitán se abalanza, furioso, contra él. Montano trata de separarles pero Cassio, que es ya un caballo desbocado, saca su espada y amenaza con partir los sesos del antiguo gobernador de Chipre. Montano no tiene más remedio que tratar de defenderse y así, los dos espada en mano, comienzan una furiosa lucha.

Yago hace que Roderigo salgo corriendo al grito de: "¡Sedición! ¡Sedición!...", a fin de sembrar el tumulto, el horror, y hacer que las campanas toquen a rebato. A la vez, para salvaguardar su papel de "alma caritativa", se dirige a los contendientes para que cesen la lucha. Las mujeres, asustadas, huyen. Montano recibe una estocada de Cassio. El revuelo es ensordecedor. Yago pide que se de la alarma, que alguien pare tan terrible combate. La multitud grita: "¡A las armas! ¡A las armas! ¡Socorro!".

Mientras tanto, las campanas tocan a rebato. Entra Otello, seguido de gente portando antorchas. Cesan las campanas. "¡Bajad las espadas!" grita el gobernador e, inmediatamente, cesa la pelea. Con un tono atronador, que hace que cualquier otra voz que no sea la suya enmudezca, Otello exclama: "¿Qué sucede? ¿Estoy entre sarracenos?..."; pide a Yago que le explique los motivos de semejante lucha: "...Honesto Yago, por el amor que me tienes, habla."

Yago, con estudiada y convincente actitud, se muestra dubitativo, temeroso de confesar a Otello el porqué de la disputa que acaba de tener lugar: "No sé... aquí no hace mucho, todos eran amigos, alegres... pero de pronto..." Cassio es incapaz de hablar y, cuando Otello se vuelve hacia Montano y descubre que está herido, siente que la sangre le hierve. Justo en ese momento aparece Desdémona y Otello, al ver que el sueño de su dulce esposa se ha visto alterado, destituye de inmediato a Cassio de su cargo de capitán. Yago no cabe en sí de gozo. Con gesto imperativo Otello ordena que cada cual se marche a su casa.


Otello y Desdémona se quedan solos. Después de la tempestuosa escena que acaba de tener lugar, la noche se ha quedado en completa calma; luce un cielo estrellado que invita a dejar volar la imaginación y el recuerdo. Es el momento de uno de los más bellos dúos de amor verdianos, estremecedor y emocionante como pocos: "Ya en la noche densa se extingue todo clamor..." Los esposos recuerdan cómo, al principio de conocerse, Otello relataba a Desdémona cómo había transcurrido su dura vida en el exilio, los grandes sufrimientos que había padecido, y cómo ella le escuchaba, arrebatada y con el corazón extasiado. Él se sentía bendecido por los suspiros y las lágrimas de ella que, piadosas, descendían sobre él para bendecirle. "Y tú me amabas por mis desventuras, y yo te amaba por tu piedad" dice él y, con inmensa dulzura, ella responde: "Y yo te amaba por tus desventuras, y tú me amabas por tu piedad" Con un profundo suspiro, temeroso de que la inmensa felicidad que siente en aquel instante se desvanezca, Otello abraza tiernamente a Desdémona y ambos se funden en un apasionado beso...


Continuára...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, www.youtube.com y flickr.com)

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