Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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jueves, 31 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (V)


Palacio de la Aljafería

Acto IV, Cuadro I

Hemos vuelto al palacio de la Aljafería. En un ángulo, vemos una torre, con ventanas aseguradas con barrotes de hierro. La oscuridad de la noche es tan densa que casi se puede tocar. Dos figuras embozadas, avanzan: son Ruiz y Leonora. Castellar cayó, pero Ruiz consiguió huir con Leonora y, según los deseos de ésta, la ha conducido hasta allí, porque es donde se encuentra Manrico, que cayó en manos del enemigo. Una vez que han llegado a su destino, la torre donde gimen los prisioneros del Estado, que se yergue ante ellos, Ruiz se marcha; a solas, Leonora nos desvela el por qué del título de esta serie de entradas, mientras le canta a su amor, que no sabe que ella está tan cerca: "En esta oscura noche, junto a ti estoy... Del amor sobre las alas rosadas ve, suspiro doliente... despierta su memoria a los sueños de amor..."


Se escuchan las voces de un coro de monjes que, dentro del palacio, cantan un Miserere por el alma de los que van a morir. Leonora canta apasionadamente su amor por Manrico; él responde con un triste canto desde la torre en el que, resignado con su suerte, se despide de Leonora. Pero ella está dispuesta a dar su vida por salvarle: "¡De ti olvidarme!... Verás que amor en la tierra no ha habido más fuerte que el mío..."



Leonora se presenta ante el conde y se ofrece a él a cambio de la vida de Manrico. El conde, en el éxtasis del delirio, acepta... pero, mientras el conde habla con el carcelero para que suelte a Manrico, Leonora ingiere un veneno que lleva oculto en un anillo: "Me tendrá; pero fría, exánime esposa." El veneno es lento... 



Acto IV, Cuadro II

La escena nos muestra ahora un oscuro calabozo. A un lado, una ventana con barrotes; un mortecino farol cuelga del techo. Azucena está echada sobre una manta. Manrico se sienta junto a ella. "Madre... ¿no duermes?" Azucena siente que se ahoga en aquella tumba de vivos. Fatigada hasta el extremo, y con el recuerdo de su madre quemándose en la hoguera dolorosamente presente, Azucena se refugia en los brazos de su hijo que, al fin, consigue que su madre se calme y trate de descansar.


De pronto, se abre la puerta, y entra Leonora, seguida del conde y de algunos soldados. Estupefacto, Manrico escucha cómo Leonora le cuenta que ha obtenido un permiso para liberarle... pero ella no irá con él. Manrico no quiere ni oír hablar de huir si no es con ella... Manrico intuye que Leonora ha obtenido ese perdón a cambio de venderse al conde, y su indignación crece hasta convertirse en cólera: "...¡Le has vendido el corazón que juró ser mío!"

Leonora se desespera al comprobar que su sacrificio ha sido en vano y que, además, es acusada por el hombre al que ama e intenta salvar. Los efectos del veneno se hacen sentir, y Manrico ve con horror que Leonora, inocente, va a morir... "Antes... que... de otro ser... He querido... tuya morir" Leonora pronuncia sus últimas palabras en brazos de Manrico.

El conde Luna, furioso al comprobar la jugarreta que le preparaba Leonora, manda que lleven a Manrico inmediatamente al cadalso. Auzcena despierta y, conducida a la ventana por el conde para que presencie la ejecución, aguarda a ver caer la cabeza de Manrico para espetarle con furia al conde que... ¡acaba de matar a su propio hermano! Añade que ya ha vengado a su madre, y se desploma mientras baja el telón sobre la irremediable y desoladora desesperación del conde Luna.


Os confieso que, mientras preparaba esta serie de entradas, y más en esta última, he tenido que parar más de una vez para tratar de calmar mi emoción ante la belleza de la historia y de la música. Espero haberos sabido transmitir, aunque sólo sea un poco, toda la oleada de sentimientos que se han apoderado de mí mientras escribía, y haberos hecho disfrutar de la historia tanto como yo he disfrutado preparándola para vosotros. Hasta mañana, mis queridos amigos.

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)

miércoles, 30 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (IV)


Intrincados arcos en el interior del Palacio de la Aljafería

Acto III, Cuadro I

Frente al pabellón del conde Luna, sobre el cual ondea una bandera en señal de suprema autoridad, un campamento de soldados asedia el Castellar, que se divisa a lo lejos. Aparece Ferrando, que sale del pabellón del conde. Un numeroso pelotón de ballesteros, armados hasta los dientes, atraviesa el campo; llega como apoyo a las tropas que ya están frente al Castellar; el conde Luna se estremece al pensar que su amada Leonora se encuentra allí, en brazos de su rival, Manrico.

Se escucha un tumulto. Unos soldados traen a una gitana que han capturado, bajo sospecha de tratarse de una espía, mientras merodeaba por el campamento. Aparece Azucena, con las manos atadas y fuertemente custodiada. "¡Auxilio! Dejadme... ¡Oh crueles! ¿Qué mal os he hecho?" grita. Es llevada a viva fuerza ante el conde, quien la interroga: "¿A dónde te diriges?...¿de dónde vienes?" Azucena se resiste a contestar, aunque al fin confiesa que viene de Vizcaya; al oírlo, Ferrando se sobresalta, pues aquello le da pie para sospechar que se trata de la gitana que, durante tan largo tiempo, ha estado buscando. "¡Es su mismo rostro!" dice para sí. A medida que el conde hace más y más preguntas a la gitana, ésta se va delatando por el pavor que va apoderándose de ella: "¿Recuerdas un niño, hijo de un conde, robado de un castillo...?" Ante la actitud cada vez más aterrorizada de la gitana, a Ferrando ya no le cabe ninguna duda, y así se lo manifiesta al conde: "¡Es ella!". Azucena llama en su auxilio a su hijo: "...oh Manrico, hijo mío... ¿No socorres a tu infeliz madre?" Al saber que aquella gitana es la madre de Manrico, el conde, entusiasmado, se goza en el poderoso arma para atacar a su enemigo que el destino le ha procurado, y ordena que la gitana sea torturada.



Acto III, Cuadro II

Visitemos ahora a Manrico y a Leonora; se encuentran en una sala de la fortaleza del Castellar, y se disponen a casarse. Se escucha ya el órgano de la capilla donde va a celebrarse la boda, mientras los dos enamorados (aunque temerosos de los peligro que les acecha, pues se avecina una próxima batalla) gozan de la dicha de estar juntos; Manrico canta un bellísimo aria en el que dice a su amada Leonor cosas tan hermosas como: "...si en el libro de mi destino está escrito, que yo quede entre las víctimas... en los últimos momentos a ti mi pensamiento irá, y sólo precederte en el cielo la muerte para mí será." ¿Hay alguien que no se estremezca al escuchar esto?

De pronto, entra Ruiz muy agitado, con la noticia de que Azucena ha sido detenida por el conde Luna, quien piensa dar orden que la quemen en la hoguera, pues incluso está ya encendida la pira. Manrico cuenta entonces a su amada que él es el hijo de aquella gitana y, al son de unos marciales compases, que incluso a nosotros nos invitan a ponernos en pie, jura que, o bien los impíos apagan la hoguera que preparan para su madre, o él la apagará con la sangre de ellos. Al grito de: "¡A las armas, a las armas!", Manrico sale presuroso, seguido de Ruiz y de los soldados.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)

martes, 29 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (III)


La zíngara, de Corot
Acto II, Cuadro I

Nos encontramos ahora en un campamento gitano, situado en algún lugar en la falda de un monte de Vizcaya. Azucena, la hija de la gitana que el viejo conde Luna quemara hace mucho tiempo en la hoguera, se halla absorta, sentada frente al fuego. Manrico, envuelto en su capa, está tendido a su lado, sobre un colchón. Hay una fragua, en la que un grupo de gitanos, al compás del repicar de sus martillos contra los hierros candentes, entonan una canción en alabanza de lo agradable que es la vida cuando hay trabajo, vino y gitanas hermosas; se trata de un conocidísimo número coral: "Chi del gitano i giorni abella?...".

Azucena emprende un triste y extraño canto que alude a la horrible muerte que su madre sufrió en la hoguera: "Stride la vampa..." A Manrico, que se encuentra aún convalenciente de las heridas sufridas en el campo de batalla (de donde lo recuperó Azucena cuando todos lo daban por muerto) le intriga escuchar de nuevo a la gitana una palabra que ya le ha oído pronunciar más de una vez, sombríamente: "¡Véngame, véngame!...". 


Los gitanos marchan a pedir limosna por los pueblos vecinos, y Azucena se queda sola con Manrico, que le pide que, ahora que se han quedado solos, le explica la funesta historia de la que hablaba su canción. Azucena le cuenta entonces cómo murió la vieja gitana en la hoguera, por culpa del anterior conde Luna, y cómo, en su camino hacia el suplicio, la anciana le pidió a gritos que vengase su muerte. "¿La vengaste?" pregunta Manrico; Azucena explica que logró introducirse furtivamente en el castillo y raptar al bebé causante del drama y, llevándolo al lugar mismo donde habían quemado a su madre, encendió una nueva hoguera... y en ella, cegada por un odio irrefrenable, arrojó al niño... Sin embargo, cuando miró hacia la hoguera, se dio cuenta de que el niño al que había echado al fuego no era el hijo del conde sino... ¡su propio bebé!.


Manrico, mudo por el horror, apenas logra recuperar el habla pregunta a Azucena: "¿Yo no soy tu hijo? ¿Quién soy yo, entonces?...". Al instante Azucena asegura que sí lo es, y que si ha hablado así es porque el delirio que le produce recordar aquella terrible historia, hace salir necias palabras de sus labios. ¿Acaso no le sacó ella misma del infernal campo de batalla, casi muerto? Sólo una madre sería capaz de correr tal riesgo por un hijo.

Manrico se tranquiliza, aunque recuerda cómo en el duelo entre él y el conde Luna, anterior a la batalla, una fuerza superior le impidió matar a su contrincante, a pesar de que logró tenerlo, derrotado, a sus pies. La gitana, que lamenta amargamente aquella oportunidad perdida, pide a Manrico que, si alguna vez vuelve a presentársele una ocasión como aquélla, hunda su daga en el impío corazón del conde.

Llega entonces un mensajero enviado por Ruiz, lugarteniente de Manrico, y explica que los partidarios del conde de Urgell han ocupado Castellar y que Leonora, creyendo que Manrico ha muerto, se dispone a tomar los hábitos y entrar en un convento. Entonces Manrico da órdenes para partir inmediatamente a rescatar a su amada y, aunque Azucena trata de retenerlo, pues aún convalece de sus heridas, Manrico parte velozmente.


Acto II, Cuadro II

Contemplamos ahora la entrada de un convento en las cercanías de Castellar. Un espeso grupo de árboles puebla el fondo. Es de noche y un grupo de hombres se dirige al convento con mucha cautela, envueltos todos en sus capas; se trata de una partida (que cuenta, por supuesto, con la presencia de Ferrando) formada por el conde con el fin de raptar a Leonora antes de que profese como monja.


Aparecen las religiosas, en procesión solemne; entre ellas se encuentra Leonora, que se despide de su fiel Inés. El conde Luna se presenta bruscamente ante ellas, gritando que el único altar que Leonora deberá ver será el de su boda con él. Pero, de pronto, aparecen Manrico y sus hombres; tras una breve escaramuza, nuestro trovador abraza a la sorprendida Leonora y se la lleva, ante la desesperación del conde y la confusión de las monjas.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com y www.youtube.com)

lunes, 28 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (II)

Palacio de la Aljafería

Veamos quiénes son los protagonistas de esta historia:
  • Manrico.- El Trovador, hijo de la gitana Azucena y enamorado de Leonora. Tenor.
  • Leonora.- Dama de la reina, enamorada de Manrico, pero deseada por el conde Luna. Papel intenso para soprano dramática.
  • Azucena.- Gitana de una tribu que habita en Vizcaya, madre de Manrico. Mezzosoprano.
  • Ferrando.- Capitán de la guardia del conde Luna. Papel secundario para bajo.
  • Inez.- Confidente y compañera de Leonora. Papel muy secundario para mezzosoprano.
  • Ruiz.- Soldado y mensajero de Manrico. Breve papel para tenor.
  • Coro.- Cometido importante.

Acto I, Cuadro I

Atrio en el palacio de la Aljafería de Zaragoza. A un lado, una puerta conduce a los aposentos del conde Luna. Ferrando, capitán de la guardia del conde, junto con algunos de sus hombres, esperan; su señor les ha ordenado vigilar, pues un misterioso trovador tiene la osadía de visitar habitualmente a su amada e inalcanzable Leonor. Para entrener la espera y ahuyentar el sueño, Ferrando cuenta a los soldados la historia de García, hermano del conde Luna.

El conde tenía un hermano menor, un bebé que dormía en una cuna custodiada día y noche por una fiel aya. Un buen día, cuando la nodriza se despertó, vio junto al niño a una horrible vieja, una zíngara hechicera que fijaba sus ojos torvos, sanguinarios, en el niño. La niñera, horrorizada, lanzó un terrible grito; acudieron inmediatamente numerosos criados que, a empujones, sacaron de allí a aquella horrenda mujer, que trató de defenderse asegurando que tan sólo quería predecir el destino del niño. Pero ¡ay! desde aquel día, la fiebre fue consumiendo aquel pequeño cuerpecito... ¡sin duda aquella mujer le había embrujado! La zíngara fue perseguida, apresada y condenada a morir en la hoguera... Pero aquella mujer tenía una hija, que juró tomar venganza; y cumplió su juramento, pues el niño desapareció... y, en el mismo sitio donde fuera quemada la bruja, se encontraron unas brasas mal apagas y, entre ellas... ¡los huesos medio quemados de un niño! 

Un oscuro presentimiento decía al padre del actual conde que su hijo no estaba muerto pero, por más que le buscó, no pudo hallarle en parte alguna. Tampoco de la hija de aquella bruja volvió a saberse nada. Ferrando afirma que, a pesar de los años transcurridos, sería capaz de reconocer a aquella zíngara. Asegura, además (para terror de los soldados que le escuchan) que la vieja hechicera que fue quemada en la hoguera suele aparecerse en aquel castillo bajo diversas formas, habitualmente al filo de la medianoche. Justo en ese momento, las campanas del castillo tocan las doce y todos huyen despavoridos, mientras maldicen a la gitana.


Acto I, Cuadro II

En los jardines del palacio, Leonora, dama de honor de la reina, pasea junto a su amiga y confidente, Inés. Leonora está muy inquieta, pues hace tiempo que no ve ni oye al trovador, un joven que cautivó su corazón en unas justas en las que se presentó provisto de una armadura negra, sin escudo de armas; venció en todos los combates, así que no tuvo que identificarse. Después, noche tras noche, fue como trovador a cantar bajo la ventana de Leonora: "Tacea la notte placida..."; pero la guerra civil que dividiría Aragón en dos bandos irreconciliables ya había empezado, y Leonora no volvió a ver a aquel misterioso joven. Inés trata de convencer a Leonora de que le olvide, pero la muchacha está dispuesta a morir por él si es necesario.


Las dos damas se retiran justo cuando llega el conde Luna que ha intentado, sin éxito, ver a Leonora. De pronto, se escucha el canto del trovador, y el conde maldice su suerte. Al reclamo de aquella voz querida, Leonora vuelve y baja al jardín, pero a causa de la oscuridad absoluta se dirige al conde Luna, al que confunde con el trovador; llega éste y se indigna ante lo que califica de frivolidad por parte de Leonora. Ella,  dándose cuenta de pronto de lo que ha ocurrido, se aleja del conde y se excusa por su error ante el trovador (que ya imaginaba una infidelidad en ella) El conde insta al desconocido a que descubra su identidad... El trovador levanta su visera y descubrimos que es Manrique, partidario del conde de Urgel (que es enemigo del conde Luna). Los dos hombres, declarados así enemigos acérrimos, se muestran dispuestos a batirse, a pesar de los ruegos de Leonora.


(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es y www.youtube.com)

domingo, 27 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (I)


Al terminar cada tema de estas entradas, me pregunto siempre por dónde continuar; a veces la respuesta surge espontánea, viene a mí deseosa de que la exprese... otras, soy yo la que ha de ir a buscarla, y en no pocas ocasiones se esconde en lugares recónditos. Hoy, sin embargo, la inspiración me ha venido como un dulce soplo... Hoy, quiero hablaros de "Il trovatore". Como siempre digo, estos títulos míos tratan de ser originales; si lo consiguen o no, sois vosotros los que lo decidís. Para los que ya conocéis esta ópera, no tengo que explicaros por qué he titulado esta serie de artículos "Sobre las alas rosadas del amor"; y, para los que no la conocéis, no pienso jugaros la mala pasada de desvelaros, antes de tiempo, la razón de este título.

Zaragoza, ciudad en la que está ambientada "Il trovatore"

Origen y contexto de "Il trovatore"
En la época en la que se ambienta "Il trovatore", España aún estaba dividida en dos reinos: Aragón y Castilla. Es en Zaragoza, que entonces pertenecía, pues, al reino de Aragón, en donde se ambienta "Il trovatore". De "trovatore" se disfrazará Manrico, el héroe de esta historia.

Por lo general, en los cuentos se representa a los trovadores como artistas hambrientos que deambulan de ciudad en ciudad, tratando de ganar dinero con sus versos y sus canciones. Aunque sí es cierto que los trovadores viajaban y componían poesías y canciones, generalmente eran poetas bien educados y altamente sofisticados y podían provenir de cualquier extremo de la escala social, es decir, que tanto podían ser aristócratas como plebeyos.

En la Edad Media, la mujer representaba un elevado ideal, algo difícilmente alcanzable. El trovador, cuando rendía homenaje a una mujer con sus palabras y sus melodías, era capaz de hacer cualquier cosa por ella, ya fuera cantarle una canción, batirse en duelo y hasta morir. En los días sucesivos, veremos hasta dónde es capaz de llegar Manrico, el trovador de nuestra historia, por su amada Leonora. Deleitémonos con la bellísima voz de Jaime Aragall, interpretando a este Manrico... escuchemos de qué forma tan dulce le canta a su amada Leonor: "Ah si, ben mio..."


Ahora, perdonadme que, como aquel que dice "cambie de tenor a mitad de aria"; en primer lugar, no he encontrado una grabación de Aragall cantando el fragmento que voy a poner a continuación y, en segundo, la interpretación que vais a escuchar seguidamente me ha parecido algo tan maravilloso, que ni he podido ni he querido resistirme a ponérsola. Instantes después de "Ah si, ben mio...", Manrico (por los motivos de los que ya hablaremos cuando vayamos desarrollando la historia) canta este "Di quella pira"; ahora es la voz del genial Giacomo Lauri-Volpi la que nos va a emocionar; en una interpretación magistral, concluye con un "do de pecho" final al que (nos daremos cuenta si escuchamos con atención) las voces del público responden con gritos entusiasmados de "¡biiiis! ¡biiis!...":


"Il trovatore", ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi, con libreto de Salvatore Cammarano, basada en la obra de teatro "El trovador" (1836), de Antonio García Gutiérrez. Cammarano murió a mediados del año 1852; el libreto hubo de ser completado por Leone Emanuele Bardare. La ópera se estrenó en el Teatro Apollo de roma, el 19 de enero de 1853. Para finalizar la entrada de hoy, os propongo que, cuando terminéis de leer estas líneas, cerréis los ojos e imaginéis que asistimos a aquel estreno... Al son de los primeros compases que ejecuta la orquesta, se levanta el telón y escuchamos...: "¡All'erta! ¡All'erta!..."

Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera" de Roger Alier y www.youtube.com)

 cerréis los ojos e imaginéis que asistimos a aquel estreno... Se levanta el telón

lunes, 16 de mayo de 2011

ACERCA DE LA MELODÍA DE LA SEMANA (del 16 al 22 de mayo de 2011)

Il trovatore. Fuente: flickr.com.

"Il trovatore", con música de Giuseppe Verdi y libreto de Salvatore Cammarano, es una ópera en cuatro actos que se representó por primera vez el 19 de enero de 1853 en el Teatro Apollo de Roma. Al contrario de lo que sucedería tan sólo unas semanas después con "La traviata", "Il trovatore" disfrutó de un gran éxito en su estreno.

El argumento se basa en la obra de teatro "El trovador", de Antonio García Gutiérrez. La trama se desarrolla entre Vizcaya y Aragón, al inicio del siglo XV. Veamos cuáles son sus personajes y dónde encaja el fragmento que he escogido como melodía de la semana.

Personajes
El conde Luna (barítono).
Manrico (tenor).
Azucena, una gitana, supuesta madre de Manrico (mezzosoprano).
Leonora, una dama noble enamorada de Manrico y cortejada por el conde Luna (soprano).
Ferrando, oficial del conde Luna (barítono o bajo).
Inés, amiga de Leonora (soprano).
Ruiz, aliado de Manrico (tenor).
Un gitano viejo (bajo).
Un mensajero (tenor).
Amigas de Leonora, sirvientes del Conde, soldados, gitanos (coro).

Argumento
La acción se sitúa durante la guerra civil que, a principios del siglo XV, enfrentó a los Urgel y a los Trastámara. La tragedia se centra en la pugna entre el trovador Manrico y el conde Luna, pertenecientes a bandos opuestos, por el amor de una dama de la corte, Leonora. Manrico ha sido criado por una gitana, Azucena, que pasa por ser su madre. El conde Luna encierra en prisión a madre e hijo. La intención del conde es ejecutar a Manrico; Leonora trata de salvarle sin conseguirlo. Una vez muerto el trovador, Azucena se venga revelándole al conde que Manrico era en realidad su hermano, que ella raptó cuando era pequeño para vengar la muerte de su madre, a quien el padre del conde hizo quemar en la hoguera por bruja.
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El "Coro de gitanos" (la melodía de esta semana) se sitúa al principio del segundo acto. Nos encontramos en el campamento de los gitanos, que están cantando y bailando. Escuchemos: "Vedi! le fosche notturne". Veamos este fragmento en una producción del Teatro Argentino de la Plata, de mayo de 2009 (fuente: http://www.youtube.com/): 


ZINGARI
Vedi!
Le fosche notturne spoglie
de' cieli sveste
l'immensa volta;
sembra una vedova
che alfin si toglie
i bruni panni
ond'era involta.
All'opra! all'opra!
Dagli, martella.
Chi del gitano
i giorni abbella?
La zingarella!

GITANOS
¡Ved!
Las sombras nocturnas se retiran,
de los cielos desnuda
queda la inmensa bóveda;
parece una viuda
que al fin se quita
los negros paños
con que se envolvía.
¡A trabajar! ¡A trabajar!
Golpea, dale al martillo.
¿Quién del gitano
los días embellece?
¡La gitanilla!


UOMINI
(alle donne)
Versami un tratto; lena e coraggio
il corpo e l'anima traggon dal bere.

HOMBRES
(a las mujeres)
Fuego; fuerza y coraje 
al cuerpo y al alma da el beber.

TUTTI
Oh guarda, guarda!
Del sole un raggio brilla più vivido
nel mio/tuo bicchiere!
All'opra, all'opra...
Dagli, martella...
Chi del gitano i giorni abbella?
La zingarella!

TODOS
Oh, mira; oh, mira, del sol un rayo.
brilla más vívido en mi/tu vaso
A trabajar, a trabajar...
Golpea, dale al martillo
¿Quién del gitano
los días embellece?
¡La gitanilla!

Manrico, convaleciente por las serias heridas sufridas en el campo de batalla, está echado al lado de su madre, Azucena, mientras ésta canta una canción funesta que narra sus deseos de venganza... Canta Anna Maria di Micco (fuente: http://www.youtube.com/):


AZUCENA
Stride la vampa!
La folla indomita corre a quel
fuoco lieta in sembianza;
urli di gioia intorno echeggiano:
Cinta di sgherri
donna s'avanza!
Sinistra splende
sui volti orribili
la tetra fiamma
che s'alza al ciel!
Stride la vampa!
Giunge la vittima
nero vestita,
discinta e scalza!
Grido feroce di morte levasi;
l'eco il ripete
di balza in balza!
Sinistra splende
sui volti orribili
la tetra fiamma
che s'alza al ciel!

AZUCENA
¡Flamean las llamas!
¡La muchedumbre indómita
corre hacia el fuego!
Con alegre semblante
alaridos de gozo
por doquier se escuchan.
Rodeada de esbirros
una mujer avanza.
Siniestra ilumina,
sus rostros horribles,
la tétrica llama
que se alza al cielo.
¡Flamean las llamas!
Llega la víctima de negro vestida,
desceñida y descalza.
Grito feroz de muerte se eleva.
El eco lo repite de roca en roca.
Siniestra ilumina
sus rostros horribles
la tétrica llama
que se alza al cielo.


(Otras fuentes: wikipedia, www.youtube.com, www.liberliber.it y www.yelmocines.es).

jueves, 12 de mayo de 2011

ENTRE LOLA Y SANTUZZA


Cartel anunciador.
Fuente: flickr.com.
Sabemos ya cómo se gestó la "Cavalleria rusticana" de Mascagni, pero ¿cuál es la historia que cuenta? ¿cuáles son sus personajes? Veamos.

Los personajes
Santuzza, joven aldeana (soprano).
Turiddu, aldeano que ha regresado del ejército (tenor).
Lola, novia de Turiddu antes de que éste se alistase en el ejército y actualmente esposa de Alfio (soprano).
Alfio, arriero (barítono).
Mamma Lucia, madre de Turiddu (contralto).
Campesinos, niños, arrieros, etc.

El argumento
Estamos en un pueblo de Sicilia, a finales del siglo XIX. De fondo, con el telón aún bajado, se oye la voz de Turiddu, que canta una preciosa siciliana: "O Lola qu'ai di latti la cammissa...!" canta: Mario del Mónaco; fuente: www.epdlp.com.. Es el día de Pascua, y todos se reúnen para ir a la iglesia, que está frente a la taberna de Mamma Lucia. Llega Santuzza, muy inquieta, miedosa, dubitativa; espera hasta encontrarse a solas con Mamma Lucia y le pregunta, ansiosa, dónde está Turiddu; Mamma Lucia, claramente incómoda por la presencia de Santuzza, le dice que su hijo ha ido a Francofonte, a traerle provisión de vino. Santuzza le replica que eso no es posible, porque la noche pasada ha sido visto en la aldea. "¿Qué dices? ¡Si no ha vuelto a casa!" dice Mamma Lucia, desconcertada.

Las dos mujeres están hablando en medio de la calle, al alcance de ojos y oídos indiscretos, así que Mamma Lucia invita a Santuzza a entrar en la taberna. Santuzza, en un desgarrado lamento, exclama que está excomulgada y que no puede entrar en casa de Mamma Lucia (por aquel entonces, alguien que hubiera sido excomulgado no era digno de ser recibido "socialmente"; luego entenderemos por qué Santuzza está excomulgada).

Llega el carretero Alfio, después de un largo viaje. Saluda efusivo a un grupo de amigos ante los que presume de que su mujer, Lola, que es "toda fidelidad", le está esperando en casa. Mamma Lucia y Santuzza contemplan en silencio la escena. Alfio le pide a Mamma Lucia de "aquel viejo vino" y ella le dice que no sabe si le queda, que Turiddu se ha marchado para traerle provisiones. Y entonces Alfio, sorprendido, exclama: "¡Si le he visto esta mañana, cerca de mi casa...!". Santuzza hace callar  inmeditamente a Mamma Lucia cuando ve que ésta hace ademán de replicarle a Alfio.

La gente entra en la iglesia para la misa y Santuzza y Mamma Lucia vuelven a quedarse solas. Santuzza le recuerda a Mamma Lucia que Turiddu, como Mamma Lucia ya sabe, había sido novio de Lola antes de marcharse para ser soldado. Al volver, se encontró con que Lola no había querido esperarle y se había casado con el rico carretero Alfio. Turiddu, entonces, buscó consuelo en un nuevo amor: ella, Santuzza. Se amaron, y ella (lo da a entender) se entregó a él. (Dependiendo de cómo se interprete el personaje, puede suponerse que, incluso, se ha quedado embarazada de Turiddu; siendo entonces evidente que ha tenido relaciones sexuales sin estar casada ha sido, por eso, excomulgada.) Pero ¡ay! Lola, al ver que Turiddu tenía un nuevo amor, rabiosa porque se le veía feliz con otra mujer, se metió por medio, y los dos se hicieron amantes. "Estoy condenada", dice Santuzza. Turiddu ha negado en todo momento que aún siga amando a Lola, pero Santuzza sabe cuál es la verdad y, cuando vuelva Turiddu, volverá a suplicarle...

Aparece Turiddu ("Tu qui, Santuzza?..." cantan Giuseppe Di Stefano y María Callas; fuente: www.epdlp.com.), que finge estar de vuelta de Francofonte (a donde, como ya sabemos, se supone que había ido a por vino). Santuzza, enérgica, le pide que no mienta, porque le han visto esa misma mañana cerca de la casa de Lola. Turiddu, con una cara dura tremenda, encima se indigna y le dice a Santuzza que si es que le ha estado espiando; ella contesta que no, que ha sido el marido de Lola el que lo ha dicho. En todo momento, Turiddu se hace el digno, el ofendido por las acusaciones de Santuzza: "¿Así me pagas el amor que te tengo?" le dice. Ella le suplica, pero él se mantiene firme como una roca.

A todo esto, de repente se oye la voz de Lola que va cantando una canción. La voz se oye cada vez más cerca. Turiddu y Santuzza, mientras aguardan inquietos a que Lola aparezca, se retan con la mirada. Por fin, Lola entra en escena y, con una estudiada y aparente "inocencia", le pregunta a Turiddu si ha visto a Alfio, su marido. Él le contesta que no, que acaba de llegar; le dice también que Santuzza le estaba contando.... "¡Le decía que hoy es Pascua y que el Señor lo ve todo!...", le ataja rápidamente Santuzza. Cada una de las dos mujeres sabe lo que siente y piensa la otra. La conversación entre las dos se va "caldeando" hasta que Turiddu dice: "Bueno, basta, vámonos, que aquí no tenemos nada que hacer" (con intención de irse con Lola). Pero Santuzza, con energía, le ataja diciéndole que no se vaya, que aún tiene cosas que decirle. Lola, con mucho recochineo, se despide y entra en la iglesia, cantando.

Ya solos Turiddu y Santuzza, él le echa en cara a ella lo mal que, según él, se acaba de comportar con Lola, a la que poco menos que ha echado de allí. Santuzza, que no sabe ya qué hacer para no perder a Turiddu le suplica, se humilla, se arrastra. Pero él no cede, y llega a enfadarse tanto que empuja a Santuzza y ésta cae, violentamente, al suelo. Santuzza siente que ya no puede más, y estalla: "¡Yo te maldigo, perjuro!". Pero él no se acobarda: "¡No me dan miedo tus amenazas!" le dice, y entra en la iglesia.

A solas, Santuzza se mesa los cabellos; está hundida, loca de desesperación. De pronto, aparece Alfio y, en un arrebato, Santuzza le cuenta que Turiddu y Lola se han ido juntos y que, mientras Alfio va a ganarse honradamente el pan por los caminos, su mujer le "adorna la cabeza de mala manera". Alfio no puede dar crédito a lo que oye: "¿¿¿¿No me estarás mintiendo????", le grita a Santuzza. Santuzza le contesta que ella no está acostumbrada a mentir, que, para su propia vergüenza, le ha dicho la verdad. Alfio estalla: "¡¡¡¡Venganza!!!! ¡¡¡¡Infames!!!! ¡¡¡¡Tendré mi venganza antes de que termine el día!!!!" grita, y se aleja después corriendo. A Santuzza se le viene encima, como una pesada losa, lo que acaba de hacer. Comprende que, en su arrebato, quizá haya condenado a Turiddu. Tras esta tremenda escena, para calmar un poco los ánimos del espectador, llega el Intermezzo: "Intermezzo"; fuente: www.epdlp.com.
Termina la misa y la gente sale de la iglesia (que, recordemos, está enfrente de la taberna). Lola dice que quiere irse a casa porque aún no ha visto a su marido, pero Turiddu le replica que no tenga prisa, que ya aparecerá. Y ella no se hace de rogar y se queda, claro. Turiddu propone a todos los presentes tomar una copa de vino; saca una mesa de la taberna, vasos, botellas, y va escanciando la bebida, mientras va cantando: "Intanto amici qua..." canta Louis Morrisson; fuente: www.mascagni.org. Todo es alegría y chocar de vasos. Turiddu y Lola se miran de reojo; se sienten confiados y seguros.

De pronto, irrumpe Alfio y, de golpe, se hace el silencio. Turiddu le ofrece un vaso de vino, pero Alfio lo rechaza: "...se me volvería veneno...". Turiddu comprende y, tras tirar el contenido del vaso al suelo, se abalanza sobre Alfio y le muerde en una oreja (sí, sí, es que en Siclia, por lo menos por aquel entonces, ésa era la señal mediante la que se retaba a duelo). Alfio le dice: "Vaya, parece que vamos a entendernos...". Quedan en verse detrás de un huerto cercano.

Mamma Lucia está recogiendo la mesa, los vasos, las botellas... Turiddu le dice que necesita despejarse, que ha bebido demasiado vino: "Mamma, quel vino è generoso" canta Jussi Bjöerling; fuente: www.mascagni.org. "Voy a salir afuera, al aire..." pero antes, le pide que le bendiga, como cuando se marchó para ser soldado. Y que, si no vuelve, cuide de Santuzza, que sea como una madre para ella... Mamma Lucia no entiende las palabras de su hijo: "¿Por qué hablas así, hijo mío?". "Por nada, es el vino", le dice él y, con mucha fuerza, le da besos, abrazos, más besos... presiente que van a ser los últimos. Por fin, se va corriendo, sin mirar atrás.

"¡Turiddu! ¿qué vas a hacer?" murmura para sí misma Mamma Lucia. Aparece Santuzza y las dos mujeres, muertas de miedo, se abrazan. La plaza se empieza a llenar de gente. De repente, se oye el grito lejano de una aldeana: "¡Han matado al comprade Turiddu!". Todos se miran unos a otros, con cara de no saber si han oído bien. La voz repite, esta vez más cerca: "¡¡Han matado al compadre Turiddu!!". Santuzza grita y Mamma Lucia cae al suelo, desmayada.

Enlace al libreto completo: "Cavalleria rusticana", de Mascagni; fuente: www.kareol.es.

miércoles, 11 de mayo de 2011

LA CAVALLERIA DE MASCAGNI Y OTRAS DOS


En los años ochenta del siglo diecinueve, dos editoras musicales, Ricordi y Sanzogno, rivalizaban por conquistar una posición relevante en el panorama operístico italiano. La gran baza de Ricordi era que poseía los derechos sobre las obras de Verdi, Donizetti y Bellini; Sanzogno apostó por descubrir nuevos talentos y, a tal fin, organizó un concurso para la composición de óperas en un acto, con tema a elección de los participantes. El premio consitía en una cantidad de dinero en metálico y la puesta en escena de la ópera ganadora. Entre quienes tomaron parte en la primera edición, en 1882, figuraba un entonces desconocido Giacomo Puccini; su ópera, Le Villi, pasó desapercibida (quedó en un oscuro sexto lugar) pero suscitó, en cambio, el interés de Ricordi. Así, a Sanzogno se les escapó de las manos el futuro numen de la ópera italiana.

Pietro Mascagni.
Fuente: paulhelm.com.

A mediados de 1888, un anónimo Mascagni de 25 años, que se buscaba la vida como podía en Cerignola, un remoto pueblo de la Italia del Sur, vio en una página de la revista "Il Teatro illustrato" el anuncio del concurso de Sanzogno. El plazo de entrega era ya cercano, así que el compositor se puso de inmediato a buscar un asunto para la ópera que habría de presentar. Fue un antiguo compañero de colegio en Livorno, Giovanni Targioni-Tozzetti, quien le propuso el argumento de "Cavalleria rusticana", una obra teatral de Giovanni Verga que se representaba entonces con éxito en los escenarios italianos; el argumento, ambientado en Sicilia, se centraba en una historia de celos que culminaba en un duelo mortal.

Procesión. Fuente: flickr.com.

Mascagni aceptó la propuesta de su amigo. Fue asociado también al proyecto el abogado Guido Menasci, que colaboró en el libreto junto con Targioni-Tozzetti. Para adelantar el trabajo, los libretistas escribían el texto a trozos, que le enviaban por carta desde Livorno al compositor, a veces incluso en tarjetas postales. Mascagni escribía la música a medida que el texto le llegaba. Sin embargo, en el último instante, cuando ya la obra estaba acabada, el compositor se desanimó, convencido de que nunca ganaría el concurso. Según cuenta la leyenda, fue su mujer la que envió a escondidas la partitura al jurado. Y la obra, entre otras setenta y dos participantes, ganó el concurso. Fue estrenada el 17 de mayo de 1890 en el Teatro Constanzi, de Roma. 

Hasta aquí la historia que puede ser más o menos conocida. Pero lo que quizá no lo sea tanto es que la adaptación operística de Mascagni del relato de Giovanni Verga no fue la única. Hubo otras dos: la de Stanislao Gastaldon (1861-1939), titulada "Mala pasqua!", que fue estrenada unos pocos meses antes que la obra de Mascagni, y otra "Cavalleria rusticana", esta vez de Domenico Monleone. Monleone, que había nacido en 1875, presentó su "Cavalleria" al concurso de Sanzogno quince años después de que lo hiciera Mascagni pero, al contrario que éste, fracasó. Sólo la "Cavalleria" de Mascagni se ha mantenido en el repertorio, con un éxito tal desde el principio que ha eclipsado las obras posteriores del compositor.

Escuchemos el maravilloso Intermezzo de "Cavalleria rusticana" (de Mascagni):

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