Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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jueves, 31 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (V)


Palacio de la Aljafería

Acto IV, Cuadro I

Hemos vuelto al palacio de la Aljafería. En un ángulo, vemos una torre, con ventanas aseguradas con barrotes de hierro. La oscuridad de la noche es tan densa que casi se puede tocar. Dos figuras embozadas, avanzan: son Ruiz y Leonora. Castellar cayó, pero Ruiz consiguió huir con Leonora y, según los deseos de ésta, la ha conducido hasta allí, porque es donde se encuentra Manrico, que cayó en manos del enemigo. Una vez que han llegado a su destino, la torre donde gimen los prisioneros del Estado, que se yergue ante ellos, Ruiz se marcha; a solas, Leonora nos desvela el por qué del título de esta serie de entradas, mientras le canta a su amor, que no sabe que ella está tan cerca: "En esta oscura noche, junto a ti estoy... Del amor sobre las alas rosadas ve, suspiro doliente... despierta su memoria a los sueños de amor..."


Se escuchan las voces de un coro de monjes que, dentro del palacio, cantan un Miserere por el alma de los que van a morir. Leonora canta apasionadamente su amor por Manrico; él responde con un triste canto desde la torre en el que, resignado con su suerte, se despide de Leonora. Pero ella está dispuesta a dar su vida por salvarle: "¡De ti olvidarme!... Verás que amor en la tierra no ha habido más fuerte que el mío..."



Leonora se presenta ante el conde y se ofrece a él a cambio de la vida de Manrico. El conde, en el éxtasis del delirio, acepta... pero, mientras el conde habla con el carcelero para que suelte a Manrico, Leonora ingiere un veneno que lleva oculto en un anillo: "Me tendrá; pero fría, exánime esposa." El veneno es lento... 



Acto IV, Cuadro II

La escena nos muestra ahora un oscuro calabozo. A un lado, una ventana con barrotes; un mortecino farol cuelga del techo. Azucena está echada sobre una manta. Manrico se sienta junto a ella. "Madre... ¿no duermes?" Azucena siente que se ahoga en aquella tumba de vivos. Fatigada hasta el extremo, y con el recuerdo de su madre quemándose en la hoguera dolorosamente presente, Azucena se refugia en los brazos de su hijo que, al fin, consigue que su madre se calme y trate de descansar.


De pronto, se abre la puerta, y entra Leonora, seguida del conde y de algunos soldados. Estupefacto, Manrico escucha cómo Leonora le cuenta que ha obtenido un permiso para liberarle... pero ella no irá con él. Manrico no quiere ni oír hablar de huir si no es con ella... Manrico intuye que Leonora ha obtenido ese perdón a cambio de venderse al conde, y su indignación crece hasta convertirse en cólera: "...¡Le has vendido el corazón que juró ser mío!"

Leonora se desespera al comprobar que su sacrificio ha sido en vano y que, además, es acusada por el hombre al que ama e intenta salvar. Los efectos del veneno se hacen sentir, y Manrico ve con horror que Leonora, inocente, va a morir... "Antes... que... de otro ser... He querido... tuya morir" Leonora pronuncia sus últimas palabras en brazos de Manrico.

El conde Luna, furioso al comprobar la jugarreta que le preparaba Leonora, manda que lleven a Manrico inmediatamente al cadalso. Auzcena despierta y, conducida a la ventana por el conde para que presencie la ejecución, aguarda a ver caer la cabeza de Manrico para espetarle con furia al conde que... ¡acaba de matar a su propio hermano! Añade que ya ha vengado a su madre, y se desploma mientras baja el telón sobre la irremediable y desoladora desesperación del conde Luna.


Os confieso que, mientras preparaba esta serie de entradas, y más en esta última, he tenido que parar más de una vez para tratar de calmar mi emoción ante la belleza de la historia y de la música. Espero haberos sabido transmitir, aunque sólo sea un poco, toda la oleada de sentimientos que se han apoderado de mí mientras escribía, y haberos hecho disfrutar de la historia tanto como yo he disfrutado preparándola para vosotros. Hasta mañana, mis queridos amigos.

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)

miércoles, 30 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (IV)


Intrincados arcos en el interior del Palacio de la Aljafería

Acto III, Cuadro I

Frente al pabellón del conde Luna, sobre el cual ondea una bandera en señal de suprema autoridad, un campamento de soldados asedia el Castellar, que se divisa a lo lejos. Aparece Ferrando, que sale del pabellón del conde. Un numeroso pelotón de ballesteros, armados hasta los dientes, atraviesa el campo; llega como apoyo a las tropas que ya están frente al Castellar; el conde Luna se estremece al pensar que su amada Leonora se encuentra allí, en brazos de su rival, Manrico.

Se escucha un tumulto. Unos soldados traen a una gitana que han capturado, bajo sospecha de tratarse de una espía, mientras merodeaba por el campamento. Aparece Azucena, con las manos atadas y fuertemente custodiada. "¡Auxilio! Dejadme... ¡Oh crueles! ¿Qué mal os he hecho?" grita. Es llevada a viva fuerza ante el conde, quien la interroga: "¿A dónde te diriges?...¿de dónde vienes?" Azucena se resiste a contestar, aunque al fin confiesa que viene de Vizcaya; al oírlo, Ferrando se sobresalta, pues aquello le da pie para sospechar que se trata de la gitana que, durante tan largo tiempo, ha estado buscando. "¡Es su mismo rostro!" dice para sí. A medida que el conde hace más y más preguntas a la gitana, ésta se va delatando por el pavor que va apoderándose de ella: "¿Recuerdas un niño, hijo de un conde, robado de un castillo...?" Ante la actitud cada vez más aterrorizada de la gitana, a Ferrando ya no le cabe ninguna duda, y así se lo manifiesta al conde: "¡Es ella!". Azucena llama en su auxilio a su hijo: "...oh Manrico, hijo mío... ¿No socorres a tu infeliz madre?" Al saber que aquella gitana es la madre de Manrico, el conde, entusiasmado, se goza en el poderoso arma para atacar a su enemigo que el destino le ha procurado, y ordena que la gitana sea torturada.



Acto III, Cuadro II

Visitemos ahora a Manrico y a Leonora; se encuentran en una sala de la fortaleza del Castellar, y se disponen a casarse. Se escucha ya el órgano de la capilla donde va a celebrarse la boda, mientras los dos enamorados (aunque temerosos de los peligro que les acecha, pues se avecina una próxima batalla) gozan de la dicha de estar juntos; Manrico canta un bellísimo aria en el que dice a su amada Leonor cosas tan hermosas como: "...si en el libro de mi destino está escrito, que yo quede entre las víctimas... en los últimos momentos a ti mi pensamiento irá, y sólo precederte en el cielo la muerte para mí será." ¿Hay alguien que no se estremezca al escuchar esto?

De pronto, entra Ruiz muy agitado, con la noticia de que Azucena ha sido detenida por el conde Luna, quien piensa dar orden que la quemen en la hoguera, pues incluso está ya encendida la pira. Manrico cuenta entonces a su amada que él es el hijo de aquella gitana y, al son de unos marciales compases, que incluso a nosotros nos invitan a ponernos en pie, jura que, o bien los impíos apagan la hoguera que preparan para su madre, o él la apagará con la sangre de ellos. Al grito de: "¡A las armas, a las armas!", Manrico sale presuroso, seguido de Ruiz y de los soldados.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)

martes, 29 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (III)


La zíngara, de Corot
Acto II, Cuadro I

Nos encontramos ahora en un campamento gitano, situado en algún lugar en la falda de un monte de Vizcaya. Azucena, la hija de la gitana que el viejo conde Luna quemara hace mucho tiempo en la hoguera, se halla absorta, sentada frente al fuego. Manrico, envuelto en su capa, está tendido a su lado, sobre un colchón. Hay una fragua, en la que un grupo de gitanos, al compás del repicar de sus martillos contra los hierros candentes, entonan una canción en alabanza de lo agradable que es la vida cuando hay trabajo, vino y gitanas hermosas; se trata de un conocidísimo número coral: "Chi del gitano i giorni abella?...".

Azucena emprende un triste y extraño canto que alude a la horrible muerte que su madre sufrió en la hoguera: "Stride la vampa..." A Manrico, que se encuentra aún convalenciente de las heridas sufridas en el campo de batalla (de donde lo recuperó Azucena cuando todos lo daban por muerto) le intriga escuchar de nuevo a la gitana una palabra que ya le ha oído pronunciar más de una vez, sombríamente: "¡Véngame, véngame!...". 


Los gitanos marchan a pedir limosna por los pueblos vecinos, y Azucena se queda sola con Manrico, que le pide que, ahora que se han quedado solos, le explica la funesta historia de la que hablaba su canción. Azucena le cuenta entonces cómo murió la vieja gitana en la hoguera, por culpa del anterior conde Luna, y cómo, en su camino hacia el suplicio, la anciana le pidió a gritos que vengase su muerte. "¿La vengaste?" pregunta Manrico; Azucena explica que logró introducirse furtivamente en el castillo y raptar al bebé causante del drama y, llevándolo al lugar mismo donde habían quemado a su madre, encendió una nueva hoguera... y en ella, cegada por un odio irrefrenable, arrojó al niño... Sin embargo, cuando miró hacia la hoguera, se dio cuenta de que el niño al que había echado al fuego no era el hijo del conde sino... ¡su propio bebé!.


Manrico, mudo por el horror, apenas logra recuperar el habla pregunta a Azucena: "¿Yo no soy tu hijo? ¿Quién soy yo, entonces?...". Al instante Azucena asegura que sí lo es, y que si ha hablado así es porque el delirio que le produce recordar aquella terrible historia, hace salir necias palabras de sus labios. ¿Acaso no le sacó ella misma del infernal campo de batalla, casi muerto? Sólo una madre sería capaz de correr tal riesgo por un hijo.

Manrico se tranquiliza, aunque recuerda cómo en el duelo entre él y el conde Luna, anterior a la batalla, una fuerza superior le impidió matar a su contrincante, a pesar de que logró tenerlo, derrotado, a sus pies. La gitana, que lamenta amargamente aquella oportunidad perdida, pide a Manrico que, si alguna vez vuelve a presentársele una ocasión como aquélla, hunda su daga en el impío corazón del conde.

Llega entonces un mensajero enviado por Ruiz, lugarteniente de Manrico, y explica que los partidarios del conde de Urgell han ocupado Castellar y que Leonora, creyendo que Manrico ha muerto, se dispone a tomar los hábitos y entrar en un convento. Entonces Manrico da órdenes para partir inmediatamente a rescatar a su amada y, aunque Azucena trata de retenerlo, pues aún convalece de sus heridas, Manrico parte velozmente.


Acto II, Cuadro II

Contemplamos ahora la entrada de un convento en las cercanías de Castellar. Un espeso grupo de árboles puebla el fondo. Es de noche y un grupo de hombres se dirige al convento con mucha cautela, envueltos todos en sus capas; se trata de una partida (que cuenta, por supuesto, con la presencia de Ferrando) formada por el conde con el fin de raptar a Leonora antes de que profese como monja.


Aparecen las religiosas, en procesión solemne; entre ellas se encuentra Leonora, que se despide de su fiel Inés. El conde Luna se presenta bruscamente ante ellas, gritando que el único altar que Leonora deberá ver será el de su boda con él. Pero, de pronto, aparecen Manrico y sus hombres; tras una breve escaramuza, nuestro trovador abraza a la sorprendida Leonora y se la lleva, ante la desesperación del conde y la confusión de las monjas.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com y www.youtube.com)

lunes, 28 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (II)

Palacio de la Aljafería

Veamos quiénes son los protagonistas de esta historia:
  • Manrico.- El Trovador, hijo de la gitana Azucena y enamorado de Leonora. Tenor.
  • Leonora.- Dama de la reina, enamorada de Manrico, pero deseada por el conde Luna. Papel intenso para soprano dramática.
  • Azucena.- Gitana de una tribu que habita en Vizcaya, madre de Manrico. Mezzosoprano.
  • Ferrando.- Capitán de la guardia del conde Luna. Papel secundario para bajo.
  • Inez.- Confidente y compañera de Leonora. Papel muy secundario para mezzosoprano.
  • Ruiz.- Soldado y mensajero de Manrico. Breve papel para tenor.
  • Coro.- Cometido importante.

Acto I, Cuadro I

Atrio en el palacio de la Aljafería de Zaragoza. A un lado, una puerta conduce a los aposentos del conde Luna. Ferrando, capitán de la guardia del conde, junto con algunos de sus hombres, esperan; su señor les ha ordenado vigilar, pues un misterioso trovador tiene la osadía de visitar habitualmente a su amada e inalcanzable Leonor. Para entrener la espera y ahuyentar el sueño, Ferrando cuenta a los soldados la historia de García, hermano del conde Luna.

El conde tenía un hermano menor, un bebé que dormía en una cuna custodiada día y noche por una fiel aya. Un buen día, cuando la nodriza se despertó, vio junto al niño a una horrible vieja, una zíngara hechicera que fijaba sus ojos torvos, sanguinarios, en el niño. La niñera, horrorizada, lanzó un terrible grito; acudieron inmediatamente numerosos criados que, a empujones, sacaron de allí a aquella horrenda mujer, que trató de defenderse asegurando que tan sólo quería predecir el destino del niño. Pero ¡ay! desde aquel día, la fiebre fue consumiendo aquel pequeño cuerpecito... ¡sin duda aquella mujer le había embrujado! La zíngara fue perseguida, apresada y condenada a morir en la hoguera... Pero aquella mujer tenía una hija, que juró tomar venganza; y cumplió su juramento, pues el niño desapareció... y, en el mismo sitio donde fuera quemada la bruja, se encontraron unas brasas mal apagas y, entre ellas... ¡los huesos medio quemados de un niño! 

Un oscuro presentimiento decía al padre del actual conde que su hijo no estaba muerto pero, por más que le buscó, no pudo hallarle en parte alguna. Tampoco de la hija de aquella bruja volvió a saberse nada. Ferrando afirma que, a pesar de los años transcurridos, sería capaz de reconocer a aquella zíngara. Asegura, además (para terror de los soldados que le escuchan) que la vieja hechicera que fue quemada en la hoguera suele aparecerse en aquel castillo bajo diversas formas, habitualmente al filo de la medianoche. Justo en ese momento, las campanas del castillo tocan las doce y todos huyen despavoridos, mientras maldicen a la gitana.


Acto I, Cuadro II

En los jardines del palacio, Leonora, dama de honor de la reina, pasea junto a su amiga y confidente, Inés. Leonora está muy inquieta, pues hace tiempo que no ve ni oye al trovador, un joven que cautivó su corazón en unas justas en las que se presentó provisto de una armadura negra, sin escudo de armas; venció en todos los combates, así que no tuvo que identificarse. Después, noche tras noche, fue como trovador a cantar bajo la ventana de Leonora: "Tacea la notte placida..."; pero la guerra civil que dividiría Aragón en dos bandos irreconciliables ya había empezado, y Leonora no volvió a ver a aquel misterioso joven. Inés trata de convencer a Leonora de que le olvide, pero la muchacha está dispuesta a morir por él si es necesario.


Las dos damas se retiran justo cuando llega el conde Luna que ha intentado, sin éxito, ver a Leonora. De pronto, se escucha el canto del trovador, y el conde maldice su suerte. Al reclamo de aquella voz querida, Leonora vuelve y baja al jardín, pero a causa de la oscuridad absoluta se dirige al conde Luna, al que confunde con el trovador; llega éste y se indigna ante lo que califica de frivolidad por parte de Leonora. Ella,  dándose cuenta de pronto de lo que ha ocurrido, se aleja del conde y se excusa por su error ante el trovador (que ya imaginaba una infidelidad en ella) El conde insta al desconocido a que descubra su identidad... El trovador levanta su visera y descubrimos que es Manrique, partidario del conde de Urgel (que es enemigo del conde Luna). Los dos hombres, declarados así enemigos acérrimos, se muestran dispuestos a batirse, a pesar de los ruegos de Leonora.


(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es y www.youtube.com)

domingo, 27 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (I)


Al terminar cada tema de estas entradas, me pregunto siempre por dónde continuar; a veces la respuesta surge espontánea, viene a mí deseosa de que la exprese... otras, soy yo la que ha de ir a buscarla, y en no pocas ocasiones se esconde en lugares recónditos. Hoy, sin embargo, la inspiración me ha venido como un dulce soplo... Hoy, quiero hablaros de "Il trovatore". Como siempre digo, estos títulos míos tratan de ser originales; si lo consiguen o no, sois vosotros los que lo decidís. Para los que ya conocéis esta ópera, no tengo que explicaros por qué he titulado esta serie de artículos "Sobre las alas rosadas del amor"; y, para los que no la conocéis, no pienso jugaros la mala pasada de desvelaros, antes de tiempo, la razón de este título.

Zaragoza, ciudad en la que está ambientada "Il trovatore"

Origen y contexto de "Il trovatore"
En la época en la que se ambienta "Il trovatore", España aún estaba dividida en dos reinos: Aragón y Castilla. Es en Zaragoza, que entonces pertenecía, pues, al reino de Aragón, en donde se ambienta "Il trovatore". De "trovatore" se disfrazará Manrico, el héroe de esta historia.

Por lo general, en los cuentos se representa a los trovadores como artistas hambrientos que deambulan de ciudad en ciudad, tratando de ganar dinero con sus versos y sus canciones. Aunque sí es cierto que los trovadores viajaban y componían poesías y canciones, generalmente eran poetas bien educados y altamente sofisticados y podían provenir de cualquier extremo de la escala social, es decir, que tanto podían ser aristócratas como plebeyos.

En la Edad Media, la mujer representaba un elevado ideal, algo difícilmente alcanzable. El trovador, cuando rendía homenaje a una mujer con sus palabras y sus melodías, era capaz de hacer cualquier cosa por ella, ya fuera cantarle una canción, batirse en duelo y hasta morir. En los días sucesivos, veremos hasta dónde es capaz de llegar Manrico, el trovador de nuestra historia, por su amada Leonora. Deleitémonos con la bellísima voz de Jaime Aragall, interpretando a este Manrico... escuchemos de qué forma tan dulce le canta a su amada Leonor: "Ah si, ben mio..."


Ahora, perdonadme que, como aquel que dice "cambie de tenor a mitad de aria"; en primer lugar, no he encontrado una grabación de Aragall cantando el fragmento que voy a poner a continuación y, en segundo, la interpretación que vais a escuchar seguidamente me ha parecido algo tan maravilloso, que ni he podido ni he querido resistirme a ponérsola. Instantes después de "Ah si, ben mio...", Manrico (por los motivos de los que ya hablaremos cuando vayamos desarrollando la historia) canta este "Di quella pira"; ahora es la voz del genial Giacomo Lauri-Volpi la que nos va a emocionar; en una interpretación magistral, concluye con un "do de pecho" final al que (nos daremos cuenta si escuchamos con atención) las voces del público responden con gritos entusiasmados de "¡biiiis! ¡biiis!...":


"Il trovatore", ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi, con libreto de Salvatore Cammarano, basada en la obra de teatro "El trovador" (1836), de Antonio García Gutiérrez. Cammarano murió a mediados del año 1852; el libreto hubo de ser completado por Leone Emanuele Bardare. La ópera se estrenó en el Teatro Apollo de roma, el 19 de enero de 1853. Para finalizar la entrada de hoy, os propongo que, cuando terminéis de leer estas líneas, cerréis los ojos e imaginéis que asistimos a aquel estreno... Al son de los primeros compases que ejecuta la orquesta, se levanta el telón y escuchamos...: "¡All'erta! ¡All'erta!..."

Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera" de Roger Alier y www.youtube.com)

 cerréis los ojos e imaginéis que asistimos a aquel estreno... Se levanta el telón

sábado, 26 de mayo de 2012

POR SUS "OBERTURAS" LAS CONOCERÉIS (I)


En no pocas ocasiones ocurre que, de una ópera determinada, es comúnmente conocida sólo su obertura; pongamos, a modo de ejemplo, la de una delicia que jamás me cansaré de recomendar: "El barbero de Sevilla" de Rossini:


Pero ¿qué ocurre si nos quedamos sólo en la "obertura"? Es lo mismo que si, ante una deliciosa comilona, nos conformamos con el aperitivo. Merece la pena, y mucho, conocer el resto del menú. Para ello, en el caso de "El barbero de Sevilla" permitid que os remita a dos entradas de este mismo blog:


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Continuemos con otra "obertura" muy conocida; al escuchar los primeros compases, creo que habrá pocas personas que no la reconozcan:


La indomable "Carmen", de Bizet, en efecto. Os invito a que leáis tres artículos de este blog:


Y otro que, aunque es un artículo de opinión, también está relacionado con la "Carmen" de Bizet:

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La siguiente "obertura" quizá no os sea tan conocida, pero ni quiero ni puedo resistirme a ponerla, porque con ella debuto mi adorado Alfredo Kraus. Me refiero a "Rigoletto":


Y para invitaros a profundizar en la historia, os propongo este post: http://descubrirlaopera.blogspot.com.es/2011/05/rigoletto-o-el-rey-que-oficialmente-no.html

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Y por hoy, doy por concluida la sesión, que tampoco es cuestión de "emborracharse" (musicalmente hablando). Hasta mañana, queridos amigos.

viernes, 25 de mayo de 2012

LOS MÁS BELLOS DÚOS DE AMOR (I)


Llevo unos días "romanticona" así que, al hilo de ese sentimiento, me apetece compartir con vosotros algunos de los (para mí) más bellos dúos de amor de la ópera. Empecemos con el gran Verdi y su infinita maestría para transmitir sentimientos y llegar a la "fibra" más sensible, esa que todos guardamos celosamente en el rincón más preciado del corazón... Os propongo el dúo del Primer Acto del "Otello" verdiano, en el que Otello y Desdémona, en una deliciosa noche estrellada, recuerdan embelesados cómo se conocieron y de qué modo empezó su historia de amor: "Gia nella notte densa...". Escuchémoslo en las voces de Jon Vickers y Mirella Freni:


Tengo pendiente hacer un desarrollo exhaustivo de esta ópera en el blog. De momento, os remito a una entrada que ya publiqué:


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Y qué decir de Puccini, que es todo arte, vida, sentimiento... En "La bohème", el genial maestro de Lucca escribió un apasionado dúo para los protagonistas, Rodolfo y Mimì: "O soave fanciulla..." Entre los dos acaba de surgir el amor, como un tremendo y repentino flechazo... Rodolfo, arrebatado por la dulzura de Mimì, se ha dado cuenta de que ella es el sueño que siempre deseó soñar... Mimì, conmovida hasta lo más hondo, se rinde a aquel amor que la inunda, como una ola gigantesca...


Sobre "La bohème" de Puccini encontraréis bastantes artículos en este blog. A modo de referencia, os remito a tres de ellos:


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Veamos ahora un dúo que pertenece a una preciosa ópera de Donizetti. Hablo de Lucia di Lammermoor. Lucia, hermana del poderoso Enrico Ashton, está enamorada de Edgardo Rawenswood; los dos han de verse en secreto, pues sus familias son enemigas mortales. En uno de esos furtivos encuentros, junto a la fuente de un parque, se despiden por un tiempo, pues Edgardo debe emprender un viaje; pero antes, los dos se prometen fidelidad eterna intercambiándose unos anillos, y cantan un apasionado dúo de amor: "Verrano a te sull'aure...":


Sobre "Lucia di Lammermoor" encontraréis también varias entradas en este blog. Como referencia, os cito dos de ellas:


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Y así, con el ferviente deseo de que os haya gustado la entrada de hoy, me despido hasta mañana, mis queridos amigos.

jueves, 24 de mayo de 2012

NO SÓLO DE ÓPERA VIVE EL MELÓMANO (I)


Si, en conjunto, este blog está dedicado a vosotros, la sección que inauguro hoy, "No sólo de ópera vive el melómano" lo está mucho más especialmente. ¿De qué va a tratar? Me explicaré.


La idea surgió en mi mente a partir de twitter donde, cada día, paso ratos deliciosos con la maravillosa familia de melómanos que he encontrado allí. Pensé que, como merecido homenaje a todos ellos, a todos vosotros, sería interesante abrir una sección en el blog dedicada a las propuestas que unos y otros nos intercambiamos. Ésta sección pretende ser, pues, un cajón de sastre en donde tenga cabida cualquier tipo de surgerencia musical, no sólo operística. Vamos allá:

  • Richard Strauss, "Cuatro últimas canciones".- Las "Cuatro Últimas Canciones" para soprano y orquesta, fueron las últimas obras que compuso Richard Strauss; lo hizo en 1948, cuando contaba ya 84 años de edad. El compositor murió en septiembre del año siguiente, y el estreno de estas últimas composiciones suyas tuvo lugar, como un homenaje póstumo, en el Royal Albert Hall de Londres, el 22 de mayo de 1950, por la soprano Kirsten Flagstad, acompañada por la Orquesta Filarmónica, dirigida por Wilhelm Furtwängler. Escuchemos una de estas maravillas, "Im abendrot" ("A la caída de la tarde") que, originariamente, estaba concebida como una pieza aislada. Interpreta la dulce y elegante Renée Fleming:



  • César Franck, "Panis angelicus".- "Panis angelicus" es uno de los cinco himnos escritos por Santo Tomás de Aquino para el Corpus Christi, como parte de la liturgia completa de la Fiesta; los otros cuatro son "O Salutaris Hostia", "Tantum Ergo", "Adoro te devote" y "Pane lingua". En 1872, César Franck arregló el tema para tenor, órgano, arpa, cello y contrabajo. Escuchémoslo en la voz de Luciano Pavarotti:



  • Maurice Ravel, "Bolero".- Estrenado en la Ópera Garnier de Paris, el 28 de noviembre de ese 1928, fue compuesto para la bailarina y rica mecenas rusa, Ida Rubinstein. Su inmediato éxito y su rápida difusión universal lo convirtieron, no solamente en una de las obras más famosas del compositor, sino también en uno de los exponentes de la música del siglo XX. Escuchemos la lectura que hace Herbert von Karajan, en una grabación de 1985, con la Orquesta Filarmónica de Berlín:


  • Emil von Reznicek, "Donna Diana": "Obertura".- Hoy en día, el músico austriaco Emil Nikolaus von Reznicek es recordado, principalmente, por la "Obertura" a su ópera en tres actos "Donna Diana", compuesta en 1894. Es popular como pieza independiente en conciertos sinfónicos. Escuchémosla:


  • Charles Gounod, "Mireille": "O légère hirondelle".- "Mireille" es una ópera en cinco actos, de Charles Gounod, según un libreto en francés de Michel Carré, que a su vez se basa en el poema "Mireio", de Frédéric Mistral. Se estrenó en el Théâtre Lyrique de París, el 19 de marzo de 1864. Deleitémonos, para terminar la entrada de hoy, con este precioso aria: "O légère hirondelle" en la voz de Renée Doria:


(Fuentes: ¡todos vosotros!)

PASATIEMPOS: VA DE "OBERTURAS"

Y, de postre, un crucigrama. Se trata de reconocer las óperas a las que corresponden cada una de las diez oberturas que vais a escuchar. ¡Que lo disfrutéis!

miércoles, 23 de mayo de 2012

HASTA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE (V)


Ramsés II

Llegamos al desenlace de esta trágicamente bella historia. Recuerdo que, la primera vez que la vi (y, por desgracia, únicamente he visto "Aida" en dvd), al conocer el final me quedé literalmente paralizada en el asiento... A la vez que veía lo que sucedía, me decía a mí misma: "no, no puede ser..."; y, mientras una ola de emoción me envolvía, lloré... Pero vamos por partes.

Acto IV, Cuadro I
La acción se traslada, y nosotros con ella, a un salón del Palacio Real. En un amargo soliloquio, Amneris expresa su furia por cómo se han desarrollado los acontecimientos. Su amado Radamès espera a que los sacerdotes le condenen como traidor. "Quisiera salvarlo. Pero ¿cómo?". Amneris hace que los guardias le traigan al preso. "Discúlpate y pediré tu gracia al trono" le dice; pero Radamès no está dispuesto a pedir perdón, aunque le cueste la vida, porque no se siente vil ni reo. Y supone que Aida ha sido ejecutada, así que no le importa morir.

"No, Aida vive", le revela Amneris; sólo Amonasro cayó, y de Aida no ha vuelto a saberse nada. Radamès desea, con toda su alma, que su amada Aida llegue sana y salva hasta su patria, y que jamás conozca la suerte que correrá el que va a morir por ella. Amneris le ofrece la salvación si renuncia a Aida; pero Radamès, categórico, afirma que jamás renegará del amor que siente por la etíope.


Radamès es conducido por los guardias a la cámara donde va a celebrarse el juicio. A medida que se va desarrollando el proceso, Amneris está más y más desesperada... Ahora maldice sus terribles celos, que son los que han firmado la muerte de Radamès. Desde la cámara del juicio, se escucha el siniestro canto de los sacerdotes, que invocan al espíritu celestial para que, a través de ellos, dicte la sentencia. Amneris, desesperada, ruega a los dioses que se apiaden de su destrozado corazón y salven a Radamès.


Por fin, se pronuncia la sentencia; Radamès será encerrado vivo en una tumba. "¡Vivo en una tumba! ¡Oh!, ¡infames!..." exclama Amneris, desgarrada. El lamento desesperado de Amneris se mezcla con los gritos de lujuriosa venganza de los sacerdotes.


Acto IV, Cuadro II
Volvemos al interior del templo de Fthà. La escena está dividida en dos planos: arriba, el templo; debajo, la cripta. Radamès penetra en esta última, y dos sacerdotes sellan su entrada con una losa. "La losa fatal se ha cerrado sobre mí..." Ya nunca más volverá a ver la luz del día, ya nunca más volverá a ver a su amada Aida... Y aquí llega el momento en el que, cuando vi por primera vez esta ópera, me estremecí de pies a cabeza... quisiera poder transmitiros la sensación tan sobrecogedora que me recorrió toda entera... Cuando uno piensa que al desdichado Radamès ya no lo queda sino morir, solo y abandonado en aquella tumba, se escucha una voz... "No puede ser..." me decía yo... Sí, lo era ¡Aida!.

De pronto, de entre las sombras surge, para deslumbrarnos al mismo tiempo que a Radamès, la figura de Aida. "¿Será un espectro o una visión? ¡No, es una forma humana! ¡Cielos, Aida!..." exclama Radamès, y nosotros con él. "Mi corazón previó tu condena, y penetré a hurtadillas en esta tumba..." explica. Radamès casi no puede creer que tiene, de nuevo, a Aida entre sus brazos.


Los dos juntos entonan uno de los (para mi gusto) más bellos dúos de amor de la historia de la ópera: "¡Oh tierra, adiós! Adiós valle de lágrimas..." Ni siquiera me hace falta escucharlo, sólo con recordarlo se me saltan las lágrimas... Mientras tanto vemos cómo Amneris, vestida de luto, se arroja en su desesperación sobre la losa que sella la cripta. Y su inconsolable canto de dolor se mezcla con las voces de Aida y Radamès que, juntos, dicen adiós al mundo.


(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)

martes, 22 de mayo de 2012

HASTA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE (IV)

El río Nilo

Acto III
Nos encontramos a las orillas del Nilo, cerca del templo de Isis. Es una noche cálida, semitropical, en la que la luna llena produce reflejos de plata en el agua. Desde el interior del templo, se escucha el canto de los sacerdotes. La magia del Egipto milenario flota en el ambiente.

Amneris llega en una barca, acompañada de Ramfis y de su séquito. Se dispone a cumplir con la dictadura sacerdotal, que obliga a la princesa de Egipto a pasar horas de oración nocturna en un templo. Ramfis entra con ella en el templo. Aparece Aida...


La princesa esclava, a quien Radamès ha citado allí, se pregunta qué querrá su amado ¿darle su último adiós, quizá? Si es así, Aida está dispuesta a precipitarse en el Nilo en cuyo fondo, quizá, pueda encontrar por fin la paz. "¡Oh, patria mía, jamás volveré a verte!..." Entona un triste canto de añoranza por su lejana tierra, perdida igual que su sueño de amor.


Llega Amonarso, para exigirle a su hija que sonsaque a Radamès qué camino tienen previsto tomar las tropas egipcias porque los etíopes, advertidos por él, volverán a atacar. Aida se niega. Amonasro trata de convencerla ofreciéndole una visión paradisíaca de la vida que ella y Radamès podrían llevar en la fértil Etiopía. Aida continúa negándose, así que Amonasro la amenaza e insulta; finalmente, Aida promete sonsacar a Radamès, por mucho trabajo que ésto le cueste.


Amonasro se esconde cuando ve llegar a Radamès, que llega loco de felicidad, al encuentro de su amada. Pero Aida le recuerda que le aguardan los ritos de otro amor, pues ha sido comprometido en matrimonio con Amneris. "¿Qué estás diciendo? Sólo puedo amarte a ti..." replica él. "¿Y cómo esperas sustraerte... a la voluntad del rey?..." pregunta Aida. Radamès, que sueña despierto, le dice que, en la nueva batalla que se prepara contra los etíopes, él volverá a llevar el ejército egipcio a la victoria; entonces, postrado ante el rey, le revelará lo que siente su corazón y le pedirá que sea ella, Aida, la corona de su gloria. "¿No temes el vengativo furor de Amneris?" Par asustraerse ambos a la tremenda venganza que sin duda tomaría la princesa, Aida propone a Radamès huir juntos a su tierra a Etiopía.


Ante la negativa de Radamès, a Aida no le queda sino acudir al chantaje emocional: "Tú no me amas, ¡vete!" le dice. "¡Jamás mortal alguno ardió con un amor poderoso semejante al mío!" exclama Radamès y, resuelto, acepta por fin huir con ella. Es entonces cuando Aida le pregunta: "¿Por qué camino evitaremos las legiones del ejército?" Así es como se entera de que la ruta escogida por el ejército egipcio para atacar a los etíopes es el desfiladero de Nápata.

En ese mismo instante Amonasro, triunfante, sale de su escondite al tiempo que exclama: "¡El desfiladero de Nápata! ¡Allí estarán los míos!". Amonasro se da a conocer como padre de Aida y rey de los etíopes. Sobre Radamès cae, de golpe, la enorme gravedad de lo que acaba de suceder; por amor, acaba de traicionar a su patria.

Amneris, que ha salido del templo, seguida de Ramfis y de los guardianes, ha presenciado la parte suficiente de la escena para gritar a Radamès: "¡Traidor!". Amonasro se abalanza sobre Amneris daga en mano, pero Radamès se interpone entre los dos. Viendo ya todo perdido, Radamès trata de que su amada Aida se salve, y la obliga a que huya con su padre, mientras él se entrega en manos del gran sacerdote, Ramfis.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotosmundi.es y www.youtube.com)

lunes, 21 de mayo de 2012

HASTA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE (III)


Papiro egipcio

Acto II, Cuadro I
Vayamos ahora a las habitaciones de Amneris. La princesa está rodeada de esclavas que se encargan de acicalarla para la ceremonia triunfal de Radamès, que se está preparando para recibir al victorioso guerrero, que ha vencido a los etíopes. Las esclavas cantan a coro, mientras Amneris, espera ansiosa volver a ver a Radamès. Unos esclavos sarracenos ejecutan un pequeño ballet, y después Amneris repite su ansioso canto. Acto seguido, entra Aida...


La astuta Amneris, para someter a prueba a la esclava, le dice que Radamès ha muerto en el campo de batalla. Y si el estremecimiento que la recorre al conocer la noticia ya la delata, lo hace aún más la alegría al saber que la noticia era falsa y que Radamès vive. Ahora la situación se ha vuelto de lo más peligrosa para Aida, puesto que Amneris ha descubierto, por fin, que sus sospechas eran ciertas: Aida ama a Radamès.  Cuanto más le suplica Aida, más inflexible y cruel se muestra Amneris; gozándose en su propio poder, sentencia: "¡Tiembla vil esclava!... este amor puede significar tu muerte; soy árbitro de tu destino, mi corazón rebosa de odio y de venganza".


Fuera de escena, se escucha la trompetería que anuncia que la ceremonia de recepción a Radamès va a dar comienzo.

Acto II, Cuadro II
Aquí llega el momento más famoso de "Aida" y quizá de toda la historia de la ópera: la "Marcha triunfal". El himno "Gloria all'Egitto" causó tal impresión al khedive de Egipto (que asistió al estreno) que dijo que quería convertirlo en el himno nacional de su país (lo que, finalmente, no ocurrió).


Tras la entrada de los sacerdotes, las trompetas presentan el tema principal de la Marcha; luego, un breve ballet, y la escena termina con un reiterado "Gloria all'Egitto". Radamès es recibido con los máximos honores, y Amneris corona al héroe en presencia de Aida. 


A continuación, entran los prisioneros, entre los que Aida reconoce a su padre, Amonasro, el cual le pide que no desvele que es el rey de los etíopes (al cual los egipcios creen muerto). Amneris no cabe en sí de gozo al saber que el padre de su rival es prisionero de los egipcios.


El Faraón concede a Radamès una recompensa, la que él escoja, por su victoria; y Radamés pide la libertad de los etíopes capturados. Los sacerdotes se oponen pero, al fin, se llega a un acuerdo: Aida y su padre se quedarán en Egipto, como garantía de una paz duradera con los etíopes que, en efecto, son liberados. Entonces el Faraón, creyendo premiar aún más a tan valeroso guerrero, le concede la mano de su hija, Amneris, para que un día gobiernen ambos en Egipto.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, arteyfotografia.com y www.youtube.com)

domingo, 20 de mayo de 2012

HASTA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE (II)

Esfinge y Pirámide de Gizeh

¿Qué personajes van a hacernos vivir esta historia? Veamos:

Aida.- Princesa etíope cautiva en Egipto, al servicio de la hija del faraón, Amneris, y rival de ésta por el amor de Radamès. Soprano.
Radamès.- Guerrero egipcio, enamorado de Aida, pero deseado por Amneris. Tenor.
Amneris.- Hija del faraón. Mezzosoprano.
Amonarso.- Padre de Aida y rey de los etíopes. Papel bastante intenso pero breve para barítono.
Ramfis.- Gran sacerdote de Fthà. Bajo.
El Faraón.- Padre de Amneris. Papel para bajo, de relativa brevedad.
Sacerdotisa.- Papel muy breve para soprano.
Un mensajero.- Papel muy breve para tenor lírico.
Coro.- Fundamental.
Ballet.- Secundario, aunque aparece en varias ocasiones.

La acción tiene lugar en Menfis y Tebas, en tiempo del poder de los faraones del Imperio Nuevo de la dinastía XIX o XX.

Como antecedentes, hay que tener en cuenta que, entre las frecuentes guerras entre egipcios y etíopes, éstos últimos llevaron siempre la peor parte. Cuando comienza nuestra historia Aida, hija del rey etíope Amonarso, ha sido hecha prisionera y entregada como esclava personal a la hija del rey egipcio, Amneris, y los etíopes han iniciado una nueva guerra contra Egipto.

Acto I, Cuadro I
Escuchemos primero, el breve pero maravilloso Preludio:


Nos encontramos en una sala del Palacio Real de Menfis. El gran sacerdote Ramfis cuenta a Radamès que se sospecha que los etíopes pretenden desafiarles de nuevo, y amenazar el valle del Nilo y Tebas. Muy pronto, un mensajero les sacará de dudas. Ramfis, le dice también a  Radamès que la sagrada Isis ha nombrado a aquel que, como jefe supremo de las tropas egipcias, se encargará de detener la posible invasión etíope. Ramfis se retira para comunicar al Faraón cuáles han sido los designios de la diosa y  Radamès , solo, se entrega a un embriagador sueño: "¡Si fuera yo ese guerrero!..." Si fuera él el designado por la diosa, el nombramiento le llevaría a la victoria, y ésta al aplauso de toda Menfis. Y podría devolver a su amada Aida, la esclava etíope de la princesa Amneris, reina de su pensamiento y esplendor de su vida, la suaves brisas del suelo patrio, y colocar sobre su cabeza una corona real; ¡podría erigirle un trono cerca del sol!


Durante el monólogo de  Radamès , entra Amneris, y se detiene a observarle. El rostro del soldado resplandece, y su mirada está llena de una insólita alegría; Amneris, con un tono de clara sospecha, exclama que sería digna de envidia la mujer que provocase en el semblante de  Radamès tal reacción.  Radamès le explica que, por unos instantes, ha imaginado lo maravilloso que sería si la diosa le hubiese elegido a él para conducir a las tropas egipcias a la batalla. "¿Ningún otro sueño, más gentil... le habló nunca a tu corazón?" pregunta, malévola, Amneris.  Radamès , inquieto, se pregunta si la princesa ha descubierto su secreto... quizá ha sido capaz de leer en su corazón...

Entra Aida, y a Amneris no se le escapa la mirada que la esclava dirige a  Radamès . "¿Quizá sea ella mi rival?" dice para sí. Astuta, se dirige a Aida con fingida ternura; le asegura que para ella no es ni una esclava ni una sirvienta, sino una hermana. "¿Lloras? Revélame el secreto de tus lágrimas..." Aida le dice que teme que se hagan realidad los rumores de guerra que corren por todas partes; tiene miedo por su infeliz patria, por ella misma, por la princesa... Amneris cree que Aida miente, y que lo que le atormenta es un grave secreto que guarda en su corazón... "¡...tiembla, esclava culpable.... si penetro en tu corazón!...



Entran el Faraón y Ramfis, y el primero convoca al pueblo para anunciar a todos que un mensajero acaba de llegar de la frontera de Etiopía, con graves noticias; hace que se adelante dicho emisario, el cual explica que el sagrado suelo egipcio ha sido invadido por los bárbaros etíopes, y que éstos avanzan contra Tebas. El Faraón llama al pueblo a la lucha, y anuncia que la sagrada Isis ha designado a  Radamès como jefe que llevará a las tropas egipcias a la victoria.  Radamès , exultante, ve cómo su sueño se ha cumplido. Aida se estremece, porque su amado Radamès va a enfrentarse con los etíopes que, al fin y al cabo, son su añorado pueblo.


A solas, sobre Aida cae todo el tremendo peso de la contradicción que supone su amor por  Radamès ya que, si éste vuelve vencedor, las víctimas habrán sido su padre, sus hermanos, la gente de su pueblo. Llena de angustia, Aida ruega a los dioses que se apiaden de su sufrimiento.


Acto I, Cuadro II
La acción se traslada al templo de Fthà. Ramfis y los sacerdotes se encuentran frente al altar. Se celebra la ceremonia de consagración de la espada del jefe supremo de las fuerzas egipcias, Radamès. Desde fuera de escena, los cánticos de la gran sacerdotisa y del coro se elevan al cielo, mientras una danza sagrada se ejecuta en el interior del templo. La escena se acaba con una invocación al "inmenso Fthà".


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com) 

sábado, 19 de mayo de 2012

HASTA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE (I)


Aunque ya he hablado en este blog de "Aida", de Giuseppe Verdi, hace tiempo que quería tratar esta ópera más a fondo así que, ¿por qué no ahora? Como sabéis, intento ser original a la hora de titular estas breves reseñas; vosotros mismos decidiréis si he acertado o no con "Hasta más allá de la muerte".

Como viene siendo habitual, en esta primera entrada trataré de hacer una introducción relativa al origen y al contexto de la obra.

Impactante puesta de sol

Se suele creer que "Aida" fue escrita para celebrar la inauguración del Canal de Suez. En realidad, esta ópera fue el fruto de un encargo del gobierno egipcio, que le llegó a Verdi (después de haber sido rechazado por Gounod) para que escribiera una ópera como parte de las celebraciones que habían tenido lugar en todo Egipto con motivo de la reciente inauguración de dicho canal (en noviembre de 1869).

El khedive de Egipto (en régimen de autonomía respecto del estado turco) tuvo un considerable interés en importar una ópera italiana para el nuevo teatro de la Ópera del Cairo, el Teatro Lírico del Jedive, que se acababa de inaugurar conjuntamente con el canal. La ceremonia tuvo lugar en 1869, con la asistencia de la emperatriz Eugenia de Montijo, y fue "Rigoletto", también de Verdi, la primera ópera en subir a los escenarios del nuevo teatro, ya que el libreto de "Aida" no le llegó a Verdi hasta la primavera de 1870.

"Aida" es una historia original del egiptólogo francés Auguste Mariette; en ella se basó Antonio Ghislanzoni para elaborar el libreto de la ópera de Verdi, que fue presentada en sociedad el 24 de diciembre de 1871, en El Cairo. Para entonces, la emperatriz, barrido su trono por la marea de la revolución, ya no estaba.

El estreno de "Aida" fue un éxito rotundo. La representación fue espectacular, con un gran despliegue escénico (que incluía grandes coros y escenas con efectos espeicales). El vestuario, los accesorios y el decorado fueron diseñados por Auguste Mariette.

Cabe señalar que, en un principio, Verdi había escrito una extensa obertura para esta ópera, pero al final acabó descartándola y la sustituyó por el eficacísimo preludio con el que comienza en las representaciones de hoy día. Escuchemos cómo lo interpreta la London Symphony Orchestra, dirigida por Erich Leinsdorf, en una grabación de 1971:


La obertura original (que, como hemos dicho, quedó descartada) se ofreció en una insólita representación con Arturo Toscanini y la Orquesta Sinfónica de la NBC, el 30 de marzo de 1940, aunque nunca llegó a lanzarse comercialmente.

La primera romanza de "Aida" es una de las más temidas por los tenores; y no es para menos pues, recién salido a escena, Radamés, el héroe de nuestra historia, sin haber podido calentar aún la voz, ha de cantar lo que sigue:


¡Ahí es nada! Claro que en su siguiente ópera, "Otello", Verdi hará también que, justo al principio, con la voz aún fría, el protagonista tenga que interpretar un auténtico rompe-gargantas:


Una vez dadas estas breves "pinceladas", dejemos que, a partir de mañana, la historia de amor entre Radamás y Aida, en torno a la que gira esta ópera, nos lleve a través de las abrasadoras arenas del desierto... hasta más allá de la muerte.

Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.todooperaweb.com.ar, blogsdelagente.com, wikipedia, flickr.com y www.youtube.com).

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