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| El río Nilo |
Acto III
Nos encontramos a las orillas del Nilo, cerca del templo de Isis. Es una noche cálida, semitropical, en la que la luna llena produce reflejos de plata en el agua. Desde el interior del templo, se escucha el canto de los sacerdotes. La magia del Egipto milenario flota en el ambiente.
Amneris llega en una barca, acompañada de Ramfis y de su séquito. Se dispone a cumplir con la dictadura sacerdotal, que obliga a la princesa de Egipto a pasar horas de oración nocturna en un templo. Ramfis entra con ella en el templo. Aparece Aida...
La princesa esclava, a quien Radamès ha citado allí, se pregunta qué querrá su amado ¿darle su último adiós, quizá? Si es así, Aida está dispuesta a precipitarse en el Nilo en cuyo fondo, quizá, pueda encontrar por fin la paz. "¡Oh, patria mía, jamás volveré a verte!..." Entona un triste canto de añoranza por su lejana tierra, perdida igual que su sueño de amor.
Llega Amonarso, para exigirle a su hija que sonsaque a Radamès qué camino tienen previsto tomar las tropas egipcias porque los etíopes, advertidos por él, volverán a atacar. Aida se niega. Amonasro trata de convencerla ofreciéndole una visión paradisíaca de la vida que ella y Radamès podrían llevar en la fértil Etiopía. Aida continúa negándose, así que Amonasro la amenaza e insulta; finalmente, Aida promete sonsacar a Radamès, por mucho trabajo que ésto le cueste.
Amonasro se esconde cuando ve llegar a Radamès, que llega loco de felicidad, al encuentro de su amada. Pero Aida le recuerda que le aguardan los ritos de otro amor, pues ha sido comprometido en matrimonio con Amneris. "¿Qué estás diciendo? Sólo puedo amarte a ti..." replica él. "¿Y cómo esperas sustraerte... a la voluntad del rey?..." pregunta Aida. Radamès, que sueña despierto, le dice que, en la nueva batalla que se prepara contra los etíopes, él volverá a llevar el ejército egipcio a la victoria; entonces, postrado ante el rey, le revelará lo que siente su corazón y le pedirá que sea ella, Aida, la corona de su gloria. "¿No temes el vengativo furor de Amneris?" Par asustraerse ambos a la tremenda venganza que sin duda tomaría la princesa, Aida propone a Radamès huir juntos a su tierra a Etiopía.
Ante la negativa de Radamès, a Aida no le queda sino acudir al chantaje emocional: "Tú no me amas, ¡vete!" le dice. "¡Jamás mortal alguno ardió con un amor poderoso semejante al mío!" exclama Radamès y, resuelto, acepta por fin huir con ella. Es entonces cuando Aida le pregunta: "¿Por qué camino evitaremos las legiones del ejército?" Así es como se entera de que la ruta escogida por el ejército egipcio para atacar a los etíopes es el desfiladero de Nápata.
En ese mismo instante Amonasro, triunfante, sale de su escondite al tiempo que exclama: "¡El desfiladero de Nápata! ¡Allí estarán los míos!". Amonasro se da a conocer como padre de Aida y rey de los etíopes. Sobre Radamès cae, de golpe, la enorme gravedad de lo que acaba de suceder; por amor, acaba de traicionar a su patria.
Amneris, que ha salido del templo, seguida de Ramfis y de los guardianes, ha presenciado la parte suficiente de la escena para gritar a Radamès: "¡Traidor!". Amonasro se abalanza sobre Amneris daga en mano, pero Radamès se interpone entre los dos. Viendo ya todo perdido, Radamès trata de que su amada Aida se salve, y la obliga a que huya con su padre, mientras él se entrega en manos del gran sacerdote, Ramfis.
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotosmundi.es y www.youtube.com)







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