![]() |
| Intrincados arcos en el interior del Palacio de la Aljafería |
Acto III, Cuadro I
Frente al pabellón del conde Luna, sobre el cual ondea una bandera en señal de suprema autoridad, un campamento de soldados asedia el Castellar, que se divisa a lo lejos. Aparece Ferrando, que sale del pabellón del conde. Un numeroso pelotón de ballesteros, armados hasta los dientes, atraviesa el campo; llega como apoyo a las tropas que ya están frente al Castellar; el conde Luna se estremece al pensar que su amada Leonora se encuentra allí, en brazos de su rival, Manrico.
Se escucha un tumulto. Unos soldados traen a una gitana que han capturado, bajo sospecha de tratarse de una espía, mientras merodeaba por el campamento. Aparece Azucena, con las manos atadas y fuertemente custodiada. "¡Auxilio! Dejadme... ¡Oh crueles! ¿Qué mal os he hecho?" grita. Es llevada a viva fuerza ante el conde, quien la interroga: "¿A dónde te diriges?...¿de dónde vienes?" Azucena se resiste a contestar, aunque al fin confiesa que viene de Vizcaya; al oírlo, Ferrando se sobresalta, pues aquello le da pie para sospechar que se trata de la gitana que, durante tan largo tiempo, ha estado buscando. "¡Es su mismo rostro!" dice para sí. A medida que el conde hace más y más preguntas a la gitana, ésta se va delatando por el pavor que va apoderándose de ella: "¿Recuerdas un niño, hijo de un conde, robado de un castillo...?" Ante la actitud cada vez más aterrorizada de la gitana, a Ferrando ya no le cabe ninguna duda, y así se lo manifiesta al conde: "¡Es ella!". Azucena llama en su auxilio a su hijo: "...oh Manrico, hijo mío... ¿No socorres a tu infeliz madre?" Al saber que aquella gitana es la madre de Manrico, el conde, entusiasmado, se goza en el poderoso arma para atacar a su enemigo que el destino le ha procurado, y ordena que la gitana sea torturada.
Acto III, Cuadro II
Visitemos ahora a Manrico y a Leonora; se encuentran en una sala de la fortaleza del Castellar, y se disponen a casarse. Se escucha ya el órgano de la capilla donde va a celebrarse la boda, mientras los dos enamorados (aunque temerosos de los peligro que les acecha, pues se avecina una próxima batalla) gozan de la dicha de estar juntos; Manrico canta un bellísimo aria en el que dice a su amada Leonor cosas tan hermosas como: "...si en el libro de mi destino está escrito, que yo quede entre las víctimas... en los últimos momentos a ti mi pensamiento irá, y sólo precederte en el cielo la muerte para mí será." ¿Hay alguien que no se estremezca al escuchar esto?
De pronto, entra Ruiz muy agitado, con la noticia de que Azucena ha sido detenida por el conde Luna, quien piensa dar orden que la quemen en la hoguera, pues incluso está ya encendida la pira. Manrico cuenta entonces a su amada que él es el hijo de aquella gitana y, al son de unos marciales compases, que incluso a nosotros nos invitan a ponernos en pie, jura que, o bien los impíos apagan la hoguera que preparan para su madre, o él la apagará con la sangre de ellos. Al grito de: "¡A las armas, a las armas!", Manrico sale presuroso, seguido de Ruiz y de los soldados.
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)
Acto III, Cuadro II
Visitemos ahora a Manrico y a Leonora; se encuentran en una sala de la fortaleza del Castellar, y se disponen a casarse. Se escucha ya el órgano de la capilla donde va a celebrarse la boda, mientras los dos enamorados (aunque temerosos de los peligro que les acecha, pues se avecina una próxima batalla) gozan de la dicha de estar juntos; Manrico canta un bellísimo aria en el que dice a su amada Leonor cosas tan hermosas como: "...si en el libro de mi destino está escrito, que yo quede entre las víctimas... en los últimos momentos a ti mi pensamiento irá, y sólo precederte en el cielo la muerte para mí será." ¿Hay alguien que no se estremezca al escuchar esto?
De pronto, entra Ruiz muy agitado, con la noticia de que Azucena ha sido detenida por el conde Luna, quien piensa dar orden que la quemen en la hoguera, pues incluso está ya encendida la pira. Manrico cuenta entonces a su amada que él es el hijo de aquella gitana y, al son de unos marciales compases, que incluso a nosotros nos invitan a ponernos en pie, jura que, o bien los impíos apagan la hoguera que preparan para su madre, o él la apagará con la sangre de ellos. Al grito de: "¡A las armas, a las armas!", Manrico sale presuroso, seguido de Ruiz y de los soldados.
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)







No hay comentarios:
Publicar un comentario