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| La zíngara, de Corot |
Nos encontramos ahora en un campamento gitano, situado en algún lugar en la falda de un monte de Vizcaya. Azucena, la hija de la gitana que el viejo conde Luna quemara hace mucho tiempo en la hoguera, se halla absorta, sentada frente al fuego. Manrico, envuelto en su capa, está tendido a su lado, sobre un colchón. Hay una fragua, en la que un grupo de gitanos, al compás del repicar de sus martillos contra los hierros candentes, entonan una canción en alabanza de lo agradable que es la vida cuando hay trabajo, vino y gitanas hermosas; se trata de un conocidísimo número coral: "Chi del gitano i giorni abella?...".
Azucena emprende un triste y extraño canto que alude a la horrible muerte que su madre sufrió en la hoguera: "Stride la vampa..." A Manrico, que se encuentra aún convalenciente de las heridas sufridas en el campo de batalla (de donde lo recuperó Azucena cuando todos lo daban por muerto) le intriga escuchar de nuevo a la gitana una palabra que ya le ha oído pronunciar más de una vez, sombríamente: "¡Véngame, véngame!...".
Los gitanos marchan a pedir limosna por los pueblos vecinos, y Azucena se queda sola con Manrico, que le pide que, ahora que se han quedado solos, le explica la funesta historia de la que hablaba su canción. Azucena le cuenta entonces cómo murió la vieja gitana en la hoguera, por culpa del anterior conde Luna, y cómo, en su camino hacia el suplicio, la anciana le pidió a gritos que vengase su muerte. "¿La vengaste?" pregunta Manrico; Azucena explica que logró introducirse furtivamente en el castillo y raptar al bebé causante del drama y, llevándolo al lugar mismo donde habían quemado a su madre, encendió una nueva hoguera... y en ella, cegada por un odio irrefrenable, arrojó al niño... Sin embargo, cuando miró hacia la hoguera, se dio cuenta de que el niño al que había echado al fuego no era el hijo del conde sino... ¡su propio bebé!.
Manrico, mudo por el horror, apenas logra recuperar el habla pregunta a Azucena: "¿Yo no soy tu hijo? ¿Quién soy yo, entonces?...". Al instante Azucena asegura que sí lo es, y que si ha hablado así es porque el delirio que le produce recordar aquella terrible historia, hace salir necias palabras de sus labios. ¿Acaso no le sacó ella misma del infernal campo de batalla, casi muerto? Sólo una madre sería capaz de correr tal riesgo por un hijo.
Manrico se tranquiliza, aunque recuerda cómo en el duelo entre él y el conde Luna, anterior a la batalla, una fuerza superior le impidió matar a su contrincante, a pesar de que logró tenerlo, derrotado, a sus pies. La gitana, que lamenta amargamente aquella oportunidad perdida, pide a Manrico que, si alguna vez vuelve a presentársele una ocasión como aquélla, hunda su daga en el impío corazón del conde.
Llega entonces un mensajero enviado por Ruiz, lugarteniente de Manrico, y explica que los partidarios del conde de Urgell han ocupado Castellar y que Leonora, creyendo que Manrico ha muerto, se dispone a tomar los hábitos y entrar en un convento. Entonces Manrico da órdenes para partir inmediatamente a rescatar a su amada y, aunque Azucena trata de retenerlo, pues aún convalece de sus heridas, Manrico parte velozmente.
Acto II, Cuadro II
Contemplamos ahora la entrada de un convento en las cercanías de Castellar. Un espeso grupo de árboles puebla el fondo. Es de noche y un grupo de hombres se dirige al convento con mucha cautela, envueltos todos en sus capas; se trata de una partida (que cuenta, por supuesto, con la presencia de Ferrando) formada por el conde con el fin de raptar a Leonora antes de que profese como monja.
Aparecen las religiosas, en procesión solemne; entre ellas se encuentra Leonora, que se despide de su fiel Inés. El conde Luna se presenta bruscamente ante ellas, gritando que el único altar que Leonora deberá ver será el de su boda con él. Pero, de pronto, aparecen Manrico y sus hombres; tras una breve escaramuza, nuestro trovador abraza a la sorprendida Leonora y se la lleva, ante la desesperación del conde y la confusión de las monjas.
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com y www.youtube.com)







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