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| Ramsés II |
Llegamos al desenlace de esta trágicamente bella historia. Recuerdo que, la primera vez que la vi (y, por desgracia, únicamente he visto "Aida" en dvd), al conocer el final me quedé literalmente paralizada en el asiento... A la vez que veía lo que sucedía, me decía a mí misma: "no, no puede ser..."; y, mientras una ola de emoción me envolvía, lloré... Pero vamos por partes.
Acto IV, Cuadro I
La acción se traslada, y nosotros con ella, a un salón del Palacio Real. En un amargo soliloquio, Amneris expresa su furia por cómo se han desarrollado los acontecimientos. Su amado Radamès espera a que los sacerdotes le condenen como traidor. "Quisiera salvarlo. Pero ¿cómo?". Amneris hace que los guardias le traigan al preso. "Discúlpate y pediré tu gracia al trono" le dice; pero Radamès no está dispuesto a pedir perdón, aunque le cueste la vida, porque no se siente vil ni reo. Y supone que Aida ha sido ejecutada, así que no le importa morir.
"No, Aida vive", le revela Amneris; sólo Amonasro cayó, y de Aida no ha vuelto a saberse nada. Radamès desea, con toda su alma, que su amada Aida llegue sana y salva hasta su patria, y que jamás conozca la suerte que correrá el que va a morir por ella. Amneris le ofrece la salvación si renuncia a Aida; pero Radamès, categórico, afirma que jamás renegará del amor que siente por la etíope.
Radamès es conducido por los guardias a la cámara donde va a celebrarse el juicio. A medida que se va desarrollando el proceso, Amneris está más y más desesperada... Ahora maldice sus terribles celos, que son los que han firmado la muerte de Radamès. Desde la cámara del juicio, se escucha el siniestro canto de los sacerdotes, que invocan al espíritu celestial para que, a través de ellos, dicte la sentencia. Amneris, desesperada, ruega a los dioses que se apiaden de su destrozado corazón y salven a Radamès.
Por fin, se pronuncia la sentencia; Radamès será encerrado vivo en una tumba. "¡Vivo en una tumba! ¡Oh!, ¡infames!..." exclama Amneris, desgarrada. El lamento desesperado de Amneris se mezcla con los gritos de lujuriosa venganza de los sacerdotes.
Acto IV, Cuadro II
Volvemos al interior del templo de Fthà. La escena está dividida en dos planos: arriba, el templo; debajo, la cripta. Radamès penetra en esta última, y dos sacerdotes sellan su entrada con una losa. "La losa fatal se ha cerrado sobre mí..." Ya nunca más volverá a ver la luz del día, ya nunca más volverá a ver a su amada Aida... Y aquí llega el momento en el que, cuando vi por primera vez esta ópera, me estremecí de pies a cabeza... quisiera poder transmitiros la sensación tan sobrecogedora que me recorrió toda entera... Cuando uno piensa que al desdichado Radamès ya no lo queda sino morir, solo y abandonado en aquella tumba, se escucha una voz... "No puede ser..." me decía yo... Sí, lo era ¡Aida!.
De pronto, de entre las sombras surge, para deslumbrarnos al mismo tiempo que a Radamès, la figura de Aida. "¿Será un espectro o una visión? ¡No, es una forma humana! ¡Cielos, Aida!..." exclama Radamès, y nosotros con él. "Mi corazón previó tu condena, y penetré a hurtadillas en esta tumba..." explica. Radamès casi no puede creer que tiene, de nuevo, a Aida entre sus brazos.
Los dos juntos entonan uno de los (para mi gusto) más bellos dúos de amor de la historia de la ópera: "¡Oh tierra, adiós! Adiós valle de lágrimas..." Ni siquiera me hace falta escucharlo, sólo con recordarlo se me saltan las lágrimas... Mientras tanto vemos cómo Amneris, vestida de luto, se arroja en su desesperación sobre la losa que sella la cripta. Y su inconsolable canto de dolor se mezcla con las voces de Aida y Radamès que, juntos, dicen adiós al mundo.
Los dos juntos entonan uno de los (para mi gusto) más bellos dúos de amor de la historia de la ópera: "¡Oh tierra, adiós! Adiós valle de lágrimas..." Ni siquiera me hace falta escucharlo, sólo con recordarlo se me saltan las lágrimas... Mientras tanto vemos cómo Amneris, vestida de luto, se arroja en su desesperación sobre la losa que sella la cripta. Y su inconsolable canto de dolor se mezcla con las voces de Aida y Radamès que, juntos, dicen adiós al mundo.







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