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| Geishas a la orilla de un río |
Acto III
Un preludio sinfónico (que en la versión original era la transición entre la primera y la segunda escena del Acto II) nos introduce en el último Acto de esta bella y trágica historia.
Está amaneciendo, pero Suzuki, Butterfly y su hijo siguen tras la mampara, profundamente dormidos. Desde la bahía, muy lejos, se escuchan las voces de los marineros, que se afanan en su quehacer diario. El canto de los pájaros llega desde el jardín. Poco a poco, el sol va iluminando la habitación. Suzuki se despierta con un sobresalto y, al advertir que ya es de día, despierta a su vez a Butterfly y consigue convencerla para que se retire, con el niño, a descansar. Le dice, sin ningún convencimiento, que les avisará en cuanto llegue Pinkerton.
Está amaneciendo, pero Suzuki, Butterfly y su hijo siguen tras la mampara, profundamente dormidos. Desde la bahía, muy lejos, se escuchan las voces de los marineros, que se afanan en su quehacer diario. El canto de los pájaros llega desde el jardín. Poco a poco, el sol va iluminando la habitación. Suzuki se despierta con un sobresalto y, al advertir que ya es de día, despierta a su vez a Butterfly y consigue convencerla para que se retire, con el niño, a descansar. Le dice, sin ningún convencimiento, que les avisará en cuanto llegue Pinkerton.
Pinkerton y Sharpless entran por el jardín. Suzuki quiere llamar a Butterfly, pero los hombres le ruegan que no lo haga. Suzuki les explica que Butterfly ha estado esperando a Pinkerton toda la noche. De pronto, Suzuki adivierte que en el jardín hay una mujer; Sharpless le explica que es Kate Pinkerton, la nueva esposa del marino. Suzuki, desesperada, cae de rodillas exclamando que a su pequeña se le ha apagado el sol; sabe que Butterfly no resistirá un golpe como aquel. Sólo al enterarse de que tenía un hijo es cuando Pinkerton ha decidido venir, acompañado del cónsul y de su esposa; su intención es, dicen, "asegurar el futuro del niño".
Y, como remate de su vil cobardía, Pinkerton deja que sea el cónsul el que solucione el problema, y se despide de la casita: "Addio, fiorito asil". Sharpless no para de recordarle que ya le había advertido aquello.
Y, como remate de su vil cobardía, Pinkerton deja que sea el cónsul el que solucione el problema, y se despide de la casita: "Addio, fiorito asil". Sharpless no para de recordarle que ya le había advertido aquello.
Suzuki habla con Kate, que le promete que cuidará del niño como si fuera suyo. Entra de pronto Butterfly, que ha oído ruido; se imagina que ha venido Pinkerton y lo busca por toda la casa, en vano; luego se da cuenta de la presencia de Kate.
Sintiéndose morir logra, fría y rotunda, que Suzuki le confiese que Pinkerton vive y que, en efecto, ha vuelto, pero lo ha hecho con su nueva esposa y únicamente para llevarse a su hijo. Butterfly, como una mariposa con las alas rotas, siente que se desgarra por dentro; está dispuesta a obedecer, pero pone como condición que sea Pinkerton quien venga a recoger al niño.
Butterfly hace cerra las puertas y obliga a Suzuki a irse con el niño; la criada se resiste, pues imagina lo que pretende hacer su ama, pero no le queda más remedio que obedecer.
Una vez a solas, Butterfly toma el cuchillo de su padre y lee la inscripción que hay en él: "Muere con honor quien no puede mantenerse vivo con honor". Justo entonces, Suzuki empuja al niño hasta Butterfly desde fuera, con la esperanza de detenerla. Butterfly, mientras abraza, deshecha, al niño, canta el último y desgarrador aria de esta ópera: "Tu, tu, piccolo iddio..."; a continuación, le da dos banderitas, una americana y una japonesa, y le venda los ojos; luego, lo aparta de sí y se oculta tras un biombo y allí... se da muerte con el cuchillo con el mismo cuchillo con el que se suicidó su padre. Una frágil mariposa que demuestra, sin embargo, estar llena de coraje.
Una vez a solas, Butterfly toma el cuchillo de su padre y lee la inscripción que hay en él: "Muere con honor quien no puede mantenerse vivo con honor". Justo entonces, Suzuki empuja al niño hasta Butterfly desde fuera, con la esperanza de detenerla. Butterfly, mientras abraza, deshecha, al niño, canta el último y desgarrador aria de esta ópera: "Tu, tu, piccolo iddio..."; a continuación, le da dos banderitas, una americana y una japonesa, y le venda los ojos; luego, lo aparta de sí y se oculta tras un biombo y allí... se da muerte con el cuchillo con el mismo cuchillo con el que se suicidó su padre. Una frágil mariposa que demuestra, sin embargo, estar llena de coraje.
Se oye el grito desgarrado de Pinkerton, que la llama tres veces; cuando entra con Sharpless, Butterfly, con un gesto, le señala el niño y muere.
Me parece difícil que alguien pueda quedarse indiferente ante una historia desgarradora y demoledora como ésta. De la mano del profundo sentimiento que desprende la música de Puccini, viajamos con Butterfly desde su inocencia de niña hasta el brusco despertar que le causa el cruel comportamiento de Pinkerton.Y al final, emocionados y llenos de admiración por el enorme coraje que escondía su frágil figura, lloramos desconsolados su triste destino...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, www.flickr.com y www.youtube.com)







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