Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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viernes, 1 de febrero de 2013

EL TEMIBLE LEÓN DE SAN MARCOS (II)


Acto II

La escena vuelve a presentarnos, con más crudeza aún si cabe, las mazmorras del Palacio Ducal. Son varios los infortunados que viven allí en una noche perpetua, en un continuo sometimiento al poder de sus carceleros. Jacopo, desde su jaula, entona un triste canto que muestra cómo se va hundiendo, más y más en la desesperanza ("Notte, perpetua notte..."). Asombrosa la forma en la que Iván Magrì interpreta, el modo en que logra dar veracidad a su personaje, aún desde el diminuto espacio en el que está encerrado. Los fantasmas de los que, antes de él, sufrieron tortura en aquel mismo lugar, se le aparecen y le atormentan hasta tal punto que, exhausto, Jacopo acaba por desmayarse.

Al poco, aparece Lucrecia, cuya firme decisión ha podido salvar los obstáculos que, sin duda alguna, ha tenido en su camino hasta allí. Aliviada, comprueba que su marido aún está vivo y, con enorme ternura, le ayuda a salir de la jaula. Bellísimo dúo el que nos ofrecieron Guanqun Yu e Iván Magrì, con una perfecta conjunción de sus voces, y una conmovedora interpretación. El soldado que custodia a Jacopo (Pablo García López), que le vigila en todo momento, como una sombra siniestra, muestra su dura altivez tanto a Jacopo como a Lucrecia. Ésta, mientras lava amorosamente las heridas de su esposo, le asegura que no va a morir, si bien la nueva pena a la que ha sido condenado es aún más cruel que la muerte, puesto que se trata de un nuevo exilio. Al tiempo que tiene lugar esta escena, los ecos lejanos de las canciones alegres de los gondoleros, marcan un duro contraste con aquel lugar de muerte y desolación.

De improviso, aparece Francesco, vestido con un sencillo manto negro que oculta su ilustre condición. Allí, por unos momentos, puede dejar de actuar como Dux, ser únicamente padre y decirle a su hijo que le quiere, que sólo fingía rigor hacia él. Ver actuar a Plácido Domingo, que es todo energía, que se entrega total y absolutamente en escena, sentir la intensidad con la que da vida a su personaje, resulta una experiencia inolvidable. Magnífico el terceto de Domingo, Magrì y Yu, que nos hicieron sentir la magia de una excelente interpretación.

El Dux debe marcharse, lo que provoca honda pena en los esposos. Al tiempo que Francesco hace ademán de retirarse, aparece Jacopo Loredano, interpretado de forma ejemplar por Giancula Buratto; convincente a más no poder, es el odio y la venganza hechos persona, que se alzan sobre los Foscari para determinar irremediablemente su destino. Mientras los tres desdichados sufren y maldicen a Loredano, éste expresa su ferviente deseo de que el preso sea conducido cuanto antes al exilio; la hora fatal, por la que tanto ha suspirado, está a punto de llegar.

La escena siguiente nos muestra, una vez más, al Consejo de los Diez, cuyos miembros insisten en que debe apresurarse la partida del traidor Foscari hacia Creta. Al fondo, parte de los decenviros, mientras recorren la escena de izquierda a derecha sobre una plataforma movediza, dan cuenta de un banquete pantagruélico, lo que hace que resalte aún más su omnímodo poder sobre los desdichados que, en las mazmorras, se mueren de hambre y de frío.
 
El Dux, que ha sido llamado por el Consejo, aparece con toda la solemnidad que requiere su condición, aunque sus gestos nos dicen que, por dentro, se siente destrozado ("...Sarò Doge nel volto, e padre in core..."). Entra Jacopo Foscari, escoltado por cuatro guardias. Su inseparable carcelero le entrega un papel en el que Jacopo ve confirmada su sentencia y, en un intento desesperado, ruega a su padre que interceda por él. Estremecedor el modo en que Domingo dibuja en su rostro las emociones del atormentado Dux que, aun sintiendo que el alma se le desgarra, no puede hacer nada por su hijo. Irrumpen de pronto en escena Lucrecia y los tres niños del matrimonio. Quizá sus lágrimas infantiles logren aplacar el rigor del Consejo... pero no, todo es inútil: Jacopo ha de prepararse para un nuevo y ya irremediable exilio. La compenetración entre todos los miembros de este excelente reparto es tal que la escena resulta impresionante.
 



Acto III

Sin perder en ningún momento de vista las mazmorras, que permanecen en un siniestro segundo plano, vemos cómo la alegría de los venecianos se desborda en una fiesta en la que hombres y mujeres, disfrazados, llenan el aire de risas y cantos, mientras contemplan divertidos los malabares de los artistas callejeros. Entre ellos, oculto asimismo por una máscara, se encuentra Loredano. Al son de la preciosa barcarola "Tace il vento..." tiene lugar una divertida parodia en la que, tras vencer en una supuesta regata, un gondolero recibe los parabienes de su amada, que le espera en la orilla, y que no es sino un hombre disfrazado de mujer. La alegría general se rompe cuando, de pronto, se escuchan las trompetas que anuncian el paso de la justicia del León. Las gentes, atemorizadas, huyen.
 
Aparece Jacopo, guardado siempre por una férrea vigilancia. Le acompañan Lucrecia y Pisana. Muy pronto, un mar se interpondrá entre los esposos, y el desdichado preso no desea otra cosa sino que sus aguas se lo traguen. Insta a su esposa para que se muestre digna hija de Contarini y esposa de Foscari, para que inspire en sus hijos la virtud y cuide a su anciano padre... Comienza, al fin, la venganza tan largo tiempo deseada por el cruel Loredano. Lo que ninguno de los presentes sabe es que Francesco, desde un rincón, oculto por un sencillo manto, no pierde detalle de esta escena... sus gestos de padre que, impotente, desea con toda su alma acudir junto a su hijo y no puede... aún ahora, recordando, se me saltan las lágrimas.
 
Una vez que el preso ha partido y todos los demás se han retirado, el Dux, a solas, se reprocha amargamente a sí mismo el no haber pronunciado una sola palabra para salvar a su inocente hijo. La corona no ha sido para él más que un peso inútil. Si, al momento de colocársela, le hubiese sobrevenido la muerte, sus cuatro hijos hubieran estado junto a él para darle el último adiós; en cambio, ahora, deberá enfrentarse solo a un sepulcro que siente cada vez más cercano.
 
Barbarigo, que irrumpe de pronto en escena, corta estas siniestras reflexiones de Francesco portando una carta de un tal Erizzo; escrita poco antes de morir, en ella confiesa ser el único autor de la muerte de Donato. La alegría del Dux, inmensa, sólo dura unos momentos, pues Lucrecia aparece de nuevo, con paso lento y aire alienado, y le comunica que ya no le queda ningún hijo... Su actitud nos dice que ella misma aún no puede creer lo que acaba de ocurrir. Nada más partir, el inocente Jacopo, expiró... El Dux y Barbarigo salen de escena y, a solas, Lucrecia desahoga su rabia y su dolor pidiendo venganza para su desdichado esposo. En un rincón, se inclina para contemplar las aguas de la laguna... las aguas a las que Jacopo pedía que se le tragasen... las aguas a las que, quizá, ella misma siente la tentación de arrojarse.
 

 
La plataforma movible trae de nuevo hasta nosotros a Francesco, que se encuentra en su dormitorio, acostado en su cama. Su fiel sirviente (Mattía Olivieri) le anuncia la visita del Consejo de los Diez; el Dux, extrañado y receloso, les hace pasar. Loredano (Giancula Buratto), que actúa como portavoz, y que apenas puede disimular que no cabe en sí de gozo, anuncia cuál es el motivo de esa inesperada visita: el Consejo, considerando el profundo dolor que embarga al Dux y sus muchos años de servicio a la patria, ha decidido concederle un merecido descanso.
 
Tamaña desfachatez, tan insultante hipocresía provoca la ira de Foscari, que estalla en una violenta invectiva en la que echa en cara a tan "ilustres" señores, con toda la dureza del guerrero que aún vive en él, cómo durante siete lustros, desde que subiera al trono, dos veces quiso abdicar y las dos veces no le dejaron; es más, le obligaron a jurar que moriría como Dux. Así pues, asegura que ningún poder humano logrará arrebatarle la corona, pues un Foscari no falta jamás a su palabra. En un ruego similar al que (unas cuantas óperas más tarde) lanzará el anciano Rigoletto a los cortesanos, respecto de su hija, Francesco suplica a los decenviros que le devuelvan a su hijo... Es el último desahogo de un alma atormentada, que necesita sacar de sí toda la amargura que lleva dentro... Al Dux ya no le queda sino obedecer y, vencido, entrega al fin el anillo ducal.
 
Lucrecia, que había permanecido en un discreto segundo plano, acude para dar el brazo a su suegro y marcharse con él de allí. Justo cuando se disponen a retirarse, comienzan a repicar de fondo las campanas que anuncian que ha sido elegido un nuevo Dux. Para Foscari, ese lúgubre tañer, que resuena en su alma con acento de bronce, es el golpe definitivo que le hace caer fulminado al suelo, muerto.
 
 
 
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Desde este pequeño rincón, quiero dar un profundo gracias a todos y cada uno de los integrantes de este fantástico reparto de "I due Foscari", por entregarse de tal modo en escena y ofrecernos una representación que para mí es y será inolvidable.

jueves, 31 de enero de 2013

EL TEMIBLE LEÓN DE SAN MARCOS (I)


Este año se cumplen doscientos desde que viniera al mundo el gran maestro Giuseppe Verdi y, para celebrarlo, su obra sube a los escenarios de todo el mundo devolviéndole así, de algún modo, a la vida. Entre los homenajes a tan insigne cumpleañero, se encuentra la ópera que se representa estos días en Valencia "I due Foscari", una de las primeras de su repertorio, de la que ya he hablado en las entradas inmediatamente anteriores a ésta. Yo asistí a la función del pasado domingo, veintisiete de enero fecha que era, además, el aniversario de la muerte del genial compositor de Busseto.
 
Volver a Valencia es reencontrarse con la luz, el sol y la alegría; en este caso, también supuso para mí el reencuentro con un gran amigo, el tenor Pablo García López, de quien ya os he hablado en este blog ("Una gran noche lírica"), que forma parte del fantástico reparto que, con Plácido Domingo a la cabeza, representa en el Palau de Les Arts este turbulento drama verdiano. Un viaje, pues, que antes de empezar se presumía agradabilísimo, y que acabó superando con creces todas mis expectativas.

Regresemos pues, si os parece, a las turbias aguas de la Venecia del medievo, enfangadas por la codicia, la envidia, la ambición, las ansias de venganza... por las oscuras pasiones humanas, en suma, que son reconocibles en todo tiempo y lugar. Antes de sumergirnos en ellas, quiero deciros que los vídeos que he seleccionado para ilustrar las diversas escenas pertenecen a una representación que tuvo lugar el 15 de septiembre de 2012, en Los Angeles; se trata de la misma producción que puede verse en el Palau de Les Arts y, en ella fueron Marina Poplavskaya y Francesco Meli quienes encarnaron a Lucrecia Contarini y a Jacopo Foscari respectivamente. En algunos casos, no he encontrado fragmentos cruciales, tales como el aria con el que se presenta Francesco Foscari en el primer acto: "Eccomi solo alfine..", por lo que pido disculpas. He optado por omitirlos, en lugar de sustituirlos por los correspondientes de otras grabaciones, a fin de mantener una cierta homogeneidad.

Palau de Les Arts
Acto I

Una tenue cortina cubre la escena y, sobre ella, se proyectan las tranquilas aguas de los canales venecianos que, al son de una leve brisa, bailan con reflejos de plata. La magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana, con el brillante Omer Meir Wellber al frente, comienza a entonar el Preludio, característicamente verdiano y, a medida que va desgranándolo, esas aguas se agitan, cada vez con más furia, y la ponzoña que hasta ese momento acechaba en lo más hondo, aflora y se revuelve con la sangre inocente que, como ya sabemos por las entradas anteriores y veremos después, se derramará como consecuencia del odio y de la venganza.

Sobre ese fondo tempestuoso, se van dibujando unas breves y certeras frases que nos ponen en antecedentes acerca de lo que va a ocurrir. En ellas se nos habla de que el reinado de Francesco Foscari, que unos cincuenta años atrás había sido investido con la dignidad de Dux de la República de Venecia había estado, desde el principio, muy lejos de ser un remanso de paz. Tres de sus hijos habían muerto, víctimas de la peste; el cuarto, Jacopo, había sido acusado y condenado al exilio por el asesinato de Pietro Loredano, aspirante al título de Dux al mismo tiempo que Francesco, y enemigo acérrimo de éste desde que fuera derrotado. Cuando comienza la acción, Jacopo se halla de nuevo en Venecia, a donde ha sido llamado para ser juzgado de nuevo, esta vez por un delito de alta traición.

Por fin, el velo que cubre la escena, se levanta... Ante nosotros se descubre un lugar escalofriante, dantesco; se trata del sótano del Palacio Ducal, que alberga las mazmorras, cuyos muros desgastados rezuman humedad, frío y muerte. Si el infierno existe, debe de ser un sitio parecido a aquél. El Consejo de los Diez, que es quien realmente gobierna Venecia, que tiene en su mano la vida y la muerte de los infelices que caen bajo sus garras, entona un intimidatorio número coral, magníficamente interpretado, en el que expresa su deseo de que el temor y el respeto que inspira el León de San Marcos (el símbolo, recordemos, de la República de Venecia) duren por siempre.

Entre los presos que son torturados en aquel lugar se encuentra el infeliz Jacopo Foscari encerrado, como si de un animal se tratara, en una jaula que pende del techo. Mientras aquel vejatorio cubículo desciende, el único hijo superviviente del Dux canta la alegría que siente al haber podido ver de nuevo su patria, a pesar de lo cruelmente que ésta se ha portado con él, a pesar de lo duro que le puede costar, y que ya le está costando, lo que ha hecho para poder regresar (la carta escrita, recordemos, a Francesco Sforza). Voz poderosa, pujante, la de Iván Magrì, que ya en esta primera escena nos presenta a un Jacopo que transmite un torrente de energía, aún en la terrible situación en la que se encuentra. Junto a Jacopo, vigilando cada uno de sus movimientos, sin separarse prácticamente de él, el soldado que guarda celosamente las llaves que abren y cierran aquella jaula, Pablo García López. Si bien su intervención es, vocalmente hablando, breve, no puede ser más convincente: voz enérgica, mirada torva, gestos intimidatorios de desprecio hacia el condenado...


Sin movernos de aquel lugar de horror y muerte, que pasa a un oscurecido segundo plano, una plataforma movediza trae hasta nosotros la siguiente escena. Es como si, desde aquella fría mazmorra, pudiéramos asomarnos a la sala en la que Lucrecia, la esposa del desdichado hijo del Dux, llora y se desespera. Sus damas tratan de calmarla, de contenerla, pero ella está decidida a ir a ver a su suegro, segura de hallar piedad en su corazón de padre al que, afirma, el trono no puede haber cambiado. Impresionante el caudal de voz de Guanqun Yu, de bellísimo timbre; una Lucrecia contenida que lucha por dominar la rabia y la impotencia que desbordan su corazón. Llama la atención la voz de Pisana (Marina Pinchuk), la fiel confidente de Lucrecia.


La plataforma se retira, y aparta de nuestra vista a Lucrecia y, con ella, a sus damas. De nuevo interviene el Consejo de los Diez; los decenviros comentan que, a pesar de que el reo calla, la carta escrita a Sforza, que ellos han interceptado, es una prueba irrefutable de su culpabilidad. El exilio será una justa pena para su probado delito de traición; de este modo, todos verán que la poderosa espada del león alado, si bien puede mostrarse magnánima, como en este caso, al permitir que el reo conserve la vida, no duda en caer sobre cualquiera que ose levantarse contra la República, aunque se trate del mismísimo hijo del Dux.

Quien viene ahora hasta nosotros es el propio Dux, ese gigante de la escena lírica que es Plácido Domingo quien, con una voz que no ha perdido un ápice de su lozanía, se mete en la piel de Francesco Foscari y transmite, de forma  magistral, el cúmulo de sentimientos contradictorios que atormentan a éste. La emoción fluye, como una corriente eléctrica, desde el escenario hacia el público... cada gesto, la entonación de cada palabra, son los de un hombre derrotado que, a pesar de todo, siente que ha de sacar fuerzas de donde sea para cumplir con su deber pues, antes que nada y por encima de cualquier otra cosa, es el Dux. Ya que sus ojos están secos, es su corazón el que llora... ¡cómo lloré yo también!

El sirviente, Mattia Olivieri, con su poderosa y rotunda voz de barítono, anuncia la visita de la ilustre dama Foscari. Aparece de nuevo Lucrecia y comienza un difícil dúo en el que la ira a duras penas contenida de la dama ha de enfrentarse a la actitud decidida del Dux, que apenas logra mostrarse firme ante ella. A medida que va desarrollándose este tenso diálogo, podemos sentir cómo a Foscari van fallándole las fuerzas... El anciano guerrero ruega, implora a su nuera que tenga piedad de él, de su corazón destrozado... recuerdo la escena y no puedo evitar emocionarme... A pesar del trono y de todo su oropel, el Dux asegura que no tiene poder para hacer justicia y perdonar a su hijo; sin embargo, sus lágrimas hacen vislumbrar a Lucrecia un último rayo de esperanza.


Continuará...

lunes, 31 de diciembre de 2012

LOS ADIOSES

Cada vez que un año termina, siento que una oleada de nostalgia me envuelve. Se intensifican en mí los recuerdos de aquellos que perdí, que tuvieron que irse porque, de uno u otro modo, había llegado su hora, y me duelen los momentos que ya nunca podré compartir con ellos. Pero la vida es eso, adioses, aunque también bienvenidas; y es precisamente la oportunidad de encontrarse con al menos una de las maravillosas personas que pueblan este planeta, lo que hace que merezca la pena intentarlo un día más. Yo soy muy afortunada, porque cuento en mi vida con grandes personas que me enriquecen con su amistad y con su cariño, y son justamente ellos los que me ayudan a continuar. Mi inmenso agradecimiento y un interminable abrazo a todos y cada uno de ellos.

De adioses va la entrada de hoy, y en ella vamos a ver algunos fragmentos de óperas de las que ya hemos hablado en este blog y en los que, en diversas circunstancias y por diversos motivos, se dice "adiós". Empecemos con una de las óperas más conocidas del gran maestro Verdi, "La traviata" en uno de sus momentos para mí más conmovedores, cuando Violetta, que sabe que le quedan pocos momentos de vida, dice adiós a los bellos recuerdos de su pasado, a las rosas de sus alegrías, que ahora están marchitas. Aún el amor de Alfredo, su único consuelo, le falta. Pero alegrías y dolores acabarán pronto. Ni flores ni lágrimas tendrá su tumba:


Continuemos con Verdi, en un bellísimo dúo en el que dos amantes, unidos ya para siempre, pues han sido enterrados en vida, dicen adiós a la vida. Hablo de "Aida", y del final de su último acto. Radamés ha sido encerrado vivo en una tumba, donde se dispone a terminar sus días con el único consuelo de creer que su amada está libre y a salvo; pero su sorpresa es inmensa cuando escucha su voz y descubre que no está soñando porque, en verdad, Aida que, aprovechando un descuido de los guardias logró colarse en la que sabía que sería la tumba de Radamés, está ahora allí con él. Todo en la tierra ha terminado para ellos y sus almas, errantes, vuelan hacia la luz del día eterno:


Y para finalizar, una pequeña joya operística (y le aplico el calificativo de "pequeña" sólo por su duración). Hablo de "Cavalleria rusticana", de Pietro Mascagni, y del momento en el que Turiddu, que ha retado en duelo a Alfio, antes de encontrarse con él, y presintiendo que va a morir, pone toda su alma en una conmovedora despedida a su madre. No es capaz de decirle con palabras lo que realmente ocurre pero sus gestos, su forma de expresarse, el ansia con la que se abraza a la anciana mujer dicen mucho más que las palabras:

 
Mil gracias a todos aquellos y aquellas que habéis tenido la gentileza de deteneros, aunque sólo fuera un momento, en las páginas de este blog.

domingo, 24 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (V)


Sauce

Acto IV
Acompañemos ahora a Desdémona, en la triste soledad que inunda su alcoba. El mobiliario: una cama, un reclinatorio, una mesa, un espejo... Hay una vela encendida sobre la mesa. La noche y la amargura envuelven a Desdémona y a la habitación por completo. 

A decir verdad, Desdémona no está sola pues, además de nosotros, Emilia está con ella; Desdémona le pide que saque su vestido de novia y lo extienda sobre el lecho... Mientras Emilia le ayuda le ayuda a prepararse para dormir, la dulce Desdémona entona "La canción del sauce", una conmovedora melodía que, esa noche, no se le va de la cabeza; solía cantarla una doncella de su madre, Bárbara: "...la pobre desgraciada murmuraba tristemente y brotaban las lágrimas de sus ojos... Él nació para su gloria... y yo para amarle y morir."


Desdémona siente que le arden los ojos... "Presagian el llanto..." dice. Emilia se dispone a retirarse pero, apenas ha llegado a la puerta, Desdémona llama: "¡Ah, Emilia, Emilia!" Emilia se vuelve y ambas se abrazan, quizás por última vez... A solas, Desdémona se acerca al reclinatorio, se arrodilla y reza: "Dios te salve, María, llena eres de gracia..."; después, se levanta y se echa en la cama, abrazando su vestido de novia. 


Entra Otello y, silencioso y temible, sin dejar de observar a Desdémona, avanza... Vemos con horror que lleva en las manos una cimitarra la cual, mientras camina como un autómata, sumido en tenebrosos pensamientos, acaba depositando sobre la mesa. Apaga la luz de la vela. Se acerca con decisión a la cama pero... se detiene. Eleva las manos hacia el cielo, en una desesperada súplica, quizá de una señal del Altísimo... Sus manos descienden y tocan el vestido de novia, que reposa sobre el cuerpo de su mujer; con una expresión de dolor desgarrado por el amor que cree perdido, lo toma en sus manos, lo huele... quizás piensa en que, un día, vistió el cuerpo de la mujer a la que amó con locura y que ahora... Con gran delicadeza, toma una de las blancas manos de Desdémona, que yace aún dormida y, dulcemente, la besa... después se inclina y besa su rostro... Desdémona, entonces, se despierta...


"¿Eres tú, Otello?" pregunta dulcemente. "Sí..." responde él, sin dejar de mirarla fija y fríamente... "...¿has rezado esta noche?" Otello, imperturbable, le ordena que, si recuerda haber cometido alguna falta, se apresure a pedir el perdón del cielo, puesto que no quiere matar su alma... Desdémona, estupefacta y aterrada, no comprende el por qué de tan espeluznante sentencia de su esposo. "Amas a Cassio" le acusa Otello; y cuanto más lo niega Desdémona, la ira de Otello de desata más y más y, cada vez con más furia, trata de obligarla a que confiese. "...No amo a Cassio... Hazle venir... ¡Déjale hablar!" le ruega Desdémona. "Ya no puede hablar..." le responde, sombrío, Otello. Desdémona, desolada al saber que Cassio ha muerto, llora, por ella misma, que ya se sabe perdida, y por un buen y leal amigo, Cassio, que ha sido tan vilmente traicionado; sin embargo, esas lágrimas las toma Otello como una confesión... violento, coge a su esposa y sus manos, como una terrible garra, se aferran al blanco cuello de Desdémona y aprietan más y más... de nada sirven los ruegos de la muchacha... aquellas manos de fiera no sueltan su presa hasta que el cuerpo inerte de Desdémona cae sobre la cama...

De repente, alguien llama a la puerta: "¡Abrid, abrid!". Es Emilia, que viene a anunciar a Otello que ha sucedido un hecho terrible: Cassio ha matado a Roderigo. Desde la cama, Desdémona aún tiene fuerzas para murmurar: "Muerta... injustamente muerta..." Emilia corre hacia ella... "...¿Quién ha sido?..." pregunta; pero Desdémona se acusa a si misma... y muere. Sin embargo Otello, que cree firmemente que ha hecho lo que debía, confiesa que ha sido él quien le ha dado muerte. Emilia, desesperada, sale corriendo: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Otello ha matado a Desdémona!".

Entran Lodovico, Cassio y Yago; después Montano con guardias. A pesar de que Yago trata de hacerla callar, Emilia confiesa que su marido le arrebató de las manos, por la fuerza, el pañuelo de Desdémona; Cassio añade que, después, él lo halló en su alcoba. Por su parte, Montano cuenta que Roderigo, antes de morir, tuvo tiempo de revelarle las maquinaciones de Yago. Éste, viéndose acorralado, huye; algunos hombres salen en su busca. Mientras, Otello coge la cimitarra que había depositado en la mesa... "¡Dadme esa espada!" le dice Lodovico...




Pero Otello, sereno, pide que nadie le tema aunque le vea armado... Es el fin de su viaje... Otello ya no existe. Deja caer la cimitarra, se acerca a la cama y contempla a Desdémona, fría, pálida... "...ser bueno nacido bajo mala estrella..." entonces, para sorpresa de todos, extrae velozmente una daga de su traje: "¡Todavía me queda un arma!" dice al tiempo que se hiere con ella... Y su agonía es un triste recuerdo de aquel bello momento en el que ambos, a la luz de la luna, recordaron cómo y cuando se conocieron, aquel momento mágico que Otello presentía que no iba a durar..."...otro beso... otro beso... ¡ah!... un último beso..." dice, justo antes de exhalar su último suspiro.


(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

jueves, 21 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (IV)


Nicosia, capital de Chipre

Acto III
Otello y Yago conversan en una gran sala del castillo, anexa a una galería. Un heraldo anuncia solemnemente la próxima llegada de los embajadores venecianos, cuya galera acaba de ser avistada desde el puerto. El heraldo se retira y, de nuevo solos, Otello y Yago (por sugerencia de este último) elaboran un plan según el cual Yago se encargará de traer a Cassio y de obligarle a hablar; mientras tanto Otello, oculto, observará su comportamiento, sus gestos, sus palabras. Antes de retirarse, y a fin de avivar el fuego que corre por la sangre de Otello, Yago le recuerda: "¡El pañuelo!..."

Una vez solo Otello, llega Desdémona y, mientras no deja de observarle con una cierta prevención, le da unos dulces y cariñosos buenos días: "Que Dios te alegre, oh esposo, señor de mi alma." Otello, disfrazada su actitud de una premeditada y engañosa galantería, le responde lanzando sutiles dardos envenenados envueltos en tiernas palabras de alabanza: "...el demonio gentil que mal aconseja yace aquí, y enciende el seductor marfil de esta mano diminuta..." dice mientras toma la de su esposa. Desdémona, que parece no advertir la ira que empieza a inflamarse, de nuevo, en el corazón de su marido, vuelve a hablarle de Cassio... Otello siente que las sienes le van a estallar, y pide a Desdémona que, de nuevo, le vende la frente... Cuando sumisa, ella le ofrece un pañuelo, Otello, airado, le replica que no es ése el que desea, sino aquel que le regaló como primera prenda de amor. "No lo tengo aquí" responde ella perpleja. Otello entonces le advierte que una terrible amenaza se cierne sobre ella si lo pierde...

Desdémona trata de tomar a broma las palabras de su marido: "Te estás burlando de mi. Así es como evitas hablar de Cassio..." le dice con elegancia; imprudente, insiste en que debe perdonar a Cassio... Otello, cada vez más furioso, le pide, con una temible urgencia: "¡El pañuelo!". De pronto, a Desdémona se le revela cuál es la atroz sospecha oculta el corazón de su marido...

Otello coge a Desdémona violentamente por la barbilla, y le obliga a que le mire a la cara: "¡Dime quién eres!". Por más que ella jura y perjura que es su esposa leal, Otello la acusa de ser infiel, impura... Aterrada, bañado su rostro en lágrimas, Desdémona trata de encontrar dentro de sí las palabras que conmuevan aquel corazón que se ha convertido en piedra. Pero Otello ya ha dictado su sentencia; pasando de la cólera terrible a la calmada ironía, toma la mano de su esposa, y simula disculparse: "...Quiero disculparme. Supuse que eras..." para, de nuevo sombrío y furioso, obligarla a retirarse diciéndole: "...¡la vil cortesana que Otello tiene por esposa!".



A solas, Otello da rienda suelta a su profunda desesperación en forma de un desgarrador aria, un desolador lamento que clama a Dios y le asegura que hubiera podido soportar la pobreza, el oprobio, si ésa hubiese sido la voluntad del cielo... pero de lo que le ha despojado es del espejismo en que se consolaba su alma, del resplandor que le daba vida, llenándole de alegría... Su sentencia es inapelable: "¡Oh, condenación! ¡Que confiese primero el pecado y luego muera!..." exclama. 

Entra Yago, y advierte a Otello que Cassio se acerca, al tiempo que hace que se esconda. El incauto Cassio, creyéndose a solas con Yago, no tiene ningún reparo en hablarle acerca de la petición que le ha hecho a Desdémona para que interceda por él ante Otello: "...Pensaba encontrar a Desdémona aquí..." Desde su escondite, al escuchar el nombre de su esposa, Otello ruge... Yago, habilísimo maestro del engaño, incita a Cassio para que le hable del preciado objeto de sus amores (que, como sabemos, es Blanca, y no Desdémona), y lo hace de modo que, cada vez que pronuncia el nombre de Blanca, lo hace en voz baja, de modo que Otello no pueda oírlo. Así, el atormentado gobernador, sólo puede escuchar las ardientes frases de Cassio, tales como: "...Ella me fascina con sus bellos ojos..." creyendo que se refieren a su esposa. Cassio ríe, azuzado por Yago, y Otello lo toma como una burla hacia él.

Llega el momento de asestar una certera puñalada al corazón de Otello, y Yago hace que Cassio muestre el pañuelo de Desdémona (que, como sabemos, él mismo arrebató a su esposa, Emilia, y colocó después en los aposentos de Cassio). Otello, al ver en manos de aquel que cree un traidor la que toma por una prueba definitiva, apenas puede contenerse... "¡Todo acabó! ¡El amor y el penar!..." dice para sí. Pero Cassio ni siquiera sabe de quién es el pañuelo, ni cómo ha ido a parar a sus manos. De pronto, se escuchan las trompetas que anuncian la llegada de la trirreme veneciana.

Cassio se marcha veloz, para no encontrarse con Otello. El desesperado gobernador ya sólo piensa en cómo va a dar muerte a su esposa. "Consígueme un veneno para esta noche" le pide a Yago; pero éste le sugiere que es mucho mejor que estrangule a Desdémona en su lecho, donde ha pecado; mientras, él se encargará de Cassio. Otello, abrumado por el gran servicio que cree que le está prestando Yago, le nombra capitán; Yago, al tiempo que le da las gracias, le aconseja que muestre a Desdémona ante los embajadores venecianos, para no levantar sospechas.


Yago se retira. Otello se prepara para recibir a los embajadores. Entran Lodovico, Roderigo, el heraldo, dignatarios de la República de Venecia, damas, caballeros, soldados, trompeteros, seguidos de Yago con Desdémona y Emilia.

Aclamado por los vítores de todos los presentes, Otello recibe un mensaje del gran Dux de Venecia de manos de Lodovico. Mientras lo leer, aparentemente concentrado, no pierde detalle de lo que las palabras que cruza su esposa con Lodovico quien, extrañado por no ver a Cassio, ha preguntado por él. Desdémona responde que cree que volverá a ganarse el favor de Otello; éste, alerta, fingiendo que lee, responde: "¿Estás segura?". Imprudente, Desdémona continúa hablando de Cassio, lo que enfurece a su esposo que, incapaz ya de contenerse, trata de golpearla. Sorprendido y asustado, Lodovico detiene su mano. Todos los presentes están horrorizados.

Aparece Cassio; Otello emprende entonces un difícil discurso; difícil en cuanto a voz y también en cuanto a interpretación, pues ha de cambiar rápida y sucesivamente de tono, de color... En voz baja, pide a Yago que escarbe en la mente de Cassio; inmediatamente, alzando la voz, se dirige a todos los presentes: "Señores, el Dux..." y, sin terminar la frase, efectúa de nuevo un giro y, en voz baja, le dice a su esposa que finge llorar muy bien... Al fin, Otello anuncia a la multitud que el gran Dux le llama a Venecia, y que nombra sucesor suyo en Chipre a... ¡Cassio! Lo que pretende Otello es probar la reacción de Cassio: "¿Ves?... El bellaco no parece alegrarse" le dice a Yago; pero éste, sorprendido por la decisión de Otello, está furioso.

Desdémona avanza hacia su marido, implorante; pero éste, furioso, la coge con furia: "¡Al suelo!... ¡y llora!". A mí esta escena me ha recordado siempre a otra del Acto III de "La Traviata" (o Acto II, Cuadro II) en la que Violetta Valéry, vencida por el oprobio que vierte sobre ella Alfredo, cae al suelo ante las espantadas miradas de todos los presentes, de forma similar a como lo hace aquí Desdémona. De rodillas, en actitud implorante, la desdichada esposa de Otello entona un triste lamento de añoranza por los tiempos felices de antaño, ya perdidos, y de agonía por el dolor y la pesadumbre que han invadido su vida. Del mismo modo, cada cual para sí, entona una reflexión acerca de su propia suerte: Cassio siente que la fortuna que ha querido elevarle, es la ola de un peligroso huracán; Roderigo se lamenta porque su deseada Desdémona pronto se irá de Chipre; Lodovico se compadece de la desdichada Desdémona. El resto de los presentes, a coro, condenan la brutal conducta de Otello.


Yago recuerda a Otello que debe estar listo para esa noche; él mismo, tal y como le prometió, se ocupará de Cassio. Aparte, se dirige al apesadumbrado Roderigo y aviva de nuevo sus esperanzas: "El navío levará anclas al amanecer. Ahora Cassio manda aquí. Pero si algo le ocurriera... Otello tendría que quedarse." Y así incita a Roderigo para que, de su propia mano, de muerte a Cassio. Furioso, Otello ordena que todos se marchen. Desdémona aún trata de ir hacia él, pero Otello, fuera de sí, la maldice.


Otello y Yago se quedan solos. Ahogado por su agonía, Otello cae al suelo, y se retuerce en medio de un convulsivo delirio: "¡El pañuelo! ¡El pañuelo! ¡Ah!..." Yago le observa, lleno de gozo: "Mi veneno trabaja..." Desde fuera, se escuchan las voces de los chipriotas que, dice Yago, vitorean a Otello ofreciéndole su última lisonja.



Continuará...

(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)

martes, 19 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (III)


Chipre

Acto II
Se nos muestra ahora una sala de la planta baja del castillo de Otello, lindante con el jardín. Vemos a Cassio, un tanto cabizbajo; Yago, astuto como pocos, le dice que no debe atormentarse, y le aconseja que acuda a Desdémona (de quien Cassio es amigo desde que ambos eran niños) para que interceda por él ante Otello, y éste le devuelva su grado de capitán. "Créeme..." le asegura Yago "pronto volverás a tus locos amoríos con Monna Bianca...". "Pero, ¿cómo podré hablarle?" pregunta Cassio. Yago le sugiere que espere a Desdémona junto a unas frondas que se ven a lo lejos a donde, todas las tardes, la mujer del gobernador acude a pasear acompañada de la mujer del propio Yago. Cassio, muy animado, se aleja, dispuesto a seguir los consejos de Yago.

Una vez a solas, mientras contempla cómo se aleja su infausta víctima, Yago entona un diabólico "credo", en el que expresa, toda la ruindad de su alma vil y despreciable, en el que se confiesa venenoso y abyecto desde el mismo instante en el que fue engendrado. El mal, dice, es innato a su propia naturaleza de hombre, y cree que el justo no es sino un histriónico y falso burlón. Cree que el hombre no es más que un juguete en manos de una inicua suerte, y que el cielo no es más que una vieja fábula pues, luego de la Muerte, viene la Nada: "Creo en un Dios cruel..."

De repente, Yago ve a lo lejos cómo Desdémona y Emilia (la esposa de Yago) pasan por el jardín. Cassio, que está apostado esperándolas, se acerca a ellas. Desde lejos, Yago no pierde detalle del encuentro, y cuando ve que Desdémona, al hablar con Cassio, inclina el rostro y sonríe, se deleita pensando en que un solo destello de esa sonrisa sería capaz de arrastrar a Otello a la ruina. Y la suerte, que a veces favorece a los malvados, en este caso le sonríe pues Otello, de pronto, entra en la estancia.

Yago, inmóvil,  finge que habla para sí, simulando no haber advertido que Otello se aproxima; éste, extraña. El gobernador, extrañado, le pregunta qué ocurre; al contestar "Nada...", Yago atrae la atención de Otello hacia   donde él mismo se encontraba mirando, y a Otello le da tiempo a ver que alguien (aunque no distingue quién) se aleja de Desdémona; "...¿es Cassio?" pregunta. "¿Cassio? No... ése se retiró como un culpable nada más veros..." El astuto y ladino Yago, comienza entonces a sembrar, en el corazón de Otello, la duda respecto de las intenciones de Cassio hacia Desdémona; al mismo tiempo, hipócrita, le aconseja que se guarde del demonio de los celos. La furia de Otello crece por segundos. Sea como sea, Yago le aconseja que vigile, que escrute cada palabra de Desdémona para, o bien recuperar la confianza en ella, o bien confirmar la sospecha.


Voces lejanas anuncian la presencia de Desdémona en el jardín; corresponden a mujeres de la isla, muchachos, marineros, que se aproximan a ella, cantan y le ofrecen flores y otros presentes. Algunos acompañan su canto con mandolinas; otros tocan pequeñas arpas que llevan en bandolera. Desdémona, muy dulce, responde a tales muestras uniéndose a ellos en su canción. Otello se resiste a creer que aquel ángel de bondad le engañe; de hacerlo, "es que el cielo se burla de sí mismo", dice para sí. Yago, aparte, se regocija pensando en que el fin de Otello ha dado ya comienzo.

Cuando todos se alejan, Desdémona, seguida de Emilia, entra en la sala y se acerca a Otello; Cassio acaba de pedirle que interceda por él ante su marido, y Desdémona viene a transmitirle dicho ruego. A todo cuanto Desdémona dice al respecto, Otello contesta de forma desabrida; su esposa, sin sospechar ni por un instante  la duda que corroe a su marido, insiste... Otello trata de contenerse... se queja de que le arden  las sienes, y Desdémona, para aliviarle, le ofrece su pañuelo pero, con un gesto brusco, el atormentado gobernador, lo tira al suelo. Emilia lo recoge. Desdémona, vista la actitud de su marido le ruega, con una dulzura infinita que la perdone si es que en algo ha podido ofenderle. Pero Otello se encierra más en sí mismo, en la agonía muda de los celos que tan bien ha sabido sembrar Yago en su corazón. 

Mientras tanto Yago, que ha visto cómo su esposa recogía el pañuelo de Desdémona, le ordena, en voz baja, que se lo entregue; Emilia, que le conoce muy bien, teme alguna perversa maquinación y, a pesar de que trata de resistirse, Yago la obliga, violentamente, a entregarle la prenda, al tiempo que le dice que le conviene guardar silencio.

A una imperiosa petición de Otello, que desea quedarse solo, Desdémona y Emilia salen; Yago finge que también se marcha, pero permanece en la sala, oculto. Vemos cómo guarda cuidadosamente el pañuelo de Desdémona que, nos dice, piensa esconder en la alcoba de Cassio. Desde su escondite, goza como un loco al contemplar el solitario sufrimiento de Otello que, vencido, se ha dejado caer sobre un asiento y se retuerce a causa del veneno que le ha inoculado Yago.

Con aparente cordialidad, Yago se muestra y se dirige a Otello. De un salto, Otello le agarra y le increpa: "¿Tú? ¡Atrás! ¡Vete! ¡Me has atado a la cruz!..." Él, que se sentía tan dichoso, ahora dice adiós su gloria de ayer. Aferrándose aún a una esperanza Otello, desesperado, agarra a Yago por el cuello y le exige que le ofrezca una prueba de que Desdémona le es infiel. Haciéndose el ofendido y ultrajado, Yago protesta por tan vejatorio trato que ha recibido su honestidad. 


Ya más calmados los dos, Yago asegura a Otello que, aún sin necesidad de una prueba material, la razón puede guiarle hasta la verdad; y así, le cuenta un supuesto episodio del que él, dice, fue testigo: una noche, mientras Cassio dormía, y él se encontraba a su lado, escuchó cómo entre sueños, murmuraba: "¡Dulce Desdémona! Que nuestro amor se oculte..." Ese sueño, continúa diciendo Yago, puede ser la prueba que corrobore otro indicio... Es el momento de que el pañuelo (fazzoletto) que antes le arrebatara a Emilia, entre en juego. "¿Vísteis alguna vez en manos de Desdémona una tela con flores bordadas, más sutil que un velo?" De inmediato, Otello reconoce en aquellos detalles el pañuelo que regaló a su esposa como primera prenda de amor. Yago afirma que lo ha visto en manos de Cassio. Ésta es la estocada mortal que recibe Otello que, herido ya de muerte, cae al suelo, de rodillas y, lleno de furia jura que, muy pronto, su mano desprenderá terribles relámpagos. Yago, pletórico de gozo, se arrodilla junto a él y, los dos juntos, alzando las manos al cielo, entonan una terrible promesa de venganza.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

domingo, 17 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (II)


Isla de Chipre

Conozcamos, en primer lugar, a los personajes:

Otello.- Militar moro al servicio de la República Veneciana, en lucha contra los turcos, enamorado hasta el delirio de su esposa, Desdémona. Tenor.
Desdémona.- Esposa de Otello. Soprano.
Yago.- Militar al servicio de Otello, envidioso de que éste le haya postergado en favor de Cassio (al que Otello ha nombrado su lugarteniente). Barítono.
Cassio.- Lugarteniente de Otello. Tenor.
Emilia.- Sumisa esposa de Yago. Mezzosoprano.
Roderigo.- Caballero veneciano enamorado de Desdémona. Papel poco importante para tenor.
Lodovico.- Embajador de Venecia. Papel de poco relieve para bajo.
Montano.- Antiguo gobernador de Chipre. Papel brevísimo para bajo.
Heraldo.- Papel ínfimo para bajo.
Coro.- Muy importante.
Ballet.- Interviene durante la fiesta del primer acto.


(Los vídeos que utilizaré para ilustrar esta serie de entradas, corresponden a una producción de esta ópera del Metropolitan Opera House de Nueva York, del año 1995. En los principales papeles: Plácido Domingo (Otello), Renée Fleming (Desdémona) y James Morris (Yago). El director: James Levine).

La acción se desarrolla en Chipre, a finales del siglo XV. Cuando esta historia comienza, Otello y Desdémona, aun a pesar de la oposición de los padres de ella a su relación, han logrado finalmente casarse. Otello ha sido destinado a la mencionada isla como gobernador; allí, ha organizado una flota que ha derrotado a los turcos, añadiendo así un nuevo timbre de gloria a su ya brillante carrera. Durante su ausencia, Otello ha dejado en la isla como lugarteniente a Cassio, un antiguo compañero de juegos de Desdémona en Venecia. Al iniciarse la ópera, Otello trata de arribar a Chipre, en medio de una furibunda tempestad que pone en serio peligro su nave.

Acto I
Nos encontramos en los exteriores del castillo de Otello. Cerca, podemos distinguir una posada. Al fondo, el mar. Está anocheciendo, en medio de una violenta tempestad que ha llenado el aire de relámpagos y truenos.

Los habitantes de la isla están con los ojos y el alma puestos en la nave en la que viaja el gobernador, Otello.  La tormenta ha puesto en gravísimo peligro a la embarcación, y temen que no logre llegar a puerto. Mientras la mayoría ruega a Dios para que salve el barco, Yago expresa a Roderigo su ferviente deseo de que el seno frenético del mar se convierta en la tumba de Otello.

Por fin, gritos de júbilo anuncian que la nave del gobernador está a salvo. Otello hace su aparición, triunfante y, desde lo alto de la muralla, se dirige al gentío que le aguardaba ansioso. Dificilísima presentación de este personaje que, ya de entrada, tiene que demostrar toda su potencia vocal: : "¡Alegraos! ¡El orgullo musulmán está sepultado en el mar!..." La multitud vitorea a su triunfante gobernador, que ha logrado derrotar tan completamente al enemigo turco.

Se descarga la nave, transportando armas y equipajes al castillo. Algunos hombres salen de detrás de la fortaleza, llevando ramas que amontonan a los pies de la muralla; a la luz de las antorchas forman una hoguera con un montón de leña, alrededor de la cual la gente se apiña, charlatana y curiosa. Aún se escucha algún trueno, pero lejano, señal de que la tormenta se aleja. La tempestad se va calmando; no así la furia que hierve en el corazón de Yago, que continúa su insidiosa conversación con Roderigo. 

Hay que decir que Roderigo está enamorado de Desdémona y Otello, como "sincero" amigo suyo, se ha ofrecido a ayudarle a conseguir a la mujer de sus sueños, a pesar de que ya esté casada nada menos que con el gobernador: "...un frágil voto de mujer no es asunto demasiado complejo para mi genio ni para el infierno, yo juro que esa mujer será tuya..." Yago le cuenta entonces que, aunque finja todo lo contrario, en realidad odia a "ese moro"; la razón: Cassio que, según Yago, ha usurpado el cargo de lugarteniente de Otello, grado que Yago tenía sobradamente merecido después de cien disputadas batallas... sin embargo, por voluntad de "su morisca señoría", continuaba siendo un simple alférez. Su odio por el gobernador es tal que, de ser él, no querría tener a un Yago cerca. Los dos continúan hablando, a medida que se alejan.


Los chipriotas, reunidos en torno a la hoguera, cantan y bailan, exultantes, en un alegre número coral de preciosa música: "Fuego de alegría, tu brillante júbilo pone en fuga a la noche..." Poco a poco, el fuego se va apagando. La tempestad cesa por completo. Yago, Roderigo, Cassio y varios compañeros más se colocan alrededor de una mesa en la que se ha dispuesto vino. Yago trata de incitar a Roderigo y a Cassio para que beban: "¡Roderigo, bebamos! ¡Dame tu vaso, capitán! (dirigiéndose a Cassio)". Cassio trata de rechazar el vaso que le ofrece Yago, pero éste insiste; a pesar de que el capitán se siente mareado a causa de la bebida que ya ha ingerido, acaba por ceder cuando Yago propone brindar por la boda de Otello y Desdémona y, levantando su vaso, dice con embeleso, refiriéndose a Desdémona: "¡Su presencia engalana esta isla!".

Yago llama la atención de Roderigo acerca de las alabanzas que Cassio dirige a Desdémona, insinuando que el capitán está también enamorado de la muchacha y que, como astuto seductor, tratará de obstruir el camino de Roderigo hacia el amor de la joven. Para acabar con tan peligroso rival, Yago aconseja a Roderigo que le haga beber pues asegura que, si se emborracha, Cassio estará perdido.

Y aquí es cuando llega uno de los fragmentos musicales que más me gustan de esta obra, el brindis. Yago pide a los taberneros que traigan más vino y, vaso en mano, entona un alegre aria para incitar a todos a beber: "¡Quien haya mordido el cebo del ditirambo desvergonzado y extraño, beba conmigo...!". Cassio, que se sumerge por momentos más y más en una profunda borrachera, canta y se tambalea, se envalentona cada vez más y bebe, bebe sin parar... Yago azuza a Roderigo para que fuerce a Cassio a pelear: "...tiene la ira fácil..." asegura; y continúa: "¡Piensa que así puedes, del feliz Otello, turbar la primera noche de amor!".

Aparece Montano, que viene del Castillo, y se dirige a Cassio: "Capitán: os espera la guardia en el bastión." Estupefacto, Montano comprueba que Cassio está borracho como una cuba, y Yago aprovecha para asegurarle que así es cómo, cada noche, el capitán se prepara para dormir. Montano le replica que Otello debería saberlo. Mientras, Roderigo se ríe ostentosamente de Cassio, con ánimo de provocarle... y lo consigue, pues el capitán se abalanza, furioso, contra él. Montano trata de separarles pero Cassio, que es ya un caballo desbocado, saca su espada y amenaza con partir los sesos del antiguo gobernador de Chipre. Montano no tiene más remedio que tratar de defenderse y así, los dos espada en mano, comienzan una furiosa lucha.

Yago hace que Roderigo salgo corriendo al grito de: "¡Sedición! ¡Sedición!...", a fin de sembrar el tumulto, el horror, y hacer que las campanas toquen a rebato. A la vez, para salvaguardar su papel de "alma caritativa", se dirige a los contendientes para que cesen la lucha. Las mujeres, asustadas, huyen. Montano recibe una estocada de Cassio. El revuelo es ensordecedor. Yago pide que se de la alarma, que alguien pare tan terrible combate. La multitud grita: "¡A las armas! ¡A las armas! ¡Socorro!".

Mientras tanto, las campanas tocan a rebato. Entra Otello, seguido de gente portando antorchas. Cesan las campanas. "¡Bajad las espadas!" grita el gobernador e, inmediatamente, cesa la pelea. Con un tono atronador, que hace que cualquier otra voz que no sea la suya enmudezca, Otello exclama: "¿Qué sucede? ¿Estoy entre sarracenos?..."; pide a Yago que le explique los motivos de semejante lucha: "...Honesto Yago, por el amor que me tienes, habla."

Yago, con estudiada y convincente actitud, se muestra dubitativo, temeroso de confesar a Otello el porqué de la disputa que acaba de tener lugar: "No sé... aquí no hace mucho, todos eran amigos, alegres... pero de pronto..." Cassio es incapaz de hablar y, cuando Otello se vuelve hacia Montano y descubre que está herido, siente que la sangre le hierve. Justo en ese momento aparece Desdémona y Otello, al ver que el sueño de su dulce esposa se ha visto alterado, destituye de inmediato a Cassio de su cargo de capitán. Yago no cabe en sí de gozo. Con gesto imperativo Otello ordena que cada cual se marche a su casa.


Otello y Desdémona se quedan solos. Después de la tempestuosa escena que acaba de tener lugar, la noche se ha quedado en completa calma; luce un cielo estrellado que invita a dejar volar la imaginación y el recuerdo. Es el momento de uno de los más bellos dúos de amor verdianos, estremecedor y emocionante como pocos: "Ya en la noche densa se extingue todo clamor..." Los esposos recuerdan cómo, al principio de conocerse, Otello relataba a Desdémona cómo había transcurrido su dura vida en el exilio, los grandes sufrimientos que había padecido, y cómo ella le escuchaba, arrebatada y con el corazón extasiado. Él se sentía bendecido por los suspiros y las lágrimas de ella que, piadosas, descendían sobre él para bendecirle. "Y tú me amabas por mis desventuras, y yo te amaba por tu piedad" dice él y, con inmensa dulzura, ella responde: "Y yo te amaba por tus desventuras, y tú me amabas por tu piedad" Con un profundo suspiro, temeroso de que la inmensa felicidad que siente en aquel instante se desvanezca, Otello abraza tiernamente a Desdémona y ambos se funden en un apasionado beso...


Continuára...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, www.youtube.com y flickr.com)

martes, 27 de marzo de 2012

BELCANTISMO VERSUS VERISMO

¿En qué ha de ponerse el énfasis? ¿en la belleza en la emisión del canto, o en el sentido teatral de la ópera de modo que ésta refleje, del modo más fiel posible, los conflictos de la sociedad del momento? Como todo en el arte, depende del gusto de cada cual.

El bel canto es el nombre que se da al canto italiano tradicional, basado en la belleza de la emisión vocal, en la homogeneidad del timbre de los cantantes, en el fraseo, la agilidad y la ornamentación de la voz y en el arte del legato (1). A tal fin, las arias de coloratura (2) permitían (y permiten, claro está) el lucimiento de los cantantes; a modo de ejemplo, escuchemos a la gran Claudia Muzio, interpretando "Casta diva..." de "Norma", de Bellini, en una grabación de 1935:

Claudia Muzio interpretando "Casta diva..." 
de Norma (Bellini) (fuente: www.youtube.com)

La técnica del bel canto nació con la ópera y fue cultivada por los primeros compositores y cantantes del Renacimiento; las características que debía tener el canto excluían cualquier intento de alcanzar efectos de violencia pasional o expresividad realista. Aunque evolucionó de modo considerable, el bel canto siguió vigente durante todo el siglo XVIII, con Paisiello, Cimarosa y la mayoría de los compositores italianos de este período; incluso los no italianos, como Mozart, siguieron adheridos a la estética belcantista.

A comienzos del siglo XIX, la ópera alemana se fue separando de esta técnica, bajo el impulso del romanticismo; en la ópera italiana, el bel canto fue arduamente defendido por Rossini. Escuchemos a la dulzura hecha canto que era Victoria de los Ángeles, interpretando "Una voce poco fa..." de "Il barbiere di Siviglia", de Rossini:

"Una voce poco fa...", de "Il barbiere di Siviglia",
de Rossini, en la voz de Victoria de los Ángeles
(fuente: www.youtube.com)

Continuadores como Bellini, Mercadante, Pacini y Donizetti trataron de salvaguardar la tradición belcantista. Deleitémonos con un precioso dúo: "Chiedi all'aura lusinghiera..." de "L'elisir d'amore", de Donizetti, en las voces de Angela Gheorghiu y Roberto Alagna:

Angela Gheorghiu y Roberto Alagna cantan
"Chiedi all'aura lusinghiera..." de "L'elisir d'amore"
de Donizetti (fuente: www.youtube.com)

Sin embargo, el mundo valoraba cada vez más los presupuestos estéticos del romanticismo que, en tiempos de Verdi, empezaron a resultar cada vez más incompatibles con el bel canto con lo que, en la etapa postromántica, los autores del verismo se apartaron definitivamente de él. 

La corriente operística del verismo surge en 1890 entre los compositores de la llamada Giovane scuola italiana, que querían presentar óperas que reflejaran los conflictos sociales, las pasiones humanas en su más pura esencia. Su arranque lo marca la "Cavalleria rusticana" de Pietro Mascagni; veamos la escena en la que Turiddu, que presiente su próximo fin, se despide de su madre:

Plácido Domingo canta
"Mamma, quel vino è generoso..." de
Cavalleria rusticana, de Mascagni
(fuente: www.youtube.com)

Otro gran exponente del verismo operístico es Ruggero Leoncavallo, con su "I pagliacci", que suele representarse junto a "Cavalleria rusticana"; de hecho, en el prólogo de "I pagliacci" se alude a los principios teatrales del verismo, como son...

Titto Gobbi como "Il prologo" de "I pagliacci" 
de Leoncavallo (fuente: www.youtube.com)

...realismo a ultranza, utilización restringida de los letimotiv (3), impulso vocal y orquestal hacia el agudo, canto sin ornamentaciones, etc. Otra característica destacada es la sustitución de la obertura por los intensos intermezzi orquestales, situados en algún entreacto o en medio de la acción. Volviendo a "Cavalleria rusticana", su famosísimo intermedio llega como un necesario remanso de paz en la acción, tras la violenta escena que acaba de tener lugar entre Santuzza y Alfio. Escuchémoslo:

Intermezzo de "Cavalleria rusticana"
(fuente: www.youtube.com)

En lo que se refiere a la pertenencia o no de Puccini al verismo, hay opiniones diversas; de cualquier forma, no puede negarse que en sus óperas aparecen detalles de un realismo narrativo muy cuidadoso, como el sonido de las campanas de las iglesias romanas en Tosca (tan exigente fue Puccini en este punto que la editora Ricordi hizo crear un instrumento que reflejara con exactitud el tañido que el compositor había escrito en la partitura).

Los cambios en la literatura italiana llevaron al agotamiento de los contenidos veristas de las óperas. La técnica de los cantantes nacidos después de 1850 se apartó cada vez más del bel canto, cuya tradición llegó a perderse, hasta que después de 1945 se fue recuperando con la entusiasta colaboración de algunos cantantes lo que permitió, en las últimas décadas del siglo XX, la recuperación de una notable cantidad de óperas olvidadas de autores belcantistas.

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.youtube.com)


(1)legato: modo de ejecución de notas musicales, en el que se ejecuta un grupo de ellas de diferentes frecuencias sin articular una separación interrumpiendo el sonido.
(2)coloratura: capacidad de la voz lírica de ejecutar sucesiones de notas rápidas.
(3)leitmotiv: tema musical recurrente en una composición.

domingo, 12 de junio de 2011

VOCES PARA LA HISTORIA: PLÁCIDO DOMINGO

Hablemos hoy de otra gran y versátil figura de la lírica española, de extensísima y enormemente fructífera carrera: Plácido Domingo.

Datos biográficos y carrera artística
José Plácido Domingo Embil nació en Madrid (concretamente en la calle de Ibiza), el 21 de enero de 1941; es hijo de los cantantes de zarzuela Plácido Domingo y Pepita Embil.Por cantar la canción "Granada" de Agustín Lara desde muy pequeño, es conocido en su familia como "El Granado". En 1949 su familia se trasladó a la Ciudad de México para trabajar en teatro musical y pronto destacó en las lecciones de piano, para luego estudiar en la Escuela Nacional de Artes y en el Conservatorio Nacional de Música de la capital mexicana, donde estudió piano y dirección de orquesta. Allí conoció, en 1957, a la pianista Ana María Guerra Cué, con la que se casó y tuvo a su primogénito, José Plácido Domingo Guerra, nacido el 16 de junio de 1958. El matrimonio no duró. En 1962 se casó con la soprano veracruzana Marta Ornelas, a quien conoció estando en el conservatorio.

Comenzó su carrera de cantante como barítono; debutó en escena el 12 de mayo de 1959 en el teatro Degollado de Guadalajara, México, como Pascual en "Marina", de Arrieta. A continuación interpretó el papel de Borsa en "Rigoletto", de Verdi, el de Padre Confesor en "Diálogos de Carmelitas", de Francisc Poulenc y otros. Más tarde debutó como tenor interpretando a Alfredo en "La traviata", en el teatro María Teresa Montoya de la ciudad de Monterrey. Posteriormente, siguió interpretando zarzuela con sus padres.


En 1962 se unió a la Ópera de Tel Aviv, Ópera Nacional de Israel, en la cual nació su fama. Pasó allí dos años y medio y cantó 280 representaciones. Tras dejar Israel, la esposa de Plácido Domingo abandonó su carrera como cantante para dedicarse al cuidado de sus hijos: Plácido Jr., nacido en 1965 y Álvaro, nacido en 1968. Posteriormente, se ha dedicado a la dirección de escena.

En 1966, Plácido Domingo cantó el papel titular en el estreno estadounidense de "Don Rodrigo", de Alberto Ginastera, en la New York City Opera, con gran éxito. Se dio a conocer internacionalmente con su debut en Hamburgo en 1967 como Mario Cavaradossi en "Tosca", de Puccini. Actuó por primera vez en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 28 de septiembre de 1968 en "Adriana Lecouvreur", de Francisco Cilea, cantando con Renata Tebaldi; desde entonces, ha abierto la temporada de este teatro en veintiuna ocasiones, superando el récord anterior, que estaba en poder de Enrico Caruso, con cuatro. Escuchémosle en su primer recital, en 1968, cantando "La dolcissima effigie", de "Adriana Lecouvreur", de Cilea:



Durante los años sesenta realizó numerosos debuts en los Estados Unidos, sobre todo en Nueva York y San Francisco, aunque tampoco dejó de hacer giras en ciudades de Europa. Debutó en la Ópera Estatal de Viena en 1967 y en la Ópera Lírica de Chicago en 1968. En 1969 actuó en el Teatro La Scala, en el Teatro Municipal de Santiago y en la Ópera de San Francisco, en 1971 en el Convent Garden y en 1972 en el Teatro Colón de Buenos Aires. Ha cantado en prácticamente todos los teatros de ópera importantes del mundo, y en los principales festivales. Ha trabajado, entre otros directores de orquesta, con Herbert von Karajan, Zubin Metha, James Levine y Carlos Kleiber.

Quizá sea el más versátil de todos los tenores vivos. Su repertorio es muy variado y comprende varios idiomas: ha cantado en italiano, francés, alemán, español, inglés y ruso; Y ha interpretado obras desde Haëndel y Mozart hasta Alberto Ginastera, Gustav Mahler y Tan Dun. Incluso grabó el Tema Oficial de la Copa FIFA de fútbol para la Copa del Mundo España 1982. Veámosle en una versión filmada de "La traviata", de Verdi, junto a Teresa Stratas; el film, de Franco Zefirelli, es de 1982:


En escena, ha representado más de noventa papeles diferentes y, si se incluyen las grabaciones, sobrepasa los ciento veinte. Su principal repertorio, no obstante, es italiano, francés y alemán. En italiano ha interpretado, de Verdi: "Il trovatore" ("Di quella pira"), "Don Carlo" y "Otello", de Puccini: "Tosca" y "Turandot"; en francés ha interpretado: "Faust", de Gounod, "Werther", de Massenet, "Carmen", de Bizet ("La fleur que tu m'avais jetée"), "Samson et Dalila", de Saint Saëns y "Les contes d'Hoffmann", de Offenbach. Ha representado con éxito papeles wagnerianos, en particular "Lohengrin", "Parsifal" (destacadísima representación la de 1991) y "Die Walküre", tanto en el Festival de Bayreuth como en otros teatros de ópera. En el siguiente vídeo canta "E lucevan le stelle", de "Tosca", de Puccini, en la versión filmada de esta ópera que dirigió, en 1992, Franco Zefirelli:


Sigue añadiendo óperas a su repertorio, como la reciente obra de Franco Alfano "Cyrano de Bergerac", en el Metropolitan Opera House de Nueva York y en la Royal Opera House de Londres; también, la ópera "El primer emperador de China (Quin Shihuang)", de Tan Dun (2006), con puesta en escena del director de cine chino Zhang Yimou.

La ópera barroca también forma parte de su repertorio; debutó en este género en 2008 interpretando el papel de Bajazet en la obra "Tamerlano", de Georg Friedrich Haëndel, en el Teatro Real de Madrid. En ese mismo año participó en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Pekín.

Después de siete años de ausencia en la ciudad de México, ofreció el 19 de diciembre de 2009 un concierto al aire libre al pie del "Monumento a la Independencia" de dicha ciudad, en el que se hizo acompañar por primera vez por su hijo Plácido Jr. y las intérpretes mexicanas Eugenia Garza, María Alejandres y Olivia Gorra, cantando arias de ópera, zarzuela, poemas, música ranchera y tradicionales canciones navideñas.

Otros logros
En los primeros años del siglo XXI ha intensificado su labor, además de como artista, como director de orquesta, tanto de óperas como de orquestas sinfónicas. Dirigió por primera vez el 7 de octubre de 1973, con "La traviata", de Verdi, en la New York City Opera. Obtuvo un gran éxito con "Carmen", de Bizet, para la Exposición Universal de Sevilla en 1992. Dirigió la Orquesta Sinfónica de Montreal el 8 de noviembre de 2005.

Desde 1996 es director artístico de la Ópera Nacional de Washington, radicada en el Kennedy Center, dentro de la capital estadounidense. En 1998 fue nombrado director artístico de la Ópera de Los Ángeles, de la que se convirtió en director general en 2003.

Entre sus récords está el haber recibido una hora de aplausos en la Ópera de Viena después de cantar "La bohème", de Puccini, una marca recogida incluso por el Libro Guinness, o haber reunido en un concierto a 400.000 personas en el Central Park neoyorquino, pese a la lluvia.

Con Josep Carreras y Luciano Pavarotti, formó en 1990 la célebre sociedad artística "Los Tres Tenores" en Roma, con motivo del Mundial de fútbol Italia 1990. El evento fue concebido, originariamente, para recaudar dinero con destino a la Fundación Internacional contra la leucemia José Carreras; sin embargo, posteriormente se ha repetido en los tres siguientes mundiales: Los Ángeles (1994), París (1998) y Yokohama (2002). Estas actuaciones de los tres tenores, junto al director de orquesta Zubin Mehta, pretenden acercar la ópera al gran público, lo cual no ha estado exento de controversia.

En 1993 fundó Operalia, concurso para jóvenes cantantes de ópera (del que han salido figuras como José Cura, Inva Mula o Ainhoa Arteta, por ejemplo).

En su repertorio se incluyen, además de óperas, canciones navideñas, canciones infantiles, música mexicana con mariachi y música lationamericana. En 2002 grabó el himno del centenario del Real Madrid CF, canción que interpretó bajo la lluvia en el estadio Santiago Bernabéu. Ha hecho asimismo incursiones en la música pop.

Ha recibido numerosas distinciones, entre las que se encuentra el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, en 1991.

En cuanto a su discografía, es tan extensa y variada como su carrera artística (lógicamente). Personalmente, y aunque hay muchas destacables, me quedaría con una grabación vídeo, de 1982, de "Carmen" de Bizet, junto a Teresa Berganza y Ruggero Raimondi; los tres están impresionantes. Y en audio, aunque del mismo modo hay muchas grabaciones suyas estupendas, escogería un "Otello" de Verdi, con Cheryl Studer, del año 1994.

Labor altruísta
El 19 de septiembre de 1985, en el mayor terremoto registrado hasta entonces en la historia de México, que devastó parte de la capital, sobre todo en la zona del Centro Histórico y algunos barrios o colonias cercanas, fallecieron su tía, su tío, un sobrino y el hijo de éste último, al caerse el bloque de apartamentos "Edificio Nuevo León" en el complejo urbanístico "Tlateloclo". El propio Plácido Domingo intervino en las labores de rescate. A lo largo del año siguiente, dio conciertos benéficos para las víctimas y publicó un álbum de uno de tales eventos.

El 21 de agosto de 2007, en reconocimiento a su labor artística y a su ayuda a las víctimas del terremoto de 1985, el artista fue homenajeado en la capital mexicana con una estatua en su honor, fundida a partir de llaves donadas por la población; la pieza, obra de la escultora Alejandra Zúñiga, mide dos metros, pesa cerca de trescientos kilogramos y forma parte del proyecto "Grandes valores". Como parte de sus actos altruístas, Plácido Domingo ha regalado casas a familias sin recursos en México, sobre todo por los daños del huracán "Paulina" en "Guerrero". A raíz de estos desastres, el tenor donó sus ganancias de todo un año. La constructora diseñó y "bautizó" con el nombre de "Plácido" a un modelo de casa de la que se construyeron miles.

El 18 de diciembre de 2009 fue declarado "Huésped distinguido" de la Ciudad de México por parte del jefe de gobierno capitalino Marcelo Ebrard. El 13 de septiembre de 2010, la LIX legislatura del honorable "Congreso del Estado de Guerrero" le entregó la presea "Sentimientos de la Nación", máxima condecoración que otorga el Congreso del Estado a personalidades distinguidas, dentro del marco del "Primer Congreso de Anáhuac" o "Congreso de Chilpancingo". Plácido Domingo se ha hecho acreedor a esta medalla por su gran laboral altruísta.

El 21 de enero de 2011, día de su 70 cumpleaños, fue homenajeado con una función de gala en el Teatro Real de Madrid, a la que asistieron, entre otras personalidades, la reina Sofía, que acompañó al tenor en el Palco Real.

Para terminar, escuchémosle en "Le villi", de Puccini: "Torna ai felici di".

(Fuentes: wikipedia, http://www.youtube.com/ y flickr.com).

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