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| Bellísimo paisaje asturiano |
Acto IV
El último acto de esta apasionante historia comienza en el palacio de Abdel, en una sala cerrada que conduce a las prisiones de la torre; en ella, podemos distinguir dos puertas laterales. La claridad del sol se cuela por una reja situada en la parte superior. Al fondo, un mirador practicable, que deja ver a alguna distancia la ciudad de Gijón.
Vemos a Blanca, sola y sumamente agitada; se acerca al mirador y, mientras contempla a lo lejos la ciudad, se entrega a un triste canto de dolor, dividida como está su corazón entre su padre y su amado, enfrentados en la cruel batalla que está teniendo lugar. De fondo, las trompetas ponen un triste énfasis en sus palabras. Escuchemos su desgarrador desconsuelo:
Aparece Abdel, pálido y muy agitado. Mientras se dirige a una de las puertas de la sala ve a Blanca, se detiene y la mira un momento con enojo; después se acerca a ella y, con acento de infernal ironía le pregunta: "¿Orabas?". Blanca vuelve de su enajenación y se incorpora y Abdel, ebrio de ira, se recrea en el dolor de la muchacha y le aconseja que ruegue, que llore y que pida a Dios que perdone sus culpas. Aterrada e inmóvil, Blanca escucha a continuación un torrente de palabras que la ira, la rabia y el despecho hacen salir de labios de Abdel: "¡Vuelve la vista a la humeante sangre que corre... Embriágate en el placer de ver morir a los míos...!" le dice, fuera de sí. La muchacha, suplicante, trata en vano de calmar el furor del árabe.
De pronto, desde fuera llegan voces que vitorean a Pelayo: "¡Viva el héroe de Asturias!". "¡Él vencedor! ¿Quién lo salvó?" pregunta Abdel, atónito; al ver cómo Blanca cae a sus pies, espantada, comprende y la maldice: "...Has abierto un abismo y en él nos sepultaremos entrambos..." Las voces que lanzan vivas al aire se acercan mientras Abdel, fuera de sí, coge a Blanca por los cabellos y la arrastra consigo. "Suya serás, pero muerta" asegura, al tiempo que saca un puñal de la cintura y la hiere. Las puertas se abren con violencia. Guerreros y pueblo español, a cuya cabeza viene Pelayo, entran en tropel. Abdel, no hallando por dónde huir, se precipita por el mirador.
Pelayo, al ver a su hija, corre hacia ella con la mayor desesperación. El horror hace presa en todos los presentes. Socorrida por Giralda, Blanca se incorpora y se abandona en los brazos de su padre; y en un conmovedor "canto del cisne" le pide que le estreche en su seno, que ponga su corazón sobre el de él: "...Perdóname... que tu perdón me abra las puertas del cielo... Abrázame, padre mío... Adiós para siempre" Blanca expira y cae sobre los brazos de Giralda; todos los presentes, transidos de dolor juran venganza eterna contra el árabe. Escuchemos, como dramático broche final a esta serie de entradas sobre "Pelagio", cómo Blanca se despide de su padre, de su pueblo, y de todos nosotros:











