![]() |
| Paisaje asturiano |
Estancia en las habitaciones de Abdel. El techo es de madera de cedro, embutido de oro y azul; lo sostienen ligeras columnas de alabastro, por entre las cuales se distinguen elegantes arcadas, que dejan ver dos torres contiguas. El fondo de la estancia sale a un ancho balcón, a través del cual se divisan colinas y bosques, y más cerca, la ciudad de Gijón. Vemos también dos puertas laterales. La estancia está amueblada con otomanas y sofás, con telas recamadas de oro y plata.
Vemos a Blanca, sola. Entra Aliatar y le anuncia que un hombre espera fuera, para hablarle. Blanca se sobresalta cuando Aliatar añade: "...Dice que era amigo del difunto Pelayo". Al poco, vemos entrar al misterioso personaje, embozado hasta los ojos con su larga capa. Enigmático, se presenta a Blanca como aquel que "...debía haber llegado hasta ti mucho antes"; a continuación explica a la muchacha que, tras la terrible batalla, sostuvo a su padre entre sus brazos y que éste, en sus últimos instantes, le pidió que la consolara; asimismo, le rogó que dijese a Blanca que, además de conservarle en su memoria, respetase en él la patria. Sin embargo "...Has despreciado sus cenizas." afirma aquel hombre; "...Has jurado amar a un impío..." continúa. Blanca se defiende alegando que, si lo ha hecho, ha sido para salvar de la destrucción a los suyos. El hombre, cada vez más airado, anuncia que se abre la tumba y que "...sale de ella tu padre... Soy tu padre."
![]() |
| Don Pelayo |
Blanca, estupefacta, se abalanza hacia él, para abrazarle; pero Pelayo la rechaza, y la muchacha se deja caer, abatida y llorosa, sobre un sofá. La ira del padre es tan intensa, o más, que la desesperación de su hija. A pesar de todo, Pelayo le ofrece una posibilidad de enmendar su culpa: "...Cierra tu corazón al amor del tirano..." le dice. Blanca casi se decide a seguirle, pero en ese momento se escucha la voz de Abdel, y la muchacha se detiene. Pelayo la mira fijamente y con sorpresa.
Hechizada por la voz del moro, Blanca se resiste al abrazo de Pelayo, que siente renacer su ira. "Perdóname..." le dice Blanca, con resolución "...Ahora soy esposa." Desesperado, Pelayo maldice a su hija, afirmando que debería morir antes que ceder al amor del impío; y añade: "...no te acuerdes de que tienes padre... yo no lo soy para ti." A continuación, llevado de un furor extremo, Pelayo huye por donde ha entrado. Blanca, que apenas puede sostenerse, se retira.
Entra Asan y, con la mayor cautela, mira por donde marchó Pelayo, y se queda rezagado por algunos momentos. Aparece también Abdel. Con enojo contenido, Asan trata de hacer ver a Abdel que el hombre que se acaba de marchar, que ellos creen que es un amigo de Pelayo, puede que esté conspirando con Blanca contra ellos; al fin y al cabo, su padre fue muerto a manos de los musulmanes. Pero Abdel no puede creerlo. Sin embargo, los hechos que van a ocurrir a continuación, le dicen que quizá Asan tenga razón...
Entra Aliatar, acompañado de un grupo de árabes y, tremendamente preocupado, le comunica a Abdel que los españoles se están reuniendo en las vecinas montañas para preparar un golpe formidable, y que entre ellos se encuentra el hombre que ha estado hace poco en esa misma estancia. "¿Y dudas todavía?" dice Asan. Abdel, desengañado y herido en lo más profundo, declara que, desde ese día, el corazón del árabe será tan fiero en el enojo como fue pacífico en el amor. Gijón está condenada.
(Fuentes: Libreto de "Pelagio", arteyfotografia.com.ar y www.youtube.com)








Sigue adelante la historia de Pelagio. Ávidamente y cabalgando sin desmayo por la trama central entre Pelayo y su hija Blanca, y la relación imposible con Abdel. El argumento está relatado de la forma más clara imaginable. Y los fragmentos musicales se abren camino con el deseo de seguir engullendo las nuevas melodías...
ResponderEliminar