Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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jueves, 9 de agosto de 2012

"PELAGIO", EL PRIMER REY DE ASTURIAS SEGÚN MERCADANTE (V)


Bellísimo paisaje asturiano

Acto IV
El último acto de esta apasionante historia comienza en el palacio de Abdel, en una sala cerrada que conduce a las prisiones de la torre; en ella, podemos distinguir dos puertas laterales. La claridad del sol se cuela por una reja situada en la parte superior. Al fondo, un mirador practicable, que deja ver a alguna distancia la ciudad de Gijón.

Vemos a Blanca, sola y sumamente agitada; se acerca al mirador y, mientras contempla a lo lejos la ciudad, se entrega a un triste canto de dolor, dividida como está su corazón entre su padre y su amado, enfrentados en la cruel batalla que está teniendo lugar. De fondo, las trompetas ponen un triste énfasis en sus palabras. Escuchemos su desgarrador desconsuelo:


Aparece Abdel, pálido y muy agitado. Mientras se dirige a una de las puertas de la sala ve a Blanca, se detiene y la mira un momento con enojo; después se acerca a ella y, con acento de infernal ironía le pregunta: "¿Orabas?". Blanca vuelve de su enajenación y se incorpora y Abdel, ebrio de ira, se recrea en el dolor de la muchacha y le aconseja que ruegue, que llore y que pida a Dios que perdone sus culpas. Aterrada e inmóvil, Blanca escucha a continuación un torrente de palabras que la ira, la rabia y el despecho hacen salir de labios de Abdel: "¡Vuelve la vista a la humeante sangre que corre... Embriágate en el placer de ver morir a los míos...!" le dice, fuera de sí. La muchacha, suplicante, trata en vano de calmar el furor del árabe.

De pronto, desde fuera llegan voces que vitorean a Pelayo: "¡Viva el héroe de Asturias!". "¡Él vencedor! ¿Quién lo salvó?" pregunta Abdel, atónito; al ver cómo Blanca cae a sus pies, espantada, comprende y la maldice: "...Has abierto un abismo y en él nos sepultaremos entrambos..." Las voces que lanzan vivas al aire se acercan mientras Abdel, fuera de sí, coge a Blanca por los cabellos y la arrastra consigo. "Suya serás, pero muerta" asegura, al tiempo que saca un puñal de la cintura y la hiere. Las puertas se abren con violencia. Guerreros y pueblo español, a cuya cabeza viene Pelayo, entran en tropel. Abdel, no hallando por dónde huir, se precipita por el mirador.

Pelayo, al ver a su hija, corre hacia ella con la mayor desesperación. El horror hace presa en todos los presentes. Socorrida por Giralda, Blanca se incorpora y se abandona en los brazos de su padre; y en un conmovedor "canto del cisne" le pide que le estreche en su seno, que ponga su corazón sobre el de él: "...Perdóname... que tu perdón me abra las puertas del cielo... Abrázame, padre mío... Adiós para siempre" Blanca expira y cae sobre los brazos de Giralda; todos los presentes, transidos de dolor juran venganza eterna contra el árabe. Escuchemos, como dramático broche final a esta serie de entradas sobre "Pelagio", cómo Blanca se despide de su padre, de su pueblo, y de todos nosotros:



(Fuentes: Libreto de "Pelagio", vuelomania.com y www.youtube.com)

domingo, 5 de agosto de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS SEGÚN MERCADANTE (IV)


Amanecer en las montañas asturianas

Acto III
Son las inquietantes horas inmediatamente anteriores a la batalla. Estamos en un paraje rodeado de rocas y bosques, entre los cuales se distinguen senderos practicables. A un lado, al fondo, corre un río. Cierra la perspectiva una cordillera de altas montañas. Está a punto de amanecer.

Aparece Mendo, seguido de algunos españoles. Unos a otros se dan ánimos, seguros de que, por Asturias y por España, vencerán a los "árabes altaneros". Llega una barca por el río; es Pelayo, que viene a reunirse con ellos. Todos a coro, gritan: "¡Muerte a los moros!..." En nombre de los demás y en el suyo propio, Mendo pide a Pelayo que sea el caudillo que guíe el destino de un pueblo vilipendiado, que sea su rey y salve a España. Pelayo se enternece: "En mis ojos no había lágrimas ya, ni aún por la hija que he perdido... pero jamás ha bañado mis mejillas un llanto tan dulce como el que se vierte sobre ellas en este momento..."

De pronto, llega un mensajero, un gijonés que anuncia que el árabe ha promulgado una ley en virtud de la cual los cristianos deberán renegar de su religión. Indignado y resuelto, Pelayo se vuelve a Mendo y al resto de españoles y jura que el infiel pagará con su sangre este delito: "...que el nombre de los españoles no se transmita envilecido a las edades futuras... Patria mía, tu fe pura no sufrirá alteración ni oprobio..."

Gabinete de un palacio árabe

La acción se traslada ahora a una habitación en el palacio de Abdel quien, a solas, se entrega a un soliloquio en el que se estremece, traspasado por el dolor de lo que él cree una traición de Blanca. Se pregunta por qué ella no se ha atrevido a presentarse ante él, aunque sus súplicas no podrían ablandar su corazón enfurecido. Escuchémosle:


Llega Asan y le anuncia que el misterioso hombre que estuvo allí mismo con Blanca, ha caído en sus manos. Entusiasmado, Abdel ordena que le traigan a su presencia.

Conducido entre los guardias árabes, Pelayo queda inmóvil sobre el dintel de la puerta. "Te hago venir para que me descubras quién eres, y con qué objeto has venido aquí." A una seña de Abdel, los guardias se retiran.

Pelayo permanece aparentemente calmado mientras Abdel, con fiero enojo, le interroga acerca de sus intenciones al hablar con Blanca. Cuanto más tranquilo se muestra Pelayo, más furioso se pone Abdel, que acaba por abalanzarse sobre Pelayo, puñal en mano... pero lo detiene el brazo de Blanca que, al grito de "¡Es mi padre!" sale precipitadamente de una estancia contigua. 

Sin acobardarse en ningún momento, Pelayo desafía aún a Abdel que, estupefacto, siente que un extraño pavor hiela su pecho, un terror que le ha impedido herir a Pelayo. Blanca se acerca a su padre y, en voz baja, le suplica que guarde silencio; a continuación, se dirige a Abdel y le ruega que respete la vida de su padre.

Aparece Asan, que llega visiblemente preocupado; anuncia que, nada más ser publicada la ley que fuerza a los cristianos a renegar de su religión, el pueblo de Gijón se ha negado a obedecerla y, con la mayor audacia, corre a proveerse de armas. A pesar de todo, Abdel no tiene ningún miedo; ordena que encierren a Pelayo en la torre y le anuncia que, antes de darle muerte, le obligará a presenciar el castigo de los suyos, para gozarse en su desesperación.

Mientras Blanca suplica una y otra vez, en vano, Pelayo desafía al árabe, pero éste le asegura que la audacia de los cristianos no es sino un débil soplo que no desbaratará el aliento de sus intrépidas huestes, que destruirán todo cuanto se oponga a su paso. Giralda trata de consolar a Blanca: "Calma tu dolor, desgraciada, Dios no nos abandonará."

Para finalizar la entrada de hoy, escuchemos el trepidante final de este Acto III y cómo, desde que llega Asan y anuncia que el pueblo de Gijón se ha alzado en armas como respuesta a la ley que les obliga a renunciar a su fe, la acción se precipita ya definitivamente hacia un final que tememos trágico:


Continuará...

(Fuentes: Libreto de "Pelagio", arteyfotografia.com y www.youtube.com)

miércoles, 1 de agosto de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS SEGÚN MERCADANTE (III)



Paisaje asturiano

Acto II
Estancia en las habitaciones de Abdel. El techo es de madera de cedro, embutido de oro y azul; lo sostienen ligeras columnas de alabastro, por entre las cuales se distinguen elegantes arcadas, que dejan ver dos torres contiguas. El fondo de la estancia sale a un ancho balcón, a través del cual se divisan colinas y bosques, y más cerca, la ciudad de Gijón. Vemos también dos puertas laterales. La estancia está amueblada con otomanas y sofás, con telas recamadas de oro y plata.

Vemos a Blanca, sola. Entra Aliatar y le anuncia que un hombre espera fuera, para hablarle. Blanca se sobresalta cuando Aliatar añade: "...Dice que era amigo del difunto Pelayo". Al poco, vemos entrar al misterioso personaje, embozado hasta los ojos con su larga capa. Enigmático, se presenta a Blanca como aquel que "...debía haber llegado hasta ti mucho antes"; a continuación explica a la muchacha que, tras la terrible batalla, sostuvo a su padre entre sus brazos y que éste, en sus últimos instantes, le pidió que la consolara; asimismo, le rogó que dijese a Blanca que, además de conservarle en su memoria, respetase en él la patria. Sin embargo "...Has despreciado sus cenizas." afirma aquel hombre; "...Has jurado amar a un impío..." continúa. Blanca se defiende alegando que, si lo ha hecho, ha sido para salvar de la destrucción a los suyos. El hombre, cada vez más airado, anuncia que se abre la tumba y que "...sale de ella tu padre... Soy tu padre."

Don Pelayo

Blanca, estupefacta, se abalanza hacia él, para abrazarle; pero Pelayo la rechaza, y la muchacha se deja caer, abatida y llorosa, sobre un sofá. La ira del padre es tan intensa, o más, que la desesperación de su hija. A pesar de todo, Pelayo le ofrece una posibilidad de enmendar su culpa: "...Cierra tu corazón al amor del tirano..." le dice. Blanca casi se decide a seguirle, pero en ese momento se escucha la voz de Abdel, y la muchacha se detiene. Pelayo la mira fijamente y con sorpresa.

Hechizada por la voz del moro, Blanca se resiste al abrazo de Pelayo, que siente renacer su ira. "Perdóname..." le dice Blanca, con resolución "...Ahora soy esposa." Desesperado, Pelayo maldice a su hija, afirmando que debería morir antes que ceder al amor del impío; y añade: "...no te acuerdes de que tienes padre... yo no lo soy para ti." A continuación, llevado de un furor extremo, Pelayo huye por donde ha entrado. Blanca, que apenas puede sostenerse, se retira.

Entra Asan y, con la mayor cautela, mira por donde marchó Pelayo, y se queda rezagado por algunos momentos. Aparece también Abdel. Con enojo contenido, Asan trata de hacer ver a Abdel que el hombre que se acaba de marchar, que ellos creen que es un amigo de Pelayo, puede que esté conspirando con Blanca contra ellos; al fin y al cabo, su padre fue muerto a manos de los musulmanes. Pero Abdel no puede creerlo. Sin embargo, los hechos que van a ocurrir a continuación, le dicen que quizá Asan tenga razón...

Entra Aliatar, acompañado de un grupo de árabes y, tremendamente preocupado, le comunica a Abdel que los españoles se están reuniendo en las vecinas montañas para preparar un golpe formidable, y que entre ellos se encuentra el hombre que ha estado hace poco en esa misma estancia. "¿Y dudas todavía?" dice Asan. Abdel, desengañado y herido en lo más profundo, declara que, desde ese día, el corazón del árabe será tan fiero en el enojo como fue pacífico en el amor. Gijón está condenada.



(Fuentes: Libreto de "Pelagio", arteyfotografia.com.ar y www.youtube.com)

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