Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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viernes, 1 de febrero de 2013

EL TEMIBLE LEÓN DE SAN MARCOS (II)


Acto II

La escena vuelve a presentarnos, con más crudeza aún si cabe, las mazmorras del Palacio Ducal. Son varios los infortunados que viven allí en una noche perpetua, en un continuo sometimiento al poder de sus carceleros. Jacopo, desde su jaula, entona un triste canto que muestra cómo se va hundiendo, más y más en la desesperanza ("Notte, perpetua notte..."). Asombrosa la forma en la que Iván Magrì interpreta, el modo en que logra dar veracidad a su personaje, aún desde el diminuto espacio en el que está encerrado. Los fantasmas de los que, antes de él, sufrieron tortura en aquel mismo lugar, se le aparecen y le atormentan hasta tal punto que, exhausto, Jacopo acaba por desmayarse.

Al poco, aparece Lucrecia, cuya firme decisión ha podido salvar los obstáculos que, sin duda alguna, ha tenido en su camino hasta allí. Aliviada, comprueba que su marido aún está vivo y, con enorme ternura, le ayuda a salir de la jaula. Bellísimo dúo el que nos ofrecieron Guanqun Yu e Iván Magrì, con una perfecta conjunción de sus voces, y una conmovedora interpretación. El soldado que custodia a Jacopo (Pablo García López), que le vigila en todo momento, como una sombra siniestra, muestra su dura altivez tanto a Jacopo como a Lucrecia. Ésta, mientras lava amorosamente las heridas de su esposo, le asegura que no va a morir, si bien la nueva pena a la que ha sido condenado es aún más cruel que la muerte, puesto que se trata de un nuevo exilio. Al tiempo que tiene lugar esta escena, los ecos lejanos de las canciones alegres de los gondoleros, marcan un duro contraste con aquel lugar de muerte y desolación.

De improviso, aparece Francesco, vestido con un sencillo manto negro que oculta su ilustre condición. Allí, por unos momentos, puede dejar de actuar como Dux, ser únicamente padre y decirle a su hijo que le quiere, que sólo fingía rigor hacia él. Ver actuar a Plácido Domingo, que es todo energía, que se entrega total y absolutamente en escena, sentir la intensidad con la que da vida a su personaje, resulta una experiencia inolvidable. Magnífico el terceto de Domingo, Magrì y Yu, que nos hicieron sentir la magia de una excelente interpretación.

El Dux debe marcharse, lo que provoca honda pena en los esposos. Al tiempo que Francesco hace ademán de retirarse, aparece Jacopo Loredano, interpretado de forma ejemplar por Giancula Buratto; convincente a más no poder, es el odio y la venganza hechos persona, que se alzan sobre los Foscari para determinar irremediablemente su destino. Mientras los tres desdichados sufren y maldicen a Loredano, éste expresa su ferviente deseo de que el preso sea conducido cuanto antes al exilio; la hora fatal, por la que tanto ha suspirado, está a punto de llegar.

La escena siguiente nos muestra, una vez más, al Consejo de los Diez, cuyos miembros insisten en que debe apresurarse la partida del traidor Foscari hacia Creta. Al fondo, parte de los decenviros, mientras recorren la escena de izquierda a derecha sobre una plataforma movediza, dan cuenta de un banquete pantagruélico, lo que hace que resalte aún más su omnímodo poder sobre los desdichados que, en las mazmorras, se mueren de hambre y de frío.
 
El Dux, que ha sido llamado por el Consejo, aparece con toda la solemnidad que requiere su condición, aunque sus gestos nos dicen que, por dentro, se siente destrozado ("...Sarò Doge nel volto, e padre in core..."). Entra Jacopo Foscari, escoltado por cuatro guardias. Su inseparable carcelero le entrega un papel en el que Jacopo ve confirmada su sentencia y, en un intento desesperado, ruega a su padre que interceda por él. Estremecedor el modo en que Domingo dibuja en su rostro las emociones del atormentado Dux que, aun sintiendo que el alma se le desgarra, no puede hacer nada por su hijo. Irrumpen de pronto en escena Lucrecia y los tres niños del matrimonio. Quizá sus lágrimas infantiles logren aplacar el rigor del Consejo... pero no, todo es inútil: Jacopo ha de prepararse para un nuevo y ya irremediable exilio. La compenetración entre todos los miembros de este excelente reparto es tal que la escena resulta impresionante.
 



Acto III

Sin perder en ningún momento de vista las mazmorras, que permanecen en un siniestro segundo plano, vemos cómo la alegría de los venecianos se desborda en una fiesta en la que hombres y mujeres, disfrazados, llenan el aire de risas y cantos, mientras contemplan divertidos los malabares de los artistas callejeros. Entre ellos, oculto asimismo por una máscara, se encuentra Loredano. Al son de la preciosa barcarola "Tace il vento..." tiene lugar una divertida parodia en la que, tras vencer en una supuesta regata, un gondolero recibe los parabienes de su amada, que le espera en la orilla, y que no es sino un hombre disfrazado de mujer. La alegría general se rompe cuando, de pronto, se escuchan las trompetas que anuncian el paso de la justicia del León. Las gentes, atemorizadas, huyen.
 
Aparece Jacopo, guardado siempre por una férrea vigilancia. Le acompañan Lucrecia y Pisana. Muy pronto, un mar se interpondrá entre los esposos, y el desdichado preso no desea otra cosa sino que sus aguas se lo traguen. Insta a su esposa para que se muestre digna hija de Contarini y esposa de Foscari, para que inspire en sus hijos la virtud y cuide a su anciano padre... Comienza, al fin, la venganza tan largo tiempo deseada por el cruel Loredano. Lo que ninguno de los presentes sabe es que Francesco, desde un rincón, oculto por un sencillo manto, no pierde detalle de esta escena... sus gestos de padre que, impotente, desea con toda su alma acudir junto a su hijo y no puede... aún ahora, recordando, se me saltan las lágrimas.
 
Una vez que el preso ha partido y todos los demás se han retirado, el Dux, a solas, se reprocha amargamente a sí mismo el no haber pronunciado una sola palabra para salvar a su inocente hijo. La corona no ha sido para él más que un peso inútil. Si, al momento de colocársela, le hubiese sobrevenido la muerte, sus cuatro hijos hubieran estado junto a él para darle el último adiós; en cambio, ahora, deberá enfrentarse solo a un sepulcro que siente cada vez más cercano.
 
Barbarigo, que irrumpe de pronto en escena, corta estas siniestras reflexiones de Francesco portando una carta de un tal Erizzo; escrita poco antes de morir, en ella confiesa ser el único autor de la muerte de Donato. La alegría del Dux, inmensa, sólo dura unos momentos, pues Lucrecia aparece de nuevo, con paso lento y aire alienado, y le comunica que ya no le queda ningún hijo... Su actitud nos dice que ella misma aún no puede creer lo que acaba de ocurrir. Nada más partir, el inocente Jacopo, expiró... El Dux y Barbarigo salen de escena y, a solas, Lucrecia desahoga su rabia y su dolor pidiendo venganza para su desdichado esposo. En un rincón, se inclina para contemplar las aguas de la laguna... las aguas a las que Jacopo pedía que se le tragasen... las aguas a las que, quizá, ella misma siente la tentación de arrojarse.
 

 
La plataforma movible trae de nuevo hasta nosotros a Francesco, que se encuentra en su dormitorio, acostado en su cama. Su fiel sirviente (Mattía Olivieri) le anuncia la visita del Consejo de los Diez; el Dux, extrañado y receloso, les hace pasar. Loredano (Giancula Buratto), que actúa como portavoz, y que apenas puede disimular que no cabe en sí de gozo, anuncia cuál es el motivo de esa inesperada visita: el Consejo, considerando el profundo dolor que embarga al Dux y sus muchos años de servicio a la patria, ha decidido concederle un merecido descanso.
 
Tamaña desfachatez, tan insultante hipocresía provoca la ira de Foscari, que estalla en una violenta invectiva en la que echa en cara a tan "ilustres" señores, con toda la dureza del guerrero que aún vive en él, cómo durante siete lustros, desde que subiera al trono, dos veces quiso abdicar y las dos veces no le dejaron; es más, le obligaron a jurar que moriría como Dux. Así pues, asegura que ningún poder humano logrará arrebatarle la corona, pues un Foscari no falta jamás a su palabra. En un ruego similar al que (unas cuantas óperas más tarde) lanzará el anciano Rigoletto a los cortesanos, respecto de su hija, Francesco suplica a los decenviros que le devuelvan a su hijo... Es el último desahogo de un alma atormentada, que necesita sacar de sí toda la amargura que lleva dentro... Al Dux ya no le queda sino obedecer y, vencido, entrega al fin el anillo ducal.
 
Lucrecia, que había permanecido en un discreto segundo plano, acude para dar el brazo a su suegro y marcharse con él de allí. Justo cuando se disponen a retirarse, comienzan a repicar de fondo las campanas que anuncian que ha sido elegido un nuevo Dux. Para Foscari, ese lúgubre tañer, que resuena en su alma con acento de bronce, es el golpe definitivo que le hace caer fulminado al suelo, muerto.
 
 
 
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Desde este pequeño rincón, quiero dar un profundo gracias a todos y cada uno de los integrantes de este fantástico reparto de "I due Foscari", por entregarse de tal modo en escena y ofrecernos una representación que para mí es y será inolvidable.

jueves, 31 de enero de 2013

EL TEMIBLE LEÓN DE SAN MARCOS (I)


Este año se cumplen doscientos desde que viniera al mundo el gran maestro Giuseppe Verdi y, para celebrarlo, su obra sube a los escenarios de todo el mundo devolviéndole así, de algún modo, a la vida. Entre los homenajes a tan insigne cumpleañero, se encuentra la ópera que se representa estos días en Valencia "I due Foscari", una de las primeras de su repertorio, de la que ya he hablado en las entradas inmediatamente anteriores a ésta. Yo asistí a la función del pasado domingo, veintisiete de enero fecha que era, además, el aniversario de la muerte del genial compositor de Busseto.
 
Volver a Valencia es reencontrarse con la luz, el sol y la alegría; en este caso, también supuso para mí el reencuentro con un gran amigo, el tenor Pablo García López, de quien ya os he hablado en este blog ("Una gran noche lírica"), que forma parte del fantástico reparto que, con Plácido Domingo a la cabeza, representa en el Palau de Les Arts este turbulento drama verdiano. Un viaje, pues, que antes de empezar se presumía agradabilísimo, y que acabó superando con creces todas mis expectativas.

Regresemos pues, si os parece, a las turbias aguas de la Venecia del medievo, enfangadas por la codicia, la envidia, la ambición, las ansias de venganza... por las oscuras pasiones humanas, en suma, que son reconocibles en todo tiempo y lugar. Antes de sumergirnos en ellas, quiero deciros que los vídeos que he seleccionado para ilustrar las diversas escenas pertenecen a una representación que tuvo lugar el 15 de septiembre de 2012, en Los Angeles; se trata de la misma producción que puede verse en el Palau de Les Arts y, en ella fueron Marina Poplavskaya y Francesco Meli quienes encarnaron a Lucrecia Contarini y a Jacopo Foscari respectivamente. En algunos casos, no he encontrado fragmentos cruciales, tales como el aria con el que se presenta Francesco Foscari en el primer acto: "Eccomi solo alfine..", por lo que pido disculpas. He optado por omitirlos, en lugar de sustituirlos por los correspondientes de otras grabaciones, a fin de mantener una cierta homogeneidad.

Palau de Les Arts
Acto I

Una tenue cortina cubre la escena y, sobre ella, se proyectan las tranquilas aguas de los canales venecianos que, al son de una leve brisa, bailan con reflejos de plata. La magnífica Orquesta de la Comunidad Valenciana, con el brillante Omer Meir Wellber al frente, comienza a entonar el Preludio, característicamente verdiano y, a medida que va desgranándolo, esas aguas se agitan, cada vez con más furia, y la ponzoña que hasta ese momento acechaba en lo más hondo, aflora y se revuelve con la sangre inocente que, como ya sabemos por las entradas anteriores y veremos después, se derramará como consecuencia del odio y de la venganza.

Sobre ese fondo tempestuoso, se van dibujando unas breves y certeras frases que nos ponen en antecedentes acerca de lo que va a ocurrir. En ellas se nos habla de que el reinado de Francesco Foscari, que unos cincuenta años atrás había sido investido con la dignidad de Dux de la República de Venecia había estado, desde el principio, muy lejos de ser un remanso de paz. Tres de sus hijos habían muerto, víctimas de la peste; el cuarto, Jacopo, había sido acusado y condenado al exilio por el asesinato de Pietro Loredano, aspirante al título de Dux al mismo tiempo que Francesco, y enemigo acérrimo de éste desde que fuera derrotado. Cuando comienza la acción, Jacopo se halla de nuevo en Venecia, a donde ha sido llamado para ser juzgado de nuevo, esta vez por un delito de alta traición.

Por fin, el velo que cubre la escena, se levanta... Ante nosotros se descubre un lugar escalofriante, dantesco; se trata del sótano del Palacio Ducal, que alberga las mazmorras, cuyos muros desgastados rezuman humedad, frío y muerte. Si el infierno existe, debe de ser un sitio parecido a aquél. El Consejo de los Diez, que es quien realmente gobierna Venecia, que tiene en su mano la vida y la muerte de los infelices que caen bajo sus garras, entona un intimidatorio número coral, magníficamente interpretado, en el que expresa su deseo de que el temor y el respeto que inspira el León de San Marcos (el símbolo, recordemos, de la República de Venecia) duren por siempre.

Entre los presos que son torturados en aquel lugar se encuentra el infeliz Jacopo Foscari encerrado, como si de un animal se tratara, en una jaula que pende del techo. Mientras aquel vejatorio cubículo desciende, el único hijo superviviente del Dux canta la alegría que siente al haber podido ver de nuevo su patria, a pesar de lo cruelmente que ésta se ha portado con él, a pesar de lo duro que le puede costar, y que ya le está costando, lo que ha hecho para poder regresar (la carta escrita, recordemos, a Francesco Sforza). Voz poderosa, pujante, la de Iván Magrì, que ya en esta primera escena nos presenta a un Jacopo que transmite un torrente de energía, aún en la terrible situación en la que se encuentra. Junto a Jacopo, vigilando cada uno de sus movimientos, sin separarse prácticamente de él, el soldado que guarda celosamente las llaves que abren y cierran aquella jaula, Pablo García López. Si bien su intervención es, vocalmente hablando, breve, no puede ser más convincente: voz enérgica, mirada torva, gestos intimidatorios de desprecio hacia el condenado...


Sin movernos de aquel lugar de horror y muerte, que pasa a un oscurecido segundo plano, una plataforma movediza trae hasta nosotros la siguiente escena. Es como si, desde aquella fría mazmorra, pudiéramos asomarnos a la sala en la que Lucrecia, la esposa del desdichado hijo del Dux, llora y se desespera. Sus damas tratan de calmarla, de contenerla, pero ella está decidida a ir a ver a su suegro, segura de hallar piedad en su corazón de padre al que, afirma, el trono no puede haber cambiado. Impresionante el caudal de voz de Guanqun Yu, de bellísimo timbre; una Lucrecia contenida que lucha por dominar la rabia y la impotencia que desbordan su corazón. Llama la atención la voz de Pisana (Marina Pinchuk), la fiel confidente de Lucrecia.


La plataforma se retira, y aparta de nuestra vista a Lucrecia y, con ella, a sus damas. De nuevo interviene el Consejo de los Diez; los decenviros comentan que, a pesar de que el reo calla, la carta escrita a Sforza, que ellos han interceptado, es una prueba irrefutable de su culpabilidad. El exilio será una justa pena para su probado delito de traición; de este modo, todos verán que la poderosa espada del león alado, si bien puede mostrarse magnánima, como en este caso, al permitir que el reo conserve la vida, no duda en caer sobre cualquiera que ose levantarse contra la República, aunque se trate del mismísimo hijo del Dux.

Quien viene ahora hasta nosotros es el propio Dux, ese gigante de la escena lírica que es Plácido Domingo quien, con una voz que no ha perdido un ápice de su lozanía, se mete en la piel de Francesco Foscari y transmite, de forma  magistral, el cúmulo de sentimientos contradictorios que atormentan a éste. La emoción fluye, como una corriente eléctrica, desde el escenario hacia el público... cada gesto, la entonación de cada palabra, son los de un hombre derrotado que, a pesar de todo, siente que ha de sacar fuerzas de donde sea para cumplir con su deber pues, antes que nada y por encima de cualquier otra cosa, es el Dux. Ya que sus ojos están secos, es su corazón el que llora... ¡cómo lloré yo también!

El sirviente, Mattia Olivieri, con su poderosa y rotunda voz de barítono, anuncia la visita de la ilustre dama Foscari. Aparece de nuevo Lucrecia y comienza un difícil dúo en el que la ira a duras penas contenida de la dama ha de enfrentarse a la actitud decidida del Dux, que apenas logra mostrarse firme ante ella. A medida que va desarrollándose este tenso diálogo, podemos sentir cómo a Foscari van fallándole las fuerzas... El anciano guerrero ruega, implora a su nuera que tenga piedad de él, de su corazón destrozado... recuerdo la escena y no puedo evitar emocionarme... A pesar del trono y de todo su oropel, el Dux asegura que no tiene poder para hacer justicia y perdonar a su hijo; sin embargo, sus lágrimas hacen vislumbrar a Lucrecia un último rayo de esperanza.


Continuará...

domingo, 13 de mayo de 2012

UNA GRAN NOCHE LÍRICA


El viernes pasado, día 11 de mayo, asistí al espléndido recital que ofreció en Alcobendas el gran artista que es el tenor Pablo García López, magistralmente acompañado al piano por otra gran artista, Lucía Moreno Sanz. Hoy, quiero compartir con vosotros aquella tarde-noche.

Pablo García-López

Fui de las primeras personas en entrar al auditorio lo que me permitió observar cómo, poco a poco, la gente iba ocupando su lugar. Hasta mí llegaban retazos de conversaciones en los que se comentaba que este recital se celebraba en un día complicado, pues Luis Miguel cantaba también en Madrid aquella misma noche; yo, queridos amigos, ni por asomo hubiera cambiado al uno por el otro. Me puse a observar aquel escenario que, por el momento, tan sólo estaba habitado por un piano, una banqueta y un atril. Absoluta sencillez que, muy pronto, iba a llenarse con la magia de una voz y un piano.

Por fin, una voz incorpórea anunció que faltaban dos minutos para que comenzase la representación. Las luces se fueron atenuando, y el murmullo de las voces del público fue cediendo hasta que se extinguió por completo. Se abrió una puerta lateral, en el lado derecho del escenario, y Pablo y Lucía aparecieron tranquilos, sonrientes, desprendiendo seguridad. 

El recital constaba de dos partes. El comienzo fue valiente: nada más y nada menos que Mozart. Pero Pablo puede con eso y con más. Primero, tres arias de concierto: "Con ossequio, con rispetto", "Si mostra la sorte" y "Clarice cara miasposa"; la interpretación de Pablo iba creciendo más y más en intensidad, hasta que al llegar al aria de Don Ottavio, de "Don Giovanni", la bordó. Después, con un gran nivel, dos lieder de Mozart: "Dans un boissolitaire" y "Oiseaux si tous les ans".

La voz de Pablo es fresca, muy bien timbrada, y se extiende y envuelve al público como un abrazo; si a ello añadimos su gran presencia escénica, su gran capacidad de interpretación y la perfecta compenetración entre piano y voz, no es de extrañar que muy pronto el escenario se poblase de imágenes y sentimientos, de pasión y energía. 

La primera parte del recital concluyó con Gluck: "Unis des la plus tendreenfance (aria de Pylade)" de "Iphigénie en Tauride" y "J'ai perdu mon Eurydice (aria de Orphee)", de Orphée et Eurydice; he de decir que con esta última se me puso la carne de gallina.

Lucía Moreno Sanz

Quince minutos de descanso. En la segunda parte, estaba previsto un primer bloque con "La Rosa y el Sauce", de C. Guastavino, "Alfonsina y el mar", de A. Ramírez y "Ay, ay, ay", de O. Freireb. Tengo que hacer hincapié en el emocionante cambio de última hora: en lugar de "Alfonsina y el mar", Pablo interpretó "La adelfa", una bellísima composición del recientemente fallecido Ramón Medina hijo, que había sido profesor suyo. Ahí ya, lloré... sin poder ni querer evitarlo. Desde donde esté, no tengo duda de que Ramón Medina hijo se sentirá orgullosísimo de tan gran alumno.

En el segundo bloque, dos romanzas: "Flor roja", de "Los Gavilanes", de J. Guerrero, y "El último romántico", de Soutullo y Vert. ¡Qué pasión al interpretar, qué modo de entregarse cada vez más! En el último bloque, tres canciones de E.Toldrá: "Nadie puede ser dichoso", "Madre unos ojuelos ví" y "Después que te conocí". Su voz, llena de pasión, volaba por el recinto, emocionándonos. El final del recital fue, como el principio, valiente: la jota "Te quiero, morena", de "El trust de los tenorios", de J. Serrano y ¡olé cómo la cantó! ¡qué entusiasmo transmitía, qué veracidad!

Ése era, oficialmente, el programa, pero aún pudimos escuchar dos espléndidos bises. Y, aunque tanto Pablo como Lucía debían de estar ya agotados, el nivel musical no sólo se mantuvo, sino que incluso creció; primero con "Ruiseñor", de Luis Mariano, cantado con una elegancia y un gusto exquisitos, y después con "Canto negro", de Xavier Montsalvatge, que Pablo interpretó con una fuerza y una gracia que harían sentir envidia a más de uno.

Después, a la salida, tuve ocasión de saludar personalmente a Pablo, y he de deciros que no sólo es un gran artista, sino también una persona encantadora: sencillo, abierto, simpatiquísimo... En resumen, para mí fue una noche emocionante, memorable, pues tuve ocasión de asistir a un gran recital y de saludar personalmente a un artista colosal y a una gran persona. 

Para finalizar, os dejo con Pablo García-Lopez y Lucía Moreno Sanz en el estreno de "Radis mes farfelus" y "Le Secret" en Rennes, Francia, durante una gira de este grandísimo artista patrocinada por la "Oficina de la Capitalidad Cultural de Córdoba 2016", en marzo de 2011. Desde mi pequeño rincón, gracias a los dos por la maravillosa noche del viernes.


(Dedicado, con todo mi cariño, a Pablo y a Lucía).

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