Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.
Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.
Cada vez que un año termina, siento que una oleada de nostalgia me envuelve. Se intensifican en mí los recuerdos de aquellos que perdí, que tuvieron que irse porque, de uno u otro modo, había llegado su hora, y me duelen los momentos que ya nunca podré compartir con ellos. Pero la vida es eso, adioses, aunque también bienvenidas; y es precisamente la oportunidad de encontrarse con al menos una de las maravillosas personas que pueblan este planeta, lo que hace que merezca la pena intentarlo un día más. Yo soy muy afortunada, porque cuento en mi vida con grandes personas que me enriquecen con su amistad y con su cariño, y son justamente ellos los que me ayudan a continuar. Mi inmenso agradecimiento y un interminable abrazo a todos y cada uno de ellos.
De adioses va la entrada de hoy, y en ella vamos a ver algunos fragmentos de óperas de las que ya hemos hablado en este blog y en los que, en diversas circunstancias y por diversos motivos, se dice "adiós". Empecemos con una de las óperas más conocidas del gran maestro Verdi, "La traviata" en uno de sus momentos para mí más conmovedores, cuando Violetta, que sabe que le quedan pocos momentos de vida, dice adiós a los bellos recuerdos de su pasado, a las rosas de sus alegrías, que ahora están marchitas. Aún el amor de Alfredo, su único consuelo, le falta. Pero alegrías y dolores acabarán pronto. Ni flores ni lágrimas tendrá su tumba:
Continuemos con Verdi, en un bellísimo dúo en el que dos amantes, unidos ya para siempre, pues han sido enterrados en vida, dicen adiós a la vida. Hablo de "Aida", y del final de su último acto. Radamés ha sido encerrado vivo en una tumba, donde se dispone a terminar sus días con el único consuelo de creer que su amada está libre y a salvo; pero su sorpresa es inmensa cuando escucha su voz y descubre que no está soñando porque, en verdad, Aida que, aprovechando un descuido de los guardias logró colarse en la que sabía que sería la tumba de Radamés, está ahora allí con él. Todo en la tierra ha terminado para ellos y sus almas, errantes, vuelan hacia la luz del día eterno:
Y para finalizar, una pequeña joya operística (y le aplico el calificativo de "pequeña" sólo por su duración). Hablo de "Cavalleria rusticana", de Pietro Mascagni, y del momento en el que Turiddu, que ha retado en duelo a Alfio, antes de encontrarse con él, y presintiendo que va a morir, pone toda su alma en una conmovedora despedida a su madre. No es capaz de decirle con palabras lo que realmente ocurre pero sus gestos, su forma de expresarse, el ansia con la que se abraza a la anciana mujer dicen mucho más que las palabras:
Mil gracias a todos aquellos y aquellas que habéis tenido la gentileza de deteneros, aunque sólo fuera un momento, en las páginas de este blog.
Viajemos de nuevo, esta vez hasta la villa que la princesa Fedora posee en Oberland, la región más elevada del cantón de Berna, en Suiza. Al levantarse el telón, al son de una alegre música, se nos muestra el bello jardín de la princesa. Se oyen las voces de un grupo de campesinas que, a lo lejos, pasan cantando.
Aparece Fedora, que sale de la casa y, por la forma en la que camina, nos damos cuenta de que está exultante de felicidad. Loris, que ha salido también de la casa al mismo tiempo que ella, no hace sino alabar la belleza de su amada. Fedora, en su feliz delirio, trata de llamar la atención de Loris acerca de la belleza de las flores que les rodean; pero él sólo tiene ojos para la princesa.
Llega la condesa Olga, de mal humor, y, al encontrar a Fedora y a Loris abrazados, exclama con asombro: "¡Aún tenéis fe!". Ella, con un tono un tanto teatral, afirma que ya no cree en nada, que todo le aburre. De pronto, suena un timbre. "¿Una visita?" dice Fedora sorprendida. Con una cierta precipitación Loris se va, "A correos. Espero algunas cartas..." La inesperada visita resulta ser De Siriex. Está hospedado en el Hotel Inglaterra y, al oír que la princesa se encontraba allí, no podía dejar de visitarla.
Marka, la doncella de Fedora, trae un servicio de té. Durante la conversación, De Siriex pregunta a Olga acerca de aquel gran artista, Boreslao Lazinski; "Amigo mío, ¡otro desengaño!" replica la condesa, con expresivos gestos. Mientras meriendan, Olga relata cómo el tal pianista era un celoso, un Otello que la seguía a todas partes, que la espiaba. Un día, la condesa se hartó, le gritó, y él no volvió más. El ingenio de De Siriex encuentra una explicación musical para el comportamiento del pianista: "Tocaba demasiadas fugas..." deduce "...de Bach" añade. Olga continúa contando cómo, más tarde, supo que Boreslao se hallaba en Ginebra. "¡Eso es grave!" afirma De Siriex, poniéndose humorísticamente serio. Con cara de circunstancias, se dispone a aclarar el por qué de la gravedad de la afirmación de la condesa...
El malévolo De Siriex insinúa que, quizás, el maestro polaco fuese un agente secreto, un espía del gobierno imperial enviado al lado de la condesa para hacerla hablar. Al oír tales suposiciones, la condesa vacila y acaba por dejarse caer, desmayadamente, sobre una silla. De Siriex, elegante y cómico, trata de animarla, asegurándole que el amor es un ave de paso que, del mismo modo que viene para irse, se va para regresar. Ya un poco recuperada del soponcio, Olga propone olvidar aquel triste recuerdo, y De Siriex sugiere que la mejor forma es borrarlo creando un mejor, por ejemplo, un rapto en bicicleta. Olga, cabecita loca, se entusiasma rápidamente con la idea: "¡Bravo! ¡La idea es original! Corro a vestirme..."
A solas Fedora y De Siriex éste le confiesa el verdadero propósito de su visita: "Princesa, no he venido aquí por ella." Fedora dice vivir en un sueño, pues ama a Loris más que a su propia vida; De Siriex, dolorosamente, le dice: "Pues bien, yo vengo a despertaros..." A continuación, le cuenta cómo Valeriano Ipanoff, hermano de Loris, fue apresado como cómplice del asesino de Vladimiro; encarcelado en una fortaleza, a orillas del Neva, una noche, tras una crecida súbita del río, se ahogó... Ante tan tremenda noticia, su anciana madre enfermó y murió. Fedora, desolada, siente que es ella misma quien ha matado a ambos.
Olga sale corriendo al jardín, preparada para montar en bicicleta. La condesa está entusiasmada, y Fedora a duras penas logra disimular su turbación. Al fin, De Siriex y Olga se marchan para dar un paseo. Fedora se queda sola, perdida en sus pensamientos. El sol de la tarde comienza a declinar y, a lo lejos, se oye la voz de un pequeño saboyano que canta. Desesperada, Fedora ruega a Dios en una desgarradora plegaria.
Inmersa en su tristeza, Fedora no se da cuenta de la llegada de Loris. Cuando le ve, se seca rápidamente los ojos. Él camina despacio, evidentemente turbado. "No sé nada de mi madre, ni de mi hermano..." dice. Basilio le entrega unas cartas y un telegrama; Loris cree que es de su hermano, pero es de su amigo Boroff, que le comunica que se le ha concedido el perdón, y que se le permite volver a Rusia. Loris está exultante de alegría, pues podrá volver a ver a su madre y a su hermano, podrá regresar a su patria. "Y tú me seguirás hasta el altar" añade, dirigiéndose a Fedora que, a duras penas puede disimular los tumultuosos sentimientos que bullen en su interior.
Loris, en su entusiasmo, hace ademán de irse, pero de repente recuerda que aún no ha leído las cartas. Una de ellas, también de Boroff, es anterior al telegrama. La hojea y lee algunos fragmentos en voz alta; mientras Fedora escucha, su terror aumenta visiblemente. En la carta, Boroff explica cómo una rusa residente en París remitió al general Yariskin una carta, que éste hizo llegar a su vez al emperador; en ella estaba escrita la prueba definitiva de su delito, su propia confesión, junto con el nombre de su hermano Valeriano como cómplice. La autora de la carta firmó con su nombre de bautismo... "...pero la descubriremos" añade Boroff.
La angustia de Fedora crece más y más a medida que Loris continúa leyendo. La carta prosigue con el relato de cómo Yariskin ordenó el arresto de Valeriano... la fortaleza... el foso... en la noche... Con un alarido, Loris descubre que, tanto su madre como su hermano, están muertos: "¡Ahogado! ¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Madre mía!" Su desesperación no tiene límites.
Fedora se acerca a Loris, temerosa; casi no se atreve ni a tocarle. Desesperado, Loris jura que encontrará a aquella mujer, a la maldita espía que le sigue a todas partes... Fedora retrocede, espantada. Tratando angustiosamente de encontrar una escapatoria, la princesa plantea a Loris la posibilidad de que aquella misteriosa mujer hubiese amado perdidamente a Vladimiro y que, al matarle Loris, hubiese desencadenado en ella una reacción de odio fuera de toda razón... "¿Pero qué le habían hecho mi madre y mi hermano?" replica Loris. "Quizá los llore contigo por ellos..." le anuncia Fedora.
De pronto, se escucha un ruido en la calle... "¡Una carroza! Es Boroff" dice Loris. Fedora, que sabe que el tiempo se le escapa irremediablemente, que ya sólo le quedan unos instantes antes de que sea descubierta, suplica a Loris: "...¿Si ella estuviera arrepentida, oh, corazón generoso, no tendrías piedad?" Pero Loris se muestra inflexible.
Por más que Fedora le suplica, Loris se muestra duro, inconmovible. "¡Estoy perdida!" dice ella al fin, para sí. Se escucha de nuevo el ruido de la carroza... "¡Boroff... es él!" exclama Loris yendo a su encuentro. Fedora, espantada, no duda de que, cuando sepa la verdad, Loris la matará. Sin embargo, acordándose de repente, se acuerda del veneno que guarda en la cruz bizantina que lleva al cuello. En un último intento, suplicante, llama a Loris y, de nuevo, le pide que perdone a esa mujer. Tanta insistencia acaba por hacer sospechar a Loris y, por fin, consigue que Fedora le diga que ella misma es esa mujer. Horrorizado al saber que la princesa es la artífice de la muerte de su madre y de su hermano, jura que la aplastará... Pero ella corre hacia la mesita, y bebe rápidamente el contenido de su taza; de inmediato, se echa las manos al cuello.
Justo en ese momento entra Boroff, acompañado de Basilio. Loris corre hacia él, fuera de sí: "Boroff... Esta mujer... El veneno... Lo sé todo... Sálvala..." Pero todo es inútil. Loris, se aferra aún a Fedora quien, mientras agoniza entre sus brazos, le dice que, quizá una vez muerta, pueda perdonarla. La muerte va envolviéndola en forma de un frío cada vez más intenso y Loris, que no se separa de su lado, al fin la perdona. "¡Te amo!" apenas puede pronunciar ella y, con un último estremecimiento, cae muerta.
¿Venís conmigo a la recepción que da la princesa Romazov, en París?. Mientras suena un alegre vals, el telón se levanta y se nos muestra un majestuoso salón, ricamente decorado. Al fondo, unas enormes cristaleras hacen que la estancia parezca aún más grande. Vemos parejas que bailan al son de la música. A un lado, sobre una tarima, un piano de cola alrededor del cual hay muchas sillas. Fedora dirige el servicio del té, ayudada por el conde Loris Ipanoff. La condesa Olga Sukarev, amiga de Fedora, presenta a los invitados a Boreslao Lazinski, un pianista muy presumido que está cortejándola para lograr sus propios fines.
De Siriex se sobresalta al escuchar el nombre de alguien a quien le presenta Fedora: "...El conde Loris Ipanoff..." Boroff, amigo de Loris, se lleva a éste aparte; así, Fedora y De Siriex pueden hablar en privado, mientras Boroff y Loris hacen lo mismo.
Fedora cuenta a De Siriex cómo, al saber que Ipanoff estaba en París, le buscó y le sedujo hasta enamorarle perdidamente. Nadie sospecha nada acerca del delito que se supone que el conde ha cometido; la princesa sólo espera conseguir, de los propios labios del acusado, la confesión de su crimen, y entonces Ipanoff estará totalmente en su poder... "¡No tendré piedad!" afirma. "¿Y si es inocente?" advierte De Siriex a Fedora...Mientras, Boroff trata de advertir a su amigo: "Querido Loris, desconfía de esos resplandecientes ojos..."; pero Loris ya está perdidamente enamorado de la princesa...
Por su parte, la condesa Olga flirtea con el barón Rouvel, otro de los invitados a la fiesta el cual, galante, dice a Fedora: "¡Princesa, nos hacéis languidecer!" Fedora, sonriendo graciosamente, afirma que cada cual lleva su cruz: "...Ved, yo también..." dice poniéndose súbitamente seria, mientras palpa la cruz bizantina que lleva al cuello: "En esta antigua cruz había una santa reliquia; yo he puesto un fármaco que cura todos los males..."
Olga presenta al maestro Lazinski a Fedora: "...un poeta del piano..." y asegura que, esa misma noche, podrán escucharle y aplaudirle todos. Fedora y Loris se alejan. De Siriex y Boreslao ofrecen ambos el brazo a Olga que, zalamera, se decide por el de Boreslao. Medio ofendido, medio galante, De Siriex la llama: "Cosaca...". Se produce entonces una cómica disputa, durante la cual De Siriex explica el porqué de su calificativo en una canción acerca de la mujer rusa, que entona con burlona elegancia: "La mujer rusa es dos veces mujer... ángel o serpiente, zíngara o reina..." Al concluir, inclinándose ante Olga y señalándola, afirma que ella es el ejemplo ideal de la mujer que acaba de describir.
Loris y Fedora regresan; mientras pasean, ella se muestra fríamente provocadora, al tiempo que él está cada vez más ebrio. Ipanoff declara que lo que siente por ella no es amor, sino delirio, y que lo espera todo; la princesa, fingiéndose ofendida, le pregunta si pretende que ella le ame a la fuerza. Entonces el conde canta un conocidísimo aria de esta ópera: "El amor te prohibe no amar..."; sabe que, aunque Fedora lo niegue, sus ojos dicen que ella también le ama.
Boroff regresa y, galante, pregunta a la princesa si tiene algún mensaje para Rusia, pues él regresa esa medianoche. Ante la sorpresa de Ipanoff, Fedora responde que ella también volverá a su país, al día siguiente; Ipanoff se desespera, pues no podrá ir tras su amada... Fedora finge no conocer el motivo por el cual Loris no puede regresar a Rusia: "...¿Qué hicísteis? ¿Es algo grave?..."
Boreslao comienza a tocar, y el resto de los invitados se arremolina alrededor del piano. Mientras tanto, apartados los dos del resto, el conde Ipanoff cuenta a la princesa que de lo que se le acusa es de haber tendido una trampa al conde Vladimir Andreievich para darle muerte. Fedora le reprocha que le ofrezca un amor mancillado por tan terrible sospecha; horrorizada, escucha de labios del propio Loris que, en efecto, fue él quien dio muerte al conde; pero no fue un asesinato, sino un castigo. Aunque Ipanoff trata de explicarse, la princesa no puede evitar el impulso de llamarle: "¡Asesino!".
Ante la reacción de repulsa de Fedora, Loris hace ademán de marcharse. A duras penas, la princesa logra retenerle, y ambos se dan cita allí mismo, una hora más tarde, cuando la fiesta haya terminado y puedan hablar a solas, para que Ipanoff pueda contarle con detalle lo ocurrido. Loris se marcha y, una vez a solas, Fedora, con un tono de ferocidad en la voz, exclama: "¡Infame! ¡No te escaparás!".
De pronto, la fiesta se ve interrumpida por una inesperada y trágica noticia. Un lacayo entrega una nota a De Siriex; se trata de un despacho oficial en el que se comunica que el zar ha sufrido un atentado. "...Os aconsejo que suspendáis la fiesta" dice De Siriex. Mientras los invitados se van marchando, la consternación puede leerse en todos los rostros.
A solas, Fedora se queda pensativa; en su rostro puede leerse el dolor por la trágica pérdida de Vladimiro, y la consternación que le produce el amor que, aunque no quiera, siente por el conde Ipanoff. Mientras suena un intermedio orquestal, que subraya la angustia de su pensamiento, Fedora camina por la habitación, nerviosa; por fin, se sienta y se pone a escribir. El intermedio finaliza al tiempo que ella concluye su carta.
Decidida, Fedora se levanta y llama al policía, Gretch; éste, le informa de que sus hombres no han dejado de seguir a Loris Ipanoff y que, esa misma noche, un hombre llegado de Rusia le ha entregado una carta de su hermano Valeriano. Fedora añade unas palabras más a la carta que acaba de redactar al tiempo que dice a Gretch: "Tengo la prueba suprema... ¡su confesión!". Gretch está maravillado. "Él no tardará en regresar. Baja al jardín. En cuanto estés preparado, hazme una señal. Me desharé de él" dice la princesa.
Gretch y sus hombres habrán de conducir a Loris al navío Elisabetta, que se encuentra en la desembocadura del Sena y se considera territorio ruso. La carta que ha redactado la princesa va dirigida al general Yariskin, y en ella le informa de todo lo ocurrido. De repente, la princesa se da cuenta de que Loris se acerca; Gretch, rápidamente, se marcha.
A solas con Loris, Fedora le exige que le explique por qué mató al conde Vladimiro Andreievich... "Por una mujer... La mía..." responde él. A continuación le cuenta cómo, meses atrás, su anciana madre acogió en su casa a una joven, Wanda... "Cediendo a sus encantos yo la amé felizmente...";Se casaron, pero muy pronto su dicha se vio turbada por las frecuentes visitas de Vladimiro. Una noche, Loris había salido de su casa camino de la de su madre, cuando se dio cuenta de que había olvidado un regalo prometido a la anciana. Mientras regresaba, a medio camino, reconoció a la sirvienta de Wanda, que salía de casa del conde Andreievich; la sonsacó y logró averiguar que acababa de llevar una carta de Wanda para Vladimir.
Al punto, Loris entró en la casa del conde, pero éste había salido; un criado le dejó solo un instante, que Ipanoff aprovechó para buscar en un cajón, en el que encontró la infame carta que decía: "¡Te espero esta noche, a las nueve!". Para que Fedora no dude de su palabra, Loris busca en uno de sus bolsillos y le muestra la carta. Espantada, Fedora reconoce la letra de Vladimiro... "¡Miserable!..." exclama.
A continuación, Ipanoff cuenta cómo sucedió todo. "La criada me reveló el lugar de la infame cita. A la hora fijada, entré armado" dice. Les sorprendió juntos; Vladimiro, al ver a Ipanoff, se armó también, disparó y le hirió en un costado... Loris disparó también y mató al conde Andreievich. Ella huyó; al poco, cayó enferma y también murió. Loris se desespera, no porque tema por su propia vida, sino porque es muy probable que su anciana madre haya muerto cuando él pueda volver a Rusia, si es que algún día se le permite regresar.
Al conocer los detalles de la muerte de Vladimiro Fedora, dulcemente, llena de pasión, ruega a Loris que la perdone por haberle creído un miserable, cuando en realidad lo que hizo fue comportarse como un noble y santo justiciero. "...¡Inútil piedad, si tú te vas!..." exclama él. "¡Loris, ya no me voy...!" replica ella.;Cuando Ipanoff hace ademán de despedirse hasta el día siguiente, Fedora trata de retenerle (recordemos que los hombres de Gretch le están esperando para embarcarle en el navío Elisabetta). "¡Dirán que soy tu amante!" objeta él. Pero Fedora está decidida a salvar al hombre que ama; se dirige hacia la puerta del salón y la cierra con llave. Acercándose el uno al otro, con la más intensa felicidad, se unen en un apasionado abrazo mientras cae lentamente el telón.
Continuará...
(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)
Palacio de Invierno, San Petersburgo, residencia oficial
de los zares de rusia entre 1732 a 1917
Conozcamos a los personajes de esta historia:
Fedora Romazoff.- Princesa rusa enamorada de Vladimiro Andreievich y, después, de Loris Ipanov. Soprano.
Conde Loris Ipanov.- Asesino de Vladimiro Andreievich y, más tarde, enamorado de Fedora. Tenor.
De Siriex.- Diplomático francés. Barítono.
Olga Sukarev.- Condesa amiga de Fedora, que coquetea con De Siriex y con el pianista Lazinski. Papel secundario para soprano.
Dottor Boroff.- Amigo de Loris. Papel secundario para barítono.
Grech.- Policía. Papel para bajo.
Cirilo.- Cochero de Vladimiro. Papel breve para barítono.
Dimitri.- Criado de Vladimiro. Papel poco relevante para contralto.
Desiré.- Criado de Vladimiro. Papel poco relevante para tenor.
Lorek.- Cirujano. Papel breve para barítono.
Dottor Müller.- Médico. Papel breve para barítono.
Nicola, Sergio.- Criados. Tenor y bajo respectivamente.
Barón Rouvel.- Noble exiliado en París. Papel poco importante para tenor.
Boreslao Lazinski.- Pianista. Papel mudo. Suele tocar en directo dos breves piezas en el escenario.
Pastorcillo.- Canta un tema popular suizo. Papel para soprano ligera o para voz blanca.
Como ya sabemos por la entrada anterior, la acción se desarrolla en Rusia, París y Suiza, a finales del siglo XIX.
(Los vídeos que voy a utilizar para ilustrar esta entrada y las sucesivas correspondientes a Fedora, pertenecen a una grabación de dicha ópera realizada en el Liceo de Barcelona, en 1993, con Mirella Freni y José Carreras en los principales papeles; al frente de la orquesta, el maestro Stefano Ranzani)
Acto I
Nos encontramos en San Petersburgo, en casa del conde Vladimiro Andreievich, capitán de la guardia imperial. Es invierno. La estancia que se muestra a nuestros asombrados ojos es un salón elegantísimo, al estilo del Ottocento tardío. Desiré y Nicolás, sirvientes del conde, juegan al dominó. Sergio y otros dos mozos, vestidos de librea, siguen la partida de pie. Dimitri, en el sillón, duerme profundamente.
Sergio se extraña de que el conde aún no haya regresado, pero Desiré trata de disipar sus temores arguyendo que, probablemente, esté aprovechando su última noche de libertad: "...Mañana, se casa..." dice. Unos y otros lanzan incisivos comentarios acerca de la cuantiosa dote de la novia, la princesa Romazoff: "...¡Catorce millones!" exclama Desiré. El conde, veleidoso por naturaleza, parece que, al fin, va a sentar la cabeza.
Un timbre eléctrico suena estrepitosamente en la entrada. Es la princesa Romazoff, que llega, de improviso. Los hombres se apresuran a preparase para recibirla. Despiertan a Dimitri de una sacudida. Sergio y Nicolás desaparecen, y dejan que sea Desiré quien reciba a la princesa. Con empaque real, que apenas esconde la emoción, entra Fedora seguida de Dimitri, aún un poco somnoliento. La princesa es la viva imagen de la belleza imperial, envuelta en un abrigo de piel que realza majestuosamente el brillo de las joyas de su tocado. Fedora se extraña cuando Desiré le comunica que el conde aún no ha regresado; éste envía a Dimitri para que vaya en su busca.
La princesa mira a su alrededor con curiosidad, admirándose de la cantidad de cosas bonitas que ve. "...Éste es su salón..." dice para sí. Sobre una mesa hay una fotografía en un estuche; la coge y la besa: "Su retrato... ¡Grandes ojos brillantes de lealtad!..." embriagada por el amor que siente por Vladimiro, Fedora canta. Siente que una nueva vida comienza para ella.
Dimitri regresa, jadeante pero alegre, y anuncia que por fin llega el trineo del amo. Y así es, solo que Vladimiro no llega solo; lo traen herido dos hombres, acompañados de Gretch, un agente de policía. Al ver a su amor en tal estado, Fedora lanza un grito de terror: "¡Vladimiro!" corre al dormitorio y cierra la puerta tras de sí. Un agente de policía coloca sobre el escritorio una pistola y un portafolios. De Siriex observa desde un ángulo de la habitación. Desiré indica a Gretch que la dama es la princesa Romazoff.
Lorek, un cirujano, entra apresuradamente, acompañado de un ayudante. Gretch les indica a ambos que lo que ha ocurrido no ha sido un accidente, sino un asesinato. Desde la puerta del dormitorio, Fedora pide a gritos un médico; vuelve a entrar en la habitación de Vladimiro acompañada de Lorek y de su ayudante.
Mientras, Gretch se dirige a De Siriex, que se presenta como agregado de la Embajada de Francia. Lorek regresa y, apresuradamente, escribe una nota que entrega a Gretch, para que vaya a la farmacia: "...Y traiga enseguida un sacerdote..." añade. El cirujano le confiesa a Fedora que Vladimiro está grave; histérica, la princesa quiere a toda costa regresar al lado del conde, pero Lorek se lo impide: "Os llamaremos en breve..." le asegura. Llega el doctor Müller y Lorek, feliz de librarse por un momento del acoso de Fedora, entra con él en el dormitorio del herido.
Gretch aún no ha atrapado al asesino, y así se lo dice a la princesa, al tiempo que la interroga acerca de algún posible enemigo que pudiese tener el conde, pero Fedora no sabe de ninguno. Cuando Gretch se dispone a pasar a otra habitación para interrogar a la servidumbre, la princesa le insta, categórica, a que lo haga allí mismo, delante de ella.
El primero en contestar a las preguntas de Gretch es Desiré que, tímidamente, cuenta cómo llegó, hacia las ocho y media, al restaurante donde se encontraba cenando su señor; éste le dijo, mientras se subía al trineo: "Vuelve a casa, pequeño... no necesito nada." Inmediatamente, es llamado a declarar el cochero, Cirilo. "¿Qué te dijo el amo cuando subió al trineo?" le pregunta Gretch. Cirilo cuenta que el conde le ordenó ir al club de tiro; una vez allí, le esperó durante un cuarto de hora; de repente, el profundo silencio que reinaba fue roto por dos disparos... Cirilo escuchó con atención pero no escuchó nada más, salvo unos lejanos ladridos... Pudo ver la figura de un hombre que, enloquecido, empujó la verja y salió huyendo, tan rápido que no fue capaz de reconocerlo. Lo que sí acertó a ver fue que aquel hombre había dejado tras de sí, sobre la nieve, un rastro de sangre... Al ver un trineo que pasaba, Cirilo, aterrado, gritó... Era De Siriex, que es quien continúa relatando lo sucedido, pues la emoción impide a Cirilo seguir hablando.
"Aquellas manchas rojas conducían a un pabellón solitario..." cuenta el diplomático. Allí se dirigieron ambos, y encontraron al conde, que yacía en el suelo, cubierto de sangre. Junto a él se encontró un arma, la que el agente había dejado sobre el escritorio; examinándola, Gretch comprueba que el arma sólo ha hecho un disparo. Desiré confirma que la pistola pertenecía al conde, que siempre salía armado, pues estaba amenazado por los nihilistas*.
Buscando en sus notas, Gretch comprueba que el pabellón en cuestión fue alquilado por una anciana... De pronto, la conversación se interrumpe ante la llegada del agente de policía, que había salido con la receta extendida por Lorek. Ansiosa, Fedora se abalanza sobre él y le arrebata el frasco, y con él se apresura a llamar suavemente a la puerta del dormitorio. La puerta se abre y aparece el doctor Müller, que toma el frasco de manos de Fedora que intenta, inútilmente, entrar en la habitación.
"El pabellón fue tomado en alquiler por una anciana..." repite Gretch, retomando la lectura. Desiré, de pronto, recuerda que, esa misma mañana, una vieja trajo una carta para el conde... "Está en aquel cajón..." dice. Pero el cajón está vacío... "¡La han robado!" exclama Fedora. Dimitri, titubeando, cuenta que un señor vino también por la mañana, que se sentó junto al escritorio y que, de repente, sin decirle siquiera su nombre, salió corriendo...
Fedora, convencida de que aquel hombre audaz es el asesino, hace un llamamiento a los sirvientes para que venguen la muerte de su señor; ella misma, sobre una cruz que lleva colgada al cuello, recuerdo de su madre, jura vengar a Vladimiro.
Gretch exhorta a Dimitri para que trate de recordar si había visto alguna vez a aquel misterioso caballero. Por más que se esfuerza, no logra hacer memoria: "...El día de Navidad un hombre habló largamente en la entrada con el conde..." dice Dimitri, dirigiéndose al portero, Miguel, por ver si éste le ayuda a recordar. Por fin, el portero exclama: "¡Ipanoff!"; "¿Loris?" preguntan De Siriex y Gretch. El conde Loris Ipanoff vive justo enfrente. Se produce un movimiento general, y Gretch, acompañado de dos policías, salen en busca de Ipanoff. De Siriex, Desiré y Fedora observan atentamente a través de la ventana. "¡Cogedlo!" grita Fedora, como si pudieran oírla. Las sombras parece que permiten adivinar que han atrapado al hombre.
Por la puerta del dormitorio aparece Lorek, que avanza lentamente. "¡Señora!" dice con voz débil y grave..." Fedora corre a la habitación de Vladimiro. Con un gesto desesperado, Lorek anuncia que el conde acaba de morir. Gretch vuelve a entrar, rápidamente, ansioso, secándose la frente... "¡Ha huido!" anuncia, derrotado. De Siriex le hace una señal para que guarde silencio. Vemos cómo la princesa se arrodilla al pie de la cama del difunto: "¡Vladimir! ¡querido mío! Soy yo, tu Fedora... responde!" grita desesperada...
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera" de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.es y www.youtube.com)
*El fenómeno cultural ruso conocido como nihilismo se desarrolló durante el reinado del zar Alejandro II (1855 a 1881); las relativas libertades concedidas por éste sirvieron de caldo de cultivo a dicho movimiento, de carácter fundamentalmente intelectual, que representó una reacción contra las antiguas concepciones religiosas, metafísicas e idealistas.
San Petersburgo, uno de los escenarios en los que se desarrolla "Fedora"
Umberto Menotti Maria Giordano no nació en el seno de una familia musical. Es más, su padre, farmacéutico de profesión, se opuso a su deseo de ser compositor, a pesar de lo cual Giordano logró ingresar en el Conservatorio de Nápoles en 1882, cuando contaba tan sólo quince años de edad. Como curiosidad, cabe señalar que, con tan sólo veintitrés años, presentó una de sus obras escritas en el conservatorio, "Marina", al famoso concurso de óperas en un acto de la editorial Sonzogno, en la edición en la que "Cavalleria rusticana" fue la ganadora; su "Marina" quedó en sexto lugar, de entre un total de setenta y tres competidores.
A pesar de que la ópera más conocida de Giordano es, sin duda, "Andrea Chénier", "Fedora" merece ocupar un lugar de honor entre las de su producción. "Fedora" es un drama original de Victorien Sardou, escritor parisién de considerable prestigio en su tiempo; de esta historia se ha dicho (en un tono injustamente peyorativo) que, más que una obra teatral, se trata de una novela de detectives; dicha característica se habría transmitido después, a través del libreto de Arturo Colautti, a la versión operística.
En su presentación en sociedad, "Fedora" no fue muy bien recibida por la crítica, si bien supuso un enorme éxito de público. Después de un brillo continuo durante más de treinta años, su presencia se hizo más infrecuente en los escenarios; en la actualidad y aunque, por desgracia, se represente con poca frecuencia, el interés por ella ha aumentado gracias sobre todo a grabaciones con intérpretes de la talla de Mirella Freni o Plácido Domingo (por poner sólo dos ejemplos).
"Fedora" se estrenó el 17 de noviembre de 1898 en el Teatro Lírico de Milán. En sus papeles principales, fue interpretada por primera vez por Enrico Caruso y Gemma Bellincioni. La acción transcurre en Rusia, Francia y Suiza, a finales del siglo XIX. Como un pequeño (y espero que tentador) aperitivo de lo que vamos a leer y escuchar en los próximos días, os ofrezco dos fragmentos musicales, primero, el bellísimo aria: "Amor ti vieta..." del Acto II en la voz del magnífico Jaime Aragall:
Y después, el también hermosísimo Intermezzo orquestal, ubicado de igual modo en el Acto II:
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.todoperaweb.com.ar, fotopedia.com y www.youtube.com)
Estamos frente a la casa de Marguerite; la muchacha se ha quedado embarazada de Faust, pero éste la ha abandonado. La compañía de Valentin regresa de la guerra al son de una marcha militar (no he encontrado la de la puesta en escena con Ghiaurov, Freni y Kraus):
Coro de soldados: "Dèposons les armes..."
Valentin entra en casa para reencontrarse con su hermana. Aparecen Méphistofélès y Faust; el demonio entona una serenata burlesca frente a la casa de Marguerite, difamándola:
El gran Nicolai Ghiaurov,
de nuevo: "Vous qui faites l'endormie..."
Sale furioso Valentin para vengar la afrenta; se enzarza en un duelo con Faust, pero Méphistofélès interviene y ayuda a Faust a matar a Valentin. Al ruido de la lucha acuden todos. Mientras agoniza, Valentin maldice a Marguerite, lo que provoca en ésta una loca desesperación; trata de ir a la iglesia para pedir perdón por sus pecados, pero Méphistofélès la persigue y le anuncia que el infierno la aguarda.
Acto V
Es la noche de Walpurgis, en las montañas de Harz. Méphistofélès promete a Faust que le proveerá de las más hermosas voluptuosas mujeres que pueda soñar. Un ballet, que se acaba mostrando diabólico, rodea a Faust (en la puesta en escena de con Kraus, Freni y Ghiaurov no aparece pero yo no he podido resistirme a incluirlo):
Ballet de "Faust"
Mientras se acerca el amanecer, Faust tiene una visión de Marguerite; siente remordimientos y quiere verla a toda costa. El diablo tiene que llevarle a la carcel donde han encerrado a Marguerite por haber dado muerte a su hijo. Méphistofélès urge a Faust para que huya de allí con ella, pero Marguerite no quiere seguirle y, al poco, muere. Aunque el diablo pretende apoderarse de su alma, una cohorte de ángeles la salva. Veamos la escena final de "Faust" en las voces de Alfredo Kraus, Mirella Freni y Nicolai Ghiaurov:
La acción transcurre en una animada taberna, durante la kermés de la Pascua de Resurrección. Un grupo de soldados está a punto de partir para la guerra; entre ellos está Valentin que lleva al cuello, como amuleto protector, una medalla que le ha dado su hermana, Marguerite: "O sante medaille..."
Piero Capuccilli como Valentín "O sante medaille... Avant de quitter ces lieux..."
La madre de ambos ha muerto así que Valentin, preocupado porque su hermana va a quedarse sola, la confía al cuidado de Siebel, un muchacho adolescente que está enamorado de ella.
Méphistophélès irrumpe en escena y entona un maravilloso e inquietante rondó: "Le veau d'or est toujours debout..."
Estremecedor Nicolai Ghiaurov como Mefistófeles "..et Satan conduit le bal..."
Cuanto Méphistophélès manipula el vino de la taberna, todos se dan cuenta de que es el diablo, y huyen al tiempo que le muestran la cruz de sus espadas. En escena se quedan únicamente Méphistophélès y Faust, el cual interroga ansiosamente al diablo acerca de cuándo podrá ver a la hermosa muchacha que le mostró antes, ¿o acaso fue un sortilegio? Méphistophélès le pide que espere porque allí mismo, la bella y casta niña no tardará en aparecer ante sus ojos. Empieza a sonar la música y la escena se va llenando de estudiantes, muchachas, burgueses, aldeanos, que cantan y bailan al son de un hermoso vals (perdonad que no haya encontrado el fragmento correspondiente a la puesta en escena con Ghiaurov, Freni y Kraus pero, de cualquier forma, no podía dejar de incluir este precioso vals):
"Ainsi que la brise légère..."
Aparece Marguerite entre la multitud. Faust se acerca a ella, y galante, le ofrece su brazo, pero ella le rechaza y se aleja. Mientras sigue sonando el vals Fausto y Méphistophélès salen en pos de Marguerite...
Acto III
Nos encontramos ahora en el jardín de la casa de Marguerite. Faust admira la modestia de lugar; a través de aquel entorno adivina la presencia de un alma inocente y divina : "Salut demeure chaste et pure...!":
De nuevo Alfredo Kraus como Faust
Siebel que, como sabemos, está enamorado de Marguerite, ha depositado un obsequio a su puerta: un ramo de flores. Méphistophélès , en ejercicio de su misión de tenebroso "hado madrino", va en busca de un cofre lleno de joyas y un espejo, que serán los regalos con los que Faust competirá con Siebel por el amor de Marguerite. Cuando la muchacha ve el cofrecillo queda deslumbrada, aparta las flores y, entusiasmada, se va probando las joyas al tiempo que se contempla en el espejo:
Mirella Freni, Marguerite, canta esta dificilísima aria: "Ah, je ris...!"
Mientras Méphistophélès entretiene a Marthe, la vecina de Marguerite, ésta se deja seducir por Faust, a quien el demonio empuja para que entre en la casa con ella.
(Fuentes: www.todoperaweb.com.ar, "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, wikipedia y www.youtube.com)
La búsqueda del conocimiento de la naturaleza y de las leyes que subyacen a ella, la continua e incansable aspiración hacia algo que trascienda a sí mismo es consustancial a la naturaleza humana; y ese afán inquisitivo ha encontrado en multitud de ocasiones su expresión a través de la literatura, la música, la pintura... El mito de Fausto habla del eterno enfrentamiento que se desencadena mientras el hombre trata de recorrer el camino hacia el saber supremo: la lucha entre el bien y el mal, puesto que el uno no puede entenderse sin el otro, y ambos están dentro de cada uno de nosotros.
Se asume, por lo general, que el mito de Fausto está inspirado en la figura del mago y alquimista alemán Johann Georg Faust, originario de Knittlingen, que vivió a finales del siglo XV. Estudió en la Universidad de Heidelberg, donde empezó a destacar por sus conocimientos, y recorrió varios países de Europa acompañado por dos perros demonios; se decía que había vendido su alma al diablo a cambio de sabiduría.
Johann Wolfgang Goethe recoge este mito en su "Faust", obra que tardó casi sesenta años en escribir (1773-1831). El "Faust" de Gounod es una ópera en cinco actos con libreto de Jules Barbier y Michel Carré, que adapta la pieza teatral "Faust et Marguerite", de los mismos autores; ésta, a su vez, se inspira levemente en la primera parte del "Faust" de Goethe. Se estrenó en el Théâtre Lyrique de Paris, el 19 de marzo de 1859. Gounod trató este tema dentro del clima general de admiración que existía en Francia hacia la intelectualidad germánica, y después del intento fallido de Wagner de componer una sinfonía inspirada en la obra de Goethe.
Dr. Faust (anciano erudito): tenor. Méphistophélès (el diablo): bajo.
Marguerite (amante de Faust): soprano.
Valentín (soldado, hermano de Marguerite): barítono.
Siébel (adolescente enamorado de Marguerite): mezzosoprano.
Marta (vecina de Marguerite): mezzosoprano.
Estudiantes, burgueses, soldados, ángeles, etc.
La acción se desarrolla en Alemania, en el siglo XVI.
Acto I
Nos encontramos en el gabinete del Doctor Faust, un anciano erudito que ha dedicado su vida a la búsqueda de la sabiduría, de los secretos de la creación. Incapaz de conciliar el sueño, siente que su afanosa búsqueda no le ha llevado a ninguna parte: "En vain j'interroge..."
Un irreconocible Alfredo Kraus
canta: "En vain j'interroge..."
En un arrebato de desesperada melancolía, trata de ingerir un veneno... por dos veces intenta llevar el bebedizo a sus labios, y por dos veces le detiene la voz de los campesinos que alaban a Dios y a la naturaleza. Mientras maldice a la ciencia y a la fe, Faust invoca la asistencia del infierno y, al poco aparece
Méphistophélès: "Me voici..."
Mefistófles (Nicolai Ghiaurov) entra en escena:
"Me voici..."
"¿Qué deseas?", pregunta a Faust, "¿poder?, ¿fama?, ¿riquezas?". Faust responde "¡no!"; el tesoro que el anhela contiene todos los demás: "¡la juventud!". Mefistófeles, satisfecho, le asegura que puede satisfacer su capricho; a cambio, sólo le exige un pequeño precio... ¡su alma! En la tierra, Méphistophélès será su servidor; cuando Faust muera, su alma le pertenecerá.
Faust vacila. Para doblegar su voluntad,
Méphistophélès le muestra la figura angelical de una joven (que luego sabremos que es Marguerite) como una imagen lejana y tentadora, al tiempo que le tiende un pergamino para que firme y así el pacto entre los dos quede sellado. Ante aquella encantadora visión Faust, por fin, se decide: "¡Dame!"
Para que la metamorfosis tenga lugar,
Méphistophélès invita a Faust a ingerir lo que antes era un veneno y que ahora, bajo su influjo, se ha transformado en un elixir de vida. Faust se transforma así en un apuesto y joven caballero y él y
Méphistophélès se mezclan con el resto del mundo.
Continuará...
(Fuentes: literaturauniversaliesames.blogspot.com.es, www.proyectopv.org, fausto20.wordpress.com, www.operas.com.ar, wikipedia y www.youtube.com)
Mirella Freni es talento y elegancia, gran capacidad interpretativa y gusto exquisito al cantar. Es una de mis sopranos favoritas. Ya sólo escuchar su voz, emociona; si, además, ves cómo interpreta... En fin, hay que verla y escucharla.
Mirella Freni. Fuente: flickr.com.
Mirella Freni nació en Módena, el 27 de febrero de 1935, en el seno de una familia de clase media. Como curiosidad, cabe mencionar que su madre y la de Lucciano Pavarotti trabajaron juntas en la cigarrera de Módena. Aunque ya de niña demostraba talento para la música (a los diez años participó en un concurso de radio con el aria "Un bel di vedremo", de "Madama Butterfly", de Puccini), el tenor Beniamino Gigli le advirtió que corría el riesgo de arruinar su voz si no dejaba el canto hasta que fuera un poco mayor. Así lo hizo y no volvió al canto hasta los 17 años.
Debutó en Módena, en 1955, a los 19 años, cantando el personaje de Micaela, de "Carmen", de Bizet. A pesar de que recibió varias ofertas, decidió dejar su carrera para casarse y tener un hijo con su profesor de canto, Leone Magiera. En 1958 reinició su carrera, ganando un concurso de canto con el personaje de "Mimì", de "La bohème", de Puccini, en el Teatro Regio de Turín. Más tarde, cantó en la Ópera de Netherlands en la temporada 1959-1960. Fue reconocida internacionalmente cuando cantó el papel de Adina en una producción de Franco Zefirelli de "L'elisir d'amore" de Donizetti, en el Festival de Glyndbourne. En la temporada 1960-1962 cantó en ese mismo festival los personajes cómicos de Susanna ("Le nozze di Figaro", de Mozart) y Zerlina ("Don Giovanni", de Mozart). Debutó en el Royal Opera House como Nannetta ("Falstaff", de Verdi) en 1961, en La Scala en 1963 (bajo la dirección de Herbert von Karajan y Zefirelli), y en el Metropolitan Opera House como Mimì en 1965. Se convirtió en una de las cantantes favoritas de Karajan, con quién grabó y actuó en varias ocasiones.
Su repertorio se amplió con Liù ("Turandot", de Puccini), Marguerite ("Faust", de Gounod) y Julieta ("Romeo y Julieta" de Gounod). Entre los años 1970 y 1980 cantó roles más "pesados" de Verdi, como Elisabetta ("Don Carlo"), Desdémona ("Otello"), Amelia ("Simon Boccanegra"), Elvira ("Ernani"), Leonora ("La forza del destino") e incluso Aída ("Aída"). También cantó roles de Puccini como Manon ("Manon Lescaut"), Tosca ("Tosca"), Madama Butterfly ("Madama Butterfly") y los tres personajes de "Il trittico". En los años noventa incluyó también en su repertorio personajes del verismo italiano, como Adriana ("Adriana Lecouvreur", de Francesco Cilea), Fedora ("Fedora", de Umberto Giordano), e incluso papeles de la ópera rusa, como Tatiana ("Eugenio Onegin" de Tchaikovsky), Lisa ("La dama de picas", de Tchaikovsky) y Juana ("La doncella de Orleáns", de Tchaikovsky). Veámosla en "Manon Lescaut", de Puccini, en una grabación de 1990 en el Liceo de Barcelona:
En 1981 se casó con Nicolai Ghiaurov, y juntos fundaron el Centro Universale del Bel Canto en Vignola. Iniciaron clases maestras en ese centro en 2002. Luego de la muerte de Ghiaurov en 2004, Freni continuó su trabajo y sus clases no sólo en el centro sino alrededor del mundo. En 1990 publicó sus memorias: "Mio Caro Teatro". Ese mismo año recibió la orden "Cavaliere della Gran Croce della Reppublica Italiana" y en 1993, la condecoración de honor de la Legión de Honor francesa. La Universidad de Pisa la premió con un grado honorario en 2002.
En 2007 recibió en Oviedo el Premio Lírico Teatro Campoamor a toda una carrera dedicada al canto.