| Amanecer en las montañas asturianas |
Acto III
Son las inquietantes horas inmediatamente anteriores a la batalla. Estamos en un paraje rodeado de rocas y bosques, entre los cuales se distinguen senderos practicables. A un lado, al fondo, corre un río. Cierra la perspectiva una cordillera de altas montañas. Está a punto de amanecer.
Aparece Mendo, seguido de algunos españoles. Unos a otros se dan ánimos, seguros de que, por Asturias y por España, vencerán a los "árabes altaneros". Llega una barca por el río; es Pelayo, que viene a reunirse con ellos. Todos a coro, gritan: "¡Muerte a los moros!..." En nombre de los demás y en el suyo propio, Mendo pide a Pelayo que sea el caudillo que guíe el destino de un pueblo vilipendiado, que sea su rey y salve a España. Pelayo se enternece: "En mis ojos no había lágrimas ya, ni aún por la hija que he perdido... pero jamás ha bañado mis mejillas un llanto tan dulce como el que se vierte sobre ellas en este momento..."
De pronto, llega un mensajero, un gijonés que anuncia que el árabe ha promulgado una ley en virtud de la cual los cristianos deberán renegar de su religión. Indignado y resuelto, Pelayo se vuelve a Mendo y al resto de españoles y jura que el infiel pagará con su sangre este delito: "...que el nombre de los españoles no se transmita envilecido a las edades futuras... Patria mía, tu fe pura no sufrirá alteración ni oprobio..."
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| Gabinete de un palacio árabe |
La acción se traslada ahora a una habitación en el palacio de Abdel quien, a solas, se entrega a un soliloquio en el que se estremece, traspasado por el dolor de lo que él cree una traición de Blanca. Se pregunta por qué ella no se ha atrevido a presentarse ante él, aunque sus súplicas no podrían ablandar su corazón enfurecido. Escuchémosle:
Llega Asan y le anuncia que el misterioso hombre que estuvo allí mismo con Blanca, ha caído en sus manos. Entusiasmado, Abdel ordena que le traigan a su presencia.
Llega Asan y le anuncia que el misterioso hombre que estuvo allí mismo con Blanca, ha caído en sus manos. Entusiasmado, Abdel ordena que le traigan a su presencia.
Conducido entre los guardias árabes, Pelayo queda inmóvil sobre el dintel de la puerta. "Te hago venir para que me descubras quién eres, y con qué objeto has venido aquí." A una seña de Abdel, los guardias se retiran.
Pelayo permanece aparentemente calmado mientras Abdel, con fiero enojo, le interroga acerca de sus intenciones al hablar con Blanca. Cuanto más tranquilo se muestra Pelayo, más furioso se pone Abdel, que acaba por abalanzarse sobre Pelayo, puñal en mano... pero lo detiene el brazo de Blanca que, al grito de "¡Es mi padre!" sale precipitadamente de una estancia contigua.
Sin acobardarse en ningún momento, Pelayo desafía aún a Abdel que, estupefacto, siente que un extraño pavor hiela su pecho, un terror que le ha impedido herir a Pelayo. Blanca se acerca a su padre y, en voz baja, le suplica que guarde silencio; a continuación, se dirige a Abdel y le ruega que respete la vida de su padre.
Aparece Asan, que llega visiblemente preocupado; anuncia que, nada más ser publicada la ley que fuerza a los cristianos a renegar de su religión, el pueblo de Gijón se ha negado a obedecerla y, con la mayor audacia, corre a proveerse de armas. A pesar de todo, Abdel no tiene ningún miedo; ordena que encierren a Pelayo en la torre y le anuncia que, antes de darle muerte, le obligará a presenciar el castigo de los suyos, para gozarse en su desesperación.
Mientras Blanca suplica una y otra vez, en vano, Pelayo desafía al árabe, pero éste le asegura que la audacia de los cristianos no es sino un débil soplo que no desbaratará el aliento de sus intrépidas huestes, que destruirán todo cuanto se oponga a su paso. Giralda trata de consolar a Blanca: "Calma tu dolor, desgraciada, Dios no nos abandonará."
Para finalizar la entrada de hoy, escuchemos el trepidante final de este Acto III y cómo, desde que llega Asan y anuncia que el pueblo de Gijón se ha alzado en armas como respuesta a la ley que les obliga a renunciar a su fe, la acción se precipita ya definitivamente hacia un final que tememos trágico:
Mientras Blanca suplica una y otra vez, en vano, Pelayo desafía al árabe, pero éste le asegura que la audacia de los cristianos no es sino un débil soplo que no desbaratará el aliento de sus intrépidas huestes, que destruirán todo cuanto se oponga a su paso. Giralda trata de consolar a Blanca: "Calma tu dolor, desgraciada, Dios no nos abandonará."
Para finalizar la entrada de hoy, escuchemos el trepidante final de este Acto III y cómo, desde que llega Asan y anuncia que el pueblo de Gijón se ha alzado en armas como respuesta a la ley que les obliga a renunciar a su fe, la acción se precipita ya definitivamente hacia un final que tememos trágico:
Continuará...
(Fuentes: Libreto de "Pelagio", arteyfotografia.com y www.youtube.com)







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