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| Nicosia, capital de Chipre |
Acto III
Otello y Yago conversan en una gran sala del castillo, anexa a una galería. Un heraldo anuncia solemnemente la próxima llegada de los embajadores venecianos, cuya galera acaba de ser avistada desde el puerto. El heraldo se retira y, de nuevo solos, Otello y Yago (por sugerencia de este último) elaboran un plan según el cual Yago se encargará de traer a Cassio y de obligarle a hablar; mientras tanto Otello, oculto, observará su comportamiento, sus gestos, sus palabras. Antes de retirarse, y a fin de avivar el fuego que corre por la sangre de Otello, Yago le recuerda: "¡El pañuelo!..."
Una vez solo Otello, llega Desdémona y, mientras no deja de observarle con una cierta prevención, le da unos dulces y cariñosos buenos días: "Que Dios te alegre, oh esposo, señor de mi alma." Otello, disfrazada su actitud de una premeditada y engañosa galantería, le responde lanzando sutiles dardos envenenados envueltos en tiernas palabras de alabanza: "...el demonio gentil que mal aconseja yace aquí, y enciende el seductor marfil de esta mano diminuta..." dice mientras toma la de su esposa. Desdémona, que parece no advertir la ira que empieza a inflamarse, de nuevo, en el corazón de su marido, vuelve a hablarle de Cassio... Otello siente que las sienes le van a estallar, y pide a Desdémona que, de nuevo, le vende la frente... Cuando sumisa, ella le ofrece un pañuelo, Otello, airado, le replica que no es ése el que desea, sino aquel que le regaló como primera prenda de amor. "No lo tengo aquí" responde ella perpleja. Otello entonces le advierte que una terrible amenaza se cierne sobre ella si lo pierde...
Desdémona trata de tomar a broma las palabras de su marido: "Te estás burlando de mi. Así es como evitas hablar de Cassio..." le dice con elegancia; imprudente, insiste en que debe perdonar a Cassio... Otello, cada vez más furioso, le pide, con una temible urgencia: "¡El pañuelo!". De pronto, a Desdémona se le revela cuál es la atroz sospecha oculta el corazón de su marido...
Otello coge a Desdémona violentamente por la barbilla, y le obliga a que le mire a la cara: "¡Dime quién eres!". Por más que ella jura y perjura que es su esposa leal, Otello la acusa de ser infiel, impura... Aterrada, bañado su rostro en lágrimas, Desdémona trata de encontrar dentro de sí las palabras que conmuevan aquel corazón que se ha convertido en piedra. Pero Otello ya ha dictado su sentencia; pasando de la cólera terrible a la calmada ironía, toma la mano de su esposa, y simula disculparse: "...Quiero disculparme. Supuse que eras..." para, de nuevo sombrío y furioso, obligarla a retirarse diciéndole: "...¡la vil cortesana que Otello tiene por esposa!".
A solas, Otello da rienda suelta a su profunda desesperación en forma de un desgarrador aria, un desolador lamento que clama a Dios y le asegura que hubiera podido soportar la pobreza, el oprobio, si ésa hubiese sido la voluntad del cielo... pero de lo que le ha despojado es del espejismo en que se consolaba su alma, del resplandor que le daba vida, llenándole de alegría... Su sentencia es inapelable: "¡Oh, condenación! ¡Que confiese primero el pecado y luego muera!..." exclama.
Entra Yago, y advierte a Otello que Cassio se acerca, al tiempo que hace que se esconda. El incauto Cassio, creyéndose a solas con Yago, no tiene ningún reparo en hablarle acerca de la petición que le ha hecho a Desdémona para que interceda por él ante Otello: "...Pensaba encontrar a Desdémona aquí..." Desde su escondite, al escuchar el nombre de su esposa, Otello ruge... Yago, habilísimo maestro del engaño, incita a Cassio para que le hable del preciado objeto de sus amores (que, como sabemos, es Blanca, y no Desdémona), y lo hace de modo que, cada vez que pronuncia el nombre de Blanca, lo hace en voz baja, de modo que Otello no pueda oírlo. Así, el atormentado gobernador, sólo puede escuchar las ardientes frases de Cassio, tales como: "...Ella me fascina con sus bellos ojos..." creyendo que se refieren a su esposa. Cassio ríe, azuzado por Yago, y Otello lo toma como una burla hacia él.
Llega el momento de asestar una certera puñalada al corazón de Otello, y Yago hace que Cassio muestre el pañuelo de Desdémona (que, como sabemos, él mismo arrebató a su esposa, Emilia, y colocó después en los aposentos de Cassio). Otello, al ver en manos de aquel que cree un traidor la que toma por una prueba definitiva, apenas puede contenerse... "¡Todo acabó! ¡El amor y el penar!..." dice para sí. Pero Cassio ni siquiera sabe de quién es el pañuelo, ni cómo ha ido a parar a sus manos. De pronto, se escuchan las trompetas que anuncian la llegada de la trirreme veneciana.
Cassio se marcha veloz, para no encontrarse con Otello. El desesperado gobernador ya sólo piensa en cómo va a dar muerte a su esposa. "Consígueme un veneno para esta noche" le pide a Yago; pero éste le sugiere que es mucho mejor que estrangule a Desdémona en su lecho, donde ha pecado; mientras, él se encargará de Cassio. Otello, abrumado por el gran servicio que cree que le está prestando Yago, le nombra capitán; Yago, al tiempo que le da las gracias, le aconseja que muestre a Desdémona ante los embajadores venecianos, para no levantar sospechas.
Llega el momento de asestar una certera puñalada al corazón de Otello, y Yago hace que Cassio muestre el pañuelo de Desdémona (que, como sabemos, él mismo arrebató a su esposa, Emilia, y colocó después en los aposentos de Cassio). Otello, al ver en manos de aquel que cree un traidor la que toma por una prueba definitiva, apenas puede contenerse... "¡Todo acabó! ¡El amor y el penar!..." dice para sí. Pero Cassio ni siquiera sabe de quién es el pañuelo, ni cómo ha ido a parar a sus manos. De pronto, se escuchan las trompetas que anuncian la llegada de la trirreme veneciana.
Cassio se marcha veloz, para no encontrarse con Otello. El desesperado gobernador ya sólo piensa en cómo va a dar muerte a su esposa. "Consígueme un veneno para esta noche" le pide a Yago; pero éste le sugiere que es mucho mejor que estrangule a Desdémona en su lecho, donde ha pecado; mientras, él se encargará de Cassio. Otello, abrumado por el gran servicio que cree que le está prestando Yago, le nombra capitán; Yago, al tiempo que le da las gracias, le aconseja que muestre a Desdémona ante los embajadores venecianos, para no levantar sospechas.
Yago se retira. Otello se prepara para recibir a los embajadores. Entran Lodovico, Roderigo, el heraldo, dignatarios de la República de Venecia, damas, caballeros, soldados, trompeteros, seguidos de Yago con Desdémona y Emilia.
Aclamado por los vítores de todos los presentes, Otello recibe un mensaje del gran Dux de Venecia de manos de Lodovico. Mientras lo leer, aparentemente concentrado, no pierde detalle de lo que las palabras que cruza su esposa con Lodovico quien, extrañado por no ver a Cassio, ha preguntado por él. Desdémona responde que cree que volverá a ganarse el favor de Otello; éste, alerta, fingiendo que lee, responde: "¿Estás segura?". Imprudente, Desdémona continúa hablando de Cassio, lo que enfurece a su esposo que, incapaz ya de contenerse, trata de golpearla. Sorprendido y asustado, Lodovico detiene su mano. Todos los presentes están horrorizados.
Aparece Cassio; Otello emprende entonces un difícil discurso; difícil en cuanto a voz y también en cuanto a interpretación, pues ha de cambiar rápida y sucesivamente de tono, de color... En voz baja, pide a Yago que escarbe en la mente de Cassio; inmediatamente, alzando la voz, se dirige a todos los presentes: "Señores, el Dux..." y, sin terminar la frase, efectúa de nuevo un giro y, en voz baja, le dice a su esposa que finge llorar muy bien... Al fin, Otello anuncia a la multitud que el gran Dux le llama a Venecia, y que nombra sucesor suyo en Chipre a... ¡Cassio! Lo que pretende Otello es probar la reacción de Cassio: "¿Ves?... El bellaco no parece alegrarse" le dice a Yago; pero éste, sorprendido por la decisión de Otello, está furioso.
Desdémona avanza hacia su marido, implorante; pero éste, furioso, la coge con furia: "¡Al suelo!... ¡y llora!". A mí esta escena me ha recordado siempre a otra del Acto III de "La Traviata" (o Acto II, Cuadro II) en la que Violetta Valéry, vencida por el oprobio que vierte sobre ella Alfredo, cae al suelo ante las espantadas miradas de todos los presentes, de forma similar a como lo hace aquí Desdémona. De rodillas, en actitud implorante, la desdichada esposa de Otello entona un triste lamento de añoranza por los tiempos felices de antaño, ya perdidos, y de agonía por el dolor y la pesadumbre que han invadido su vida. Del mismo modo, cada cual para sí, entona una reflexión acerca de su propia suerte: Cassio siente que la fortuna que ha querido elevarle, es la ola de un peligroso huracán; Roderigo se lamenta porque su deseada Desdémona pronto se irá de Chipre; Lodovico se compadece de la desdichada Desdémona. El resto de los presentes, a coro, condenan la brutal conducta de Otello.
Yago recuerda a Otello que debe estar listo para esa noche; él mismo, tal y como le prometió, se ocupará de Cassio. Aparte, se dirige al apesadumbrado Roderigo y aviva de nuevo sus esperanzas: "El navío levará anclas al amanecer. Ahora Cassio manda aquí. Pero si algo le ocurriera... Otello tendría que quedarse." Y así incita a Roderigo para que, de su propia mano, de muerte a Cassio. Furioso, Otello ordena que todos se marchen. Desdémona aún trata de ir hacia él, pero Otello, fuera de sí, la maldice.
Otello y Yago se quedan solos. Ahogado por su agonía, Otello cae al suelo, y se retuerce en medio de un convulsivo delirio: "¡El pañuelo! ¡El pañuelo! ¡Ah!..." Yago le observa, lleno de gozo: "Mi veneno trabaja..." Desde fuera, se escuchan las voces de los chipriotas que, dice Yago, vitorean a Otello ofreciéndole su última lisonja.
Continuará...
(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)







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