Intermezzo
Un poderoso intermezzo orquestal nos introducce en lo que se será el núcleo de la acción. Nuestro ánimo ya está predispuesto, con el impactante final del Acto II, a que se nos encoja el corazón, y a ello nos ayudan ya los primeros compases de esta pieza; a continuación, la música toma impulso y nos anticipa un tema que, después, escucharemos en la voz de Des Grieux, casi al final... La intensidad va subiendo, cada vez un poco más, cada vez más deprisa, al mismo tiempo que sentimos esa congoja que anticipa las lágrimas, aún no sabemos por qué... La tensión se relaja y la música vuelve a posarse, suavemente, sobre nosotros... En cada nota sentimos cómo la pasión de Puccini nos envuelve... Por fin la música se va apagando, poco a poco, hasta que deja de existir...
Acto III
Nos encontramos en una explanada cerca del puerto de El Havre, que vemos al fondo. A la izquierda, un cuartel y, en primer término del mismo, una ventana con barrotes. La fachada que da a la explanada está presidida por un portón cerrado, ante el cual pasea un centinela. Hay un barco anclado en el puerto. A la derecha, una casa, después una callejuela; en la esquina, la mortecina luz de un farol, pugna en lucha desigual contra las sombras; el cielo se va aclarando gradualmente.
Des Grieux y Lescaut, escondidos, acechan el cambio de guardia; Lescaut ha sobornado al centinela que está a punto de entrar de servicio, además de a otros guardias, a fin de liberar a Manon. Des Grieux que siente que está recorriendo el camino de un destino inexorable, de una feroz y triste agonía.
Acude la muchedumbre, atraída por el disparo "...¿Qué pasa? ¿Qué ha sido? ¿Un rapto?..." La gente comenta que una mujer, o quizá más de una, pretendía huir. Un redoble de tambores anuncia la salida del cuartel de un grupo de soldados, custodiando a varias mujeres; se dirigen hacia el barco.
El sargento comienza a pasar lista: "¡Rosetta!... ¡Madelon!..." Al escuchar su nombre, las muchachas avanzan hacia la embarcación y suben; aun habiendo sido todas encarceladas por prostitución, su aspecto difiere mucho de unas a otros, y la gente lo comenta: "...¡Qué aires! ¡Es un encanto!" dicen de una "...¡Qué bajo has caído!... ¡Qué risa tan insolente!" murmuran de otra.
En la fila, mientras Manon espera a que le llegue su turno, pide perdón a Des Grieux... quizá no le amó lo suficiente... Le dice que debe regresar a su casa y olvidarla... Instantes de angustiosa desesperación por parte de ambos... El sargento continúa lanzando al aire los nombres de aquella lista hasta que pronuncia el de Manon; entonces, llegado el temido momento de subir al barco Des Grieux, impulsado por una súbita locura, arrebata a Manon de manos de los guardias: "¡Atrás!... ¡Ay de quien la toque!..." y canta un aria arrebatadora en su dolorosa desesperación: "¡Ah! ¡No os acerquéis! ¡Mientras yo viva, nadie podrá arrebatármela!..." La bendita locura de un amor al que no está dispuesto a renunciar, porque es su vida entera, le hace rogar al capitán que le acepte como grumete, o para hacer los trabajos más pesados ¡todo con tal de estar cerca de Manon! El capitán, conmovido, le dice: "¡Bien... bien... sea pues así! ¡Venga grumete, apresúrate!" Delirantes de felicidad, Manon y Des Grieux suben al barco.
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, artelista.com y www.youtube.com)
Nos encontramos en una explanada cerca del puerto de El Havre, que vemos al fondo. A la izquierda, un cuartel y, en primer término del mismo, una ventana con barrotes. La fachada que da a la explanada está presidida por un portón cerrado, ante el cual pasea un centinela. Hay un barco anclado en el puerto. A la derecha, una casa, después una callejuela; en la esquina, la mortecina luz de un farol, pugna en lucha desigual contra las sombras; el cielo se va aclarando gradualmente.
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| Atardecer en el Puerto de El Havre |
Des Grieux y Lescaut, escondidos, acechan el cambio de guardia; Lescaut ha sobornado al centinela que está a punto de entrar de servicio, además de a otros guardias, a fin de liberar a Manon. Des Grieux que siente que está recorriendo el camino de un destino inexorable, de una feroz y triste agonía.
Por fin, llega el cambio de guardia y Lescaut, tal y como estaba previsto, golpea la ventana; en seguida aparece Manon. A través de la reja, los dos amantes cruzan apasionadas palabras... "¿Tú... amor?... ¿No me abandonas en mi vergüenza?" "¿Abandonarte? ¡Jamás!" Des Grieux no es capaz de abandonarla, no puede renunciar a ella, pase lo que pase, a pesar de todo.
Un farolero pasa cantando. Des Grieux trata de dar ánimos a Manon; le indica que debe estar preparada junto a la puerta del patio; Lescaut estará allí, con unos hombres leales, y la rescatarán. Pero Manon siente que una fúnebre amenaza se cierne sobre ellos, un peligro ignorado, y quizá por eso mismo más aterrador. De pronto, suena un disparo. Aparece Lescaut, corriendo y gritando que todo está perdido; apremia a Des Grieux para que ambos huyan y salven la vida, pero éste se resiste a abandonar allí a Manon.
Un farolero pasa cantando. Des Grieux trata de dar ánimos a Manon; le indica que debe estar preparada junto a la puerta del patio; Lescaut estará allí, con unos hombres leales, y la rescatarán. Pero Manon siente que una fúnebre amenaza se cierne sobre ellos, un peligro ignorado, y quizá por eso mismo más aterrador. De pronto, suena un disparo. Aparece Lescaut, corriendo y gritando que todo está perdido; apremia a Des Grieux para que ambos huyan y salven la vida, pero éste se resiste a abandonar allí a Manon.
Acude la muchedumbre, atraída por el disparo "...¿Qué pasa? ¿Qué ha sido? ¿Un rapto?..." La gente comenta que una mujer, o quizá más de una, pretendía huir. Un redoble de tambores anuncia la salida del cuartel de un grupo de soldados, custodiando a varias mujeres; se dirigen hacia el barco.
El sargento comienza a pasar lista: "¡Rosetta!... ¡Madelon!..." Al escuchar su nombre, las muchachas avanzan hacia la embarcación y suben; aun habiendo sido todas encarceladas por prostitución, su aspecto difiere mucho de unas a otros, y la gente lo comenta: "...¡Qué aires! ¡Es un encanto!" dicen de una "...¡Qué bajo has caído!... ¡Qué risa tan insolente!" murmuran de otra.
En la fila, mientras Manon espera a que le llegue su turno, pide perdón a Des Grieux... quizá no le amó lo suficiente... Le dice que debe regresar a su casa y olvidarla... Instantes de angustiosa desesperación por parte de ambos... El sargento continúa lanzando al aire los nombres de aquella lista hasta que pronuncia el de Manon; entonces, llegado el temido momento de subir al barco Des Grieux, impulsado por una súbita locura, arrebata a Manon de manos de los guardias: "¡Atrás!... ¡Ay de quien la toque!..." y canta un aria arrebatadora en su dolorosa desesperación: "¡Ah! ¡No os acerquéis! ¡Mientras yo viva, nadie podrá arrebatármela!..." La bendita locura de un amor al que no está dispuesto a renunciar, porque es su vida entera, le hace rogar al capitán que le acepte como grumete, o para hacer los trabajos más pesados ¡todo con tal de estar cerca de Manon! El capitán, conmovido, le dice: "¡Bien... bien... sea pues así! ¡Venga grumete, apresúrate!" Delirantes de felicidad, Manon y Des Grieux suben al barco.
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, artelista.com y www.youtube.com)







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