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El agua y el tiempo estancados en el canal
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Aún con el sonido de la voz de Marie en sus oídos, Paul no sabe si está
dormido o despierto… Marie, su adorada Marie, que le dice que un nuevo amor le
llama…
La escena se traslada a un lugar solitario y apartado de Brujas. Es la hora del
atardecer. Un puente bajo y encorvado cruza un canal que discurre mansamente.
Vemos unos bancos solitarios, y las típicas casonas viejas de Brujas. Una de
ellas es un convento, con las paredes negruzcas y un enrejado en las ventanas;
en el centro del oscuro edificio está la torre de la campana con el reloj.
Otra, aislada y solitaria, es la casa en la que vive Marietta. La puerta está cerrada
aunque, a través de la ventana, se distingue una linterna de gas. El cielo está
nublado, y la luz otoñal va dando paso a la claridad de la luna. Las campanas
han comenzado a doblar.
Vemos a Paul que, inquieto, no hace más que dar vueltas de un lado a
otro delante de la casa de Marietta. “La
vida lo exige, un nuevo amor llama. Mira, mira y entiende…” nuestro protagonista se debate entre
las palabras, que aún resuenan en sus oídos, de su adorada Marie, y el
remordimiento por rondar la casa de otra mujer. Las campanas suenan de nuevo, se lamentan igual que cuando murió Marie.
Paul mira la ventana iluminada de Marietta y, al ver luz en ella, se
sobresalta. Teme a aquella mujer, y sin embargo desea tenerla entre sus brazos. Vuelven a sonar las campanas, y su lastimera canción martillea el
corazón de Paul. El viento sopla entre los árboles y agita sus hojas; es como
si la ciudad entera, al igual que Paul, se estremeciese.
Una procesión de novicias cruza por el destartalado puente. Marchan despacio y se
dirigen, a través de los árboles, por el camino que lleva a la iglesia.
Brigitta marcha en último lugar, vestida
como ellas; Paul la reconoce: “¡Brigitta!... ¿Por qué tuvo usted que
dejarme?”. La muchacha le explica que, fiel a la muerta, tuvo que marcharse
cuando vio aparecer a aquella otra mujer… “Rezaré
por su alma inmortal” le dice, y se aleja. Paul, desolado, exclama: “Mi buena y fiel amiga, ¡también se aleja de mí!”.
Alguien se acerca a la casa de Marietta. Se trata de Frank. Sorprendidos ambos de haberse encontrado allí, inician una conversación que pronto deriva en disputa. Frank insta a Paul a que se aleje de aquella mujer; Paul asegura que le resulta imposible, pues desea el cuerpo en el que ahora vive su adorada Marie. Frank insiste, trata de hacerle ver que para Marietta él no significa nada, que la muchacha lo que desea es vibrar, vivir la vida con pasión... y no compartir el anhelo de Paul de resucitar un fantasma. "Ella aún goza de vida y juventud... Nosotros nos esclavizamos por ella... es Colombina que nos seduce..." continúa Frank... Él también está aguardando a Marietta que le ha dado, incluso, la llave de su casa, que Paul, violentamente, consigue arrebatarle. Cuando se dispone a entrar en la casa de Marietta, Paul advierte que se aproxima gente, y se esconde.
Se acercan unas barcazas, iluminadas por las linternas chinas que se ven en el canal; en ellas viajan los actores y cantantes de la compañía de Marietta. Unos y otros alaban los cautivadores encantos de Marietta, la más bonita y encantadora, y cantan al pie de su ventana de qué modo todos sus compañeros la aman locamente, al tiempo que le ruegan que se muestre a ellos. De repente Marietta, sorprendiéndoles, aparece de espaldas a los cantantes, del brazo de Gastón; no ha asistido al ensayo porque no se sentía con ánimo para bailar.
Le pide a Fritz que cante, una canción que no sea ni demasiado triste ni demasiado alegre, una canción que haga soñar dulcemente. Pierrot, obedeciendo a su Colombina, comienza: "Mi anhelo, mi sueño, los frutos del pasado..." Marietta se siente de buen humor; coqueta y sabedora de su belleza, de su encanto, recibe los halagos de todos. Se siente pletórica, quiere bailar por placer, así que allí mismo, para ellos, anuncia que va a interpretar el número de Hélène del "Diablo" de Meyerbeer.
Una vez preparada la improvisada escena, Victorin toca el tema de la resurrección de "Robert el Diablo". Marietta, que se haya tendida en un banco, se levanta despacio, imitando los gestos de una mujer que despierta de la muerte, y camina con movimientos seductores hacia Gaston. En la iglesia, el servicio ha acabado, y el órgano comienza a sonar. Es la medianoche. Paul, que no ha dejado de observar en todo momento la escena, aparece de repente: "¡Deténgase! ¿Usted una mujer resucitada? ¡Nunca!". Marietta, muy tranquila, convierte a Paul en Robert, y baila demoníaca y seductoramente hacia él...
Marietta despide a los demás, y se queda a solas con Paul; éste, fuera de sí, la llama ramera desvergonzada, y la acusa de haberse acostado con su amigo Frank. Marietta, desafiante, le responde que él no tiene ningún derecho a hacer juicios sobre ella. Paul siente que Marietta ha traicionado el sagrado recuerdo de su amada Marie... le dice a Marietta que jamás la ha amado a ella, que sólo quiso su cuerpo porque, a través de él, sentía a su difunta esposa.
Marietta comprende que debe medirse con los poderes de Marie así que, sutil, trata de utilizar con Paul sus poderes de seducción... Trata de hacer ver a Paul que es ella, Marietta, la que está allí con él... "Mire mi cara, Paul, que a usted tanto le gusta. ¡Tómela! Mis ojos son suyos. Yo le ofrezco con alegría mis labios deseosos…” Poco a poco, Paul va cediendo... “Yo soy su esclavo, usted mi hechicera…” Paul, al fin, se rinde, y quiere entrar en la casa de Marietta; pero ésta, decidida a que el espectro de Marie desaparezca para
siempre, le pide que vayan a casa de él. “¡No importa dónde! Usted y yo apuraremos juntos la copa del amor”
exclama Paul.
(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, www.fotopedia.com y www.youtube.com)







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