Por sí sola, la música es un vehículo en el que se puede reconocer y mediante el que se puede expresar, de forma casi mágica, cualquier sentimiento humano. En el caso de la ópera, que añade la representación escénica a la música, la capacidad de comunicación de esta última se multiplica de modo extraordinario; y si la ópera pertenece a Richard Strauss, los límites de intensidad dramática, de pasión contenida que se va acumulando hasta que estalla de pronto, como un volcán, creo que son endiabladamente difíciles de igualar, y aún más de superar. Al menos ésa es la impresión que me ha producido la primera ópera de Richard Strauss que he tenido el placer de ver: "Salomé". Ayer hicimos una introducción; adentrémonos hoy en el argumento.
(Para ilustrar esta entrada y la de mañana, utilizaré una versión filmada de "Salomé" del año 1979, dirigida por Götz Friedrich. En los principales papeles están Teresa Stratas (Salomé), Astrid Varnay (Herodías), Hans Beirer (Herodes), Bernd Weikl (Jokanaan); el director es Karl Böhm. A pesar de que la obra consta de un solo acto, he dividido la explicación del argumento en dos partes, a fin de adecuarme a los vídeos ilustrativos).
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| Salomé (Henri Regnault) |
Acto único
Dejad que vuestra imaginación os lleve al palacio del rey Herodes; es una cálida noche oriental del año 30 d.de C, y el tetrarca de Galilea celebra una fiesta, a la que asisten su esposa Herodías y Salomé, hija del anterior matrimonio de Herodías con el hermano de Herodes, Filipo. Nos encontramos en la terraza del palacio donde a Narraboth, capitán de la guardia, le llama la atención el aspecto tan extraño, casi fantasmagórico, que tiene la luna esa noche. Narraboth contempla desde lejos a Salomé, de la que está secretamente enamorado: "¡Qué bella está la princesa Salomé esta noche!..." El paje de Herodías, que está junto a él,le advierte que puede ser peligroso que la mire de ese modo.
De pronto, la serenidad de la noche se rompe por las categóricas frases de condena que pronuncia una voz que proviene aún no se sabe muy bien de dónde. Los soldados desvelan que se trata de Jokanaan (Juan el Bautista), recluido en una mazmorra del palacio por haber condenado públicamente la incestuosa unión de Herodes con Herodías; Herodes, dicen, ha prohibido tajantemente que nadie vea al preso.
Aparece Salomé en la terraza, huyendo de las lascivas atenciones de Herodes, que le resultan de lo más repugnante. Narraboth, que está fascinado por Salomé, es incapaz de quitarle los ojos de encima, y el paje tiene un terrible presentimiento... Se escucha de nuevo la voz de Jokanaan, que lanza a los cuatro vientos sus drásticas frases de condena. Salomé queda impresionada por aquella voz profunda y misteriosa... Anhelante, exige ver al recluso, pero los soldados le cierran el paso, pues la prohibición de Herodes es categórica.
Entonces Salomé recurre a Narraboth, y sirviéndose de sus encantos y del amor que sabe que el capitán siente por ella, consigue que le traigan a Jokanaan. En cuanto le ve, queda prendada de la figura del un tanto macilento pero aún robusto profeta, y se obsesiona con la idea de poseerlo. Salomé dialoga con aquel extraño hombre; trata de encontrar un modo de tentarle, de despertar su deseo halagando su vanidad: alaba primero su cuerpo, después sus cabellos... pero el profeta no hace sino cortar de raíz las voluptuosas adulaciones de Salomé, que se revuelve como una gata rabiosa cada vez que el profeta la rechaza. Jokanaan trata, en vano, de que Salomé se arrepienta de sus pecados y se convierta. Finalmente Salomé, fuera de sí, le pide a Jokanaan que le deje besar su boca... El profeta, asqueado, se aparta de ella, maldiciéndola. Al contemplar esta escena Narraboth, hundido en la más absoluta desesperación, se suicida.
Herodes y Herodías salen a la terraza; Herodes pregunta dónde está Salomé, extrañado de que no haya regresado al banquete, tal y como él había ordenado. Camina unos pasos y, de pronto, resbala; se da cuenta de que es la sangre de Narraboth, cuyo cuerpo inerte yace en el suelo, la que le ha hecho caer. Sin inmutarse, ordena que se lleven el cadáver. Luego, se hace servir primero vino y luego frutas, que sucesivamente ofrece a Salomé pero ella, con el pensamiento únicamente puesto en el profeta, rechaza una y otra vez los obsequios de Herodes.
Se vuelven a escuchar las invectivas de Jokanaan. Herodías, que no puede soportar oír a aquel hombre, pide a Herodes que lo mate o que se lo entregue a los judíos. Los cinco representantes de dicho pueblo, que forman parte del séquito de Herodes y que presencian la escena, están en completo acuerdo con Herodías; sin embargo, Herodes se muestra reacio a entregarles al profeta puesto que, en el fondo, le teme.
Habla de nuevo Jokanaan, y alude a un Salvador del mundo cuya llegada, dice, está ya muy próxima. Unos nazarenos, que también se hallan presentes, describen los milagros realizados por Jesús, el supuesto Salvador al que alude Jokanaan. Nuevos ataques verbales de Jokanaan, en los que predice un negro destino para Herodías, provocan la indignación de ésta, que exige a su marido que le haga callar para siempre...
Se vuelven a escuchar las invectivas de Jokanaan. Herodías, que no puede soportar oír a aquel hombre, pide a Herodes que lo mate o que se lo entregue a los judíos. Los cinco representantes de dicho pueblo, que forman parte del séquito de Herodes y que presencian la escena, están en completo acuerdo con Herodías; sin embargo, Herodes se muestra reacio a entregarles al profeta puesto que, en el fondo, le teme.
Habla de nuevo Jokanaan, y alude a un Salvador del mundo cuya llegada, dice, está ya muy próxima. Unos nazarenos, que también se hallan presentes, describen los milagros realizados por Jesús, el supuesto Salvador al que alude Jokanaan. Nuevos ataques verbales de Jokanaan, en los que predice un negro destino para Herodías, provocan la indignación de ésta, que exige a su marido que le haga callar para siempre...
Continuará...
(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com y www.youtube.com)







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