Acto II
La introducción orquestal al Acto II es bellísima y a la vez sobrecogedora. El diálogo sin palabras entre violín y violonchelo nos habla de oscuridad, de soledad que se abate como una losa sobre el condenado... Enseguida se escucha la voz de Jacopo Foscari que, a la espera de ser conducido de nuevo al exilio, languidece en la prisión del Estado. En su ánimo se unen la opresión que siente por la soledad de piedra de aquel lugar, y la angustia por la injusticia que están cometiendo con él. La escena está iluminada, únicamente, por el tenue resplandor que entra a través de un tragaluz, desde la izquierda. A la derecha, una larga y angosta escalera conduce al palacio, a los seres queridos, a la vida. Jacopo, abatido por el peso del dolor, de la rabia, de la impotencia, está sentado, encogido, sobre un banco.
La noche, que reina perpetua en aquel lugar, se le va llenando de horribles visiones; son los espectros de los que, antes que él, sufrieron prisión allí. De entre ellos se destaca Carmagnola (1) que, con la decapitada cabeza sobre su mano izquierda, se acerca amenazadoramente hacia él, con el brazo derecho extendido, señalándole y salpicándole con la sangre que brota de su herida abierta. Jacopo, horrorizado, le pide que tenga compasión de él, que no le maldiga pues él mismo, aun siendo hijo del Dux, ha sido condenado. El pavor que le produce la visión de aquel espectro ahoga hasta tal punto a Jacopo que se desmaya. Esta vez es Carlo Bergonzi quien se mete en la piel de Jacopo Foscari:
Aparece Lucrecia, que rápidamente desciende la escalera, temerosa de que su marido, al que ve tendido en el suelo, esté muerto. Le abraza apasionadamente y comprueba, aliviada, que su corazón late. El pobre Jacopo, cubierto de un sudor frío y presa aún del delirio, cree que todavía se halla ante el temible espectro de Carmagnola. Al comprobar que se trata de su amada esposa, respira. Dado que aún no conoce la sentencia del Consejo de los Diez, cree que la visita de Lucrecia no es sino un último adiós... quizá el verdugo le espera... Pero no, Lucrecia le asegura que no van a ejecutarle, aunque le han condenado a algo más terrible, a una muerte en vida: al exilio, y con él a la lejanía de los seres queridos. Escuchemos ahora a Vicenzo La Scola (Jacopo) y a Alexandrina Pendantchaska (Lucrecia) en la grabación ya mencionada del año 2003, realizada en el Teatro San Carlo de Nápoles (2):
A mi entender, la esencia de toda esta escena, se verá reflejada en el Acto III de una ópera posterior de Verdi y Piave: "La traviata". En la soledad de su habitación, que para ella es como una cárcel, siente que la muerte se cierne sobre ella; la situación cobra un tinte aún más dramático cuando, por contraste, se escuchan las voces alegres de los parisinos que celebran, exultantes, el carnaval. En "I due Foscari", Jacopo y Lucrecia escuchan desde la celda de éste los ecos lejanos de los gondoleros que, al son de una pegadiza y encantadora barcarolla, cantan. Del mismo modo que sucederá después en "La traviata", mientras fuera se ríe, en la celda, como ocurrirá en la habitación de Violetta, se muere.
Pero, ¡oh dicha inesperada!, los esposos reciben la visita del Dux que, ahora únicamente como padre, ha acudido a ver al hijo que adora (3). Jacopo no cabe en sí de gozo cuando su padre le dice que le quiere, que sólo fingía rigor hacia él, porque era su deber hacerlo. El Dux abraza tiernamente a su hijo y a su nuera y, emocionados, los tres entonan un precioso trío. Francesco Foscari, que sabe que es la última vez que podrá abrazar a su amado hijo, trata de infundirle la fuerza que él mismo no tiene. En esta ocasión son Carlo Bergonzi (Jacopo), Renato Bruson (Francesco) y Margarita Castro-Alberti (Lucrecia) quienes cantan, en una grabación de 1980:
El Dux, con todo el dolor de su corazón, debe retirarse. En el momento en que se dispone a hacerlo, aparece, para regodearse aún más en su venganza, Loredano, acompañado de guardias, para llevarse a Jacopo, a fin de que comparezca ante el Consejo de los Diez y le sea comunicada su sentencia. Los esposos ruegan por que a Loredano le aguarde un sufrimiento mil veces mayor que el que les está infligiendo a ellos.
Nos trasladamos a la sala del Consejo de los Diez, donde los consejeros se están reuniendo. Comentan que la partida del reo no debe demorarse más, que la justicia, incorruptible, debe ser implacable y castigar sin más tardanza a Foscari, asesino de Donato. Al poco, el Dux hace su entrada, con paso abatido pero solemne. Ha sido llamado por los consejeros, no sabe si para tormento suyo o de su hijo; de cualquier modo, consciente de su deber, asegura que, aunque no dejará de ser padre en el corazón, en su rostro sólo se reflejará la actitud del Dux.
Entra Jacopo, escoltado por guardias. Loredano, triunfante, hace que se le entregue un pergamino para que lea cuál ha sido su sentencia; aún califica al consejo de clemente, puesto que pudiendo haberle ejecutado, le ha concedido la vida. Una vez más, el Dux aconseja a su hijo resignación... Quizá vuelvan a verse, pero será en el cielo.
Repentina e inesperadamente llega Lucrecia, llevando consigo a sus dos hijos. Quizá, al verlos, la piedad conmueva los duros corazones de los consejeros. Jacopo corre a abrazarse a sus hijos y los tres, sollozantes, caen a los pies del Dux para implorarle piedad. Ya que no pueda revocar la sentencia, Jacopo ruega a Francesco que haga de padre de sus hijos. Por su parte, Lucrecia suplica que les sea permitido, a ella y a sus hijos, compartir la suerte de su esposo; sin embargo, a pesar de las amargas lágrimas de estos desdichados, Jacopo es conducido de nuevo bajo custodia para que se prepare, al fin, su marcha de nuevo al exilio (4).
Nos trasladamos a la sala del Consejo de los Diez, donde los consejeros se están reuniendo. Comentan que la partida del reo no debe demorarse más, que la justicia, incorruptible, debe ser implacable y castigar sin más tardanza a Foscari, asesino de Donato. Al poco, el Dux hace su entrada, con paso abatido pero solemne. Ha sido llamado por los consejeros, no sabe si para tormento suyo o de su hijo; de cualquier modo, consciente de su deber, asegura que, aunque no dejará de ser padre en el corazón, en su rostro sólo se reflejará la actitud del Dux.
Entra Jacopo, escoltado por guardias. Loredano, triunfante, hace que se le entregue un pergamino para que lea cuál ha sido su sentencia; aún califica al consejo de clemente, puesto que pudiendo haberle ejecutado, le ha concedido la vida. Una vez más, el Dux aconseja a su hijo resignación... Quizá vuelvan a verse, pero será en el cielo.
Repentina e inesperadamente llega Lucrecia, llevando consigo a sus dos hijos. Quizá, al verlos, la piedad conmueva los duros corazones de los consejeros. Jacopo corre a abrazarse a sus hijos y los tres, sollozantes, caen a los pies del Dux para implorarle piedad. Ya que no pueda revocar la sentencia, Jacopo ruega a Francesco que haga de padre de sus hijos. Por su parte, Lucrecia suplica que les sea permitido, a ella y a sus hijos, compartir la suerte de su esposo; sin embargo, a pesar de las amargas lágrimas de estos desdichados, Jacopo es conducido de nuevo bajo custodia para que se prepare, al fin, su marcha de nuevo al exilio (4).
(1) Francesco Bussone da Carmagnola fue un condottiero (mercenario) encarcelado, al igual que Jacopo Foscari, por traición a la república. Aunque el Dux se hizo amigo de él, fue condenado y decapitado el 5 de mayo de 1432.
(2) En cuanto a esta grabación, no puedo dejar de hablar de algo que me llamó poderosamente la atención, y es el modo en el que está escenificada la escena en la que Lucrecia visita a su marido en la cárcel. Lucrecia, mujer atormentada por la injusta pena que está sufriendo su marido al que, se supone, ama apasionadamente, en este montaje se asoma a lo alto de la escalera y, desde lejos le llama. ¿Estará muerto? En lugar de correr hacia él, lo que sería, digo yo, lo lógico, sin moverse de donde está, casi en lo alto del todo de la escalera comprueba, ¡oh milagro!, que su Jacopo está vivo. Podría decirse de ella, parafraseando a una antigua película, que es "la mujer que tenía rayos x en los ojos" pues, de otro modo y a esa distancia, veo difícil que supiera que el corazón de su esposo continuaba latiendo. Por fin, baja pero es tanto el amor que le tiene que ni siquiera le toca ¿cómo es posible? Puede que se trate de una mujer precavida, que no quiera que su marido le pegue algún mal que haya podido adquirir durante su encierro. Amén de este comentario un tanto irónico, la representación, en general, está bien (principalmente Leo Nucci, que me parece maravilloso) aunque escenificaciones como la que acabo de comentar me parecen poco creíbles.
(3) También Violetta recibirá, antes de morir, la alegría inesperada de la visita de su amado Alfredo.
(4) Pido disculpas porque, por más que he buscado, no he logrado encontrar en youtube el fragmento correspondiente a este sobrecogedor final del Acto II.
(Fuentes: www.kareol.es, www.youtube.com)






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