Acto III
Cae la tarde, suave, sobre la antigua plaza de San Marcos. Una ligera brisa mece las aguas que, en su balanceo, emiten preciosos reflejos de plata. Al fondo, como un lejano vigía, se distingue la isla de los Cipreses. Venecia, que es hija, esposa y reina del mar, resplandece y sonríe a la alegría, al amor, a la vida.
Poco a poco, el pueblo va acudiendo, jubiloso, para asistir a una regata que está a punto de comenzar. Son gentes que cantan, que ríen, que ocultan divertidos su identidad tras una máscara, con el espíritu de niños que jugaran a disfrazarse. Entre todo este entusiasmo, vemos a Barbarigo y a Loredano, tenebrosos avisos de que la alegría de los venecianos es sólo un frágil velo que nos ocultará, únicamente por unos instantes, el trágico fondo de esta historia.
Loredano incita a los presentes a que, como es usual, la fiesta comience entonando la acostumbrada canción. Se trata de la misma melodía cuyos lejanos ecos llegaban a la celda de Jacopo, una inspiradísima barcarola, alegre, graciosa, muy pegadiza que, desde la primera vez que la escuché, me enamoró (siento no haber encontrado una versión escenificada):
Poco a poco, el pueblo va acudiendo, jubiloso, para asistir a una regata que está a punto de comenzar. Son gentes que cantan, que ríen, que ocultan divertidos su identidad tras una máscara, con el espíritu de niños que jugaran a disfrazarse. Entre todo este entusiasmo, vemos a Barbarigo y a Loredano, tenebrosos avisos de que la alegría de los venecianos es sólo un frágil velo que nos ocultará, únicamente por unos instantes, el trágico fondo de esta historia.
Loredano incita a los presentes a que, como es usual, la fiesta comience entonando la acostumbrada canción. Se trata de la misma melodía cuyos lejanos ecos llegaban a la celda de Jacopo, una inspiradísima barcarola, alegre, graciosa, muy pegadiza que, desde la primera vez que la escuché, me enamoró (siento no haber encontrado una versión escenificada):
De pronto, la alegría general se rompe por un repentino sonar de trompetas que, del mismo modo que el trueno anuncia a la tormenta, son la señal de que se acerca la justicia del León de San Marcos (1). Jacopo Foscari sale del palacio ducal, flanqueado por guardias y acompañado de Lucrecia y de Pisana. El corto camino hacia la galera que le espera en el puerto es el último tramo que va a recorrer antes de partir a un nuevo y definitivo exilio. Las góndolas han desaparecido del canal y la gente, temerosa, se ha apresurado a retirarse; tan sólo Loredano permanece para acechar los últimos momentos que su odiado Foscari va a pasar en Venecia y regocijarse así, aún más, en su venganza.
A Jacopo ya no le queda ninguna esperanza, ni aún la más remota. Se despide de su esposa, viuda (la llama él) de un marido que aún no ha muerto. Pronto un mar se interpondrá entre ambos, y Jacopo expresa el anhelo de que sus aguas, compasivas, se lo traguen; de este modo quedarían satisfechos el deseo de sus enemigos y el suyo propio, que es dejar de sufrir. En vano Lucia trata de quitarle tales ideas tenebrosas de la cabeza, y apela al recuerdo de los seres queridos que allí deja el infeliz: su padre, sus hijos, su esposa... Jacopo le ruega que consuele el dolor de su anciano padre, y que infunda en el corazón de sus hijos la virtud, que les diga que es inocente que, aunque ha de marcharse, perdona, y que se encontrarán, de nuevo, en el cielo donde quizá, algún día, hallen todos un consuelo para tanto dolor. Escuchemos a Lucrecia y a Jacopo en las voces de Katia Ricciarelli y FrancoTagliavini:
Cuando Jacopo, escoltado por el sopracomito (2) y los guardias, sube ya sin remedio a la galera, Lucrecia se desvanece en brazos de Pisana. Loredano no cabe en sí de gozo.
Al mismo tiempo que esto sucede el Dux, a solas en sus habitaciones, se siente superado por el sentimiento de culpa por no haber pronunciado una sola palabra para salvar a su hijo, y el inútil peso que para él ha resultado la corona; si, al tiempo que posó ésta sobre su cabeza, le hubiese llegado la muerte, al menos habría tenido a todos sus hijos consigo para darle un último adiós. Sin embargo ahora, al final de sus años, las atroces penas que le acribillan, con tres de sus hijos muertos y el cuarto en el exilio, le precipitan, en absoluta soledad, hacia el sepulcro.
De repente, llega precipitadamente Barbarigo, portando un papel. Se trata de la confesión de Nicolás Erizzo, noble veneciano que acaba de fallecer y que, antes de morir, se ha revelado como único autor de la muerte de Emolao Donato. Un súbito rayo de esperanza ilumina el corazón del Dux. El cielo, piadoso, ha querido devolverle al último hijo que le quedaba... Sin embargo, enseguida hace su aparición Lucrecia, completamente abatida... La breve alegría del afligido padre se viene abajo cuando su nuera le dice que, nada más emprender la marcha hacia el exilio, el infeliz Jacopo murió. Desolado, el Dux se deja caer sobre un sillón. Por si todo esto fuera poco, entra un sirviente y anuncia la visita del Consejo de los Diez, que desea hablar con el Dux. Éste, receloso, indica al sirviente que les haga entrar.
Loredano, exultante, anuncia el motivo de esta inesperada visita. Debido a sus muchos años y al profundo dolor que le embarga, el consejo ha decidido otorgar un merecido reposo a quien tantos y tan grandes servicios ha prestado a la patria; así pues, se han llegado hasta allí para que Foscari les entregue el anillo ducal. Ése es el generoso premio que tan altos señores han reservado al viejo guerrero... Escuchemos a ese magnífico Francesco Foscari que es Leo Nucci:
Toda la rabia, el dolor y la impotencia que hasta ese instante se habían acumulado en el corazón del Dux estallan y, en un súbito y feroz impulso, éste se levanta al tiempo que asegura, desafiante, que ninguna fuerza mortal logrará arrebatárselo. Dos veces en siete lustros, desde que ostenta la corona, quiso el Dux abdicar, y dos veces el Consejo se lo impidió; es más, se le obligó a jurar que moriría Dux y un Foscari, asegura Francesco, no falta a su palabra. Pero este arranque no es sino un "canto del cisne". Si el último de sus hijos ha muerto, ¿qué le queda? Obedecer, le replica el Consejo.
Vencido, Foscari entrega el anillo ducal a uno de los decemviros, y hace llamar a la infeliz viuda. Cuando Loredano hace ademán de quitarle el manto real, Francesco, tajante, le detiene; será él mismo el que se despoje del resto de atributos de la autoridad ducal, y no la indigna mano de Loredano. El que hasta hace un instante era la cabeza visible del poder en Venecia, se ha convertido en un ser indefenso, desolado...
Cuando Foscari se dispone a marcharse, del brazo de su afligida nuera, repican de fondo las campanas que anuncian al nuevo Dux. Y es ese lúgubre tañer, que resuena por doquier, y con especial fuerza en el corazón del anciano, el que, como una daga clavada en pleno corazón, le hace caer fulminado al suelo, muerto.
(1) El León de San Marcos, León Alado o León Marciano es la representación simbólica del evangelista San Marcos. Posee la forma de un León Alado, coronado con una aureola o nimbo. Suele representarse con un libro y una espada, sujetos con sus patas delanteras. El León de San Marcos ha sido el símbolo tradicional de Venecia, tanto de la antigua República como, en la actualidad, de la ciudad, de la provincia homónima y del Véneto (región del noroeste de Italia, cuya capital es Venecia).
(2) El sopracomito fue el título que, en la marina medieval y del renacimiento, se dio al comandante de una galera o de una nave mercante. En la armada veneciana, este papel estaba reservado exclusivamente a los miembros de las clases sociales más altas, como un signo de consideración y al mismo tiempo como un trampolín para una carrera exitosa en la administración de la República.
A Jacopo ya no le queda ninguna esperanza, ni aún la más remota. Se despide de su esposa, viuda (la llama él) de un marido que aún no ha muerto. Pronto un mar se interpondrá entre ambos, y Jacopo expresa el anhelo de que sus aguas, compasivas, se lo traguen; de este modo quedarían satisfechos el deseo de sus enemigos y el suyo propio, que es dejar de sufrir. En vano Lucia trata de quitarle tales ideas tenebrosas de la cabeza, y apela al recuerdo de los seres queridos que allí deja el infeliz: su padre, sus hijos, su esposa... Jacopo le ruega que consuele el dolor de su anciano padre, y que infunda en el corazón de sus hijos la virtud, que les diga que es inocente que, aunque ha de marcharse, perdona, y que se encontrarán, de nuevo, en el cielo donde quizá, algún día, hallen todos un consuelo para tanto dolor. Escuchemos a Lucrecia y a Jacopo en las voces de Katia Ricciarelli y FrancoTagliavini:
Cuando Jacopo, escoltado por el sopracomito (2) y los guardias, sube ya sin remedio a la galera, Lucrecia se desvanece en brazos de Pisana. Loredano no cabe en sí de gozo.
Al mismo tiempo que esto sucede el Dux, a solas en sus habitaciones, se siente superado por el sentimiento de culpa por no haber pronunciado una sola palabra para salvar a su hijo, y el inútil peso que para él ha resultado la corona; si, al tiempo que posó ésta sobre su cabeza, le hubiese llegado la muerte, al menos habría tenido a todos sus hijos consigo para darle un último adiós. Sin embargo ahora, al final de sus años, las atroces penas que le acribillan, con tres de sus hijos muertos y el cuarto en el exilio, le precipitan, en absoluta soledad, hacia el sepulcro.
De repente, llega precipitadamente Barbarigo, portando un papel. Se trata de la confesión de Nicolás Erizzo, noble veneciano que acaba de fallecer y que, antes de morir, se ha revelado como único autor de la muerte de Emolao Donato. Un súbito rayo de esperanza ilumina el corazón del Dux. El cielo, piadoso, ha querido devolverle al último hijo que le quedaba... Sin embargo, enseguida hace su aparición Lucrecia, completamente abatida... La breve alegría del afligido padre se viene abajo cuando su nuera le dice que, nada más emprender la marcha hacia el exilio, el infeliz Jacopo murió. Desolado, el Dux se deja caer sobre un sillón. Por si todo esto fuera poco, entra un sirviente y anuncia la visita del Consejo de los Diez, que desea hablar con el Dux. Éste, receloso, indica al sirviente que les haga entrar.
Loredano, exultante, anuncia el motivo de esta inesperada visita. Debido a sus muchos años y al profundo dolor que le embarga, el consejo ha decidido otorgar un merecido reposo a quien tantos y tan grandes servicios ha prestado a la patria; así pues, se han llegado hasta allí para que Foscari les entregue el anillo ducal. Ése es el generoso premio que tan altos señores han reservado al viejo guerrero... Escuchemos a ese magnífico Francesco Foscari que es Leo Nucci:
Toda la rabia, el dolor y la impotencia que hasta ese instante se habían acumulado en el corazón del Dux estallan y, en un súbito y feroz impulso, éste se levanta al tiempo que asegura, desafiante, que ninguna fuerza mortal logrará arrebatárselo. Dos veces en siete lustros, desde que ostenta la corona, quiso el Dux abdicar, y dos veces el Consejo se lo impidió; es más, se le obligó a jurar que moriría Dux y un Foscari, asegura Francesco, no falta a su palabra. Pero este arranque no es sino un "canto del cisne". Si el último de sus hijos ha muerto, ¿qué le queda? Obedecer, le replica el Consejo.
Vencido, Foscari entrega el anillo ducal a uno de los decemviros, y hace llamar a la infeliz viuda. Cuando Loredano hace ademán de quitarle el manto real, Francesco, tajante, le detiene; será él mismo el que se despoje del resto de atributos de la autoridad ducal, y no la indigna mano de Loredano. El que hasta hace un instante era la cabeza visible del poder en Venecia, se ha convertido en un ser indefenso, desolado...
Cuando Foscari se dispone a marcharse, del brazo de su afligida nuera, repican de fondo las campanas que anuncian al nuevo Dux. Y es ese lúgubre tañer, que resuena por doquier, y con especial fuerza en el corazón del anciano, el que, como una daga clavada en pleno corazón, le hace caer fulminado al suelo, muerto.
(1) El León de San Marcos, León Alado o León Marciano es la representación simbólica del evangelista San Marcos. Posee la forma de un León Alado, coronado con una aureola o nimbo. Suele representarse con un libro y una espada, sujetos con sus patas delanteras. El León de San Marcos ha sido el símbolo tradicional de Venecia, tanto de la antigua República como, en la actualidad, de la ciudad, de la provincia homónima y del Véneto (región del noroeste de Italia, cuya capital es Venecia).
(2) El sopracomito fue el título que, en la marina medieval y del renacimiento, se dio al comandante de una galera o de una nave mercante. En la armada veneciana, este papel estaba reservado exclusivamente a los miembros de las clases sociales más altas, como un signo de consideración y al mismo tiempo como un trampolín para una carrera exitosa en la administración de la República.






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