Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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lunes, 3 de septiembre de 2012

SCHUBERT Y LA ÓPERA: UN QUERER NO CORRESPONDIDO


Como en tantas otras cosas, la diosa Fortuna ha sido y es injustamente caprichosa a la hora de otorgar sus favores a algunas obras del repertorio operístico. Un ejemplo, que hemos visto en este mismo blog, es "Pelagio", de Saverio Mercadante; y otro, al igual que el anterior injusto, lo encontraremos en "Alfonso y Estrella", de Franz Schubert.

Schubert, uno de los principales músicos austriacos del siglo XIX, es sobradamente conocido por ser autor de bellísimas composiciones tales como "lieder", obras para piano, de cámara y orquestales, pero no lo es tanto como compositor operístico, aunque también hizo preciosas incursiones en el género.

Antes de comenzar con "Alfonso y Estrella", y a modo de introducción, veamos unas breves pinceladas acerca de la vida y obra de Franz Schubert.

Franz Schubert

Breve biografía
Franz Peter Schubert nació en Viena, el 31 de enero de 1797. Fue el duodécimo de trece hermanos. Su familia, muy humilde, residía en el barrio de Liechtental. Su padre, un modesto maestro de escuela, le enseñó a tocar el violín, y uno de sus hermanos mayores, Ignaz, el piano, con tan buenos resultados que, con tan sólo once años de edad, fue admitido en la capilla imperial de Viena como miembro del coro y alumno del Stadkonvikt, institución en la que tuvo como maestro a Antonio Salieri. Escribió sus primeras composiciones para la orquesta de discípulos del Stadkonvikt, de la que él mismo era violinista, y gracias a ella se familiarizó con la obra de Haydn y de Beethoven. 

Pese al indiscutible talento musical de Franz, su padre pretendía que heredara su profesión, a pesar del poco interés mostrado por el muchacho hacia la labor pedagógica; esta situación motivó un enfrentamiento entre ambos, y el abandono de la casa paterna por parte del chico. Una vez fuera de la influencia paterna, Schubert intentó ganarse la vida con su música, si bien con escaso éxito; nunca logró mantenerse sólo con sus composiciones, y necesitó de la generosidad de amigos, que lo acogían en sus respectivas casas.


Los lieder y las schubertiadas
La palabra "lied" (cuyo plural es "lieder", en alemán) puede asemejarse a "canción". Las letras de los "lieder" de Schubert proceden de grandes poetas, como Goethe; de duración inferior a cuatro o cinco minutos, podían cantarse uno tras otro en reuniones sociales alrededor de buen vino, música y literatura, en casa de Schubert o de sus amigos; estas veladas recibieron posteriormente el nombre de "schubertiadas".

A los catorce años, Schubert compuso sus primeros "lieder", a los diecinueve, ya había creado más de doscientos cincuenta, sin que pueda decirse de ellos que la cantidad vaya en detrimento de la calidad. Deleitémos, a modo de ejemplo, con la voz de Barbara Booney interpretando el primero de dichos lieder: "Gretchen am Spinnrade (Margarita en la rueca)", inspirado en el Fausto de Goethe.

Margarita está sentada junto a su rueca, mientras piensa en Fausto y en todas las promesas que le hizo; la música que acompaña su canto imita el sonido de la rueca, el del pedal que sube y baja, impulsado por su pie, como reflejo la emoción que encierran las palabras de la muchacha. Os ofrezco la letra, traducida, para que podáis apreciar en toda su magnitud la exquisita sensibilidad de esta conmovedoramente bella composición:


Desapareció mi sosiego y me pesa el corazón, 
nunca conseguiré hallar la paz.
Soy como una muerta si él no está junto a mí. 
El mundo entero carece de atractivo.

Enajenada tengo mi pobre cabeza, 
y todos mis sentidos deliran incoherentes.
Si miro por la ventana, sólo a él mis ojos buscan. 
Únicamente por encontrarlo salgo fuera de casa.

Su caminar altivo, su noble figura, 
la sonrisa de su boca y el fuego de su mirada.
El fluir encantador de sus palabras, 
la caricia de sus manos, ¡Oh! ¡Y sus besos ardientes!

Mi pecho hacia él se enarca en poderoso impulso. 
¡Si pudiera cogerlo, retenerlo junto a mí,
y besarlo, hasta saciar mis ansias, 
hasta quedarme muerta bajo sus labios! 


La ópera
El único campo que podía reportar grandes beneficios a un compositor de la época era la ópera, y aunque éste fue un género que Schubert abordó con insistencia a lo largo de toda su vida, nunca consiguió destacar en él. Sus óperas, entre las que merecen citarse: "Alfonso y Estrella", "Los amigos de Salamanca", "La guerra doméstica" y "Fierrabrás", continúan siendo la faceta menos conocida de su producción. Escuchemos, a modo de ilustración, la obertura de la ópera que de la que hablaremos en las siguientes entradas: "Alfonso y Estrella":




Últimos años
A pesar de la belleza de sus "lieder" y de la buena acogida que encontraron entre el público, la vida de Schubert discurrió siempre en un estado de gran precariedad económica, agravada considerablemente a partir de 1824 por los primeros síntomas de la gonorrea que, complicada con una fiebre tifoidea, acabaría prematuramente con su existencia el 19 de noviembre de 1828, con tan sólo treinta y un años de edad. Se decía de Schubert que hacía ya tiempo que "andaba por el mal camino"; se hablaba de su afición al alcohol y de la "sensualidad" que le llevó a tener relaciones esporádicas. Según muchos biógrafos, Schubert padecía lo que hoy llamaríamos "trastorno bipolar", lo que explicaría que grandes obras suyas quedaran incompletas sin una razón explícita.

En vida, Schubert fue admirado en un círculo muy restringido. Únicamente tras su muerte empezó a conseguir el reconocimiento que, sin duda, merecía, cuando obras suyas inéditas o que sólo se habían interpretado en círculos de amigos, empezaron a ser conocidas, publicadas y defendidas por músicos como Robert Schumann o Felix Mendelssohn.

Sirva esta introducción, así como las entradas que vendrán después acerca de "Alfonso y Estrella" como sentido homenaje al genial compositor que fue Franz Peter Schubert.

(Fuentes: wikipedia.es, biografiasyvidas.com y www.youtube.com)

jueves, 9 de agosto de 2012

"PELAGIO", EL PRIMER REY DE ASTURIAS SEGÚN MERCADANTE (V)


Bellísimo paisaje asturiano

Acto IV
El último acto de esta apasionante historia comienza en el palacio de Abdel, en una sala cerrada que conduce a las prisiones de la torre; en ella, podemos distinguir dos puertas laterales. La claridad del sol se cuela por una reja situada en la parte superior. Al fondo, un mirador practicable, que deja ver a alguna distancia la ciudad de Gijón.

Vemos a Blanca, sola y sumamente agitada; se acerca al mirador y, mientras contempla a lo lejos la ciudad, se entrega a un triste canto de dolor, dividida como está su corazón entre su padre y su amado, enfrentados en la cruel batalla que está teniendo lugar. De fondo, las trompetas ponen un triste énfasis en sus palabras. Escuchemos su desgarrador desconsuelo:


Aparece Abdel, pálido y muy agitado. Mientras se dirige a una de las puertas de la sala ve a Blanca, se detiene y la mira un momento con enojo; después se acerca a ella y, con acento de infernal ironía le pregunta: "¿Orabas?". Blanca vuelve de su enajenación y se incorpora y Abdel, ebrio de ira, se recrea en el dolor de la muchacha y le aconseja que ruegue, que llore y que pida a Dios que perdone sus culpas. Aterrada e inmóvil, Blanca escucha a continuación un torrente de palabras que la ira, la rabia y el despecho hacen salir de labios de Abdel: "¡Vuelve la vista a la humeante sangre que corre... Embriágate en el placer de ver morir a los míos...!" le dice, fuera de sí. La muchacha, suplicante, trata en vano de calmar el furor del árabe.

De pronto, desde fuera llegan voces que vitorean a Pelayo: "¡Viva el héroe de Asturias!". "¡Él vencedor! ¿Quién lo salvó?" pregunta Abdel, atónito; al ver cómo Blanca cae a sus pies, espantada, comprende y la maldice: "...Has abierto un abismo y en él nos sepultaremos entrambos..." Las voces que lanzan vivas al aire se acercan mientras Abdel, fuera de sí, coge a Blanca por los cabellos y la arrastra consigo. "Suya serás, pero muerta" asegura, al tiempo que saca un puñal de la cintura y la hiere. Las puertas se abren con violencia. Guerreros y pueblo español, a cuya cabeza viene Pelayo, entran en tropel. Abdel, no hallando por dónde huir, se precipita por el mirador.

Pelayo, al ver a su hija, corre hacia ella con la mayor desesperación. El horror hace presa en todos los presentes. Socorrida por Giralda, Blanca se incorpora y se abandona en los brazos de su padre; y en un conmovedor "canto del cisne" le pide que le estreche en su seno, que ponga su corazón sobre el de él: "...Perdóname... que tu perdón me abra las puertas del cielo... Abrázame, padre mío... Adiós para siempre" Blanca expira y cae sobre los brazos de Giralda; todos los presentes, transidos de dolor juran venganza eterna contra el árabe. Escuchemos, como dramático broche final a esta serie de entradas sobre "Pelagio", cómo Blanca se despide de su padre, de su pueblo, y de todos nosotros:



(Fuentes: Libreto de "Pelagio", vuelomania.com y www.youtube.com)

domingo, 5 de agosto de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS SEGÚN MERCADANTE (IV)


Amanecer en las montañas asturianas

Acto III
Son las inquietantes horas inmediatamente anteriores a la batalla. Estamos en un paraje rodeado de rocas y bosques, entre los cuales se distinguen senderos practicables. A un lado, al fondo, corre un río. Cierra la perspectiva una cordillera de altas montañas. Está a punto de amanecer.

Aparece Mendo, seguido de algunos españoles. Unos a otros se dan ánimos, seguros de que, por Asturias y por España, vencerán a los "árabes altaneros". Llega una barca por el río; es Pelayo, que viene a reunirse con ellos. Todos a coro, gritan: "¡Muerte a los moros!..." En nombre de los demás y en el suyo propio, Mendo pide a Pelayo que sea el caudillo que guíe el destino de un pueblo vilipendiado, que sea su rey y salve a España. Pelayo se enternece: "En mis ojos no había lágrimas ya, ni aún por la hija que he perdido... pero jamás ha bañado mis mejillas un llanto tan dulce como el que se vierte sobre ellas en este momento..."

De pronto, llega un mensajero, un gijonés que anuncia que el árabe ha promulgado una ley en virtud de la cual los cristianos deberán renegar de su religión. Indignado y resuelto, Pelayo se vuelve a Mendo y al resto de españoles y jura que el infiel pagará con su sangre este delito: "...que el nombre de los españoles no se transmita envilecido a las edades futuras... Patria mía, tu fe pura no sufrirá alteración ni oprobio..."

Gabinete de un palacio árabe

La acción se traslada ahora a una habitación en el palacio de Abdel quien, a solas, se entrega a un soliloquio en el que se estremece, traspasado por el dolor de lo que él cree una traición de Blanca. Se pregunta por qué ella no se ha atrevido a presentarse ante él, aunque sus súplicas no podrían ablandar su corazón enfurecido. Escuchémosle:


Llega Asan y le anuncia que el misterioso hombre que estuvo allí mismo con Blanca, ha caído en sus manos. Entusiasmado, Abdel ordena que le traigan a su presencia.

Conducido entre los guardias árabes, Pelayo queda inmóvil sobre el dintel de la puerta. "Te hago venir para que me descubras quién eres, y con qué objeto has venido aquí." A una seña de Abdel, los guardias se retiran.

Pelayo permanece aparentemente calmado mientras Abdel, con fiero enojo, le interroga acerca de sus intenciones al hablar con Blanca. Cuanto más tranquilo se muestra Pelayo, más furioso se pone Abdel, que acaba por abalanzarse sobre Pelayo, puñal en mano... pero lo detiene el brazo de Blanca que, al grito de "¡Es mi padre!" sale precipitadamente de una estancia contigua. 

Sin acobardarse en ningún momento, Pelayo desafía aún a Abdel que, estupefacto, siente que un extraño pavor hiela su pecho, un terror que le ha impedido herir a Pelayo. Blanca se acerca a su padre y, en voz baja, le suplica que guarde silencio; a continuación, se dirige a Abdel y le ruega que respete la vida de su padre.

Aparece Asan, que llega visiblemente preocupado; anuncia que, nada más ser publicada la ley que fuerza a los cristianos a renegar de su religión, el pueblo de Gijón se ha negado a obedecerla y, con la mayor audacia, corre a proveerse de armas. A pesar de todo, Abdel no tiene ningún miedo; ordena que encierren a Pelayo en la torre y le anuncia que, antes de darle muerte, le obligará a presenciar el castigo de los suyos, para gozarse en su desesperación.

Mientras Blanca suplica una y otra vez, en vano, Pelayo desafía al árabe, pero éste le asegura que la audacia de los cristianos no es sino un débil soplo que no desbaratará el aliento de sus intrépidas huestes, que destruirán todo cuanto se oponga a su paso. Giralda trata de consolar a Blanca: "Calma tu dolor, desgraciada, Dios no nos abandonará."

Para finalizar la entrada de hoy, escuchemos el trepidante final de este Acto III y cómo, desde que llega Asan y anuncia que el pueblo de Gijón se ha alzado en armas como respuesta a la ley que les obliga a renunciar a su fe, la acción se precipita ya definitivamente hacia un final que tememos trágico:


Continuará...

(Fuentes: Libreto de "Pelagio", arteyfotografia.com y www.youtube.com)

miércoles, 1 de agosto de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS SEGÚN MERCADANTE (III)



Paisaje asturiano

Acto II
Estancia en las habitaciones de Abdel. El techo es de madera de cedro, embutido de oro y azul; lo sostienen ligeras columnas de alabastro, por entre las cuales se distinguen elegantes arcadas, que dejan ver dos torres contiguas. El fondo de la estancia sale a un ancho balcón, a través del cual se divisan colinas y bosques, y más cerca, la ciudad de Gijón. Vemos también dos puertas laterales. La estancia está amueblada con otomanas y sofás, con telas recamadas de oro y plata.

Vemos a Blanca, sola. Entra Aliatar y le anuncia que un hombre espera fuera, para hablarle. Blanca se sobresalta cuando Aliatar añade: "...Dice que era amigo del difunto Pelayo". Al poco, vemos entrar al misterioso personaje, embozado hasta los ojos con su larga capa. Enigmático, se presenta a Blanca como aquel que "...debía haber llegado hasta ti mucho antes"; a continuación explica a la muchacha que, tras la terrible batalla, sostuvo a su padre entre sus brazos y que éste, en sus últimos instantes, le pidió que la consolara; asimismo, le rogó que dijese a Blanca que, además de conservarle en su memoria, respetase en él la patria. Sin embargo "...Has despreciado sus cenizas." afirma aquel hombre; "...Has jurado amar a un impío..." continúa. Blanca se defiende alegando que, si lo ha hecho, ha sido para salvar de la destrucción a los suyos. El hombre, cada vez más airado, anuncia que se abre la tumba y que "...sale de ella tu padre... Soy tu padre."

Don Pelayo

Blanca, estupefacta, se abalanza hacia él, para abrazarle; pero Pelayo la rechaza, y la muchacha se deja caer, abatida y llorosa, sobre un sofá. La ira del padre es tan intensa, o más, que la desesperación de su hija. A pesar de todo, Pelayo le ofrece una posibilidad de enmendar su culpa: "...Cierra tu corazón al amor del tirano..." le dice. Blanca casi se decide a seguirle, pero en ese momento se escucha la voz de Abdel, y la muchacha se detiene. Pelayo la mira fijamente y con sorpresa.

Hechizada por la voz del moro, Blanca se resiste al abrazo de Pelayo, que siente renacer su ira. "Perdóname..." le dice Blanca, con resolución "...Ahora soy esposa." Desesperado, Pelayo maldice a su hija, afirmando que debería morir antes que ceder al amor del impío; y añade: "...no te acuerdes de que tienes padre... yo no lo soy para ti." A continuación, llevado de un furor extremo, Pelayo huye por donde ha entrado. Blanca, que apenas puede sostenerse, se retira.

Entra Asan y, con la mayor cautela, mira por donde marchó Pelayo, y se queda rezagado por algunos momentos. Aparece también Abdel. Con enojo contenido, Asan trata de hacer ver a Abdel que el hombre que se acaba de marchar, que ellos creen que es un amigo de Pelayo, puede que esté conspirando con Blanca contra ellos; al fin y al cabo, su padre fue muerto a manos de los musulmanes. Pero Abdel no puede creerlo. Sin embargo, los hechos que van a ocurrir a continuación, le dicen que quizá Asan tenga razón...

Entra Aliatar, acompañado de un grupo de árabes y, tremendamente preocupado, le comunica a Abdel que los españoles se están reuniendo en las vecinas montañas para preparar un golpe formidable, y que entre ellos se encuentra el hombre que ha estado hace poco en esa misma estancia. "¿Y dudas todavía?" dice Asan. Abdel, desengañado y herido en lo más profundo, declara que, desde ese día, el corazón del árabe será tan fiero en el enojo como fue pacífico en el amor. Gijón está condenada.



(Fuentes: Libreto de "Pelagio", arteyfotografia.com.ar y www.youtube.com)

martes, 24 de julio de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS, SEGÚN MERCADANTE (II)


Veamos cuáles son los personajes de la historia en la que, a continuación, nos vamos a adentrar:

  • Pelagio, rey de Asturias (barítono)
  • Blanca, hija de Pelagio (soprano)
  • Giralda, confidente de Blanca (contralto)
  • Abdel-Ao, gobernador de Gijón (tenor)
  • Aliatar, guardia (bajo)
  • Mendo de Quexada, noble español (bajo)
  • Un gijonés (tenor)
  • Soldados árabes, hombres y mujeres árabes, guerreros españoles, así como hombres y mujeres españoles.

Caligrafía árabe


Continuemos, pues, con la historia de "Pelagio"... Muy atentos, porque está a punto de comenzar...

Acto I
Cuando comienza esta historia, gran parte de la Península Ibérica se encontraba bajo el dominio árabe que comenzó, como hemos visto en la entrada anterior, en el año 711. El territorio dominado por astures, cántabros y vascones es el núcleo de la resistencia al invasor musulmán. 

Nos encontramos en un frondoso bosque; al fondo, vemos un río y, más allá, un palacio de arquitectura árabe, flanqueado por torres e iluminado desde el interior. Es de noche, y la luna baña la escena con su argentina luz. 

Pelayo, solo, envuelto en su capa, suspira por Gijón en un vehemente soliloquio. Piensa en el hecho de que, entre las montañas de Asturias, más de un valiente alimenta aún la llama del irrefrenable deseo de echar al invasor, deseo en el que él se abrasa; a ese respecto, Pelayo está convencido de que muy pronto se verá ondear, triunfante, el estandarte godo. De pronto, siente que alguien se acerca y, cauteloso, se esconde.

Mendo, seguido de algunos españoles, aparece en escena. Creen muerto a Pelayo, y se duelen porque el destino de su amada patria hubiera sido muy distinto de haber seguido vivo: "Desde el día en que nos fue arrebatado, la España se vistió de luto, y el musulmán altanero desprecia nuestros templos y nuestras lágrimas..." clama Mendo.

Al fin, Pelayo sale de su escondite, para estupefacción de aquellos abatidos hombres. Al verle, corren todos hacia él, llenos de gozosa sorpresa. Pelayo les cuenta las mil y una vicisitudes por las que ha tenido que pasar desde que todos le dieron por muerto; por dondequiera que ha ido, no ha oído más que el deseo unánime y ferviente de todos de echar al invasor musulmán, y no duda de que serán capaces de hacerlo. 

Siendo su hija, Blanca, aún niña, Pelayo la dejó al cuidado de Giralda. Al mencionarla, descubre un gesto de inquietud en Mendo, y sentimos que casi no se atreve a comunicar a Pelayo algo muy grave. Las circunstancias le ayudan a hacerlo, pues en ese momento aparece Blanca, junto con un grupo de doncellas, que atraviesan el río a bordo de unas barquillas iluminadas. Blanca entona una canción en la que bendice al amor, que la sacó de su soledad y la devolvió a la vida; las doncellas, a coro, la acompañan en su canto y, todas juntas, se dirigen hacia el palacio del jefe árabe.

Mendo aclara a Pelayo que aquel por quien canta su hija es su enemigo, Abdel-Ao con quien Blanca, según añade Mendo para horror de Pelayo, se casará muy pronto. El furor de Pelayo es inmenso: "Ahora... yo mismo voy al palacio del moro..." Sin embargo, Mendo logra contenerle.

La escena cambia, y nos traslada al interior de un pabellón del palacio moro, alumbrado por una lámpara de alabastro; está rodeado de cortinajes que, al abrirse, dejan ver un jardín. A un lado hay un sofá.

Blanca conversa con Giralda, su amiga y confidente, y le cuenta que tiene un fatal presentimiento; ante sus ojos se ha representado una visión en la que, mientras esperaba para unirse en matrimonio con su amado, aparecía su padre como una sombra airada... Un rayo derribó el altar y el templo se vino abajo... Giralda trata de calmar el agitado ánimo de Blanca, de disipar sus temores. 



Se presenta entonces Abdel, y Giralda se marcha. Abdel está loco de alegría, ansioso por caminar con Blanca hacia el altar, y no comprende por qué ella está pálida y temblorosa. De fondo, se escucha la música que anuncia el inminente enlace de ambos. A una señal de Abdel, se corren las cortinas del pabellón, y se ofrece a la vista un amenísimo jardín lindamente iluminado. Acuden a la escena soldados, hombres, doncellas y niños árabes, llevando estos últimos copas de oro y regalos de boda. En medio del jardín se ven juegos de agua alumbrados por lámparas de alabastro. Junto a los soldados están  Aliatar y Asan; Giralda está con las doncellas.

Abdel invita a Blanca a seguirle pero, antes de hacerlo, ella le hace prometer la paz para los cristianos: "Corto favor me pides..." responde alegre Abdel. Al son de las fanfarrias árabes que acompañan los cantos de alegría, Blanca y Abdel se dirigen hacia el fondo.

(Fuentes: Libreto de "Pelagio" y www.youtube.com)

jueves, 19 de julio de 2012

"PELAGIO": EL PRIMER REY DE ASTURIAS, SEGÚN MERCADANTE (I)

Hace poco, estuve hablando con una amiga acerca de mi blog y me preguntó: "Cuando se te acaben las óperas de las que hablar, ¿qué vas a hacer?". "¿Acabarse?" le respondí de inmediato; y a continuación le expliqué cómo, cuanto más indago acerca de este rico mundo de la lírica, me doy cuenta de que aún me queda mucho, muchísimo más por conocer. 

Entre ese vasto terreno operístico aún desconocido para mi, una parte muy grande la forman aquellas óperas que no suelen incluirse en el repertorio que habitualmente se lleva a escena. Hoy, quisiera llevaros conmigo a conocer una de ellas: "Pelagio", de Saverio Mercadante.

Espectacular paisaje asturiano

Un breve apunte histórico
La figura de don Pelayo, personaje al que la leyenda sitúa como iniciador de la Reconquista, está envuelta en un halo de misterio; para entenderla, es necesario conocer siquiera un poco el contexto histórico en el que el destino le llevó a nacer.

Volvamos muy atrás en el tiempo, al día 27 de abril del año 711, fecha en la que da comienzo la invasión árabe de la Península Ibérica con el desembarco del caudillo Táriq ibn Ziyad en Gibraltar. Durante los primeros años, los musulmanes se asentaron en Andalucía, Levante y valle del Ebro, mientras que en el resto de la península se establecieron guarniciones para recaudar tributos. El límite septentrional de la presencia de los conquistadores fue el inicio de la cordillera cántabro-pirenaica; es precisamente en ese territorio, dominado por astures, cántabros y vascones, donde se fraguará el germen de la resistencia al nuevo enemigo.

Parece ser que Pelayo era un noble visigodo, hijo del duque Favila. Amenazada su vida debido a las intrigas entre la nobleza visigoda, marchó como peregrino a Jerusalén, y sólo regresó a la península tras la entronización de Rodrigo, del que era partidario; con él, ocupó el cargo de guardia del rey, y como tal combatió en la batalla de Guadalete que tuvo lugar entre el 19 y el 26 de julio del 711, entre las tropas del rey don Rodrigo y las del ya citado Táriq. Tras la derrota sufrida, Pelayo se replegó hacia el norte, donde se granjeó la confianza de los pueblos norteños. Se acepta que fue nombrado rey en el 718, fecha que se considera como el inicio del reino astur, con capital en Cangas de Onís.

Hacia el año 722, Táriq envió un ejército para someter a los levantiscos astures; tuvo lugar entonces la batalla de Covadonga, que acabó con la huida de las tropas invasoras. Dice la leyenda que Pelayo persiguió al ejército derrotado hasta la ciudad de León, en cuyas proximidades, en los llanos de Camposagrado, volvió a vencer a los huidos.

El rey don Pelayo falleció en Cangas de Onís, en el año 737. Su cadáver recibió sepultura en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, situada en la localidad asturiana del mismo nombre. En la actualidad se conserva el sepulcro, si bien vacío; los restos de don Pelayo reposan en una cavidad natural de la Santa Cueva de Covadonga, en un túmulo de piedra.


Don Pelayo visto por Mercadante
Para entender por qué Mercadante, un compositor italiano, escogió como tema para una de sus óperas un tema de la historia asturiana, hay que tener en cuenta que vivió y trabajó durante casi tres años en nuestro país. "Pelagio", tragedia lírica en cuatro actos, fue la última obra que escribió, si bien fue la penúltima en estrenarse: subió a los escenarios por primera vez el 2 de febrero de 1857, en el teatro San Carlos de Nápoles; posteriormente, en el mismo teatro, hizo su presentación en sociedad "Virginia", concretamente el 7 de abril de 1866.

Si bien el "Pelagio" de Mercadante se estrenó con gran éxito, su brillo se vio ensombrecido (como la mayoría de las óperas de los años 50 del siglo XIX) por la arrolladora notoriedad alcanzada por las óperas de un joven Giuseppe Verdi. El libreto, de Marco D'Arienza, reconstruye la lucha del héroe astur Pelayo, del que cuentan las crónicas que inició la Reconquista que, siglos después, rematarían los Reyes Católicos. 

La acción tiene lugar en Gijón y alrededores; y fue precisamente Gijón la que rescató del olvido, en el año 2005, esta obra de un compositor práctica e injustamente dejado de lado. Bajo la dirección del gijonés Mariano Rivas, y con su decisivo e impagable impulso, "Pelagio" subió de nuevo a los escenarios, tras más de siglo y medio de olvido, el 9 de septiembre de 2005. Fue el propio Mariano Rivas quien se encargó de revisar y publicar el libreto, traducido a partir del original de 1858. Los principales intérpretes de este nuevo nacimiento de "Pelagio" fueron Carlos Álvarez, Tatiana Anisimova y el tenor gijonés Alejandro Roy. Mis más efusivas gracias, desde aquí, por recuperar para el repertorio lírico esta magnífica obra. Veamos un fragmento:


Por último, quisiera llamar vuestra atención acerca del hecho de que no sólo esta ópera, sino su autor en sí, es prácticamente un desconocido en el actual panorama operístico; como ejemplo ilustrativo de lo que digo, basta que nos demos cuenta de que el Teatro Real de Madrid únicamente ha incluido en su oferta (al menos hasta el momento) dos óperas de este autor: "I due Figaro", en marzo-abril de este año, y "La rappresaglia", programada para mayo de 2013.


(Fuentes: Libreto de "Pelagio", publicado con motivo de su recuperación para los escenarios el 9 de septiembre de 2005, www.arteguias.com, wikipedia, arteyfotografia.com y www.youtube.com)

miércoles, 11 de julio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (IV)


Suiza, región de Oberland
Acto III
Viajemos de nuevo, esta vez hasta la villa que la princesa Fedora posee en Oberland, la región más elevada del cantón de Berna, en Suiza. Al levantarse el telón, al son de una alegre música, se nos muestra el bello jardín de la princesa. Se oyen las voces de un grupo de campesinas que, a lo lejos, pasan cantando.

Aparece Fedora, que sale de la casa y, por la forma en la que camina, nos damos cuenta de que está exultante de felicidad. Loris, que ha salido también de la casa al mismo tiempo que ella, no hace sino alabar la belleza de su amada. Fedora, en su feliz delirio, trata de llamar la atención de Loris acerca de la belleza de las flores que les rodean; pero él sólo tiene ojos para la princesa.

Llega la condesa Olga, de mal humor, y, al encontrar a Fedora y a Loris abrazados, exclama con asombro: "¡Aún tenéis fe!". Ella, con un tono un tanto teatral, afirma que ya no cree en nada, que todo le aburre. De pronto, suena un timbre. "¿Una visita?" dice Fedora sorprendida. Con una cierta precipitación Loris se va, "A correos. Espero algunas cartas..." La inesperada visita resulta ser De Siriex. Está hospedado en el Hotel Inglaterra y, al oír que la princesa se encontraba allí, no podía dejar de visitarla.


Marka, la doncella de Fedora, trae un servicio de té. Durante la conversación, De Siriex pregunta a Olga acerca de aquel gran artista, Boreslao Lazinski; "Amigo mío, ¡otro desengaño!" replica la condesa, con expresivos gestos. Mientras meriendan, Olga relata cómo el tal pianista era un celoso, un Otello que la seguía a todas partes, que la espiaba. Un día, la condesa se hartó, le gritó, y él no volvió más. El ingenio de De Siriex encuentra una explicación musical para el comportamiento del pianista: "Tocaba demasiadas fugas..." deduce "...de Bach" añade. Olga continúa contando cómo, más tarde, supo que Boreslao se hallaba en Ginebra. "¡Eso es grave!" afirma De Siriex, poniéndose humorísticamente serio. Con cara de circunstancias, se dispone a aclarar el por qué de la gravedad de la afirmación de la condesa...


El malévolo De Siriex insinúa que, quizás, el maestro polaco fuese un agente secreto, un espía del gobierno imperial enviado al lado de la condesa para hacerla hablar. Al oír tales suposiciones, la condesa vacila y acaba por dejarse caer, desmayadamente, sobre una silla. De Siriex, elegante y cómico, trata de animarla, asegurándole que el amor es un ave de paso que, del mismo modo que viene para irse, se va para regresar. Ya un poco recuperada del soponcio, Olga propone olvidar aquel triste recuerdo, y De Siriex sugiere que la mejor forma es borrarlo creando un mejor, por ejemplo, un rapto en bicicleta. Olga, cabecita loca, se entusiasma rápidamente con la idea: "¡Bravo! ¡La idea es original! Corro a vestirme..."

A solas Fedora y De Siriex éste le confiesa el verdadero propósito de su visita: "Princesa, no he venido aquí por ella." Fedora dice vivir en un sueño, pues ama a Loris más que a su propia vida; De Siriex, dolorosamente, le dice: "Pues bien, yo vengo a despertaros..." A continuación, le cuenta cómo Valeriano Ipanoff, hermano de Loris, fue apresado como cómplice del asesino de Vladimiro; encarcelado en una fortaleza, a orillas del Neva, una noche, tras una crecida súbita del río, se ahogó... Ante tan tremenda noticia, su anciana madre enfermó y murió. Fedora, desolada, siente que es ella misma quien ha matado a ambos.

Olga sale corriendo al jardín, preparada para montar en bicicleta. La condesa está entusiasmada, y Fedora a duras penas logra disimular su turbación. Al fin, De Siriex y Olga se marchan para dar un paseo. Fedora se queda sola, perdida en sus pensamientos. El sol de la tarde comienza a declinar y, a lo lejos, se oye la voz de un pequeño saboyano que canta. Desesperada, Fedora ruega a Dios en una desgarradora plegaria.



Inmersa en su tristeza, Fedora no se da cuenta de la llegada de Loris. Cuando le ve, se seca rápidamente los ojos. Él camina despacio, evidentemente turbado. "No sé nada de mi madre, ni de mi hermano..." dice. Basilio le entrega unas cartas y un telegrama; Loris cree que es de su hermano, pero es de su amigo Boroff, que le comunica que se le ha concedido el perdón, y que se le permite volver a Rusia. Loris está exultante de alegría, pues podrá volver a ver a su madre y a su hermano, podrá regresar a su patria. "Y tú me seguirás hasta el altar" añade, dirigiéndose a Fedora que, a duras penas puede disimular los tumultuosos sentimientos que bullen en su interior. 

Loris, en su entusiasmo, hace ademán de irse, pero de repente recuerda que aún no ha leído las cartas. Una de ellas, también de Boroff, es anterior al telegrama. La hojea y lee algunos fragmentos en voz alta; mientras Fedora escucha, su terror aumenta visiblemente. En la carta, Boroff explica cómo una rusa residente en París remitió al general Yariskin una carta, que éste hizo llegar a su vez al emperador; en ella estaba escrita la prueba definitiva de su delito, su propia confesión, junto con el nombre de su hermano Valeriano como cómplice. La autora de la carta firmó con su nombre de bautismo... "...pero la descubriremos" añade Boroff.

La angustia de Fedora crece más y más a medida que Loris continúa leyendo. La carta prosigue con el relato de cómo Yariskin ordenó el arresto de Valeriano... la fortaleza... el foso... en la noche... Con un alarido, Loris descubre que, tanto su madre como su hermano, están muertos: "¡Ahogado! ¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Madre mía!" Su desesperación no tiene límites.

Fedora se acerca a Loris, temerosa; casi no se atreve ni a tocarle. Desesperado, Loris jura que encontrará a aquella mujer, a la maldita espía que le sigue a todas partes... Fedora retrocede, espantada. Tratando angustiosamente de encontrar una escapatoria, la princesa plantea a Loris la posibilidad de que aquella misteriosa mujer hubiese amado perdidamente a Vladimiro y que, al matarle Loris, hubiese desencadenado en ella una reacción de odio fuera de toda razón... "¿Pero qué le habían hecho mi madre y mi hermano?" replica Loris. "Quizá los llore contigo por ellos..." le anuncia Fedora.

De pronto, se escucha un ruido en la calle... "¡Una carroza! Es Boroff" dice Loris. Fedora, que sabe que el tiempo se le escapa irremediablemente, que ya sólo le quedan unos instantes antes de que sea descubierta, suplica a Loris: "...¿Si ella estuviera arrepentida, oh, corazón generoso, no tendrías piedad?" Pero Loris se muestra inflexible.


Por más que Fedora le suplica, Loris se muestra duro, inconmovible. "¡Estoy perdida!" dice ella al fin, para sí. Se escucha de nuevo el ruido de la carroza... "¡Boroff... es él!" exclama Loris yendo a su encuentro. Fedora, espantada, no duda de que, cuando sepa la verdad, Loris la matará. Sin embargo, acordándose de repente, se acuerda del veneno que guarda en la cruz bizantina que lleva al cuello. En un último  intento, suplicante, llama a Loris y, de nuevo, le pide que perdone a esa mujer. Tanta insistencia acaba por hacer sospechar a Loris y, por fin, consigue que Fedora le diga que ella misma es esa mujer. Horrorizado al saber que la princesa es la artífice de la muerte de su madre y de su hermano, jura que la aplastará... Pero ella corre hacia la mesita, y bebe rápidamente el contenido de su taza; de inmediato, se echa las manos al cuello.

Justo en ese momento entra Boroff, acompañado de Basilio. Loris corre hacia él, fuera de sí: "Boroff... Esta mujer... El veneno... Lo sé todo... Sálvala..." Pero todo es inútil. Loris, se aferra aún a Fedora quien, mientras agoniza entre sus brazos, le dice que, quizá una vez muerta, pueda perdonarla. La muerte va envolviéndola en forma de un frío cada vez más intenso y Loris, que no se separa de su lado,  al fin la perdona. "¡Te amo!" apenas puede pronunciar ella y, con un último estremecimiento, cae muerta.



martes, 3 de julio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (III)


París, costas del Sena

Acto II
¿Venís conmigo a la recepción que da la princesa Romazov, en París?. Mientras suena un alegre vals, el telón se levanta y se nos muestra un majestuoso salón, ricamente decorado. Al fondo, unas enormes cristaleras hacen que la estancia parezca aún más grande. Vemos parejas que bailan al son de la música. A un lado, sobre una tarima, un piano de cola alrededor del cual hay muchas sillas. Fedora dirige el servicio del té, ayudada por el conde Loris Ipanoff. La condesa Olga Sukarev, amiga de Fedora, presenta a los invitados a Boreslao Lazinski, un pianista muy presumido que está cortejándola para lograr sus propios fines. 

De Siriex se sobresalta al escuchar el nombre de alguien a quien le presenta Fedora: "...El conde Loris Ipanoff..." Boroff, amigo de Loris, se lleva a éste aparte; así, Fedora y De Siriex pueden hablar en privado, mientras Boroff y Loris hacen lo mismo.

Fedora cuenta a De Siriex cómo, al saber que Ipanoff estaba en París, le buscó y le sedujo hasta enamorarle perdidamente. Nadie sospecha nada acerca del delito que se supone que el conde ha cometido; la princesa sólo espera conseguir, de los propios labios del acusado, la confesión de su crimen, y entonces Ipanoff estará totalmente en su poder... "¡No tendré piedad!" afirma. "¿Y si es inocente?" advierte De Siriex a Fedora...Mientras, Boroff trata de advertir a su amigo: "Querido Loris, desconfía de esos resplandecientes ojos..."; pero Loris ya está perdidamente enamorado de la princesa...

Por su parte, la condesa Olga flirtea con el barón Rouvel, otro de los invitados a la fiesta el cual, galante, dice a Fedora: "¡Princesa, nos hacéis languidecer!" Fedora, sonriendo graciosamente, afirma que cada cual lleva su cruz: "...Ved, yo también..." dice poniéndose súbitamente seria, mientras palpa la cruz bizantina que lleva al cuello: "En esta antigua cruz había una santa reliquia; yo he puesto un fármaco que cura todos los males..."

Olga presenta al maestro Lazinski a Fedora: "...un poeta del piano..." y asegura que, esa misma noche, podrán escucharle y aplaudirle todos. Fedora y Loris se alejan. De Siriex y Boreslao ofrecen ambos el brazo a Olga que, zalamera, se decide por el de Boreslao. Medio ofendido, medio galante, De Siriex la llama: "Cosaca...". Se produce entonces una cómica disputa, durante la cual De Siriex explica el porqué de su calificativo en una canción acerca de la mujer rusa, que entona con burlona elegancia: "La mujer rusa es dos veces mujer... ángel o serpiente, zíngara o reina..." Al concluir, inclinándose ante Olga y señalándola, afirma que ella es el ejemplo ideal de la mujer que acaba de describir. 


Loris y Fedora regresan; mientras pasean, ella se muestra fríamente provocadora, al tiempo que él está cada vez más ebrio. Ipanoff declara que lo que siente por ella no es amor, sino delirio, y que lo espera todo; la princesa, fingiéndose ofendida, le pregunta si pretende que ella le ame a la fuerza. Entonces el conde canta un conocidísimo aria de esta ópera: "El amor te prohibe no amar..."; sabe que, aunque Fedora lo niegue, sus ojos dicen que ella también le ama.

Boroff regresa y, galante, pregunta a la princesa si tiene algún mensaje para Rusia, pues él regresa esa medianoche. Ante la sorpresa de Ipanoff, Fedora responde que ella también volverá a su país, al día siguiente; Ipanoff se desespera, pues no podrá ir tras su amada... Fedora finge no conocer el motivo por el cual Loris no puede regresar a Rusia: "...¿Qué hicísteis? ¿Es algo grave?..."

Boreslao comienza a tocar, y el resto de los invitados se arremolina alrededor del piano. Mientras tanto, apartados los dos del resto, el conde Ipanoff cuenta a la princesa que de lo que se le acusa es de haber tendido una trampa al conde Vladimir Andreievich para darle muerte. Fedora le reprocha que le ofrezca un amor mancillado por tan terrible sospecha; horrorizada, escucha de labios del propio Loris que, en efecto, fue él quien dio muerte al conde; pero no fue un asesinato, sino un castigo. Aunque Ipanoff trata de explicarse, la princesa no puede evitar el impulso de llamarle: "¡Asesino!".

Ante la reacción de repulsa de Fedora, Loris hace ademán de marcharse. A duras penas, la princesa logra retenerle, y ambos se dan cita allí mismo, una hora más tarde, cuando la fiesta haya terminado y puedan hablar a solas, para que Ipanoff pueda contarle con detalle lo ocurrido. Loris se marcha y, una vez a solas, Fedora, con un tono de ferocidad en la voz, exclama: "¡Infame! ¡No te escaparás!".


De pronto, la fiesta se ve interrumpida por una inesperada y trágica noticia. Un lacayo entrega una nota a De Siriex; se trata de un despacho oficial en el que se comunica que el zar ha sufrido un atentado. "...Os aconsejo que suspendáis la fiesta" dice De Siriex. Mientras los invitados se van marchando, la consternación puede leerse en todos los rostros.

A solas, Fedora se queda pensativa; en su rostro puede leerse el dolor por la trágica pérdida de Vladimiro, y la consternación que le produce el amor que, aunque no quiera, siente por el conde Ipanoff. Mientras suena un intermedio orquestal, que subraya la angustia de su pensamiento, Fedora camina por la habitación, nerviosa; por fin, se sienta y se pone a escribir. El intermedio finaliza al tiempo que ella concluye su carta.


Decidida, Fedora se levanta y llama al policía, Gretch; éste, le informa de que sus hombres no han dejado de seguir a Loris Ipanoff y que, esa misma noche, un hombre llegado de Rusia le ha entregado una carta de su hermano Valeriano. Fedora añade unas palabras más a la carta que acaba de redactar al tiempo que dice a Gretch: "Tengo la prueba suprema... ¡su confesión!". Gretch está maravillado. "Él no tardará en regresar. Baja al jardín. En cuanto estés preparado, hazme una señal. Me desharé de él" dice la princesa. 

Gretch y sus hombres habrán de conducir a Loris al navío Elisabetta, que se encuentra en la desembocadura del Sena y se considera territorio ruso. La carta que ha redactado la princesa va dirigida al general Yariskin, y en ella le informa de todo lo ocurrido. De repente, la princesa se da cuenta de que Loris se acerca; Gretch, rápidamente, se marcha.

A solas con Loris, Fedora le exige que le explique por qué mató al conde Vladimiro Andreievich... "Por una mujer... La mía..." responde él. A continuación le cuenta cómo, meses atrás, su anciana madre acogió en su casa a una joven, Wanda... "Cediendo a sus encantos yo la amé felizmente...";Se casaron, pero muy pronto su dicha se vio turbada por las frecuentes visitas de Vladimiro. Una noche, Loris había salido de su casa camino de la de su madre, cuando se dio cuenta de que había olvidado un regalo prometido a la anciana. Mientras regresaba, a medio camino, reconoció a la sirvienta de Wanda, que salía de casa del conde Andreievich; la sonsacó y logró averiguar que acababa de llevar una carta de Wanda para Vladimir. 

Al punto, Loris entró en la casa del conde, pero éste había salido; un criado le dejó solo un instante, que Ipanoff aprovechó para buscar en un cajón, en el que encontró la infame carta que decía: "¡Te espero esta noche, a las nueve!". Para que Fedora no dude de su palabra, Loris busca en uno de sus bolsillos y le muestra la carta. Espantada, Fedora reconoce la letra de Vladimiro... "¡Miserable!..." exclama. 


A continuación, Ipanoff cuenta cómo sucedió todo. "La criada me reveló el lugar de la infame cita. A la hora fijada, entré armado" dice. Les sorprendió juntos; Vladimiro, al ver a Ipanoff, se armó también, disparó y le hirió en un costado... Loris disparó también y mató al conde Andreievich. Ella huyó; al poco, cayó enferma y también murió. Loris se desespera, no porque tema por su propia vida, sino porque es muy probable que su anciana madre haya muerto cuando él pueda volver a Rusia, si es que algún día se le permite regresar.

Al conocer los detalles de la muerte de Vladimiro Fedora, dulcemente, llena de pasión, ruega a Loris que la perdone por haberle creído un miserable, cuando en realidad lo que hizo fue comportarse como un noble y santo justiciero. "...¡Inútil piedad, si tú te vas!..." exclama él. "¡Loris, ya no me voy...!" replica ella.;Cuando Ipanoff hace ademán de despedirse hasta el día siguiente, Fedora trata de retenerle (recordemos que los hombres de Gretch le están esperando para embarcarle en el navío Elisabetta). "¡Dirán que soy tu amante!" objeta él. Pero Fedora está decidida a salvar al hombre que ama; se dirige hacia la puerta del salón y la cierra con llave. Acercándose el uno al otro, con la más intensa felicidad, se unen en un apasionado abrazo mientras cae lentamente el telón.


Continuará...

(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)

jueves, 28 de junio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (II)


Palacio de Invierno, San Petersburgo, residencia oficial
de los zares de rusia entre 1732 a 1917

Conozcamos a los personajes de esta historia:
  • Fedora Romazoff.- Princesa rusa enamorada de Vladimiro Andreievich y, después, de Loris Ipanov. Soprano.
  • Conde Loris Ipanov.- Asesino de Vladimiro Andreievich y, más tarde, enamorado de Fedora. Tenor.
  • De Siriex.- Diplomático francés. Barítono.
  • Olga Sukarev.- Condesa amiga de Fedora, que coquetea con De Siriex y con el pianista Lazinski. Papel secundario para soprano.
  • Dottor Boroff.- Amigo de Loris. Papel secundario para barítono.
  • Grech.- Policía. Papel para bajo.
  • Cirilo.- Cochero de Vladimiro. Papel breve para barítono.
  • Dimitri.- Criado de Vladimiro. Papel poco relevante para contralto.
  • Desiré.- Criado de Vladimiro. Papel poco relevante para tenor.
  • Lorek.- Cirujano. Papel breve para barítono.
  • Dottor Müller.- Médico. Papel breve para barítono.
  • Nicola, Sergio.- Criados. Tenor y bajo respectivamente.
  • Barón Rouvel.- Noble exiliado en París. Papel poco importante para tenor.
  • Boreslao Lazinski.- Pianista. Papel mudo. Suele tocar en directo dos breves piezas en el escenario.
  • Pastorcillo.- Canta un tema popular suizo. Papel para soprano ligera o para voz blanca.

Como ya sabemos por la entrada anterior, la acción se desarrolla en Rusia, París y Suiza, a finales del siglo XIX.

(Los vídeos que voy a utilizar para ilustrar esta entrada y las sucesivas correspondientes a Fedora, pertenecen a una grabación de dicha ópera realizada en el Liceo de Barcelona, en 1993, con Mirella Freni y José Carreras en los principales papeles; al frente de la orquesta, el maestro Stefano Ranzani)

Acto I
Nos encontramos en San Petersburgo, en casa del conde Vladimiro Andreievich, capitán de la guardia imperial. Es invierno. La estancia que se muestra a nuestros asombrados ojos es un salón elegantísimo, al estilo del Ottocento tardío. Desiré y Nicolás, sirvientes del conde, juegan al dominó. Sergio y otros dos mozos, vestidos de librea, siguen la partida de pie. Dimitri, en el sillón, duerme profundamente.

Sergio se extraña de que el conde aún no haya regresado, pero Desiré trata de disipar sus temores arguyendo que, probablemente, esté aprovechando su última noche de libertad: "...Mañana, se casa..."  dice. Unos y otros lanzan incisivos comentarios acerca de la cuantiosa dote de la novia, la princesa Romazoff: "...¡Catorce millones!" exclama Desiré. El conde, veleidoso por naturaleza, parece que, al fin, va a sentar la cabeza.

Un timbre eléctrico suena estrepitosamente en la entrada. Es la princesa Romazoff, que llega, de improviso. Los hombres se apresuran a preparase para recibirla. Despiertan a Dimitri de una sacudida. Sergio y Nicolás desaparecen, y dejan que sea Desiré quien reciba a la princesa. Con empaque real, que apenas esconde la emoción, entra Fedora seguida de Dimitri, aún un poco somnoliento. La princesa es la viva imagen de la belleza imperial, envuelta en un abrigo de piel que realza majestuosamente el brillo de las joyas de su tocado. Fedora se extraña cuando Desiré le comunica que el conde aún no ha regresado; éste envía a Dimitri para que vaya en su busca.

La princesa mira a su alrededor con curiosidad, admirándose de la cantidad de cosas bonitas que ve.  "...Éste es su salón..." dice para sí. Sobre una mesa hay una fotografía en un estuche; la coge y la besa: "Su retrato... ¡Grandes ojos brillantes de lealtad!..." embriagada por el amor que siente por Vladimiro, Fedora canta. Siente que una nueva vida comienza para ella.

Dimitri regresa, jadeante pero alegre, y anuncia que por fin llega el trineo del amo. Y así es, solo que Vladimiro no llega solo; lo traen herido dos hombres, acompañados de Gretch, un agente de policía. Al ver a su amor en tal estado, Fedora lanza un grito de terror: "¡Vladimiro!" corre al dormitorio y cierra la puerta tras de sí. Un agente de policía coloca sobre el escritorio una pistola y un portafolios. De Siriex observa desde un ángulo de la habitación. Desiré indica a Gretch que la dama es la princesa Romazoff.

Lorek, un cirujano, entra apresuradamente, acompañado de un ayudante. Gretch les indica a ambos que lo que ha ocurrido no ha sido un accidente, sino un asesinato. Desde la puerta del dormitorio, Fedora pide a gritos un médico; vuelve a entrar en la habitación de Vladimiro acompañada de Lorek y de su ayudante.

Mientras, Gretch se dirige a De Siriex, que se presenta como agregado de la Embajada de Francia. Lorek regresa y, apresuradamente, escribe una nota que entrega a Gretch, para que vaya a la farmacia: "...Y traiga enseguida un sacerdote..." añade. El cirujano le confiesa a Fedora que Vladimiro está grave; histérica, la princesa quiere a toda costa regresar al lado del conde, pero Lorek se lo impide: "Os llamaremos en breve..." le asegura. Llega el doctor Müller y Lorek, feliz de librarse por un momento del acoso de Fedora, entra con él en el dormitorio del herido.


Gretch aún no ha atrapado al asesino, y así se lo dice a la princesa, al tiempo que la interroga acerca de algún posible enemigo que pudiese tener el conde, pero Fedora no sabe de ninguno. Cuando Gretch se dispone a pasar a otra habitación para interrogar a la servidumbre, la princesa le insta, categórica, a que lo haga allí mismo, delante de ella.

El primero en contestar a las preguntas de Gretch es Desiré que, tímidamente, cuenta cómo llegó, hacia las ocho y media, al restaurante donde se encontraba cenando su señor; éste le dijo, mientras se subía al trineo: "Vuelve a casa, pequeño... no necesito nada." Inmediatamente, es llamado a declarar el cochero, Cirilo. "¿Qué te dijo el amo cuando subió al trineo?" le pregunta Gretch. Cirilo cuenta que el conde le ordenó ir al club de tiro; una vez allí, le esperó durante un cuarto de hora; de repente, el profundo silencio que reinaba fue roto por dos disparos... Cirilo escuchó con atención pero no escuchó nada más, salvo unos lejanos ladridos... Pudo ver la figura de un hombre que, enloquecido, empujó la verja y salió huyendo, tan rápido que no fue capaz de reconocerlo. Lo que sí acertó a ver fue que aquel hombre había dejado tras de sí, sobre la nieve, un rastro de sangre... Al ver un trineo que pasaba, Cirilo, aterrado, gritó... Era De Siriex, que es quien continúa relatando lo sucedido, pues la emoción impide a Cirilo seguir hablando.

"Aquellas manchas rojas conducían a un pabellón solitario..." cuenta el diplomático. Allí se dirigieron ambos, y encontraron al conde, que yacía en el suelo, cubierto de sangre. Junto a él se encontró un arma, la que el agente había dejado sobre el escritorio; examinándola, Gretch comprueba que el arma sólo ha hecho un disparo. Desiré confirma que la pistola pertenecía al conde, que siempre salía armado, pues estaba amenazado por los nihilistas*.

Buscando en sus notas, Gretch comprueba que el pabellón en cuestión fue alquilado por una anciana... De pronto, la conversación se interrumpe ante la llegada del agente de policía, que había salido con la receta extendida por Lorek. Ansiosa, Fedora se abalanza sobre él y le arrebata el frasco, y con él se apresura a llamar suavemente a la puerta del dormitorio. La puerta se abre y aparece el doctor Müller, que toma el frasco de manos de Fedora que intenta, inútilmente, entrar en la habitación.

"El pabellón fue tomado en alquiler por una anciana..." repite Gretch, retomando la lectura. Desiré, de pronto, recuerda que, esa misma mañana, una vieja trajo una carta para el conde... "Está en aquel cajón..." dice. Pero el cajón está vacío... "¡La han robado!" exclama Fedora. Dimitri, titubeando, cuenta que un señor vino también por la mañana, que se sentó junto al escritorio y que, de repente, sin decirle siquiera su nombre, salió corriendo...


Fedora, convencida de que aquel hombre audaz es el asesino, hace un llamamiento a los sirvientes para que venguen la muerte de su señor; ella misma, sobre una cruz que lleva colgada al cuello, recuerdo de su madre, jura vengar a Vladimiro.

Gretch exhorta a Dimitri para que trate de recordar si había visto alguna vez a aquel misterioso caballero. Por más que se esfuerza, no logra hacer memoria: "...El día de Navidad un hombre habló largamente en la entrada con el conde..." dice Dimitri, dirigiéndose al portero, Miguel, por ver si éste le ayuda a recordar. Por fin, el portero exclama: "¡Ipanoff!"; "¿Loris?" preguntan De Siriex y Gretch. El conde Loris Ipanoff vive justo enfrente. Se produce un movimiento general, y Gretch, acompañado de dos policías, salen en busca de Ipanoff. De Siriex, Desiré y Fedora observan atentamente a través de la ventana. "¡Cogedlo!" grita Fedora, como si pudieran oírla. Las sombras parece que permiten adivinar que han atrapado al hombre.

Por la puerta del dormitorio aparece Lorek, que avanza lentamente. "¡Señora!" dice con voz débil y grave..." Fedora corre a la habitación de Vladimiro. Con un gesto desesperado, Lorek anuncia que el conde acaba de morir. Gretch vuelve a entrar, rápidamente, ansioso, secándose la frente... "¡Ha huido!" anuncia, derrotado. De Siriex le hace una señal para que guarde silencio. Vemos cómo la princesa se arrodilla al pie de la cama del difunto: "¡Vladimir! ¡querido mío! Soy yo, tu Fedora... responde!" grita desesperada...


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera" de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.es y www.youtube.com)

*El fenómeno cultural ruso conocido como nihilismo se desarrolló durante el reinado del zar Alejandro II (1855 a 1881); las relativas libertades concedidas por éste sirvieron de caldo de cultivo a dicho movimiento, de carácter fundamentalmente intelectual, que representó una reacción contra las antiguas concepciones religiosas, metafísicas e idealistas.

martes, 26 de junio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (I)


San Petersburgo, uno de los escenarios en los que se desarrolla "Fedora"

Umberto Menotti Maria Giordano no nació en el seno de una familia musical. Es más, su padre, farmacéutico de profesión, se opuso a su deseo de ser compositor, a pesar de lo cual Giordano logró ingresar en el Conservatorio de Nápoles en 1882, cuando contaba tan sólo quince años de edad. Como curiosidad, cabe señalar que, con tan sólo veintitrés años, presentó una de sus obras escritas en el conservatorio, "Marina", al famoso concurso de óperas en un acto de la editorial Sonzogno, en la edición en la que "Cavalleria rusticana" fue la ganadora; su "Marina" quedó en sexto lugar, de entre un total de setenta y tres competidores.

A pesar de que la ópera más conocida de Giordano es, sin duda, "Andrea Chénier", "Fedora" merece ocupar un lugar de honor entre las de su producción. "Fedora" es un drama original de Victorien Sardou, escritor parisién de considerable prestigio en su tiempo; de esta historia se ha dicho (en un tono injustamente peyorativo) que, más que una obra teatral, se trata de una novela de detectives; dicha característica se habría transmitido después, a través del libreto de Arturo Colautti, a la versión operística.

En su presentación en sociedad, "Fedora" no fue muy bien recibida por la crítica, si bien supuso un enorme éxito de público. Después de un brillo continuo durante más de treinta años, su presencia se hizo más infrecuente en los escenarios; en la actualidad y aunque, por desgracia, se represente con poca frecuencia, el interés por ella ha aumentado gracias sobre todo a grabaciones con intérpretes de la talla de Mirella Freni o Plácido Domingo (por poner sólo dos ejemplos).

"Fedora" se estrenó el 17 de noviembre de 1898 en el Teatro Lírico de Milán. En sus papeles principales, fue interpretada por primera vez por Enrico Caruso y Gemma Bellincioni. La acción transcurre en Rusia, Francia y Suiza, a finales del siglo XIX. Como un pequeño (y espero que tentador) aperitivo de lo que vamos a leer y escuchar en los próximos días, os ofrezco dos fragmentos musicales, primero, el bellísimo aria: "Amor ti vieta..." del Acto II en la voz del magnífico Jaime Aragall:


Y después, el también hermosísimo Intermezzo orquestal, ubicado de igual modo en el Acto II:


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.todoperaweb.com.ar, fotopedia.com y www.youtube.com)

domingo, 24 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (V)


Sauce

Acto IV
Acompañemos ahora a Desdémona, en la triste soledad que inunda su alcoba. El mobiliario: una cama, un reclinatorio, una mesa, un espejo... Hay una vela encendida sobre la mesa. La noche y la amargura envuelven a Desdémona y a la habitación por completo. 

A decir verdad, Desdémona no está sola pues, además de nosotros, Emilia está con ella; Desdémona le pide que saque su vestido de novia y lo extienda sobre el lecho... Mientras Emilia le ayuda le ayuda a prepararse para dormir, la dulce Desdémona entona "La canción del sauce", una conmovedora melodía que, esa noche, no se le va de la cabeza; solía cantarla una doncella de su madre, Bárbara: "...la pobre desgraciada murmuraba tristemente y brotaban las lágrimas de sus ojos... Él nació para su gloria... y yo para amarle y morir."


Desdémona siente que le arden los ojos... "Presagian el llanto..." dice. Emilia se dispone a retirarse pero, apenas ha llegado a la puerta, Desdémona llama: "¡Ah, Emilia, Emilia!" Emilia se vuelve y ambas se abrazan, quizás por última vez... A solas, Desdémona se acerca al reclinatorio, se arrodilla y reza: "Dios te salve, María, llena eres de gracia..."; después, se levanta y se echa en la cama, abrazando su vestido de novia. 


Entra Otello y, silencioso y temible, sin dejar de observar a Desdémona, avanza... Vemos con horror que lleva en las manos una cimitarra la cual, mientras camina como un autómata, sumido en tenebrosos pensamientos, acaba depositando sobre la mesa. Apaga la luz de la vela. Se acerca con decisión a la cama pero... se detiene. Eleva las manos hacia el cielo, en una desesperada súplica, quizá de una señal del Altísimo... Sus manos descienden y tocan el vestido de novia, que reposa sobre el cuerpo de su mujer; con una expresión de dolor desgarrado por el amor que cree perdido, lo toma en sus manos, lo huele... quizás piensa en que, un día, vistió el cuerpo de la mujer a la que amó con locura y que ahora... Con gran delicadeza, toma una de las blancas manos de Desdémona, que yace aún dormida y, dulcemente, la besa... después se inclina y besa su rostro... Desdémona, entonces, se despierta...


"¿Eres tú, Otello?" pregunta dulcemente. "Sí..." responde él, sin dejar de mirarla fija y fríamente... "...¿has rezado esta noche?" Otello, imperturbable, le ordena que, si recuerda haber cometido alguna falta, se apresure a pedir el perdón del cielo, puesto que no quiere matar su alma... Desdémona, estupefacta y aterrada, no comprende el por qué de tan espeluznante sentencia de su esposo. "Amas a Cassio" le acusa Otello; y cuanto más lo niega Desdémona, la ira de Otello de desata más y más y, cada vez con más furia, trata de obligarla a que confiese. "...No amo a Cassio... Hazle venir... ¡Déjale hablar!" le ruega Desdémona. "Ya no puede hablar..." le responde, sombrío, Otello. Desdémona, desolada al saber que Cassio ha muerto, llora, por ella misma, que ya se sabe perdida, y por un buen y leal amigo, Cassio, que ha sido tan vilmente traicionado; sin embargo, esas lágrimas las toma Otello como una confesión... violento, coge a su esposa y sus manos, como una terrible garra, se aferran al blanco cuello de Desdémona y aprietan más y más... de nada sirven los ruegos de la muchacha... aquellas manos de fiera no sueltan su presa hasta que el cuerpo inerte de Desdémona cae sobre la cama...

De repente, alguien llama a la puerta: "¡Abrid, abrid!". Es Emilia, que viene a anunciar a Otello que ha sucedido un hecho terrible: Cassio ha matado a Roderigo. Desde la cama, Desdémona aún tiene fuerzas para murmurar: "Muerta... injustamente muerta..." Emilia corre hacia ella... "...¿Quién ha sido?..." pregunta; pero Desdémona se acusa a si misma... y muere. Sin embargo Otello, que cree firmemente que ha hecho lo que debía, confiesa que ha sido él quien le ha dado muerte. Emilia, desesperada, sale corriendo: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Otello ha matado a Desdémona!".

Entran Lodovico, Cassio y Yago; después Montano con guardias. A pesar de que Yago trata de hacerla callar, Emilia confiesa que su marido le arrebató de las manos, por la fuerza, el pañuelo de Desdémona; Cassio añade que, después, él lo halló en su alcoba. Por su parte, Montano cuenta que Roderigo, antes de morir, tuvo tiempo de revelarle las maquinaciones de Yago. Éste, viéndose acorralado, huye; algunos hombres salen en su busca. Mientras, Otello coge la cimitarra que había depositado en la mesa... "¡Dadme esa espada!" le dice Lodovico...




Pero Otello, sereno, pide que nadie le tema aunque le vea armado... Es el fin de su viaje... Otello ya no existe. Deja caer la cimitarra, se acerca a la cama y contempla a Desdémona, fría, pálida... "...ser bueno nacido bajo mala estrella..." entonces, para sorpresa de todos, extrae velozmente una daga de su traje: "¡Todavía me queda un arma!" dice al tiempo que se hiere con ella... Y su agonía es un triste recuerdo de aquel bello momento en el que ambos, a la luz de la luna, recordaron cómo y cuando se conocieron, aquel momento mágico que Otello presentía que no iba a durar..."...otro beso... otro beso... ¡ah!... un último beso..." dice, justo antes de exhalar su último suspiro.


(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

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