Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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jueves, 28 de junio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (II)


Palacio de Invierno, San Petersburgo, residencia oficial
de los zares de rusia entre 1732 a 1917

Conozcamos a los personajes de esta historia:
  • Fedora Romazoff.- Princesa rusa enamorada de Vladimiro Andreievich y, después, de Loris Ipanov. Soprano.
  • Conde Loris Ipanov.- Asesino de Vladimiro Andreievich y, más tarde, enamorado de Fedora. Tenor.
  • De Siriex.- Diplomático francés. Barítono.
  • Olga Sukarev.- Condesa amiga de Fedora, que coquetea con De Siriex y con el pianista Lazinski. Papel secundario para soprano.
  • Dottor Boroff.- Amigo de Loris. Papel secundario para barítono.
  • Grech.- Policía. Papel para bajo.
  • Cirilo.- Cochero de Vladimiro. Papel breve para barítono.
  • Dimitri.- Criado de Vladimiro. Papel poco relevante para contralto.
  • Desiré.- Criado de Vladimiro. Papel poco relevante para tenor.
  • Lorek.- Cirujano. Papel breve para barítono.
  • Dottor Müller.- Médico. Papel breve para barítono.
  • Nicola, Sergio.- Criados. Tenor y bajo respectivamente.
  • Barón Rouvel.- Noble exiliado en París. Papel poco importante para tenor.
  • Boreslao Lazinski.- Pianista. Papel mudo. Suele tocar en directo dos breves piezas en el escenario.
  • Pastorcillo.- Canta un tema popular suizo. Papel para soprano ligera o para voz blanca.

Como ya sabemos por la entrada anterior, la acción se desarrolla en Rusia, París y Suiza, a finales del siglo XIX.

(Los vídeos que voy a utilizar para ilustrar esta entrada y las sucesivas correspondientes a Fedora, pertenecen a una grabación de dicha ópera realizada en el Liceo de Barcelona, en 1993, con Mirella Freni y José Carreras en los principales papeles; al frente de la orquesta, el maestro Stefano Ranzani)

Acto I
Nos encontramos en San Petersburgo, en casa del conde Vladimiro Andreievich, capitán de la guardia imperial. Es invierno. La estancia que se muestra a nuestros asombrados ojos es un salón elegantísimo, al estilo del Ottocento tardío. Desiré y Nicolás, sirvientes del conde, juegan al dominó. Sergio y otros dos mozos, vestidos de librea, siguen la partida de pie. Dimitri, en el sillón, duerme profundamente.

Sergio se extraña de que el conde aún no haya regresado, pero Desiré trata de disipar sus temores arguyendo que, probablemente, esté aprovechando su última noche de libertad: "...Mañana, se casa..."  dice. Unos y otros lanzan incisivos comentarios acerca de la cuantiosa dote de la novia, la princesa Romazoff: "...¡Catorce millones!" exclama Desiré. El conde, veleidoso por naturaleza, parece que, al fin, va a sentar la cabeza.

Un timbre eléctrico suena estrepitosamente en la entrada. Es la princesa Romazoff, que llega, de improviso. Los hombres se apresuran a preparase para recibirla. Despiertan a Dimitri de una sacudida. Sergio y Nicolás desaparecen, y dejan que sea Desiré quien reciba a la princesa. Con empaque real, que apenas esconde la emoción, entra Fedora seguida de Dimitri, aún un poco somnoliento. La princesa es la viva imagen de la belleza imperial, envuelta en un abrigo de piel que realza majestuosamente el brillo de las joyas de su tocado. Fedora se extraña cuando Desiré le comunica que el conde aún no ha regresado; éste envía a Dimitri para que vaya en su busca.

La princesa mira a su alrededor con curiosidad, admirándose de la cantidad de cosas bonitas que ve.  "...Éste es su salón..." dice para sí. Sobre una mesa hay una fotografía en un estuche; la coge y la besa: "Su retrato... ¡Grandes ojos brillantes de lealtad!..." embriagada por el amor que siente por Vladimiro, Fedora canta. Siente que una nueva vida comienza para ella.

Dimitri regresa, jadeante pero alegre, y anuncia que por fin llega el trineo del amo. Y así es, solo que Vladimiro no llega solo; lo traen herido dos hombres, acompañados de Gretch, un agente de policía. Al ver a su amor en tal estado, Fedora lanza un grito de terror: "¡Vladimiro!" corre al dormitorio y cierra la puerta tras de sí. Un agente de policía coloca sobre el escritorio una pistola y un portafolios. De Siriex observa desde un ángulo de la habitación. Desiré indica a Gretch que la dama es la princesa Romazoff.

Lorek, un cirujano, entra apresuradamente, acompañado de un ayudante. Gretch les indica a ambos que lo que ha ocurrido no ha sido un accidente, sino un asesinato. Desde la puerta del dormitorio, Fedora pide a gritos un médico; vuelve a entrar en la habitación de Vladimiro acompañada de Lorek y de su ayudante.

Mientras, Gretch se dirige a De Siriex, que se presenta como agregado de la Embajada de Francia. Lorek regresa y, apresuradamente, escribe una nota que entrega a Gretch, para que vaya a la farmacia: "...Y traiga enseguida un sacerdote..." añade. El cirujano le confiesa a Fedora que Vladimiro está grave; histérica, la princesa quiere a toda costa regresar al lado del conde, pero Lorek se lo impide: "Os llamaremos en breve..." le asegura. Llega el doctor Müller y Lorek, feliz de librarse por un momento del acoso de Fedora, entra con él en el dormitorio del herido.


Gretch aún no ha atrapado al asesino, y así se lo dice a la princesa, al tiempo que la interroga acerca de algún posible enemigo que pudiese tener el conde, pero Fedora no sabe de ninguno. Cuando Gretch se dispone a pasar a otra habitación para interrogar a la servidumbre, la princesa le insta, categórica, a que lo haga allí mismo, delante de ella.

El primero en contestar a las preguntas de Gretch es Desiré que, tímidamente, cuenta cómo llegó, hacia las ocho y media, al restaurante donde se encontraba cenando su señor; éste le dijo, mientras se subía al trineo: "Vuelve a casa, pequeño... no necesito nada." Inmediatamente, es llamado a declarar el cochero, Cirilo. "¿Qué te dijo el amo cuando subió al trineo?" le pregunta Gretch. Cirilo cuenta que el conde le ordenó ir al club de tiro; una vez allí, le esperó durante un cuarto de hora; de repente, el profundo silencio que reinaba fue roto por dos disparos... Cirilo escuchó con atención pero no escuchó nada más, salvo unos lejanos ladridos... Pudo ver la figura de un hombre que, enloquecido, empujó la verja y salió huyendo, tan rápido que no fue capaz de reconocerlo. Lo que sí acertó a ver fue que aquel hombre había dejado tras de sí, sobre la nieve, un rastro de sangre... Al ver un trineo que pasaba, Cirilo, aterrado, gritó... Era De Siriex, que es quien continúa relatando lo sucedido, pues la emoción impide a Cirilo seguir hablando.

"Aquellas manchas rojas conducían a un pabellón solitario..." cuenta el diplomático. Allí se dirigieron ambos, y encontraron al conde, que yacía en el suelo, cubierto de sangre. Junto a él se encontró un arma, la que el agente había dejado sobre el escritorio; examinándola, Gretch comprueba que el arma sólo ha hecho un disparo. Desiré confirma que la pistola pertenecía al conde, que siempre salía armado, pues estaba amenazado por los nihilistas*.

Buscando en sus notas, Gretch comprueba que el pabellón en cuestión fue alquilado por una anciana... De pronto, la conversación se interrumpe ante la llegada del agente de policía, que había salido con la receta extendida por Lorek. Ansiosa, Fedora se abalanza sobre él y le arrebata el frasco, y con él se apresura a llamar suavemente a la puerta del dormitorio. La puerta se abre y aparece el doctor Müller, que toma el frasco de manos de Fedora que intenta, inútilmente, entrar en la habitación.

"El pabellón fue tomado en alquiler por una anciana..." repite Gretch, retomando la lectura. Desiré, de pronto, recuerda que, esa misma mañana, una vieja trajo una carta para el conde... "Está en aquel cajón..." dice. Pero el cajón está vacío... "¡La han robado!" exclama Fedora. Dimitri, titubeando, cuenta que un señor vino también por la mañana, que se sentó junto al escritorio y que, de repente, sin decirle siquiera su nombre, salió corriendo...


Fedora, convencida de que aquel hombre audaz es el asesino, hace un llamamiento a los sirvientes para que venguen la muerte de su señor; ella misma, sobre una cruz que lleva colgada al cuello, recuerdo de su madre, jura vengar a Vladimiro.

Gretch exhorta a Dimitri para que trate de recordar si había visto alguna vez a aquel misterioso caballero. Por más que se esfuerza, no logra hacer memoria: "...El día de Navidad un hombre habló largamente en la entrada con el conde..." dice Dimitri, dirigiéndose al portero, Miguel, por ver si éste le ayuda a recordar. Por fin, el portero exclama: "¡Ipanoff!"; "¿Loris?" preguntan De Siriex y Gretch. El conde Loris Ipanoff vive justo enfrente. Se produce un movimiento general, y Gretch, acompañado de dos policías, salen en busca de Ipanoff. De Siriex, Desiré y Fedora observan atentamente a través de la ventana. "¡Cogedlo!" grita Fedora, como si pudieran oírla. Las sombras parece que permiten adivinar que han atrapado al hombre.

Por la puerta del dormitorio aparece Lorek, que avanza lentamente. "¡Señora!" dice con voz débil y grave..." Fedora corre a la habitación de Vladimiro. Con un gesto desesperado, Lorek anuncia que el conde acaba de morir. Gretch vuelve a entrar, rápidamente, ansioso, secándose la frente... "¡Ha huido!" anuncia, derrotado. De Siriex le hace una señal para que guarde silencio. Vemos cómo la princesa se arrodilla al pie de la cama del difunto: "¡Vladimir! ¡querido mío! Soy yo, tu Fedora... responde!" grita desesperada...


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera" de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.es y www.youtube.com)

*El fenómeno cultural ruso conocido como nihilismo se desarrolló durante el reinado del zar Alejandro II (1855 a 1881); las relativas libertades concedidas por éste sirvieron de caldo de cultivo a dicho movimiento, de carácter fundamentalmente intelectual, que representó una reacción contra las antiguas concepciones religiosas, metafísicas e idealistas.

martes, 26 de junio de 2012

UNA HISTORIA DETECTIVESCA EN TIEMPOS DE LA RUSIA IMPERIAL (I)


San Petersburgo, uno de los escenarios en los que se desarrolla "Fedora"

Umberto Menotti Maria Giordano no nació en el seno de una familia musical. Es más, su padre, farmacéutico de profesión, se opuso a su deseo de ser compositor, a pesar de lo cual Giordano logró ingresar en el Conservatorio de Nápoles en 1882, cuando contaba tan sólo quince años de edad. Como curiosidad, cabe señalar que, con tan sólo veintitrés años, presentó una de sus obras escritas en el conservatorio, "Marina", al famoso concurso de óperas en un acto de la editorial Sonzogno, en la edición en la que "Cavalleria rusticana" fue la ganadora; su "Marina" quedó en sexto lugar, de entre un total de setenta y tres competidores.

A pesar de que la ópera más conocida de Giordano es, sin duda, "Andrea Chénier", "Fedora" merece ocupar un lugar de honor entre las de su producción. "Fedora" es un drama original de Victorien Sardou, escritor parisién de considerable prestigio en su tiempo; de esta historia se ha dicho (en un tono injustamente peyorativo) que, más que una obra teatral, se trata de una novela de detectives; dicha característica se habría transmitido después, a través del libreto de Arturo Colautti, a la versión operística.

En su presentación en sociedad, "Fedora" no fue muy bien recibida por la crítica, si bien supuso un enorme éxito de público. Después de un brillo continuo durante más de treinta años, su presencia se hizo más infrecuente en los escenarios; en la actualidad y aunque, por desgracia, se represente con poca frecuencia, el interés por ella ha aumentado gracias sobre todo a grabaciones con intérpretes de la talla de Mirella Freni o Plácido Domingo (por poner sólo dos ejemplos).

"Fedora" se estrenó el 17 de noviembre de 1898 en el Teatro Lírico de Milán. En sus papeles principales, fue interpretada por primera vez por Enrico Caruso y Gemma Bellincioni. La acción transcurre en Rusia, Francia y Suiza, a finales del siglo XIX. Como un pequeño (y espero que tentador) aperitivo de lo que vamos a leer y escuchar en los próximos días, os ofrezco dos fragmentos musicales, primero, el bellísimo aria: "Amor ti vieta..." del Acto II en la voz del magnífico Jaime Aragall:


Y después, el también hermosísimo Intermezzo orquestal, ubicado de igual modo en el Acto II:


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.todoperaweb.com.ar, fotopedia.com y www.youtube.com)

domingo, 24 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (V)


Sauce

Acto IV
Acompañemos ahora a Desdémona, en la triste soledad que inunda su alcoba. El mobiliario: una cama, un reclinatorio, una mesa, un espejo... Hay una vela encendida sobre la mesa. La noche y la amargura envuelven a Desdémona y a la habitación por completo. 

A decir verdad, Desdémona no está sola pues, además de nosotros, Emilia está con ella; Desdémona le pide que saque su vestido de novia y lo extienda sobre el lecho... Mientras Emilia le ayuda le ayuda a prepararse para dormir, la dulce Desdémona entona "La canción del sauce", una conmovedora melodía que, esa noche, no se le va de la cabeza; solía cantarla una doncella de su madre, Bárbara: "...la pobre desgraciada murmuraba tristemente y brotaban las lágrimas de sus ojos... Él nació para su gloria... y yo para amarle y morir."


Desdémona siente que le arden los ojos... "Presagian el llanto..." dice. Emilia se dispone a retirarse pero, apenas ha llegado a la puerta, Desdémona llama: "¡Ah, Emilia, Emilia!" Emilia se vuelve y ambas se abrazan, quizás por última vez... A solas, Desdémona se acerca al reclinatorio, se arrodilla y reza: "Dios te salve, María, llena eres de gracia..."; después, se levanta y se echa en la cama, abrazando su vestido de novia. 


Entra Otello y, silencioso y temible, sin dejar de observar a Desdémona, avanza... Vemos con horror que lleva en las manos una cimitarra la cual, mientras camina como un autómata, sumido en tenebrosos pensamientos, acaba depositando sobre la mesa. Apaga la luz de la vela. Se acerca con decisión a la cama pero... se detiene. Eleva las manos hacia el cielo, en una desesperada súplica, quizá de una señal del Altísimo... Sus manos descienden y tocan el vestido de novia, que reposa sobre el cuerpo de su mujer; con una expresión de dolor desgarrado por el amor que cree perdido, lo toma en sus manos, lo huele... quizás piensa en que, un día, vistió el cuerpo de la mujer a la que amó con locura y que ahora... Con gran delicadeza, toma una de las blancas manos de Desdémona, que yace aún dormida y, dulcemente, la besa... después se inclina y besa su rostro... Desdémona, entonces, se despierta...


"¿Eres tú, Otello?" pregunta dulcemente. "Sí..." responde él, sin dejar de mirarla fija y fríamente... "...¿has rezado esta noche?" Otello, imperturbable, le ordena que, si recuerda haber cometido alguna falta, se apresure a pedir el perdón del cielo, puesto que no quiere matar su alma... Desdémona, estupefacta y aterrada, no comprende el por qué de tan espeluznante sentencia de su esposo. "Amas a Cassio" le acusa Otello; y cuanto más lo niega Desdémona, la ira de Otello de desata más y más y, cada vez con más furia, trata de obligarla a que confiese. "...No amo a Cassio... Hazle venir... ¡Déjale hablar!" le ruega Desdémona. "Ya no puede hablar..." le responde, sombrío, Otello. Desdémona, desolada al saber que Cassio ha muerto, llora, por ella misma, que ya se sabe perdida, y por un buen y leal amigo, Cassio, que ha sido tan vilmente traicionado; sin embargo, esas lágrimas las toma Otello como una confesión... violento, coge a su esposa y sus manos, como una terrible garra, se aferran al blanco cuello de Desdémona y aprietan más y más... de nada sirven los ruegos de la muchacha... aquellas manos de fiera no sueltan su presa hasta que el cuerpo inerte de Desdémona cae sobre la cama...

De repente, alguien llama a la puerta: "¡Abrid, abrid!". Es Emilia, que viene a anunciar a Otello que ha sucedido un hecho terrible: Cassio ha matado a Roderigo. Desde la cama, Desdémona aún tiene fuerzas para murmurar: "Muerta... injustamente muerta..." Emilia corre hacia ella... "...¿Quién ha sido?..." pregunta; pero Desdémona se acusa a si misma... y muere. Sin embargo Otello, que cree firmemente que ha hecho lo que debía, confiesa que ha sido él quien le ha dado muerte. Emilia, desesperada, sale corriendo: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Otello ha matado a Desdémona!".

Entran Lodovico, Cassio y Yago; después Montano con guardias. A pesar de que Yago trata de hacerla callar, Emilia confiesa que su marido le arrebató de las manos, por la fuerza, el pañuelo de Desdémona; Cassio añade que, después, él lo halló en su alcoba. Por su parte, Montano cuenta que Roderigo, antes de morir, tuvo tiempo de revelarle las maquinaciones de Yago. Éste, viéndose acorralado, huye; algunos hombres salen en su busca. Mientras, Otello coge la cimitarra que había depositado en la mesa... "¡Dadme esa espada!" le dice Lodovico...




Pero Otello, sereno, pide que nadie le tema aunque le vea armado... Es el fin de su viaje... Otello ya no existe. Deja caer la cimitarra, se acerca a la cama y contempla a Desdémona, fría, pálida... "...ser bueno nacido bajo mala estrella..." entonces, para sorpresa de todos, extrae velozmente una daga de su traje: "¡Todavía me queda un arma!" dice al tiempo que se hiere con ella... Y su agonía es un triste recuerdo de aquel bello momento en el que ambos, a la luz de la luna, recordaron cómo y cuando se conocieron, aquel momento mágico que Otello presentía que no iba a durar..."...otro beso... otro beso... ¡ah!... un último beso..." dice, justo antes de exhalar su último suspiro.


(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

jueves, 21 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (IV)


Nicosia, capital de Chipre

Acto III
Otello y Yago conversan en una gran sala del castillo, anexa a una galería. Un heraldo anuncia solemnemente la próxima llegada de los embajadores venecianos, cuya galera acaba de ser avistada desde el puerto. El heraldo se retira y, de nuevo solos, Otello y Yago (por sugerencia de este último) elaboran un plan según el cual Yago se encargará de traer a Cassio y de obligarle a hablar; mientras tanto Otello, oculto, observará su comportamiento, sus gestos, sus palabras. Antes de retirarse, y a fin de avivar el fuego que corre por la sangre de Otello, Yago le recuerda: "¡El pañuelo!..."

Una vez solo Otello, llega Desdémona y, mientras no deja de observarle con una cierta prevención, le da unos dulces y cariñosos buenos días: "Que Dios te alegre, oh esposo, señor de mi alma." Otello, disfrazada su actitud de una premeditada y engañosa galantería, le responde lanzando sutiles dardos envenenados envueltos en tiernas palabras de alabanza: "...el demonio gentil que mal aconseja yace aquí, y enciende el seductor marfil de esta mano diminuta..." dice mientras toma la de su esposa. Desdémona, que parece no advertir la ira que empieza a inflamarse, de nuevo, en el corazón de su marido, vuelve a hablarle de Cassio... Otello siente que las sienes le van a estallar, y pide a Desdémona que, de nuevo, le vende la frente... Cuando sumisa, ella le ofrece un pañuelo, Otello, airado, le replica que no es ése el que desea, sino aquel que le regaló como primera prenda de amor. "No lo tengo aquí" responde ella perpleja. Otello entonces le advierte que una terrible amenaza se cierne sobre ella si lo pierde...

Desdémona trata de tomar a broma las palabras de su marido: "Te estás burlando de mi. Así es como evitas hablar de Cassio..." le dice con elegancia; imprudente, insiste en que debe perdonar a Cassio... Otello, cada vez más furioso, le pide, con una temible urgencia: "¡El pañuelo!". De pronto, a Desdémona se le revela cuál es la atroz sospecha oculta el corazón de su marido...

Otello coge a Desdémona violentamente por la barbilla, y le obliga a que le mire a la cara: "¡Dime quién eres!". Por más que ella jura y perjura que es su esposa leal, Otello la acusa de ser infiel, impura... Aterrada, bañado su rostro en lágrimas, Desdémona trata de encontrar dentro de sí las palabras que conmuevan aquel corazón que se ha convertido en piedra. Pero Otello ya ha dictado su sentencia; pasando de la cólera terrible a la calmada ironía, toma la mano de su esposa, y simula disculparse: "...Quiero disculparme. Supuse que eras..." para, de nuevo sombrío y furioso, obligarla a retirarse diciéndole: "...¡la vil cortesana que Otello tiene por esposa!".



A solas, Otello da rienda suelta a su profunda desesperación en forma de un desgarrador aria, un desolador lamento que clama a Dios y le asegura que hubiera podido soportar la pobreza, el oprobio, si ésa hubiese sido la voluntad del cielo... pero de lo que le ha despojado es del espejismo en que se consolaba su alma, del resplandor que le daba vida, llenándole de alegría... Su sentencia es inapelable: "¡Oh, condenación! ¡Que confiese primero el pecado y luego muera!..." exclama. 

Entra Yago, y advierte a Otello que Cassio se acerca, al tiempo que hace que se esconda. El incauto Cassio, creyéndose a solas con Yago, no tiene ningún reparo en hablarle acerca de la petición que le ha hecho a Desdémona para que interceda por él ante Otello: "...Pensaba encontrar a Desdémona aquí..." Desde su escondite, al escuchar el nombre de su esposa, Otello ruge... Yago, habilísimo maestro del engaño, incita a Cassio para que le hable del preciado objeto de sus amores (que, como sabemos, es Blanca, y no Desdémona), y lo hace de modo que, cada vez que pronuncia el nombre de Blanca, lo hace en voz baja, de modo que Otello no pueda oírlo. Así, el atormentado gobernador, sólo puede escuchar las ardientes frases de Cassio, tales como: "...Ella me fascina con sus bellos ojos..." creyendo que se refieren a su esposa. Cassio ríe, azuzado por Yago, y Otello lo toma como una burla hacia él.

Llega el momento de asestar una certera puñalada al corazón de Otello, y Yago hace que Cassio muestre el pañuelo de Desdémona (que, como sabemos, él mismo arrebató a su esposa, Emilia, y colocó después en los aposentos de Cassio). Otello, al ver en manos de aquel que cree un traidor la que toma por una prueba definitiva, apenas puede contenerse... "¡Todo acabó! ¡El amor y el penar!..." dice para sí. Pero Cassio ni siquiera sabe de quién es el pañuelo, ni cómo ha ido a parar a sus manos. De pronto, se escuchan las trompetas que anuncian la llegada de la trirreme veneciana.

Cassio se marcha veloz, para no encontrarse con Otello. El desesperado gobernador ya sólo piensa en cómo va a dar muerte a su esposa. "Consígueme un veneno para esta noche" le pide a Yago; pero éste le sugiere que es mucho mejor que estrangule a Desdémona en su lecho, donde ha pecado; mientras, él se encargará de Cassio. Otello, abrumado por el gran servicio que cree que le está prestando Yago, le nombra capitán; Yago, al tiempo que le da las gracias, le aconseja que muestre a Desdémona ante los embajadores venecianos, para no levantar sospechas.


Yago se retira. Otello se prepara para recibir a los embajadores. Entran Lodovico, Roderigo, el heraldo, dignatarios de la República de Venecia, damas, caballeros, soldados, trompeteros, seguidos de Yago con Desdémona y Emilia.

Aclamado por los vítores de todos los presentes, Otello recibe un mensaje del gran Dux de Venecia de manos de Lodovico. Mientras lo leer, aparentemente concentrado, no pierde detalle de lo que las palabras que cruza su esposa con Lodovico quien, extrañado por no ver a Cassio, ha preguntado por él. Desdémona responde que cree que volverá a ganarse el favor de Otello; éste, alerta, fingiendo que lee, responde: "¿Estás segura?". Imprudente, Desdémona continúa hablando de Cassio, lo que enfurece a su esposo que, incapaz ya de contenerse, trata de golpearla. Sorprendido y asustado, Lodovico detiene su mano. Todos los presentes están horrorizados.

Aparece Cassio; Otello emprende entonces un difícil discurso; difícil en cuanto a voz y también en cuanto a interpretación, pues ha de cambiar rápida y sucesivamente de tono, de color... En voz baja, pide a Yago que escarbe en la mente de Cassio; inmediatamente, alzando la voz, se dirige a todos los presentes: "Señores, el Dux..." y, sin terminar la frase, efectúa de nuevo un giro y, en voz baja, le dice a su esposa que finge llorar muy bien... Al fin, Otello anuncia a la multitud que el gran Dux le llama a Venecia, y que nombra sucesor suyo en Chipre a... ¡Cassio! Lo que pretende Otello es probar la reacción de Cassio: "¿Ves?... El bellaco no parece alegrarse" le dice a Yago; pero éste, sorprendido por la decisión de Otello, está furioso.

Desdémona avanza hacia su marido, implorante; pero éste, furioso, la coge con furia: "¡Al suelo!... ¡y llora!". A mí esta escena me ha recordado siempre a otra del Acto III de "La Traviata" (o Acto II, Cuadro II) en la que Violetta Valéry, vencida por el oprobio que vierte sobre ella Alfredo, cae al suelo ante las espantadas miradas de todos los presentes, de forma similar a como lo hace aquí Desdémona. De rodillas, en actitud implorante, la desdichada esposa de Otello entona un triste lamento de añoranza por los tiempos felices de antaño, ya perdidos, y de agonía por el dolor y la pesadumbre que han invadido su vida. Del mismo modo, cada cual para sí, entona una reflexión acerca de su propia suerte: Cassio siente que la fortuna que ha querido elevarle, es la ola de un peligroso huracán; Roderigo se lamenta porque su deseada Desdémona pronto se irá de Chipre; Lodovico se compadece de la desdichada Desdémona. El resto de los presentes, a coro, condenan la brutal conducta de Otello.


Yago recuerda a Otello que debe estar listo para esa noche; él mismo, tal y como le prometió, se ocupará de Cassio. Aparte, se dirige al apesadumbrado Roderigo y aviva de nuevo sus esperanzas: "El navío levará anclas al amanecer. Ahora Cassio manda aquí. Pero si algo le ocurriera... Otello tendría que quedarse." Y así incita a Roderigo para que, de su propia mano, de muerte a Cassio. Furioso, Otello ordena que todos se marchen. Desdémona aún trata de ir hacia él, pero Otello, fuera de sí, la maldice.


Otello y Yago se quedan solos. Ahogado por su agonía, Otello cae al suelo, y se retuerce en medio de un convulsivo delirio: "¡El pañuelo! ¡El pañuelo! ¡Ah!..." Yago le observa, lleno de gozo: "Mi veneno trabaja..." Desde fuera, se escuchan las voces de los chipriotas que, dice Yago, vitorean a Otello ofreciéndole su última lisonja.



Continuará...

(Fuentes: www.kareol.es, fotopedia y www.youtube.com)

martes, 19 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (III)


Chipre

Acto II
Se nos muestra ahora una sala de la planta baja del castillo de Otello, lindante con el jardín. Vemos a Cassio, un tanto cabizbajo; Yago, astuto como pocos, le dice que no debe atormentarse, y le aconseja que acuda a Desdémona (de quien Cassio es amigo desde que ambos eran niños) para que interceda por él ante Otello, y éste le devuelva su grado de capitán. "Créeme..." le asegura Yago "pronto volverás a tus locos amoríos con Monna Bianca...". "Pero, ¿cómo podré hablarle?" pregunta Cassio. Yago le sugiere que espere a Desdémona junto a unas frondas que se ven a lo lejos a donde, todas las tardes, la mujer del gobernador acude a pasear acompañada de la mujer del propio Yago. Cassio, muy animado, se aleja, dispuesto a seguir los consejos de Yago.

Una vez a solas, mientras contempla cómo se aleja su infausta víctima, Yago entona un diabólico "credo", en el que expresa, toda la ruindad de su alma vil y despreciable, en el que se confiesa venenoso y abyecto desde el mismo instante en el que fue engendrado. El mal, dice, es innato a su propia naturaleza de hombre, y cree que el justo no es sino un histriónico y falso burlón. Cree que el hombre no es más que un juguete en manos de una inicua suerte, y que el cielo no es más que una vieja fábula pues, luego de la Muerte, viene la Nada: "Creo en un Dios cruel..."

De repente, Yago ve a lo lejos cómo Desdémona y Emilia (la esposa de Yago) pasan por el jardín. Cassio, que está apostado esperándolas, se acerca a ellas. Desde lejos, Yago no pierde detalle del encuentro, y cuando ve que Desdémona, al hablar con Cassio, inclina el rostro y sonríe, se deleita pensando en que un solo destello de esa sonrisa sería capaz de arrastrar a Otello a la ruina. Y la suerte, que a veces favorece a los malvados, en este caso le sonríe pues Otello, de pronto, entra en la estancia.

Yago, inmóvil,  finge que habla para sí, simulando no haber advertido que Otello se aproxima; éste, extraña. El gobernador, extrañado, le pregunta qué ocurre; al contestar "Nada...", Yago atrae la atención de Otello hacia   donde él mismo se encontraba mirando, y a Otello le da tiempo a ver que alguien (aunque no distingue quién) se aleja de Desdémona; "...¿es Cassio?" pregunta. "¿Cassio? No... ése se retiró como un culpable nada más veros..." El astuto y ladino Yago, comienza entonces a sembrar, en el corazón de Otello, la duda respecto de las intenciones de Cassio hacia Desdémona; al mismo tiempo, hipócrita, le aconseja que se guarde del demonio de los celos. La furia de Otello crece por segundos. Sea como sea, Yago le aconseja que vigile, que escrute cada palabra de Desdémona para, o bien recuperar la confianza en ella, o bien confirmar la sospecha.


Voces lejanas anuncian la presencia de Desdémona en el jardín; corresponden a mujeres de la isla, muchachos, marineros, que se aproximan a ella, cantan y le ofrecen flores y otros presentes. Algunos acompañan su canto con mandolinas; otros tocan pequeñas arpas que llevan en bandolera. Desdémona, muy dulce, responde a tales muestras uniéndose a ellos en su canción. Otello se resiste a creer que aquel ángel de bondad le engañe; de hacerlo, "es que el cielo se burla de sí mismo", dice para sí. Yago, aparte, se regocija pensando en que el fin de Otello ha dado ya comienzo.

Cuando todos se alejan, Desdémona, seguida de Emilia, entra en la sala y se acerca a Otello; Cassio acaba de pedirle que interceda por él ante su marido, y Desdémona viene a transmitirle dicho ruego. A todo cuanto Desdémona dice al respecto, Otello contesta de forma desabrida; su esposa, sin sospechar ni por un instante  la duda que corroe a su marido, insiste... Otello trata de contenerse... se queja de que le arden  las sienes, y Desdémona, para aliviarle, le ofrece su pañuelo pero, con un gesto brusco, el atormentado gobernador, lo tira al suelo. Emilia lo recoge. Desdémona, vista la actitud de su marido le ruega, con una dulzura infinita que la perdone si es que en algo ha podido ofenderle. Pero Otello se encierra más en sí mismo, en la agonía muda de los celos que tan bien ha sabido sembrar Yago en su corazón. 

Mientras tanto Yago, que ha visto cómo su esposa recogía el pañuelo de Desdémona, le ordena, en voz baja, que se lo entregue; Emilia, que le conoce muy bien, teme alguna perversa maquinación y, a pesar de que trata de resistirse, Yago la obliga, violentamente, a entregarle la prenda, al tiempo que le dice que le conviene guardar silencio.

A una imperiosa petición de Otello, que desea quedarse solo, Desdémona y Emilia salen; Yago finge que también se marcha, pero permanece en la sala, oculto. Vemos cómo guarda cuidadosamente el pañuelo de Desdémona que, nos dice, piensa esconder en la alcoba de Cassio. Desde su escondite, goza como un loco al contemplar el solitario sufrimiento de Otello que, vencido, se ha dejado caer sobre un asiento y se retuerce a causa del veneno que le ha inoculado Yago.

Con aparente cordialidad, Yago se muestra y se dirige a Otello. De un salto, Otello le agarra y le increpa: "¿Tú? ¡Atrás! ¡Vete! ¡Me has atado a la cruz!..." Él, que se sentía tan dichoso, ahora dice adiós su gloria de ayer. Aferrándose aún a una esperanza Otello, desesperado, agarra a Yago por el cuello y le exige que le ofrezca una prueba de que Desdémona le es infiel. Haciéndose el ofendido y ultrajado, Yago protesta por tan vejatorio trato que ha recibido su honestidad. 


Ya más calmados los dos, Yago asegura a Otello que, aún sin necesidad de una prueba material, la razón puede guiarle hasta la verdad; y así, le cuenta un supuesto episodio del que él, dice, fue testigo: una noche, mientras Cassio dormía, y él se encontraba a su lado, escuchó cómo entre sueños, murmuraba: "¡Dulce Desdémona! Que nuestro amor se oculte..." Ese sueño, continúa diciendo Yago, puede ser la prueba que corrobore otro indicio... Es el momento de que el pañuelo (fazzoletto) que antes le arrebatara a Emilia, entre en juego. "¿Vísteis alguna vez en manos de Desdémona una tela con flores bordadas, más sutil que un velo?" De inmediato, Otello reconoce en aquellos detalles el pañuelo que regaló a su esposa como primera prenda de amor. Yago afirma que lo ha visto en manos de Cassio. Ésta es la estocada mortal que recibe Otello que, herido ya de muerte, cae al suelo, de rodillas y, lleno de furia jura que, muy pronto, su mano desprenderá terribles relámpagos. Yago, pletórico de gozo, se arrodilla junto a él y, los dos juntos, alzando las manos al cielo, entonan una terrible promesa de venganza.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

domingo, 17 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (II)


Isla de Chipre

Conozcamos, en primer lugar, a los personajes:

Otello.- Militar moro al servicio de la República Veneciana, en lucha contra los turcos, enamorado hasta el delirio de su esposa, Desdémona. Tenor.
Desdémona.- Esposa de Otello. Soprano.
Yago.- Militar al servicio de Otello, envidioso de que éste le haya postergado en favor de Cassio (al que Otello ha nombrado su lugarteniente). Barítono.
Cassio.- Lugarteniente de Otello. Tenor.
Emilia.- Sumisa esposa de Yago. Mezzosoprano.
Roderigo.- Caballero veneciano enamorado de Desdémona. Papel poco importante para tenor.
Lodovico.- Embajador de Venecia. Papel de poco relieve para bajo.
Montano.- Antiguo gobernador de Chipre. Papel brevísimo para bajo.
Heraldo.- Papel ínfimo para bajo.
Coro.- Muy importante.
Ballet.- Interviene durante la fiesta del primer acto.


(Los vídeos que utilizaré para ilustrar esta serie de entradas, corresponden a una producción de esta ópera del Metropolitan Opera House de Nueva York, del año 1995. En los principales papeles: Plácido Domingo (Otello), Renée Fleming (Desdémona) y James Morris (Yago). El director: James Levine).

La acción se desarrolla en Chipre, a finales del siglo XV. Cuando esta historia comienza, Otello y Desdémona, aun a pesar de la oposición de los padres de ella a su relación, han logrado finalmente casarse. Otello ha sido destinado a la mencionada isla como gobernador; allí, ha organizado una flota que ha derrotado a los turcos, añadiendo así un nuevo timbre de gloria a su ya brillante carrera. Durante su ausencia, Otello ha dejado en la isla como lugarteniente a Cassio, un antiguo compañero de juegos de Desdémona en Venecia. Al iniciarse la ópera, Otello trata de arribar a Chipre, en medio de una furibunda tempestad que pone en serio peligro su nave.

Acto I
Nos encontramos en los exteriores del castillo de Otello. Cerca, podemos distinguir una posada. Al fondo, el mar. Está anocheciendo, en medio de una violenta tempestad que ha llenado el aire de relámpagos y truenos.

Los habitantes de la isla están con los ojos y el alma puestos en la nave en la que viaja el gobernador, Otello.  La tormenta ha puesto en gravísimo peligro a la embarcación, y temen que no logre llegar a puerto. Mientras la mayoría ruega a Dios para que salve el barco, Yago expresa a Roderigo su ferviente deseo de que el seno frenético del mar se convierta en la tumba de Otello.

Por fin, gritos de júbilo anuncian que la nave del gobernador está a salvo. Otello hace su aparición, triunfante y, desde lo alto de la muralla, se dirige al gentío que le aguardaba ansioso. Dificilísima presentación de este personaje que, ya de entrada, tiene que demostrar toda su potencia vocal: : "¡Alegraos! ¡El orgullo musulmán está sepultado en el mar!..." La multitud vitorea a su triunfante gobernador, que ha logrado derrotar tan completamente al enemigo turco.

Se descarga la nave, transportando armas y equipajes al castillo. Algunos hombres salen de detrás de la fortaleza, llevando ramas que amontonan a los pies de la muralla; a la luz de las antorchas forman una hoguera con un montón de leña, alrededor de la cual la gente se apiña, charlatana y curiosa. Aún se escucha algún trueno, pero lejano, señal de que la tormenta se aleja. La tempestad se va calmando; no así la furia que hierve en el corazón de Yago, que continúa su insidiosa conversación con Roderigo. 

Hay que decir que Roderigo está enamorado de Desdémona y Otello, como "sincero" amigo suyo, se ha ofrecido a ayudarle a conseguir a la mujer de sus sueños, a pesar de que ya esté casada nada menos que con el gobernador: "...un frágil voto de mujer no es asunto demasiado complejo para mi genio ni para el infierno, yo juro que esa mujer será tuya..." Yago le cuenta entonces que, aunque finja todo lo contrario, en realidad odia a "ese moro"; la razón: Cassio que, según Yago, ha usurpado el cargo de lugarteniente de Otello, grado que Yago tenía sobradamente merecido después de cien disputadas batallas... sin embargo, por voluntad de "su morisca señoría", continuaba siendo un simple alférez. Su odio por el gobernador es tal que, de ser él, no querría tener a un Yago cerca. Los dos continúan hablando, a medida que se alejan.


Los chipriotas, reunidos en torno a la hoguera, cantan y bailan, exultantes, en un alegre número coral de preciosa música: "Fuego de alegría, tu brillante júbilo pone en fuga a la noche..." Poco a poco, el fuego se va apagando. La tempestad cesa por completo. Yago, Roderigo, Cassio y varios compañeros más se colocan alrededor de una mesa en la que se ha dispuesto vino. Yago trata de incitar a Roderigo y a Cassio para que beban: "¡Roderigo, bebamos! ¡Dame tu vaso, capitán! (dirigiéndose a Cassio)". Cassio trata de rechazar el vaso que le ofrece Yago, pero éste insiste; a pesar de que el capitán se siente mareado a causa de la bebida que ya ha ingerido, acaba por ceder cuando Yago propone brindar por la boda de Otello y Desdémona y, levantando su vaso, dice con embeleso, refiriéndose a Desdémona: "¡Su presencia engalana esta isla!".

Yago llama la atención de Roderigo acerca de las alabanzas que Cassio dirige a Desdémona, insinuando que el capitán está también enamorado de la muchacha y que, como astuto seductor, tratará de obstruir el camino de Roderigo hacia el amor de la joven. Para acabar con tan peligroso rival, Yago aconseja a Roderigo que le haga beber pues asegura que, si se emborracha, Cassio estará perdido.

Y aquí es cuando llega uno de los fragmentos musicales que más me gustan de esta obra, el brindis. Yago pide a los taberneros que traigan más vino y, vaso en mano, entona un alegre aria para incitar a todos a beber: "¡Quien haya mordido el cebo del ditirambo desvergonzado y extraño, beba conmigo...!". Cassio, que se sumerge por momentos más y más en una profunda borrachera, canta y se tambalea, se envalentona cada vez más y bebe, bebe sin parar... Yago azuza a Roderigo para que fuerce a Cassio a pelear: "...tiene la ira fácil..." asegura; y continúa: "¡Piensa que así puedes, del feliz Otello, turbar la primera noche de amor!".

Aparece Montano, que viene del Castillo, y se dirige a Cassio: "Capitán: os espera la guardia en el bastión." Estupefacto, Montano comprueba que Cassio está borracho como una cuba, y Yago aprovecha para asegurarle que así es cómo, cada noche, el capitán se prepara para dormir. Montano le replica que Otello debería saberlo. Mientras, Roderigo se ríe ostentosamente de Cassio, con ánimo de provocarle... y lo consigue, pues el capitán se abalanza, furioso, contra él. Montano trata de separarles pero Cassio, que es ya un caballo desbocado, saca su espada y amenaza con partir los sesos del antiguo gobernador de Chipre. Montano no tiene más remedio que tratar de defenderse y así, los dos espada en mano, comienzan una furiosa lucha.

Yago hace que Roderigo salgo corriendo al grito de: "¡Sedición! ¡Sedición!...", a fin de sembrar el tumulto, el horror, y hacer que las campanas toquen a rebato. A la vez, para salvaguardar su papel de "alma caritativa", se dirige a los contendientes para que cesen la lucha. Las mujeres, asustadas, huyen. Montano recibe una estocada de Cassio. El revuelo es ensordecedor. Yago pide que se de la alarma, que alguien pare tan terrible combate. La multitud grita: "¡A las armas! ¡A las armas! ¡Socorro!".

Mientras tanto, las campanas tocan a rebato. Entra Otello, seguido de gente portando antorchas. Cesan las campanas. "¡Bajad las espadas!" grita el gobernador e, inmediatamente, cesa la pelea. Con un tono atronador, que hace que cualquier otra voz que no sea la suya enmudezca, Otello exclama: "¿Qué sucede? ¿Estoy entre sarracenos?..."; pide a Yago que le explique los motivos de semejante lucha: "...Honesto Yago, por el amor que me tienes, habla."

Yago, con estudiada y convincente actitud, se muestra dubitativo, temeroso de confesar a Otello el porqué de la disputa que acaba de tener lugar: "No sé... aquí no hace mucho, todos eran amigos, alegres... pero de pronto..." Cassio es incapaz de hablar y, cuando Otello se vuelve hacia Montano y descubre que está herido, siente que la sangre le hierve. Justo en ese momento aparece Desdémona y Otello, al ver que el sueño de su dulce esposa se ha visto alterado, destituye de inmediato a Cassio de su cargo de capitán. Yago no cabe en sí de gozo. Con gesto imperativo Otello ordena que cada cual se marche a su casa.


Otello y Desdémona se quedan solos. Después de la tempestuosa escena que acaba de tener lugar, la noche se ha quedado en completa calma; luce un cielo estrellado que invita a dejar volar la imaginación y el recuerdo. Es el momento de uno de los más bellos dúos de amor verdianos, estremecedor y emocionante como pocos: "Ya en la noche densa se extingue todo clamor..." Los esposos recuerdan cómo, al principio de conocerse, Otello relataba a Desdémona cómo había transcurrido su dura vida en el exilio, los grandes sufrimientos que había padecido, y cómo ella le escuchaba, arrebatada y con el corazón extasiado. Él se sentía bendecido por los suspiros y las lágrimas de ella que, piadosas, descendían sobre él para bendecirle. "Y tú me amabas por mis desventuras, y yo te amaba por tu piedad" dice él y, con inmensa dulzura, ella responde: "Y yo te amaba por tus desventuras, y tú me amabas por tu piedad" Con un profundo suspiro, temeroso de que la inmensa felicidad que siente en aquel instante se desvanezca, Otello abraza tiernamente a Desdémona y ambos se funden en un apasionado beso...


Continuára...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, www.youtube.com y flickr.com)

viernes, 15 de junio de 2012

DADME UN FAZZOLETTO Y CONDUCIRÉ A UN CELOSO A LA LOCURA (I)


Recepción de un enviado francés en Venecia
Canaletto

El "Otello" de Verdi es una de esas óperas que, desde un principio me enamoraron. He de decir que, hasta el momento, dicho idilio se ha desarrollado únicamente por medio de diversas versiones en dvd; aun así, y a la espera de disfrutar de esta obra maestra de Verdi en vivo, cada vez que vuelvo a ver la trágica historia del que pudiéramos llamar el "celoso por antonomasia", encuentro nuevos matices, y disfruto de ella más y más.

Ya hablé en el blog de este "Otello" verdiano, en una entrada a la cual os remito: Otello: de Shakespeare a Verdi. Pero hoy quiero comenzar una serie de artículos en los que trataré de desgranaros esta historia, e intentaré hacérosla tan apetecible como a mí me parece. Empecemos hoy con una 

Introducción
Tras estrenar, en 1871, su ópera "Aida", Verdi decidió que había llegado el momento de poner fin a su exitosa carrera como compositor de ópera. A su editor, Giulio Riccordi, le pareció que era una forma de malgastar su inmenso talento (y, por supuesto, de perder suculentos beneficios) y así, habló con Arrigo Boito, amigo de Verdi, para que tratase de hacerle desistir de su intención. Boito, de forma sabiamente astuta, utilizó un eficaz método de persuasión, pues apeló a la admiración (de todos conocida) que Verdi sentía por las obras de Shakespeare. Tan sólo había podido llevar una a la escena operística: "Macbeth", en 1847, así que era de esperar que le tentase adaptar de nuevo una obra de su admirado escritor.

La obra sugerida fue "Otello", que Boito ofreció a Verdi en forma de un excelente resumen teatral en italiano y, por el hecho de ser Boito también compositor, muy bien expuesto para que la música engalanara la dura historia del moro veneciano. Eso sí, para evitar un relato excesivamente largo, Boito había suprimido el primer acto de la obra shakespiriana; quedaba así un tanto en la sombra un dato muy valioso para entender por qué Otello es capaz de dudar de Desdémona: en el primer acto, Otello encuentra tal oposición a la boda por parte de la familia de Desdémona (principalmente por motivos raciales) que, a pesar de que Desdémona insiste en casarse con Otello, a éste le queda siempre la duda de si ella le ama del modo absoluto que pretende. 

Después de casi dieciséis años de silencio verdiano, el 5 de febrero de 1887 se estrenó "Otello", drama lírico en cuatro actos, en La Scala de Milán. El éxito fue tan rotundo que el telón tuvo que levantarse veinte veces para saludar, al final de la representación. 

Los tres papeles principales de esta ópera (Otello, Desdémona y Yago) se cuentan entre los más exigentes de Verdi, tanto vocal como dramáticamente. Escuchemos la comprometida, dificilísima entrada en escena de  Otello, escasos minutos después de comenzar la obra, cuando aún no ha tenido tiempo de calentar la voz:


En cuanto a Desdémona, poco después de comenzado el Segundo Acto, tiene una intervención deliciosa en la que muestra toda su angelical dulzura:


Y ¡qué decir de Yago! uno de los "malos" por excelencia del mundo lírico. Aquí le tenemos, también en el Segundo Acto, entonando su diabólico "Credo...":


Del que se vería una clara influencia, años después, en "Tosca è un buon falco..." que canta el barón Scarpia, en el segundo acto de "Tosca", de Puccini:


"Otello" tiene pasajes maravillosos, llenos de inspiración, capaces de sobrecogernos... Pero prefiero no adelantaros ninguno más y dejar aquí esta introducción, que espero y deseo que os haya dejado con apetito para degustar, el próximo día, el Primer Acto de esta historia... Hasta entonces, amigos.


(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com, wikipedia y www.youtube.com)

jueves, 14 de junio de 2012

VOCES PARA LA HISTORIA: RAYÉN QUITRAL


Atardecer en Iloca, lugar de nacimiento de Rayén Quitral

María Georgina Quitral Espinoza, que con el tiempo sería la conocida soprano chilena Rayén Quitral, nació en la pequeña localidad costera de Iloca (provincia de Curicó), el 7 de noviembre de 1916. Era hija de un peón agrícola, Fidel Quitral Correa, y de una campesina, Fidelisa Espinoza Letelier. Su padre falleció siendo Rayén aún muy niña; su madre trabajaba de empleada doméstica.

Con siete años, ella y su madre se trasladaron a Curicó, donde Rayén vivió  hasta los quince años, período en el que realizó algunos estudios de piano. Por entonces, cantaba en fiestas familiares y en la iglesia. Alrededor de 1932, el dentista santiaguino Alfredo Avaria, entusiasmado con su voz, logró que un paciente suyo, el empresario teatral chileno Ignacio Benítez Gallardo, la escuchara. Benítez quedó maravillado, y la llevó a casa de la prestigiosa maestra de canto Enma Ortiz, quien primero le dio clases en forma particular, y después le hizo ingresar en el Conservatorio Nacional de Música, en 1935, donde siguió siendo su profesora de canto. Escuchemos a Rayén Quitral interpretando "El copihue rojo", con letra del poeta Ignacio Verdugo Cavada y música de Juan Miguel Sepúlveda:


Rayén debutó en el Teatro Central de Chile, el 31 de mayo de 1937. Siguieron diversas actuaciones, entre las que cabe destacar la de su debut como concertista en el Teatro Politeama de Buenos Aires, en septiembre de 1938; en esa ciudad graba sus dos primeros discos ("Una voce poco fa", de "Il barbiere di Siviglia", con "L'angui d'inferno", de "La Flauta Mágica", así como las canciones "El copihue rojo" y "Canción Araucana"). Oigámosla de nuevo, esta vez en el papel de Rosina, de "Il barbiere di Siviglia":


De regreso en Chile, cantó (sin micrófono) en la inauguración del Estadio Nacional de Santiago, acompañada por el tenor mexicano Juan Arvizu. Los dos años siguientes los pasó entre Argentina y Chile. Entre diciembre de 1939 y enero de 1940 tuvo ocasión de compartir honores con dos grandes de la lírica internacional: Hipólito Lázaro y Tito Schipa. Escuchad y deleitaos con esta maravillosa interpretación suya del aria de la Reina de la Noche, de "La Flauta Mágica", de Mozart:

Siguieron años de exitosas giras, que la llevaron a Valparaíso, Viña del Mar y Santiago donde debutó, en el Teatro Municipal de dicha ciudad, en el papel protagonista de "Lucia di Lamermor", de Donizetti. En Nueva York conoció al célebre pianista chileno Claudio Arrau, que se ocupó de pulir su estilo. El 21 de noviembre de 1944 logró una audición para el Metropolitan Opera House de Nueva York, aunque no fue contratada. Al no obtener el contrato con el Metropolitan, Rayén perdió la oportunidad de convertirse en una soprano de renombre internacional.

En 1945 viajó a México, y allí obtuvo uno de los mayores éxitos de su carrera en el papel de Konstanze, de "El rapto en el Serrallo", de Mozart. Vinieron después conciertos en Francia y en Italia; el 30 de abril de 1950 se presentó en el Teatro della Pergola, en Florencia; la crítica dijo que "...el público aplaudió vivamente", pero agregaba: "...no ha confirmado plenamente todavía la bella fama con que era anunciada al público florentino. La entonación no es siempre segura...". El 6 de enero de 1951, debutó en el Covent Garden, de Londres, con "La Flauta Mágica". La crítica fue algo reservada: "...hizo una eficiente pero áspera Reina de la Noche...". Escuchad y decidid vosotros mismos:


En 1956, el gobierno alemán otorgó a Rayén Quitral una beca para perfeccionarse en el Deutsche Akademische de Hamburgo, ciudad en la que pasó tres años de estrecheces, en los que compra un piano y, para poder pagarlo, se ve obligada a fabricar empanadas y a leer el tarot. Al fin, todos sus esfuerzos y penurias fructificaron, pues obtuvo el primer premio en el Conservatorio de Bonn. En 1960 regresó a Chile; poco después enfermó de gravedad en Santiago, y los artistas chilenos celebraron un festival para costear los gastos médicos necesarios. Finalmente, el gobierno chileno le otorgó una pensión vitalicia para que pudiera vivir, si no con holgura, al menos con dignidad.

A partir de 1961 sus actuaciones fueron muy pocas, y sin mucho éxito de crítica ni de público. En marzo de 1967 dio su adiós definitivo a la escena, con una serie de recitales en el Teatro Municipal de Viña del Mar y en el Casino de la misma ciudad. Escuchemos de nuevo su voz, esta vez entonando "La Tierra":


En su vida privada, Rayén tuvo muy mala suerte. De su unión con el chileno-alemán Hans Kreft, quien la protegió y cultivó en sus primeros años de carrera, tuvo un hijo, Jorge Kreft Quitral, que murió de cáncer en 1974, a los 36 años de edad. En Buenos Aires, alrededor de 1938 o 1939, se enamoró del administrador teatral argentino Salvador Saldías, y se casó con él. Juntos viajaron a Estados Unidos y a México; en este último país, Saldías la abandonó, llevándose todo el dinero que Rayén había ganado con sus representaciones. Se divorciaron en 1947. 

Sus desilusiones artísticas y familiares, la soledad en la que acabó viviendo, las dificultades económicas por las que pasó, la condujeron a un derrumbe físico prematuro. Afectada de corazón y aquejada de una aguda afección hepática que no quiso tratarse a tiempo, tuvo que ser internada de urgencia en el hospital San Juan de Dios de Chile, el día 4 de octubre de 1979, donde dieciséis días después, es decir, el 20 de octubre, murió.

Como, por desgracia, sucede en muchas ocasiones, la prensa (que tan esquiva le fue en los últimos años) cubrió ampliamente su triste final, a pesar de que Rayén había pedido expresamente que no hubiera periodistas en su funeral. Sus restos fueron llevados al Cementerio Metropolitano de la capital.

Para terminar este homenaje a la gran voz que fue Rayén Quitral, orgullosa siempre de sus raíces indígenas, vamos a escucharla precisamente en una canción mapuche:


(Fuentes: www.operasiempre.es y www.youtube.es)

martes, 12 de junio de 2012

NO SÓLO DE ÓPERA VIVE EL MELÓMANO (II)


Vuelve hoy a vosotros, amigos míos, la sección "No sólo de ópera vive el melómano", en la que podremos escuchar una nueva serie de propuestas musicales con las que, entre todos, vamos poblando twitter. Espero que os resulte apetitoso el menú previsto para hoy.

En primer lugar, escuchemos el 4º movimiento de la Sinfonía nº 4 de Brahms, dirigida por el insigne Carlos Kleiber. La sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98, es la última sinfonía compuesta por Johannes Brahms. La inspiración le llegó al compositor durante unas vacaciones de verano que disfrutó en Mürzzuschlag, una villa situada cerca de Viena, en el año 1884; concluyó la obra en el verano del año siguiente, en el mismo lugar. Aquí está:


Continuemos con una delicia que, ya desde las primeras notas, enamora irremediablemente. Me refiero a “Vive amour qui rêve”, de “Chérubin”, de Jules Massenet. “Chérubin” es una ópera en tres actos, con música de Jules Massenet y libreto de Francis de Croisset y Henri Cain. Se estrenó en la Ópera de Montecarlo el 14 de febrero de 1905.

La historia es un añadido a las obras de Beaumarchais dedicadas a Fígaro. La obra contiene alguna de la música más encantadora y resplandeciente de Massenet, de lo que es buena prueba este encantador aria, que os dejo ya que disfrutéis:


Vamos ahora con Alfredo Kraus y “Los Sabandeños”. Del maestro Alfredo Kraus ¿qué decir? Os remito a una entrada que ya publiqué en el blog: Voces para la historia: el maestro Alfredo Kraus.

En cuanto a “Los Sabandeños”, se trata de un grupo musical canario, al igual que el maestro Kraus. Constituyen el grupo canario más reconocido a nivel internacional. Se hicieron especialmente populares por sus actuaciones con la popular María Dolores Pradera. Su colaboración con Alfredo Kraus dio frutos tan bellos como el que podéis escuchar a continuación:


Y, para concluir la entrada de hoy, rindamos homenaje a la malograda Marilyn Monroe, en la divertidísima “Con faldas y a lo loco”. “Some like it hot” (en España, “Con faldas y a lo loco”) es una película dirigida por Billy Wilder y protagonizada por Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon. Estamos en Chicago, en 1929, y los músicos Joe (Tony Curtis) y Jerry (Jack Lemon) tienen la mala suerte de presenciar la “masacre del día de San Valentín”. Dado que son testigos de un asesinato cometido por mafiosos, no encuentran otra escapatoria que disfrazarse de mujeres e ingresar en una banda de música femenina. Escuchemos a Marilyn Monroe, vocalista de dicha banda, interpretando “I wanna be loved by you”, en una escena de esta película:


(Fuentes: Todos vosotros, mis queridos amigos, además de Wikipedia y youtube)

lunes, 11 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (IV)


Una barca por el canal lleno de agua y de tristeza...

Volvemos al escenario del primer acto. Aún es muy temprano. Aparece Marietta que, sigilosamente, se dirige al retrato de Marie. A solas las dos, Marietta le habla a aquel espíritu, y le pide que libere a Paul, que le de una segunda oportunidad para ser feliz; le ruega que les deje a ambos disfrutar de la locura, con alegría y placer.

Fuera de escena, se escuchan voces de niños. Es una marcha como de ensueño, que se escucha en la distancia… “La canción de los niños conforta y nos devuelve la alegría de vivir” exclama Marietta.

Llega Paul, que viene de la calle. La presencia de la chica le perturba. Cuando ésta le dice que, aburrida por su ausencia, ha bajado a su cuarto misterioso para visitar a su esposa muerta Paul le grita “¡Fuera de aquí! ¡Fuera, fuera!” Paul lucha entre su deseo por Marietta y la adoración por su esposa muerta. “…Si alguien la viera…” le dice, temeroso, Paul.



Marietta, aburrida por la actitud de Paul, se deja caer en una silla y canta para sí misma: “Mi anhelo, mi sueño, los frutos del pasado…” Su espíritu bullicioso se revela… quiere cantar, bailar: “…¡Gastón, Gastón, iré hacia usted!...” exclama. Pero Paul la retiene, con fuerza.

Fuera de escena, se escucha un ruido sordo. Es la muchedumbre, que se ha reunido mientras espera la procesión. Paul, asomado a la ventana, se queda tan absorto que parece olvidarse de la presencia de Marietta. Se escucha de nuevo el canto de los niños. Paul, arrebatado por la visión de aquella procesión, trata de que Marietta se acerque a la ventana para verla con él. Extasiado, describe cómo puede contemplarse un mar fluido de vestiduras doradas y entre ellas, como gotas de sangre, los muchachos del coro con sus ropas rojas… “…Brilla bendito el frenesí de la fe…” dice, presa de una creciente emoción.

La parte de atrás del cuarto, se ilumina con la visión de un sueño fantasmal. La procesión de niños, los clérigos y los muchachos del coro parecen pasar por el fondo de la habitación. La visión crece ante la radiante luz.

Marietta trata de que Paul se acerque a ella, quiere que la bese, que la abrace… No quiere compartirle con los santos y los fantasmas... Entonces, como reflejo del íntimo remordimiento de Paul, las figuras que toman parte en la procesión le miran amenazadoramente, levantando sus brazos contra él. “¡Vienen hacia aquí!... ¡Vienen amenazantes!... ¡Déjeme sólo, déjeme…!”. 


Marietta trata de hacerle comprender que está viendo fantasmas, y que es el olor a cerrado de aquel cuarto, su culto a la muerte, lo que se los provoca. “¿El culto? ¿Así lo llama usted?... Es mi amor fiel, pues ella todavía vive en mi corazón…” alega Paul. Marietta acusa a Paul de estar degradándola, anteponiendo siempre a ella la figura de Marie; ella está muerta, y no tiene sentimientos, pero Marietta sí. Marietta, que ha tenido que luchar desde el primer hombre que le enseñó el amor y la destruyó, que valientemente arrastró todas sus penas hasta lograr salir del infierno del canal… “¡Ella era pura! ¡No se compare con ella!” exclama Paul. Marietta le acusa de hipócrita, pues hace tan sólo un rato, le hizo el amor, a ella, y no a Marie. La furia de Marietta va creciendo… “…usted me compartirá con su amigo y con Pierrot y con cualquier otro. ¡Me gusta gustar!”. Paul, llamándola ramera, trata de echarla. Pero Marietta no está dispuesta a rendirse ante Marie… Va hacia la urna que contiene el mechón de pelo de la muerta, lo coge y juega con él, lo emplea como un látigo, ante la desesperación de Paul que, lleno de odio, la agarra, la arrastra… Y con aquella misma trenza le rodea el cuello… y la estrangula.



Horrorizado, Paul va de un lado a otro de la habitación… Aun no puede creer lo que acaba de ocurrir, lo que acaba de hacer… De pronto, se gira de nuevo hacia el lugar donde había dejado el cuerpo de Marietta y… ¡no está! Mira hacia la urna de cristal y ve que está intacta ¿Qué pasó? ¿…soñé?”  Su sorpresa se hace aún más grande cuando ve aparecer a Brigitta que, con total naturalidad, le dice que aquella señora ha vuelto. Entra entonces Marietta, con la apariencia y la postura exactamente igual que al final del primer acto, sonriente y amable. “…Olvidé mi paraguas y mis rosas.” Y, sonriendo con intención, añade “Quizá deba tomarlo… como una premonición de que debo quedarme.” Paul no es capaz de pronunciar palabra. Mientras, Marietta se vuelve hacia la puerta; allí encuentra a Frank que, amablemente, le cede el paso. Ella lo saluda y sonríe.

 

Frank se dirige hacia Paul, y le mira a los ojos: “Parecía un milagro, pero leí en tus ojos que no lo es.” Paul, que por fin ha aterrizado en la dura realidad, cree que quizá haya sido Marie quien le ha enviado esos sueños, al no haberle permitido encontrar la paz en su letargo… Con afecto, Frank le dice que muy pronto se marchará, y le pregunta si abandonará con él aquella ciudad de muerte… “Yo quisiera… intentaría… recuperar la alegría de antes… La vida y muerte deben partir…


Queridos amigos, mis fieles y amables lectores… Ahora que he terminado de escribir acerca de “La ciudad muerta” siento aún con más intensidad la sensación de que ni con mucho he llegado a penetrar en una obra tan profunda, tan rica como es ésta. Y lo digo con humildad, sin falsas modestias. A pesar de todo, tenía que escribir sobre ella, lo necesitaba… ejerce una gran atracción sobre mi. De cualquier modo, mis queridos amigos, espero, por lo menos, haberos hecho pasar unos ratos entretenidos. Hasta mañana.

(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, artelista.com y www.youtube.com)

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