Bienvenido

Bienvenido, amable navegante, a mi pequeño rincón. Si has llegado hasta aquí es que, como poco, sientes curiosidad por la ópera. Quizá seas un experto. Quizá sólo has echado un somero vistazo a este tema y te preguntas qué es lo que mueve a un aficionado a la ópera. O quizá, ni lo uno ni lo otro... ¿qué más da?.

Ante todo, he de decir que ni soy una erudita en esta materia ni lo pretendo. Este blog quiere servir, simplemente, de lugar donde reflexionar, donde compartir experiencias, opiniones, sentimientos, etc., acerca de un mundo que para mí es muy enriquecedor.

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sábado, 9 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (III)


El agua y el tiempo estancados en el canal

Aún con el sonido de la voz de Marie en sus oídos, Paul no sabe si está dormido o despierto… Marie, su adorada Marie, que le dice que un nuevo amor le llama…

La escena se traslada a un lugar solitario y apartado de Brujas. Es la hora del atardecer. Un puente bajo y encorvado cruza un canal que discurre mansamente. Vemos unos bancos solitarios, y las típicas casonas viejas de Brujas. Una de ellas es un convento, con las paredes negruzcas y un enrejado en las ventanas; en el centro del oscuro edificio está la torre de la campana con el reloj. Otra, aislada y solitaria, es la casa en la que vive Marietta. La puerta está cerrada aunque, a través de la ventana, se distingue una linterna de gas. El cielo está nublado, y la luz otoñal va dando paso a la claridad de la luna. Las campanas han comenzado a doblar.

Vemos a Paul que, inquieto, no hace más que dar vueltas de un lado a otro delante de la casa de Marietta. “La vida lo exige, un nuevo amor llama. Mira, mira y entiende…” nuestro protagonista se debate entre las palabras, que aún resuenan en sus oídos, de su adorada Marie, y el remordimiento por rondar la casa de otra mujer. Las campanas suenan de nuevo, se lamentan igual que cuando murió Marie. Paul mira la ventana iluminada de Marietta y, al ver luz en ella, se sobresalta. Teme a aquella mujer, y sin embargo desea tenerla entre sus brazos. Vuelven a sonar las campanas, y su lastimera canción martillea el corazón de Paul. El viento sopla entre los árboles y agita sus hojas; es como si la ciudad entera, al igual que Paul, se estremeciese.

Una procesión de novicias cruza por el destartalado puente. Marchan despacio y se dirigen, a través de los árboles, por el camino que lleva a la iglesia. Brigitta marcha en último lugar, vestida como ellas; Paul la reconoce: “¡Brigitta!... ¿Por qué tuvo usted que dejarme?”. La muchacha le explica que, fiel a la muerta, tuvo que marcharse cuando vio aparecer a aquella otra mujer… “Rezaré por su alma inmortal” le dice, y se aleja. Paul, desolado, exclama: “Mi buena  y fiel amiga, ¡también se aleja de mí!”.


Alguien se acerca a la casa de Marietta. Se trata de Frank. Sorprendidos ambos de haberse encontrado allí, inician una conversación que pronto deriva en disputa. Frank insta a Paul a que se aleje de aquella mujer; Paul asegura que le resulta imposible, pues desea el cuerpo en el que ahora vive su adorada Marie. Frank insiste, trata de hacerle ver que para Marietta él no significa nada, que la muchacha lo que desea es vibrar, vivir la vida con pasión... y no compartir el anhelo de Paul de resucitar un fantasma. "Ella aún goza de vida y juventud... Nosotros nos esclavizamos por ella... es Colombina que nos seduce..." continúa Frank... Él también está aguardando a Marietta que le ha dado, incluso, la llave de su casa, que Paul, violentamente, consigue arrebatarle. Cuando se dispone a entrar en la casa de Marietta, Paul advierte que se aproxima gente, y se esconde.

Se acercan unas barcazas, iluminadas por las linternas chinas que se ven en el canal; en ellas viajan los actores y cantantes de la compañía de Marietta. Unos y otros alaban los cautivadores encantos de Marietta, la más bonita y encantadora, y cantan al pie de su ventana de qué modo todos sus compañeros la aman locamente, al tiempo que le ruegan que se muestre a ellos. De repente Marietta, sorprendiéndoles, aparece de espaldas a los cantantes, del brazo de Gastón; no ha asistido al ensayo porque no se sentía con ánimo para bailar.


Le pide a Fritz que cante, una canción que no sea ni demasiado triste ni demasiado alegre, una canción que haga soñar dulcemente. Pierrot, obedeciendo a su Colombina, comienza: "Mi anhelo, mi sueño, los frutos del pasado..." Marietta se siente de buen humor; coqueta y sabedora de su belleza, de su encanto, recibe los halagos de todos. Se siente pletórica, quiere bailar por placer, así que allí mismo, para ellos, anuncia que va a interpretar el número de Hélène del "Diablo" de Meyerbeer.


Una vez preparada la improvisada escena, Victorin toca el tema de la resurrección de "Robert el Diablo". Marietta, que se haya tendida en un banco, se levanta despacio, imitando los gestos de una mujer que despierta de la muerte, y camina con movimientos seductores hacia Gaston. En la iglesia, el servicio ha acabado, y el órgano comienza a sonar. Es la medianoche. Paul, que no ha dejado de observar en todo momento la escena, aparece de repente: "¡Deténgase! ¿Usted una mujer resucitada? ¡Nunca!". Marietta, muy tranquila, convierte a Paul en Robert, y baila demoníaca y seductoramente hacia él... 

Marietta despide a los demás, y se queda a solas con Paul; éste, fuera de sí, la llama ramera desvergonzada,  y la acusa de haberse acostado con su amigo Frank. Marietta, desafiante, le responde que él no tiene ningún derecho a hacer juicios sobre ella. Paul siente que Marietta ha traicionado el sagrado recuerdo de su amada Marie... le dice a Marietta que jamás la ha amado a ella, que sólo quiso su cuerpo porque, a través de él, sentía a su difunta esposa. 


Marietta comprende que debe medirse con los poderes de Marie así que, sutil, trata de utilizar con Paul sus poderes de seducción... Trata de hacer ver a Paul que es ella, Marietta, la que está allí con él... "Mire mi cara, Paul, que a usted tanto le gusta. ¡Tómela! Mis ojos son suyos. Yo le ofrezco con alegría mis labios deseosos…” Poco a poco, Paul va cediendo... “Yo soy su esclavo, usted mi hechicera…” Paul, al fin, se rinde, y quiere entrar en la casa de Marietta; pero ésta, decidida a que el espectro de Marie desaparezca para siempre, le pide que vayan a casa de él. “¡No importa dónde! Usted y yo apuraremos juntos la copa del amor” exclama Paul.


(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, www.fotopedia.com y www.youtube.com)

viernes, 8 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (II)


Brujas, “la ciudad muerta”

La ciudad muerta” es una ópera en tres actos de Erich Wolfgang Korngold, con libreto de Paul Schott (seudónimo, como sabemos, de Julius Korngold, padre de Erich), basado en la novela de Georges Rodenbach, “Bruges-la morte” (1892). Se estrenó el 4 de diciembre de 1920, de forma simultánea, en la Ópera de Hamburgo y en la de Colonia. Conozcamos a sus personajes:

Paul.- Joven viudo, obsesionado por la muerte de su esposa, Marie. Tenor.
Mariette.- Bailarina. Soprano lírica.
Frank.- Amigo de Paul. Barítono.
Fritz.- Actor que hace de Pierrot en una compañía teatral. Tenor.
Comte Albert.- Noble de Bruselas, con el que coquetea Mariette. Tenor.
Brigitta.- Ama de llaves de Paul. Mezzosoprano.
Marie.- En forma de visión. Soprano.
Bailarines.- De la compañía de Marietta: Juliette (soprano), Lucienne (mezzosoprano), Gaston (tenor) y Victorin (director de escena).
Coro infantil.
Coro.


Acto I
Escena Primera
Nos encontramos en Flandes, a finales del siglo XIX. Paul acaba de perder a su esposa, Marie, de la que estaba perdidamente enamorado. Para él, la antigua ciudad de Brujas, con sus vetustos edificios y el agua estancada en sus canales, es un reflejo de la desolación que siente en su interior.

Cuando esta historia comienza, nos encontramos en un cuarto poco profundo, con mobiliario viejo; por el estado de las cosas, da la impresión de que lleva mucho tiempo deshabitado. A la izquierda, un armario con espejo. Estantes con viejos chismes y fotografías. En una mesa, una urna que, veremos, guarda un mechón de pelo. Sobre una pared destaca, a tamaño natural, un retrato de Marie que llega hasta el suelo; está colocado junto a la puerta que da a su cuarto. En la pintura, Marie lleva un chal y sostiene un laúd. 

Hay flores en el marco de la puerta y en los marcos de las fotografías. A un lado, una ventana con cortinas de encaje y, delante de ella, mirando hacia la calle, una silla con brazos. En primer plano, una mesa, un sofá y unas sillas. Un laúd cuelga de la pared. La luz de una soleada tarde de otoño se filtra por la ventana.

Entran Brigitta y Frank, ama de llaves y amigo, respectivamente, de Paul. Brigitta explica a Frank cómo Paul, durante muchos años y hasta el día anterior, ha vivido empapado de oscura soledad en aquel cuarto. “¿Y ayer?” pregunta Frank. …cambió completamente… “¡Abra las puertas!” me dijo. “¡Permita que la luz entre en mi templo!...” 

Brigitta muestra a Paul cómo aquella habitación es un santuario a la memoria de Marie; ambos admiran su retrato, en el que su brillante cabello es un tesoro dorado. No hay un solo rincón de aquel cuarto que no hable de su amada; él lo llama “Templo de mis recuerdos”. Brujas y yo somos uno. Rendimos culto a lo que ha sido: a la muerte y al pasado” le decía Paul. Suena el timbre. “¡Él está aquí!” exclama Brigitta.

Escena segunda
Entra Paul y, tras un momento de recelo cuando ve a Frank cerca de las flores que adornan el marco de la puerta, le abraza efusivamente; con viveza, pide a Brigitta que traiga rosas, todas las que pueda conseguir, para adornar aquel cuarto. “Quiero la luz de las rosas…”. Los dos amigos hablan acerca de la esposa muerta; Frank se sorprende cuando Paul se refiere a Marie en presente.  


¡No, no, ella vive!... ¡Es… un milagro!” dice, y cuenta a su amigo cómo el día anterior, mientras miraba fijamente el agua, perdido en el recuerdo de su amada esposa, una mujer apareció a su lado… “…Bajo el sol de mediodía su pelo dorado brillaba, y en su sonrisa, la propia Marie me estaba sonriendo…” le dice, presa de un febril entusiasmo. Paul ha invitado a ir a su casa a aquella desconocida. No sabe quién pueda ser, pero siente que con ella vendrá su adorada Marie.

Frank le advierte que el juego en el que se ha embarcado es peligroso. Le aconseja que, simplemente, disfrute del amor de una mujer bonita y deje a la muerta descansar. Pero Paul se ha obsesionado con volver a ver cómo la imagen de su difunta Marie llena de nuevo el cuarto con su luz. Frank se marcha y Paul, de nuevo a solas, se dirige al retrato: “¡Querida, te espero aquí, de por vida!...” Levanta la urna de cristal, sobre la que brilla el sol ;alzando el mechón de pelo de Marie, que hay en su interior, exclama:: “Tú, amado recuerdo de su belleza radiante, ¿vendrás vivo una vez más hacia mi?...

Vuelve Brigitta, llenos de flores ambos brazos; en seguida, Paul reemplaza con ellas las marchitas, y las coloca de modo que todos los jarrones queden repletos. Vacilante, Briggita le anuncia que hay una señorita en la puerta… Brigitta teme que la gente murmure si se entera de la visita de aquella muchacha... Rotundo, Paul le ordena que la haga entrar. “¡María! Una vez más la tendré cerca de mí y viva…” 


La puerta se abre y entra Marietta, sonriendo. Se muestra serena, con el porte de una mujer consciente de su belleza. Al moverse, tiene la gracia de una bailarina. Paul se queda mirándola, extasiado; casi no puede pronunciar palabra, impresionado por su extraordinario parecido con Marie. 

Echando una mirada a su alrededor, la muchacha exclama: “¡Qué bonito es esto! ¡Usted debe ser rico!”. Marietta se sorprende del mutismo de Paul: “Acepto su invitación y ahora… ¿ninguna palabra amable, ningún saludo?...” “¡El aire está aquí enrarecido, como en una tumba!...” continúa; a pesar de todo, afirma que no piensa acobardarse y, en pocas palabras, nos resume cuál es su carácter: “…Mi corazón es simple. ¡Vivo para mi propio placer y goce… amo la vida sin complicaciones!”.

Paul, sumergido en su ensoñación, contempla cómo el sol sonríe en el pelo de Marietta, igual que lo hace en el cuadro de Marie. Coqueta, la muchacha le pregunta si no es ella más bonita que la mujer del retrato. Pero Paul no ve a Marietta, sino a su adorada esposa… Toma un chal del armario y, tiernamente, lo pone alrededor de la muchacha. “¡María!...” “¿María?... Me llamo Marietta”. Paul se excusa por su equivocación y, tomando el laúd que cuelga de la pared, se lo ofrece. Marietta, sonriendo y encogiéndose de hombros, toma el instrumento, como haciéndole un favor a Paul. “Bien, a un laúd viejo le corresponde una vieja canción.” Y entonces canta una de las más maravillosas melodías que he oído jamás… Sólo al recordarla me estremezco… Cuando la escucho, la música cobra vida, me envuelve como un abrazo mágico…“La alegría de antes, guarda el secreto de mi amor fiel…” Sentir la música y llorar de felicidad, para  mí es todo uno...

Paul está hipnotizado… Ella toca y continúa cantando. “…El tiempo pasará, pero el verdadero amor se quedará…” Turbado por la emoción, Paul baja la cabeza. Marietta le mira, primero extrañada, luego burlonamente. Para la chica, aquella no es sino una tonta y vieja canción. 


Fuera de escena, se escucha la voz de Gastón; él, Juliette y Lucienne vienen riéndose alegremente por la calle. Marietta, al oírles, se asoma con entusiasmo a la ventana, pero Paul la aparta en seguida, por miedo a los chismorreos de la gente. La muchacha explica entonces a Paul que es bailarina, y que aquellos son compañeros suyos que se dirigen al teatro, pues esa misma tarde tienen ensayo (la compañía prepara “Robert le Diable”, de Meyerbeer).

Al principio Paul se extraña, y luego rechaza la conducta de Marietta, que parece profanar el laúd y el chal… sin embargo, siente que cada vez sucumbe más a la tentación… Estrecha a la chica, fuertemente, entre sus brazos, y le ruega que no se marche. “El pasado feliz regresó y nos reunió a ambos…” delira. Marietta se zafa de su abrazo y se pone a bailar. Se coge a la cortina y el retrato de Marie se hace visible… “¡Dios mío, cómo se me parece!...” Paul, apresurándose, trata de cubrir el retrato con sus brazos para evitar que Marietta lo contemple. “No la mire…

Fuera de escena, se escucha de nuevo la voz de Gastón. “Usted dijo que tenía ensayo, Marietta…” “…¡Me echa!... Qué rápido ha desaparecido mi magia, ella es más fuerte…” Marietta se va y Paul, hundiéndose en el sillón, llevado por su deseo, la llama: “¡Marietta! ¡Marietta!”.


De nuevo a solas, Paul se queda mirando fijamente el retrato de Marie. Y entonces, su mente y sus emociones hacen que ésta salga del cuadro y se materialice ante sus ojos. “Paul… Paul… ¿Eres todavía mío?...” La aparición le habla del mechón dorado de su pelo, que le dejó al partir, como recuerdo… “…te olvidarás de mi, porque no vivo a tu lado…” Temeroso, Paul le dice que la ve a ella en Marietta. “Si es a mí a quien ves, es porque aún me amas” le dice Marie; ambos se declaran el uno al otro: “Nuestro amor era, es y será.

La figura de Marie casi ha desaparecido. Paul se siente presa de un nuevo miedo…un nuevo amor llama. Mira, mira y entiende…” le dice Marie. La aparición desaparece por completo. Ahora, en la imaginación de Paul, se representa la figura de Marietta, con un fantástico traje de baile, bailando dulce y seductoramente. Ocupa el lugar en el que Marie ha estado hace un instante. ¡Marietta!” exclama.


Continuará…

(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

jueves, 7 de junio de 2012

EL IMPOSIBLE OLVIDO (I)


Brujas, ciudad en la que transcurre
la acción de "La ciudad muerta", de Korngold

El libreto
Enrich Wolfgang Korngold fue un niño prodigio; en 1916, con diecinueve años, estrenó en Viena sus dos primeras óperas, en un acto cada una: “Der Ring des Polykrates (El anillo de Polícrates)” y “Violanta”. ¿De dónde surgió la idea para su tercera ópera y su mayor éxito, “Die Tote Stadt (La ciudad muerta)”?

Julius Korngold, padre de Erich, temible y temido crítico musical del Neue Freie Presse de Viena, se encontró casualmente con el dramaturgo Siegfried Trebitsch, en la época en la que éste trabajaba en la traducción alemana de una obra del escritor simbolista belga Georges Rodenbach llamada “Le Mirage”, que a su vez estaba basada en su novela “Bruges-la-Morte”. Trebitsch estaba convencido de que la historia podía convertirse en una buena ópera.

Erich leyó el relato e, inmediatamente, percibió sus posibilidades dramáticas; escribió un borrador para una obra en un acto y decidió que éste sería el tema de su siguiente ópera, que tituló “Die tote Stadt (La ciudad muerta)”. Korngold encargó a Hans Müller, autor del texto de “Violanta”, su anterior ópera, el libreto; los resultados obtenidos no satisficieron mucho a Erich, y Müller abandonó pronto la tarea.

Julius y Erich decidieron escribir ellos mismos el libreto. El padre utilizó el seudónimo de Paul Schott ya que, debido a su labor como crítico, tenía numerosos enemigos entre sus propios colegas, que no hubieran dudado en aprovechar la oportunidad para destrozar la obra. Fueron verdaderamente cuidadosos en mantener oculta la verdadera identidad del texto, tanto que hasta 1975, cuando la obra fue reestrenada en Nueva York, no se supo que ellos mismos lo habían escrito.

La novela original sufrió una considerable transformación, aunque aún no voy a contaros en qué consiste fundamentalmente, pues os estaría desvelando un dato crucial de esta ópera que no debe conocerse antes de tiempo.


La música
La composición más famosa de esta ópera es, sin duda, el lied de Marietta Glück, das mir verblieb (La alegría de antes)”, también conocida como la canción del laúd. Paul, el protagonista, entrega un laúd a Marietta, y ésta comenta que para un viejo laúd hace falta una vieja canción… Escuchémosla en la voz de Renée Fleming:


Conmovedora… Aún sin conocer la letra, sin saber lo que dice, nuestras fibras más sensibles vibran estremecidas al escucharla… Se trata de lo primero que compuso Korngold de esta ópera, una exquisita y sencilla melodía a ritmo de vals, lento y dulce, que regresará de forma mucho más poderosa al final de la ópera…

El estreno
Korngold terminó la partitura de “Die tote Stadt” el 15 de agosto de 1920, poco antes de las nueve de la noche. Tal precisión no es casual, pues esa fecha era la que el propio compositor se había fijado como límite para completar la obra. Según contaba su padre en sus memorias, le gustaba fijarse esos plazos y luego ajustarse rígidamente a ellos.

Por fin, “Die tote Stadt” se estrenó simultáneamente en Hamburgo y Colonia, el 4 de diciembre de 1920. En marzo de 1921 se estrenó en Viena, con el propio Korngold de director y, durante esa temporada, “Die tote Stadt” consiguió notables éxitos en varios teatros de Alemania.

Como anécdota, os diré que María Jeritza, que eligió esta ópera para su debut en el Metropolitan Opera House de Nueva York, se vio obligada a cantar el Lied de Marietta acompañándose de una guitarra porque, al parecer, fue imposible encontrar un solo laúd en Nueva York.

Para terminar esta introducción, escuchemos otro bellísimo fragmento de esta inspirada y conmovedora ópera, el lied de Pierrot:


Con él os dejo, hasta mañana…

Continuará…

(Fuentes: “Guía universal de la ópera”, de Roger Alier, www.kareol.es, fotopedia.com y www.youtube.com)

miércoles, 6 de junio de 2012

HISTORIA DE UN DESTINO (V)


Desierto
Acto IV
El último acto de esta dramática historia de amor se desarrolla en una tierra desolada, en los confines de Nueva Orleans. Des Grieux y Manon han huido de las deplorables condiciones en las que se desarrollaba su nueva vida en América; dado que no tienen recursos, vagan de un sitio a otro, hambrientos, cansados, vestidos con harapos. Manon, extenuada, se apoya en Des Grieux fatigosamente.

El aire oscurece en torno a ambos... con las luces del día, va muriendo también la esperanza en el corazón de Manon, que siente que ya no puede más. Des Grieux, desesperado, siente cómo la vida se va escapando del cuerpo de Manon, igual que el agua se escurre de entre los dedos... Manon sufre un desvanecimiento y Des Grieux teme que...: "...¡Respóndeme amor mío!... ¡Callas! Manon, ¿no me contestas?" Las ardientes lágrimas de Des Grieux caen sobre el rostro de su amada, que recupera a duras penas la consciencia: "¿Eres tú quien llora?..." La sed la devora: "¡Amor, ayúdame, ayúdame!". Des Grieux corre hacia el fondo para escrutar, en vano, el horizonte: "¡No hay nada! ¡Nada!..." Ruega a los cielos, a Dios: "¡Socórreme!..." Manon le ruega que vaya en busca de ayuda: "¡Sólo tú puedes salvarme!..." Des Grieux se aleja en busca de una ayuda que ambos necesitan desesperadamente.


La  desolación de aquella tierra no es sino un reflejo visible de la desolación interior de Manon que, a solas, entona su "canto del cisne": "...Sola, perdida, abandonada... yo, la desierta mujer..." Su pasado resurge y desfila ante su vista. Sabe que todo acabó y, sin embargo, sus ansias de vivir gritan"...¡No, no quiero morir!..."

Des Grieux vuelve, hundido. Por más que ha buscado, no ha logrado encontrar absolutamente nada en aquella árida tierra... Manon siente que va las tinieblas se ciernen sobre ella... Ama tanto a Des Grieux y, sin embargo, se muere...  "...¡Oh amor! ¡Mi último encanto...! ¡Oh mi último deseo! ¡Te amo, te amo tanto!Poco a poco, Manon siente que la vida se le apaga. Des Grieux llora, desconsolado, desesperado... "No es momento de lágrimas, sino de besos; ¡el tiempo vuela... bésame!" Los dos saben que aquellos son los últimos instantes juntos... "Oscura es la noche... tengo frío... ¿Era afectuosa tu Manon? ¿Te acuerdas? ¡Dime... mi luminosa juventud... el sol... ya no... veré!" Tras pronunciar estas últimas palabras, Manon se desvanece en los brazos de Des Grieux, muerta.


Cuando he terminado de escribir el párrafo anterior, he tenido que parar, unos instantes, arrebatada por la emoción... Recuerdo la ilusión con la que viajé a Barcelona para ver esta ópera y de qué forma la saboreé de principio a fin... Quisiera ser capaz de explicaros por qué me gusta tanto, qué es lo que veo de especial en ella, de entre todas las de Puccini. Vayamos más allá de los hechos de la historia, y miremos a los ojos al sentimiento que hay de fondo: el de un amor incondicional, generoso, desinteresado... ¿a quién no le gustaría sentir, vivir una emoción semejante? Si os ha gustado la historia que os acabo de contar, aplaudid conmigo, pues tanto vosotros como yo somos parte del público que acaba de asistir a su representación. Hasta mañana, queridos amigos.


(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, mariadolorestorres.blogspot.com y www.youtube.com)

martes, 5 de junio de 2012

HISTORIA DE UN DESTINO (IV)


Intermezzo
Un poderoso intermezzo orquestal nos introducce en lo que se será el núcleo de la acción. Nuestro ánimo ya está predispuesto, con el impactante final del Acto II, a que se nos encoja el corazón, y a ello nos ayudan ya los primeros compases de esta pieza; a continuación, la música toma impulso y nos anticipa un tema que, después, escucharemos en la voz de Des Grieux, casi al final... La intensidad va subiendo, cada vez un poco más, cada vez más deprisa, al mismo tiempo que sentimos esa congoja que anticipa las lágrimas, aún no sabemos por qué... La tensión se relaja y la música vuelve a posarse, suavemente, sobre nosotros... En cada nota sentimos cómo la pasión de Puccini nos envuelve... Por fin la música se va apagando, poco a poco, hasta que deja de existir...


Acto III
Nos encontramos en una explanada cerca del puerto de El Havre, que vemos al fondo. A la izquierda, un  cuartel y, en primer término del mismo, una ventana con barrotes. La fachada que da a la explanada está presidida por un portón cerrado, ante el cual pasea un centinela. Hay un barco anclado en el puerto. A la derecha, una casa, después una callejuela; en la esquina, la mortecina luz de un farol, pugna en lucha desigual contra las sombras; el cielo se va aclarando gradualmente.

Atardecer en el Puerto de El Havre

Des Grieux y Lescaut, escondidos, acechan el cambio de guardia; Lescaut ha sobornado al centinela que está a punto de entrar de servicio, además de a otros guardias, a fin de liberar a Manon. Des Grieux que siente que está recorriendo el camino de un destino inexorable, de una feroz y triste agonía.

Por fin, llega el cambio de guardia y Lescaut, tal y como estaba previsto, golpea la ventana; en seguida aparece Manon. A través de la reja, los dos amantes cruzan apasionadas palabras... "¿Tú... amor?... ¿No me abandonas en mi vergüenza?" "¿Abandonarte? ¡Jamás!" Des Grieux no es capaz de abandonarla, no puede renunciar a ella, pase lo que pase, a pesar de todo.

Un farolero pasa cantando. Des Grieux trata de dar ánimos a Manon; le indica que debe estar preparada junto a la puerta del patio; Lescaut estará allí, con unos hombres leales, y la rescatarán. Pero Manon siente que una fúnebre amenaza se cierne sobre ellos, un peligro ignorado, y quizá por eso mismo más aterrador. De pronto, suena un disparo. Aparece Lescaut, corriendo y gritando que todo está perdido; apremia a Des Grieux para que ambos huyan y salven la vida, pero éste se resiste a abandonar allí a Manon.


Acude la muchedumbre, atraída por el disparo "...¿Qué pasa? ¿Qué ha sido? ¿Un rapto?..." La gente comenta que una mujer, o quizá más de una, pretendía huir. Un redoble de tambores anuncia la salida del cuartel de un grupo de soldados, custodiando a varias mujeres; se dirigen hacia el barco.

El sargento comienza a pasar lista: "¡Rosetta!... ¡Madelon!..." Al escuchar su nombre, las muchachas avanzan hacia la embarcación y suben; aun habiendo sido todas encarceladas por prostitución, su aspecto difiere mucho de unas a otros, y la gente lo comenta: "...¡Qué aires! ¡Es un encanto!" dicen de una "...¡Qué bajo has caído!... ¡Qué risa tan insolente!" murmuran de otra.

En la fila, mientras Manon espera a que le llegue su turno, pide perdón a Des Grieux... quizá no le amó lo suficiente... Le dice que debe regresar a su casa y olvidarla... Instantes de angustiosa desesperación por parte de ambos... El sargento continúa lanzando al aire los nombres de aquella lista hasta que pronuncia el de Manon; entonces, llegado el temido momento de subir al barco Des Grieux, impulsado por una súbita locura, arrebata a Manon de manos de los guardias: "¡Atrás!... ¡Ay de quien la toque!..." y canta un aria arrebatadora en su dolorosa desesperación: "¡Ah! ¡No os acerquéis! ¡Mientras yo viva, nadie podrá arrebatármela!..." La bendita locura de un amor al que no está dispuesto a renunciar, porque es su vida entera, le hace rogar al capitán que le acepte como grumete, o para hacer los trabajos más pesados ¡todo con tal de estar cerca de Manon! El capitán, conmovido, le dice: "¡Bien... bien... sea pues así! ¡Venga grumete, apresúrate!" Delirantes de felicidad, Manon y Des Grieux suben al barco.


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, artelista.com y www.youtube.com)

lunes, 4 de junio de 2012

HISTORIA DE UN DESTINO (III)


Escultura de Psique y Cupido,
Museo del Louvre, París.

Acto II
Damos un salto hacia delante en el tiempo, y encontramos a Manon instalada en casa de Geronte di Ravoir. La escena representa un salón elegantísimo en casa de Geronte. Al fondo, dos puertas vidrieras. A la derecha, riquísimas cortinas ocultan la alcoba. A la izquierda, un suntuoso tocador cerca de una ventana. Sofá, sillas, poltrona, una mesa. Manon está sentada ante el tocador, cubierta por un peinador blanco. El peluquero se afana en torno a ella ("¡Dichosos rizos! ¡Las tenacillas, rápido, rápido!..." les apresura Manon). Dos aprendices permanecen atentos a las señales del peluquero.

Entra Lescaut. Una vez que el peluquero y sus ayudantes se marchan Lescaut, exaltado, admira lo bella que está su hermanita. Gracias a él, que la rescató del amor de un estudiante, puede ahora gozar de aquella vida de lujo. Era lógico que Manon abandonase aquella humilde morada por un palacio. Sin embargo, en el corazón de Manon se esconde un anhelo... "Quería preguntarte..." le dice a su hermano. Éste, sagaz, adivina enseguida que lo que su hermana quiere saber es qué ha sido de Des Grieux... El deseo ardiente de su corazón se transforma en un conmovedor aria que, aún en su brevedad, siempre que la escucho me hace saltar las lágrimas: "Tras esas mórbidas cortinas..."; es el más puro Puccini, concentrado en unas pocas pero intensísimas estrofas.

"Puesto que lo quieres saber..." comienza Lescaut. "Des Grieux, al igual que Geronte, es un gran amigo mío. Me tortura constantemente ¿dónde está Manon?..." Lescaut explica a su hermana que Des Grieux se encuentra intentando hacer fortuna; para ello, ha sido el propio Lescaut el que le ha lanzado al juego, y el muchacho intenta, en él, amasar dinero suficiente para poder dar a Manon la suntuosa vida que desea, y así recuperarla. "¡Por mí estás luchando, por mí, vil, que te abandoné..." Manon trata de rehacerse, agarrándose a las cosas que le proporciona aquella vida de lujo, en el fondo tan vacía para ella. "¿Verdad que este vestido me sienta de maravilla?"

Entra un grupo de músicos, enviados por Geronte para cantar un madrigal compuesto por él mismo en honor y alabanza de Manon: "Por la cima del monte paseas, oh Cloris..." La cara de hastío de Manon es mucho más elocuente que cualquier palabra. 


Cuando termina la canción Manon, aburrida hasta el delirio, alarga una bolsa a Lescaut para que pague a los músicos, pero éste, que es un caballero y no quiere ofender al arte, se la queda para sí. Los músicos salen y Manon dice que, a pesar de que todo lo que la rodea es muy hermoso, se aburre terriblemente. "¡Una damisela que se aburre es capaz de inspirar miedo!" Lescaut sale en busca de Des Grieux.

Entre tanto, llega Geronte acompañado del maestro de baile y de un grupo de amigos, ante los cuales alardea del lujo en el que ha envuelto a Manon, y presume de las habilidades de la muchacha en el campo de la danza. El maestro de baile da las indicaciones precisas a Manon para que ejecute debidamente un minué; los invitados se admiran de la belleza y de la elegancia de la muchacha. Manon representa perfectamente su papel como perfecta anfitriona, y se muestra estudiadamente cortés con los amigos de Geronte. Cuando el maestro de baile pide un caballero para que acompañe a Manon en la danza, Geronte acude presto, y ambos se ponen a bailar coreados por las exclamaciones de admiración de los invitados, ante una pareja que califican como divina.

Terminado el baile, Geronte recuerda a Manon que prometió acompañarles para dar un paseo por los baluartes. Manon les pide un breve instante a fin de arreglarse debidamente, y Geronte y los invitados se adelantan. "No hagáis larga la espera del alma impaciente..." le dice Geronte.

De repente, una súbita aparición mira de hito en hito a Manon: ¡Des Grieux!. Manon, que ha creído que venían a avisarle de que ya estaba lista la silla de manos, recibe un tremendo golpe al ver de pronto, tan repentina e inesperadamente a Des Grieux de nuevo. "¿Tú, tú, amor? ¡Ah! ¡mi inmenso amor!..." Des Grieux ha sido llevado allí por Lescaut y por su propio e irrefrenable deseo pero, al mismo tiempo, siente que está cayendo en un abismo... Lucha por resistirse, no quiere ni aún mirar a la cara a Manon... "¿Ya no me amas? ¡Me querías tanto!..." le dice ella, y le ruega: "¡Oh, no me mires así: no era tan severa tu mirada!". "¡Ah! ¡Es cierto! ¿Ya no me amas?".


A Des Grieux se le parte el corazón. "¡No puedes imaginarte los días que, oscuros y desolados, han pesado sobre mí!" le dice, desconsolado. Manon, a los pies de Lescaut, le ruega, le implora que la perdone. Le ofrece toda la riqueza que puede ver a su alrededor: "Esto ¿no te parece una fiesta de oro y de colores? Todo es para ti." Fue precisamente el oro, que la ciega, lo que le hizo traicionar a Des Grieux.

Ante los ruegos cada vez más insistentes y más apasionados de la muchacha, Des Grieux siente que no puede más, porque la ama desesperadamente... Suavemente, caen el uno en brazos del otro, arrastrados por un amor que es más grande que ellos mismos, y se besan...


Pero, de pronto, Geronte aparece en la puerta, sorprendiéndoles. "¡Gratitud, hoy debe ser tu día de fiesta!" dice. A continuación, recuerda a Manon las pruebas que le ha dado de un verdadero amor. "¿Amor? ¿amor?" dice ella; coge un espejo e invita a Geronte a mirarse en él y a que, a continuación, les mire a ellos. Geronte se va, aparentemente tranquilo. Manon, que se cree ya libre, da saltos de alegría. Des Grieux desconfía y apremia a Manon: "¡...salgamos de aquí...!" Pero Manon, a la que le ciega el oro, sufre terriblemente pensando en dejar allí toda la riqueza que le rodea... Des Grieux, sobrepasado por la actitud de Manon, entona un aria en el que, al mismo tiempo que alaba las bondades de su amada, se lamenta por aquella debilidad que siempre acaba por perderla y que, presiente, acabará por arrastrarle a él mismo por el fango, pues se ha convertido en su esclavo y en su víctima: "...En el oscuro futuro, di, ¿qué harás de mi?".

De pronto, entra Lescaut corriendo, muy agitado, casi sin respiración. Tras unos angustiosos instantes, logra recuperar el resuello y dice a los dos amantes que Geronte les ha denuciado, y que ya se dirigen hacia allí un grupo de guardias y de arqueros para detenerles. "¡En pie, caballero, y por la escalinata ahuecad el ala!..." Y aún a la vista tan delirantemente cercana del peligro, Manon aún insiste en llevar con ellos algunas joyas... Des Grieux, angustiado, ya no qué decir a Manon para que, de una vez por todas, abandonen aquel lugar. Ya se escuchan las voces de los guardias, que se apresuran hacia allí... ya suben la escalera...

De pronto, vemos aparecer a Geronte, acompañado del sargento de la guardia. Des Grieux trata de impedir que se lleven a Manon, pero Lescaut le detiene: "Si os arrestan, caballero, ¿quién podrá salvar a Manon?". Mientras Manon parte, esposada y custodiada por la guardia, Des Grieux la llama, desconsolado: "¡Oh Mano! ¡Oh mi Manon!..."

Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, fotopedia.com, kareol.es y www.youtube.com)

sábado, 2 de junio de 2012

HISTORIA DE UN DESTINO (II)


(Nota: Queridos amigos, os pido disculpas porque he tenido algunos problemas a la hora de publicar esta entrada y la siguiente, aunque ya están subsanados. Dejo la primera y segunda parte de "Historia de un destino" durante lo queda de día y, a las doce de la noche, publicaré la tercera parte. De nuevo os ruego me disculpéis y espero que disfrutéis con la lectura y con la música).


"Manon Lescaut" es una ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini con libreto, como ya hemos visto en la entrada anterior, debido a un equipo de autores que participó en él de forma tan compleja, que no suele atribuirse a niguno de ellos en concreto. Basada, como también hemos dicho, en el novela del abate Prévost "Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut", se estrenó en el Teatro Regio de Turín, el 1 de febrero de 1893.

Abadía, que bien pudiera haber sido aquella
a la que se retiró Prévost

Conozcamos a sus personajes:
  • Manon Lescaut.- Bella y dulce muchacha, arrastrada por las manipulaciones de su hermano, Lescaut. Soprano lírica.
  • Chevalier Renato Des Grieux.- Joven sin recursos, enamorado de Manon. Tenor lírico.
  • Lescaut.- Hermano de Manon, que no tiene escrúpulos en utilizarla en su propio interés. Papel sin especial dificultad para barítono lírico.
  • Geronte di Ravoir.- Recaudador de impuestos. Bajo bufo.
  • Edmondo.- Estudiante, amigo de Des Grieux. Tenor lírico.
  • Un músico.- Cantante principal de un pequeño madrigal ofrecido por Geronte a Manon. Papel breve, pero que permite hacerse notar, escrito para mezzosoprano.
  • Hostelero.- Papel ínfimo para bajo.
  • Maestro de danza.- Al servicio de Geronte. Pequeño papel sin relieve para tenor.
  • Farolero.- Personaje episódico para tenor; tiene una canción en solitario de un cierto relieve.
  • Un sargento.- Personaje secundario sin relieve para bajo.
  • Capitán de barco.- Personaje reducido para bajo.
  • Coro.
  • Varios figurantes.- En el Acto III.


(Los vídeos que utilizaré para ilustrar esta serie de entradas corresponden a una grabación de "Manon Lescaut" realizada en el Convent Garden en 1983, con Plácido Domingo y Kiri Te Kanawa en los principales papeles, dirigidos por Giuseppe Sinopoli. En total, se trata de una serie de catorce vídeos; en el segundo de ellos, no aparecen las imágenes que complementan a la música, pero estoy segura de que vuestra fértil imaginación suplirá sobradamente este defecto, por el que os pido disculpas).


Acto I
Viajemos en el espacio y en el tiempo hasta Francia, en la segunda mitad del siglo XVIII. Estamos en una plaza de Amiens, donde un variopinto grupo de hombres y mujeres espera la diligencia. A la izquierda, una posada, delante de la cual hay un porche con mesas; una escalera exterior da acceso al primer piso. Estudiantes, burgueses, hombres y mujeres, muchachas y soldados, pasean; otros charlan en grupos; los demás, sentados a las mesas, beben y juegan.

Un estudiante, Edmondo, entona una canción en alabanza de aquella gentil tarde que están disfrutando; inspirado por la belleza del entorno y de las mujeres que se encuentran allí, improvisa un madrigal, inspirado por la musa galantería: "¡Flota en el aire una ola de perfumes...! Esta es la hora de las fantasías, en que luchan la esperanza y la melancolía..."

De pronto, llega De Grieux. Un grupo de estudiantes bromea con él acerca de si está enamorado; el muchacho responde que no conoce esa tragedia, o tal vez comedia, que llaman amor. Para apaciguar un poco las inquisitivas preguntas de Edmondo y del resto de estudiantes, entona un bellísimo y apasionado aria en el que pregunta a las bellezas que le rodean si, entre ellas, se encuentra la muchacha destinada para él: "¿Entre vosotras, bellas, morenas y rubias...?"

El ruido de cascos de caballos anuncia la llegada de la diligencia, proveniente de Arrás. La gente que llena la plaza se arremolina alrededor del coche, y ve cómo de él descienden varios viajeros; entre ellos están tres personajes principales de nuestra historia: Lescaut, Manon y Geronte. Desde lejos, Des Grieux observa, embelesado, la belleza de aquella desconocida muchacha (Manon). Lescaut llama al posadero, y le da instrucciones para que se ocupe de su equipaje y les de alojamiento esa noche. Geronte y Lescaut entran en la posada y Manon se queda en la plaza, bajo la atenta y arrebatada mirada de Des Grieux que, con una gran delicadeza, se acerca a ella...


"Gentil damisela, os suplico me permitáis: ¿podrían tan dulces labios pronunciar su nombre?" La muchacha, tímida, responde: "Me llamo Manon Lescaut." Des Grieux explica que una extraña fascinación le empuja hacia ella, que le parece haber visto antes su rostro... "...extraños latidos conmueven mi corazón..." Des Grieux, aunque aún no es plenamente consciente de ello, presiente que ha encontrado a la mujer que estaba destinada para él.

"¿Cuándo partiréis?" continúa Des Grieux. Entonces, Manon le cuenta que, al amanecer del día siguiente, partirá para ingresar en un convento de clausura, por voluntad de su padre. Pero Des Grieux no puede dejarla marchar: "¡No es un convento el que, estéril, os llama!... Sobre vuestro destino luce otra estrella." El muchacho le pide que vuelva un poco más tarde; así podrán hablar los dos tranquilos y, conspirar para vencer al hado que amenaza a Manon.

Se escucha la voz de Lescaut que llama a Manon. Des Grieux, con ansia, pregunta a la muchacha si volverá, tal y como él le ha pedido. Manon, nerviosa, al principio se niega pero, vencida por la gentileza y la pasión de aquel joven, le promete que regresará cuando oscurezca.

Una vez a solas, el corazón de Des Grieux se desborda en un ardiente aria en el que, hechizado, recuerda los momentos que acaba de vivir junto a aquella fascinadora mujer: "¡Nunca vi una mujer como ésta!..." El amor ha entrado en su corazón como una oleada que ha transformado completamente el mundo para él. Siente que una nueva vida se despierta en su interior, y no quiere que cese jamás el gentil susurro de las palabras de Manon al pronunciar su nombre: "¡Me llamo Manon Lescaut!".


Vuelve a aparecer Edmondo, junto a un grupo de estudiantes y, al ver tan embelesado, a Des Grieux, trata de tantearle diciéndole que un querubín ha bajado del cielo, para su deleite. Des Grieux, arrebatado de golpe de su ensoñación por aquel comentario, se marcha enojado.

Vemos a Geronte y a Lescaut, que bajan por las escaleras de la posada. Lescaut explica al anciano tesorero real cómo, por decisión de su padre, su hermana Manon está a punto de tomar los hábitos. Pero Lescaut piensa que aquélla es una mala decisión; él (dice) conoce la vida quizás demasiado, y la ve de otra manera... Al saber que aquel hombre es Geronte di Ravoir, tesorero del rey, a Lescaut le parece sin duda mucha mejor idea que su hermana se convierta en la amante de aquel ricachón, que hacerla entrar en un convento; por eso, comienza a lanzarle sutiles indirectas acerca del estado de ánimo en el se encuentra su pobre hermana: "¡Figuraos! ¡Con dieciocho años! Cuántos sueños y esperanzas..." Geronte, que está embelesado por la belleza de la muchacha, no duda en invitarles a los dos a cenar: "...¡Pobrecilla! Deberíamos consolarla...".

Mientras Geronte se retira con la excusa de dar unas órdenes al posadero, Lescaut, que es adicto al juego, se une a una partida de cartas que se celebra bajo la atenta mirada de un grupo de curiosos. Aprovechando que Lescaut está distraido, vemos cómo Geronte da instrucciones al dueño de la taberna para que, al cabo de una hora, un coche de caballos esté listo para partir, detrás de la posada; en cuanto un hombre y una muchacha suban a él deberá partir, raudo, hacia París. Geronte sella los labios del posadero con un generoso soborno en oro; lo que no sabe es que Edmondo, escondido, ha presenciado la escena. Geronte se marcha y vuelve Des Grieux. En seguida, Edmondo le advierte de los planes de Geronte. Des Grieux, aturdido, desconcertado, pide ayuda a su amigo para desbaratar los planes del tesorero real. A Edmondo se le ilumina la mirada con una repentina idea...

Vemos cómo Manon desciende la escalera; acude a su cita con Des Grieux, tal y como le prometió. Entre los dos se desarrolla un diálogo en el que Des Grieux se admira de la gravedad de las palabras de alguien tan joven como aquella muchacha. Manon le cuenta cómo, hasta hace bien poco, su vida había sido alegre... "...¡Pero los bellos tiempos de alegría huyeron!". Des Grieux siente que el encanto de aquella fascinante muchacha le enamora cada vez más, y así se lo confiesa; y añade que será precisamente ese amor el que cambie el triste destino que le aguarda. A continuación, le revela que Geronte está planeando raptarla. Manon no sale de su asombro.

Aparece Edmondo que, rápidamente, se acerca a Manon y a Des Grieux, para anunciarles que el carruaje está listo para ellos. "¿Qué? ¡Huir!..." dice Manon. Des Grieux le propone que sea el amor, y no Geronte, quien la rapte. Manon, aturdida, duda, se resiste... Des Grieux le ruega, le implora... Después de unos momentos de vacilación por parte de Manon y de ansiedad por parte de Des Grieux Manon, al fin, se decide: "¡Vámonos!". Y juntos, de la mano, se dirigen corriendo hacia el carruaje que, raudo, parte hacia París.


Instantes después de la huida de Manon y Des Grieux vuelve Geronte. Se las promete muy felices, pues cree llegado el momento de seducir a la hermanita de Lescaut, aprovechando que su atención está ocupada por la partida de cartas en la que se haya inmerso. Llama al posadero y le pide: "Anunciad a aquella señorita que..." pero Edmondo, al instante, se acerca a Geronte y le hace ver cómo la que iba a ser su presa, se ha escapado en compañía de un estudiante. La furia de Geronte es un volcán que, de golpe, estalla.

Se acerca Lescaut y Geronte le insta para que salgan inmediantamente en persecución de la muchacha y de su raptor. Lescaut finge que entiende la preocupación de Geronte: "Ya comprendo... Manon con su graciosa hermosura ha despertado en vos un afecto paternal..."; le pide calma: "...Manon no está perdida..." le asegura que la bolsa de un estudiante se vacía pronto, y que Manon, a la que no le gusta la miseria, aceptará agradecida un palacio por abandonar a Des Grieux. Así, Geronte podrá hacer de padre de una óptima hija, y Lescaut completará, gustoso, la familia. La conversación de ambos se entremezcla con las voces a coro de los estudiantes, que entonan un bello canto cargado de intención: "...Sedientos labios tenían una copa llena..."


Continuará...

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com, www.kareol.es y www.youtube.com)

viernes, 1 de junio de 2012

HISTORIA DE UN DESTINO (I)



Diligencia

De entre los muchos temas que aún tengo en mente tratar con mayor profundidad en el blog, hay uno por el que siento un especial cariño, porque motivó mi primera escapada operística. Hablo de "Manon Lescaut", de Giacomo Puccini.

Esta pasión mía por la ópera, encontró desde un principio en Puccini un universo lleno de arte, vida y sentimiento, de contagiosa y arrebatadora pasión, que acabó enamorándome perdidamente. Escoger una ópera como favorita de entre las apasionantes y apasionadas composiciones del genial maestro de Lucca es difícil. Diré sólo que Manon Lescaut, desde incluso antes de hacer un viaje ex-profeso para verla en Barcelona, tuvo para mí una atracción especial. Ya en los primeros compases de la obra, el genio de Puccini se hace presente y nos atrapa; la música tiene vida propia, es un personaje más de la historia, y arrebatados por ella, la vivimos intensamente de principio a fin.

Nada más conocer al Cavalliere Des Grieux y a Manon Lescaut, sentí por ellos una profunda ternura. Dos seres frágiles, predestinados el uno para el otro, que viven su amor a pesar de todo, no sólo como pasión, sino como bendito desenlace irremediable; un amor al que ninguno de los dos es capaz de renunciar, porque no se puede ignorar un sentimiento que llena tan plenamente, tan por completo.

Aunque aún no hayamos hablado de la historia, os invito a que escuchéis el Intermezzo de esta bellísima "Manon Lescaut" y que, mecidos por él, dejéis volar vuestra imaginación...




La originaria "Manon Lescaut"
La "Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut" es original del Abbé Prévost, y apareció por vez primera como un volumen dentro de sus "Memorias de un hombre de calidad que se ha apartado del mundo". Para escribir esta historia, Prévost se basó en una relación amorosa fallida, vivida por él mismo, que le hizo refugiarse en un monasterio y ordenarse sacerdote; más tarde abandonó los hábitos para viajar por Europa como escritor.

La versión operística más existosa de esta historia, la "Manon" de Massenet, fue estrenada en 1884, unos pocos años antes de que Puccini comenzara a trabajar en su ópera. Era sumamente audaz, imprudente incluso, para un joven compositor, desafiar a una de las figuras cumbre de la composición operística del momento. Pero Puccini defendió a toda costa su decisión, argumentando que la Manon de Massenet era una  Manon "de peluca empolvada", mientras que él sabría crear otra de carne y hueso.

Los libretistas
En un primer momento Ricordi, editor musical de Puccini, le pidió al compositor Ruggero Leoncavallo que escribiese el libreto de esta Manon, pero Puccini rechazó el trabajo presentado por Leoncavallo. A continuación fueron Marco Praga (dramaturgo amigo de Puccini, que hay que decir que nunca había escrito un libreto) y Domenico Oliva los que completaron un nuevo libreto, y Puccini llegó a ponerle música a su primer acto, pero pronto el compositor tuvo nuevas ideas y solicitó que comenzaran de nuevo. Los sucesivos conflictos surgidos entre libretistas y compositor motivaron que participaran en el libreto, además de los ya citados, Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, además del mismo editor Giulio Ricordi y el propio compositor. Ante tal desfile de autores, el nombre del libretista, aún hoy día, no suele mencionarse.

Quizás esta obra debería llamarse "Escenas de la vida de Manon Lescaut", ya que la narración escénica sólo nos presenta determinados momentos de la acción, de los que únicamente el primer acto coincide con la obra de Massenet. Durante sus primeros cincuenta años de vida, la versión de Puccini tuvo un carácter netamente secundario frente a la ópera rival de Massenet, si bien en años más recientes ha visto aumentar su popularidad de modo asombroso.

Hasta aquí, estas breves pinceladas, a modo de introducción. Mañana, comenzaremos a viajar, junto a Des Grieux y Manon, a través de esta "passione disperata". Mientras tanto, os dejo con un fragmento del primer acto, para espolear vuestra curiosidad acerca de cómo se desarrollará esta historia. Hasta mañana, queridos amigos.



(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, artelista.com y www.youtube.com)

jueves, 31 de mayo de 2012

SOBRE LAS ALAS ROSADAS DEL AMOR (V)


Palacio de la Aljafería

Acto IV, Cuadro I

Hemos vuelto al palacio de la Aljafería. En un ángulo, vemos una torre, con ventanas aseguradas con barrotes de hierro. La oscuridad de la noche es tan densa que casi se puede tocar. Dos figuras embozadas, avanzan: son Ruiz y Leonora. Castellar cayó, pero Ruiz consiguió huir con Leonora y, según los deseos de ésta, la ha conducido hasta allí, porque es donde se encuentra Manrico, que cayó en manos del enemigo. Una vez que han llegado a su destino, la torre donde gimen los prisioneros del Estado, que se yergue ante ellos, Ruiz se marcha; a solas, Leonora nos desvela el por qué del título de esta serie de entradas, mientras le canta a su amor, que no sabe que ella está tan cerca: "En esta oscura noche, junto a ti estoy... Del amor sobre las alas rosadas ve, suspiro doliente... despierta su memoria a los sueños de amor..."


Se escuchan las voces de un coro de monjes que, dentro del palacio, cantan un Miserere por el alma de los que van a morir. Leonora canta apasionadamente su amor por Manrico; él responde con un triste canto desde la torre en el que, resignado con su suerte, se despide de Leonora. Pero ella está dispuesta a dar su vida por salvarle: "¡De ti olvidarme!... Verás que amor en la tierra no ha habido más fuerte que el mío..."



Leonora se presenta ante el conde y se ofrece a él a cambio de la vida de Manrico. El conde, en el éxtasis del delirio, acepta... pero, mientras el conde habla con el carcelero para que suelte a Manrico, Leonora ingiere un veneno que lleva oculto en un anillo: "Me tendrá; pero fría, exánime esposa." El veneno es lento... 



Acto IV, Cuadro II

La escena nos muestra ahora un oscuro calabozo. A un lado, una ventana con barrotes; un mortecino farol cuelga del techo. Azucena está echada sobre una manta. Manrico se sienta junto a ella. "Madre... ¿no duermes?" Azucena siente que se ahoga en aquella tumba de vivos. Fatigada hasta el extremo, y con el recuerdo de su madre quemándose en la hoguera dolorosamente presente, Azucena se refugia en los brazos de su hijo que, al fin, consigue que su madre se calme y trate de descansar.


De pronto, se abre la puerta, y entra Leonora, seguida del conde y de algunos soldados. Estupefacto, Manrico escucha cómo Leonora le cuenta que ha obtenido un permiso para liberarle... pero ella no irá con él. Manrico no quiere ni oír hablar de huir si no es con ella... Manrico intuye que Leonora ha obtenido ese perdón a cambio de venderse al conde, y su indignación crece hasta convertirse en cólera: "...¡Le has vendido el corazón que juró ser mío!"

Leonora se desespera al comprobar que su sacrificio ha sido en vano y que, además, es acusada por el hombre al que ama e intenta salvar. Los efectos del veneno se hacen sentir, y Manrico ve con horror que Leonora, inocente, va a morir... "Antes... que... de otro ser... He querido... tuya morir" Leonora pronuncia sus últimas palabras en brazos de Manrico.

El conde Luna, furioso al comprobar la jugarreta que le preparaba Leonora, manda que lleven a Manrico inmediatamente al cadalso. Auzcena despierta y, conducida a la ventana por el conde para que presencie la ejecución, aguarda a ver caer la cabeza de Manrico para espetarle con furia al conde que... ¡acaba de matar a su propio hermano! Añade que ya ha vengado a su madre, y se desploma mientras baja el telón sobre la irremediable y desoladora desesperación del conde Luna.


Os confieso que, mientras preparaba esta serie de entradas, y más en esta última, he tenido que parar más de una vez para tratar de calmar mi emoción ante la belleza de la historia y de la música. Espero haberos sabido transmitir, aunque sólo sea un poco, toda la oleada de sentimientos que se han apoderado de mí mientras escribía, y haberos hecho disfrutar de la historia tanto como yo he disfrutado preparándola para vosotros. Hasta mañana, mis queridos amigos.

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier, www.kareol.es, flickr.com y www.youtube.com)

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